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El dedo del profesor

Incendio controlado momentáneamente, de Marcelo Uribe Lamour, “plantea el clásico cruce entre una meditación sobre el lenguaje y una reflexión sobre la experiencia vital”, escribió el poeta y editor Juan Manuel Silva en la presentación del libro, que tuvo lugar el 17 de noviembre de 2025. En este texto recuerda una anécdota reveladora que vivió en las aulas del Instituto Nacional, de la que extrajo una enseñanza: que la poesía debe mover la base de nuestras creencias.

Por Juan Manuel Silva

Porque el mundo en el que hemos vivido durante tres mil años, desde los espléndidos e increíbles textos de Heródoto o de Homero hasta hoy en día, ha sido un mundo coherente, concéntrico, como una diana que se correspondiera con nuestro sentido mismo en el mundo: una civilización centrada en la cultura, una cultura centrada en el arte, las artes centradas en la literatura y la literatura centrada en la poesía. En el núcleo de la poesía, finalmente, que es el núcleo de la condición humana, se encuentra el lirismo. Él es la cisterna de oro líquido del núcleo de la humanidad, la sustancia que buscamos en todas partes, en cada esfuerzo humano, desde las Matemáticas hasta la Filosofía, desde la Literatura hasta la Física cuántica, desde la Matemática a la Teología, pues él representa la gracia universal, el flotar en el viento del pensamiento Zen, la ondulación de las algas del mar al ritmo de las olas y las corrientes.

                        —Mircea Cărtărescu

1

Conocí a Marcelo Uribe el año 1999, cuando Luis Elmes, el profesor de Castellano que tuvimos en tercero medio en el Instituto Nacional, me regaló un ejemplar del Boletín de la Academia de Letras, en la cual él y Uribe trabajaban. Marcelo iba un curso arriba y colaboraba en unas ediciones espectaculares: Prometeo encadenado, de Nikos Kazantzakis, con traducción de Miguel Castillo Didier, en esta ocasión.

Como en su momento me hubiese encantado escribir sobre ese texto, quisiera compartir algunas ideas sobre el tercer libro de Marcelo, pero para hacerlo, tengo que hablar primero de Luis Elmes. Comparto para tales efectos una narración que rememoro.

Luego del golpe de Estado el narrador es detenido y llevado a una celda con muchas otras personas. Se cree que es una celda, pues no se puede ver nada.
Las vejaciones físicas y espirituales provocan que todo quien ha caído en ese lugar se pregunte muchas cosas. Hay desconfianza, dolor y rabia.
Pasa el tiempo y comienzan a advertirse los detalles de las caras, los contornos y también los cuerpos encuentran un lugar, en una esquina de la habitación, para hacer sus necesidades, gracias a un angosto ducto.
Conforme el tiempo pasa, este termina por taparse.

En ese punto detuvo la narración, cuando el narrador testigo se transforma en protagonista y hunde su mano en la mierda ajena y destapa el tubo.

El profesor, un narrador que parece representar la emoción de quien le contó la historia (¿o es él quien la vivió?) ante su clase, repite la palabra “mierrda” con un vibrato entre las erres.

Esa persona no fue solo un testigo, fue un ser humano, pues usó su vida para ayudar a sus iguales. De eso hablan Kazantzakis y Tolstoi, de la teoría de la poesía, de la teoría de la vida. Pues la literatura es una más de las teorías de la vida y debe ser vivida como tal.

Algo así recuerdo que dijo, y me cambió.

Creo que fue así, lo cierto es que sus lentes se movían mientras lo decía.

Lo invoco porque sé que Luis Elmes, nuestro profesor de Castellano, vive en los poemas de Marcelo Uribe, quien veinte años después nos entrega este incendio “controlado”, una metáfora que podría hablar de su poesía en un orden menos épico, pero no menos humano que la historia de don Luis.

En mi memoria, su dedo índice levantado al frente de sus lentes, más que una señal de autoritarismo, como han querido ver otros compañeros de liceo, fue al mismo tiempo una sentencia —que la literatura sin fuerza corre la misma suerte que los seres humanos abúlicos— y una revelación: la literatura y, en especial, la poesía, pueden y deben mover la base de nuestras creencias. En ese momento: la moral burguesa basada en el bienestar y la comodidad. Ni el arte ni el amor se construyen así. Mucho menos la política. Dudar de las creencias, creyendo. Una contradicción como tantas otras.

Yquizás me contradigo al pensar que escribo sobre Luis Elmes, cuando en realidad lo hago sobre el libro de Marcelo, sobre que hay algo en su rectitud de oficio y recurrencia que yo, al menos, veo como una opción de vida. Quedar lejos de las olas. Lejos del mar. Lejos de la tierra. De eso habla, entre otras costas, Marcelo en su tercer libro de poemas: el valor que la poesía tiene en un mundo monetarizado y trivial. Y lo lejos que queda.                                                                                             

2

Luis Elmes era competitivo y gustaba de comparar estilos y formas, no con el fin del escarnio, sino porque creía que el trabajo y la repetición a través de los años podían urdir el laberinto del arte y representar lo excepcional con mecanismos rutinarios.

