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El enemigo en el cuerpo  

Aunque no se ven, los microplásticos están en todas partes: flotan en el aire, contaminan el agua y se acumulan en nuestros tejidos. Mientras la evidencia científica sobre sus riesgos crece, el mundo continúa produciendo millones de toneladas de plástico al año. Lo que empezó como una revolución industrial se ha convertido en una amenaza ambiental y sanitaria de la que aún no sabemos cómo escapar. 

Por Cristina Espinoza| Foto principal: Luis Acosta/AFP

No hace falta mirar muy lejos para encontrar algo hecho con plástico. Derivado del petróleo, este material se ha vuelto omnipresente en el último siglo: está en las bolsas de las compras, en los envases, en las fibras con las que se fabrica la ropa. Es infinitamente versátil, pero esa característica lo está transformando no solo en un problema ecológico, sino también de salud pública. 

Cada año se producen más de 400 millones de toneladas de plástico en el mundo —según el Programa de Naciones Unidas para el Medioambiente (UNEP)—, pero más de la mitad se transforma en desecho: menos del 10% se recicla, una parte se incinera y la mayoría termina —en distintos tamaños— en el medioambiente.  

El océano se ha convertido en uno de los principales destinos de estos desechos. Son conocidos los enormes parches de basura flotante —llamados “islas de plástico”— en los giros oceánicos, o las imágenes de animales marinos con los estómagos llenos de este material, que confunden con comida. Pero en los últimos 20 años se ha descubierto que el plástico también ha llegado al organismo humano. Lo respiramos, lo comemos y lo bebemos sin notarlo. Y hoy la ciencia comienza a revelar las consecuencias. 

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El plástico es un material extremadamente resistente: casi no puede eliminarse, solo se fragmenta en trozos cada vez más pequeños. Se desconoce la velocidad con la que lo hace o el tiempo que toma su degradación completa, pero se estima que, salvo el que ha sido incinerado, prácticamente todo el plástico producido en la historia aún persiste en el planeta.

Sin embargo, la exposición a las condiciones del medioambiente —radiación, viento, agua, abrasión— lo vuelve quebradizo, y su uso cotidiano libera de forma constante fracciones microscópicas: microplásticos, partículas de menos de 5 mm de tamaño, y nanoplásticos, aún más pequeños, de menos de una micra (μm), es decir, una milésima de milímetro. Para dimensionarlo, un cabello humano tiene unas 80 micras de grosor. 

Un elefante salvaje come basura en un vertedero de Sri Lanka. En 2023, el gobierno de ese país creó una ley para prohibir la venta de plásticos de un solo uso, tras una serie de muertes de elefantes y ciervos por alimentarse en basurales. Crédito: Ishara S. Kodikara/AFP 

De ahí que los microplásticos estén por todas partes. Han sido detectados en la superficie del océano y en los sedimentos del fondo; en las tierras de cultivo, en las montañas más altas, el hielo marino, los lagos y los ríos. También en los alimentos, el agua y el aire; en más de 1.300 especies acuáticas y terrestres, y en distintos tejidos y órganos del cuerpo humano. Aunque todavía faltan estudios epidemiológicos amplios y de largo plazo, existe evidencia emergente sobre sus posibles efectos, sostiene ​​Rosa Busquets, profesora e investigadora en Química Analítica y Forense de la Universidad de Kingston, Reino Unido.  

“Se están encontrando partículas de plástico en el cerebro, en la retina, en el ateroma —la capa de grasa de las arterias—, en los testículos. ​​​​Aunque no tenemos la ​certeza​, porque estos estudios epidemiológicos no se han hecho, se entiende que tener partículas allí no es bueno”, dice.  

Cada vez hay más ​​​​​pruebas​ sobre la cantidad y el lugar donde se acumulan los microplásticos en el cuerpo, incluyendo el corazón, la placenta y la sangre, además de su vínculo con enfermedades crónicas como la demencia y las cardiopatías. 

Una revisión de 31 estudios liderada por Nicholas Chartres, investigador de la Facultad de Medicina y Salud de la Universidad de Sídney, concluyó que existe una sospecha fundada de que la exposición a microplásticos daña la salud reproductiva, digestiva y respiratoria humana, además de estar potencialmente vinculada al cáncer de colon y pulmón. Pero la evidencia aún se considera moderada, ya que gran parte de los datos proviene de experimentos en animales. Los análisis en humanos todavía son escasos, debido a las restricciones éticas que implica investigar en esta especie.  

“Para que la evidencia se considere ‘presunta’ o ‘conocida’, y por lo tanto sea más sólida, necesitaríamos ver más estudios de alta calidad en animales o en humanos que arrojen resultados consistentes”, explica Chartres. No obstante, dada la ubicuidad de los microplásticos y la creciente evidencia sobre sus efectos adversos, los investigadores recomiendan tomar medidas para prevenir o reducir la exposición humana. “​​​​El nivel de certeza científica no es algo absoluto, es un continuo, y los gobiernos deberían aplicar el principio precautorio, es decir, la norma que exige tomar medidas para prevenir daños potenciales al medioambiente o a la salud humana”, asegura.  

El científico agrega que existen numerosos casos en que los impactos negativos de diversas sustancias sobre la salud —en ámbitos como el cáncer, la reproducción, la neurología, la genotoxicidad y la inmunología, entre otros— se detectaron primero en estudios con animales, mucho antes de confirmarse en humanos, incluso con décadas de diferencia. Por eso, los expertos coinciden en que es urgente actuar antes de que sea muy tarde. 