Muchos compañeros de liceo, de la misma manera que no entendían el fútbol, el básquet o el tenis de mesa, se quejaban de sus métodos: la presión, la pasión, la obsesión. Claro, para el que no hace deporte puede parecer raro que un maestro quiera lograr aquello que no se puede repetir mediante la repetición. Solo entiende el ejercicio quien ha descubierto el mecanismo y eso se logra únicamente repitiendo.

Casi no se hablaba del talento, de la gracia, del duende. Y aunque yo no crea en brujas, Garay, de que las hay: las hay. Yo creo que varios compañeros sabían de su propio talento. Lo he entendido años después de ser alumno, cuando fui por primera vez colega de mis profesores de universidad. Pero sobre esto hay estupendos textos editados (e inéditos) de Alejandro Zambra. No me extenderé más.

Por otra parte la consigna en el liceo era: Repetir. Repetir. Repetir. Como la realidad, aunque con leves variaciones.

Escribe Cristian Geisse en Sapolsky: “A la realidad le gustan las simetrías aun cuando a veces sea completamente asimétrica”. Nosotros vemos y creemos en los paralelos.

Una cocina, una estufa, un encendedor y un fósforo son formas de incendio controlado. Algo así como ocurre con el lenguaje, que de tanto querer y desear, termina diciendo, y lo que dice, parece no tener mucho que ver con el objetivo inicial.

La poesía es un viaje adolescente, hiperestésico, que luego de los veinticinco años, en el decir de T.S. Eliot, no solo se revela como destino sino que corona su porvenir con los laureles de la ridiculez: creemos saber lo que hace un profesor, un cantante, un folclorista y un pintor, sin embargo, esta casa —la de la poesía— que colinda con la anterior villa, parece quedar muy lejos y en su distancia aparenta ser excepcional: por ejemplo, entrometerse en qué es lo que pasa en un poema o qué es lo que hace un poeta. Quizás simplemente haya pasado de moda esa forma tan particular de sentir un idioma y, por ende, una realidad. O quizás sea demasiado latero este sentir exagerado, este hablar raro.

La búsqueda de una configuración irrepetible de palabras.

3

Mircea Cărtărescu dice que la poesía es el centro de la cultura occidental. Ezra Pound dice que la poesía es la experiencia del lenguaje sobrecargado de sentido. Se dice que Chile es un país de poetas. Algunos dicen que la adolescencia es el período más intenso de la experiencia. Digo lo anterior, pues se suele pensar de una manera similar cuando se habla de poesía, sobre todo si la persona que lo hace no es poeta. ¿Por qué? Porque se cree que los poetas somos desadaptados, inútiles, salvados en un par de casos por el talento o la influencia de los dioses y los astros.

Pero si de algo sabemos en Chile es de contar historias de personajes que aparecen en momentos curiosos con una forma de arte que cambia para siempre la forma del juego. Poetas que van de Gabriela Mistral a Verónica Jiménez. Cada cual tiene que ver con su lugar de origen, pero en todos los casos ese lugar habría podido propiciar una vida harto menos única si es que la poesía no hubiese estado presente. Es decir, sin la poesía no podríamos entender sus vidas.

Algo así ocurre con Nicanor Parra y un poco antes con Pedro Prado. Se hunden en la contemplación de lo común, como un folklorista en las costumbres. Hunden su mano en la tierra de lo social y se conectan con las realidades dispersas mediante la palabra.

¿Qué es lo particular? Lo común: una vida familiar, con breves espacios de sosiego, en los que se conectan, como ocurre con los relámpagos, lo alto y lo bajo, el espíritu y la materia, y juntos remecen los débiles cimientos de la casa de un lenguaje comunicativo —el castellano de Chile— que hace aguas, que tambalea, que se quiebra, semejante a algunos sujetos:

A los vecinos no les gusta esto de encontrar personas
abrazándose y llamándose «hermano» «hermana»
«¿qué es eso? ¿qué antigua, elusiva, estudiada
/ hipocresía?
¿qué malversación urden en esta esquina del barrio?»
Nada, brother. Estamos caídos y quebrados
con cada golpe de latón, con cada lágrima de hierro
que nos brota por dentro y que no podemos vomitar
ni reprimir ni esmaltar con buenas acciones,
con penitencias o contorsiones sicológicas.
Ya sabes, de todas las religiones horribles,
la peor es la adoración del dios dentro de nosotros (132).

¿Qué es el quiebre? ¿El quiebre institucional? ¿La fractura entre clases? ¿O la ruptura entre las cadenas lógicas del uso y la identidad? Quizás es que están o estamos quebrados financieramente o puede ser que lo quebrado pase por nosotros mismos, quebrados, fracturados: lo que era unidad ahora es una serie de fragmentos que no se constituyen como unidad. Faltan elementos para despejar las incógnitas:

Precario lo que nos dejan los sueños:
escombros, basura a fin de cuentas:
cáscaras y rescoldos y viscosidades
imprevistas cuando las revisamos y tratamos de contar,
auditando a la fantasía y a los amigos,
mezclados allá en la tierra nocturna, en el país
/encallado (11-12)

Incendio controlado momentáneamente, de Marcelo Uribe Lamour. Cornerbook, 2025. 146 páginas

Hermano, perrito, brother. Seudónimos de la muerte que evitan la palabra compañero o amigo. El signo de la hermandad perdida, donde los poetas no solo son feos, es decir, alejados de la verdad y lo bueno, sino que son perros y perritos, panas, compipas: fantasmas que se pavonean sobre el escenario sin decir mucho.

José Ángel Cuevas situaba una forma de la tragedia de la dictadura en las esquinas, en el cruce de dos vías, justamente porque no había cruce ni mezcla, solo sospecha y desconfianza. Esquinas habitadas por hombres solos, adultos, sin función, alcoholizados y quebrados, con el dolor de quien ha perdido tanto.

Hay en la poesía de Cuevas una doble simulación, que menciono porque rima con un dispositivo que trabaja Marcelo: lo que se dice es lo que es, a saber, una crítica corrosiva, pero también es otra cosa, es decir, una ironía, y también la huella de lo que se quiso criticar y cambiar, lo que no se pudo.

De algún modo los poemas de Cuevas y Uribe Lamour nos hablan de Chile, en términos de un lugar muy frío, como creían los quechuas, y por eso sin movilidad, ni social ni espiritual. Una cancha difícil, un peladero donde no solo hay que entrenar mucho sino que hay que ejecutar la danza con múltiples pillerías.

4

Incendio controlado momentáneamente plantea el clásico cruce entre una meditación sobre el lenguaje y una reflexión sobre la experiencia vital. La poesía es un oficio sin paga fija: requiere disciplina, entrenamiento y una constante autoevaluación, aunque los parámetros de medición sean siempre cambiantes. Y gratis.

La poesía es una conversación sostenida con un otro desconocido, un acto de generosidad y de olvido de sí mismo, donde el poeta busca, a través de la palabra, compartir.

Otra cosa que no se dice es que la poesía se comporta en términos formativos semejante a un deporte, pero conforme pasa el tiempo los parámetros para juzgar el entrenamiento, los rankings y las mañas pasan de ser objetivos a ser subjetivos, puesto que ya no se sigue valorando la imitación, sino que también la originalidad de la propuesta: si se busca una obra única, lo único no puede compararse. Y la copia no requiere más comparación que la energía de su origen: el aprendizaje.

A pesar de lo anterior: un poeta oficioso busca compararse todo el tiempo, pone en duda su creencia en cada momento.

La poesía no se mide ni se pesa, pero puede ser experimentada en grados de intensidad o de ocurrencia. Hay algunas palabras comunes que son únicas, y hay algunas palabras únicas que son muy comunes.

Yo le pido a un poema que sea común cuando se lo propone y que sea raro cuando no se supone que lo sea. Que sorprenda. Que esté vivo. Que vea bajo el agua. Que se adapte. Que viva.

5

Quise hablar de este libro porque me hizo pensar y sentir mis propias creencias. Porque el misterio de la creencia es quizás una de las pocas experiencias que puede compartirse en tiempos convulsos. El misterio de la creencia en poesía requiere disciplina[1], repetición, reproducción y olvido de sí para descubrir algo inmaterial que acompaña la existencia, no solo a quien lo descubre y lo transforma, sino que también a quien lo comparte. No es un obsequio o un mensaje: es un ingrediente más en una preparación compleja. Un ingrediente que quizás no alimenta, pero cambia el sabor y el saber previos. Y también es su contrario, tropezar sin rumbo con una imagen sin sentido, porque sí.


[1] Hay un paralelo que establece el poeta Germán Carrasco, entre las artes marciales y la poesía, que, creo, puede iluminar desde otra parte esta idea. Como dijo el campeón daguestaní de mma Islam Makhachev, el arduo entrenamiento produce enfrentamientos fáciles. Algo así como el lema del Instituto Nacional: Labor Omnia Vincit, es decir, “el trabajo todo lo vence”. Esta es una idea que ha defendido su equipo, comandado por Abdulmanap y Khabib Nurmagomedov, quienen insisten en el valor del trabajo, aunque cuando se miden con contendores que tienen un entrenamiento similar termina imponiéndose lo imponderable: la gracia, el genio, el destino, lo inesperado.