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Cada día se pueden inhalar hasta 68.000 partículas de plástico en el aire interior —ya sea en el hogar o dentro del automóvil—, según detectó un estudio reciente de la Universidad de Toulouse, Francia. Es cien veces más de lo que se había estimado. En casa, las partículas son principalmente de polietileno —procedente de bolsas, tuberías, envases o juguetes—, mientras que la poliamida es más común en las cabinas de automóviles, ya que se usa en textiles, piezas mecánicas y la industria química, entre otras.  

“La cantidad de microplásticos que inhalamos depende de factores como la capacidad pulmonar, las fuentes de emisión y el tamaño del lugar cerrado. En nuestro estudio hablamos de espacios interiores y cuanto más pequeño, más concentración de microplásticos vemos por metro cúbico”, explica Lucía Pérez-Serrano, coautora del mencionado análisis e investigadora del Centro de Investigación sobre Biodiversidad y Medio Ambiente de la U. de Toulouse. “El hecho de que todo esté rodeado de plástico va a influir en la cantidad a la que estamos expuestos”, agrega. 

Activistas de la organización Observación Ecológica y Conservación de Humedales de Indonesia en una protesta para crear conciencia sobre el daño de los microplásticos en la salud humana. Crédito: Juni Kriswanto/AFP 

Las partículas de estos polímeros llegan al ambiente en todas las etapas de su existencia, desde su producción hasta el momento en que se convierten en desecho, pero también en el uso cotidiano. Cada vez que se utiliza una tabla de cortar de ese material en la cocina se están liberando micro y nanoplásticos que potencialmente llegarán al organismo. Lo mismo ocurre al abrir y cerrar una botella de plástico.  

Partículas de entre 5 y 20 μm se han detectado en el agua embotellada que se vende en la Región Metropolitana, por ejemplo, según reportó un estudio publicado en 2023 por investigadores de la Universidad de Chile. En promedio, detectaron 391 partículas estimadas por litro, con un máximo de ​​​​519. Pero análisis internacionales han detectado entre 110.000 y 370.000 fragmentos en cada litro, principalmente nanoplásticos. 

Cuando el plástico ingresa al organismo, los riñones son los encargados de filtrarlos. Los microplásticos, que son relativamente grandes, probablemente son excretados, pero los nanoplásticos son tan pequeños que pueden deslizarse a través de las membranas celulares y llegar a sitios donde no deberían, como el cerebro, los músculos o las arterias. “Un microplástico de entre 1 y 10 micras podría atravesar las membranas celulares. Sabemos que están en la sangre, se han encontrado en el cerebro o en la placenta de seres humanos, y la interacción de estos plásticos puede causar estrés oxidativo, afectar el sistema inmune, incluso dañar los órganos vitales si esta exposición es a largo plazo”, dice Lucía Pérez-Serrano. 

“Los plásticos son cadenas largas de carbono, por lo tanto, la degradación biológica es lentísima, pero se pueden ir fragmentando con mayor rapidez por la radiación UV y también por el ​​paso mecánico. Estos plásticos tienen en sí una gran cantidad de aditivos, como los plastificantes —para hacerlos más blandos, flexibles, maleables y duraderos—, que son tóxicos”, explica Mauricio Schoebitz, académico de la U. de Concepción que estudia los microplásticos en el suelo agrícola y su impacto en los cultivos. Por eso, calentar el tupper en el microondas, por ejemplo, multiplica el riesgo, ya que la mezcla de calor, radiación UV e hidrólisis produce una reacción química que rompe los enlaces de las moléculas de agua, lo que a su vez provoca la fragmentación en microplásticos y nanoplásticos, pero también de los lixiviados, líquidos residuales tóxicos. “Una vez que estás expuesta a esos microplásticos, no es solamente el plástico en sí, sino todo lo añadido que puede interaccionar con tus células”, advierte Pérez-Serrano.  

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Se estima que al año se emiten entre 10 y 40 millones de toneladas de microplásticos al ambiente. Si se mantienen las condiciones actuales, la cifra podría duplicarse para 2040, según los cálculos de investigadores de la U. de Plymouth, Reino Unido, que compilaron 20 años de análisis sobre contaminación por microplásticos. “Incluso si fuera posible detener las emisiones de inmediato, las cantidades seguirían aumentando debido a la fragmentación de los elementos heredados”, escriben los autores.  

Los investigadores aquí entrevistados concuerdan en que es necesaria una política mundial para lograr un uso más responsable y eficaz del material. “Dado que estos productos y sus partículas son omnipresentes en el medioambiente, necesitamos políticas globales, inmediatas y sólidas que prohíban los productos químicos peligrosos utilizados en su producción, así como de todos los plásticos individuales de uso no esencial y e​​​​l rechazo de las exenciones generales para productos”, dice Nicholas Chartres. 

Pero lograrlo es complejo. El plástico es un buen negocio y está tan incorporado en la sociedad, que no es realista decir “desde ahora no lo usamos más”, asegura Rosa Busquets. En agosto, de hecho, ​​​​las conversaciones que se dieron en la UNEP, en Ginebra, para negociar un tratado mundial sobre el tema quedaron suspendidas por falta de consenso. “Hay mucha presión de la industria”, dice la investigadora. 

Mientras no exista regulación, el peso cae en el consumidor. “Deberíamos ser más exigentes con los supermercados, las empresas que hacen comida y las plantas de tratamiento de agua, porque son una fuente muy importante de microplásticos en nuestros ríos”, agrega Busquets. “Una medida de hacer presión es elegir productos en los cuales se utiliza una menor carga de plástico. Los consumidores tenemos mucho que decir al respecto”, afirma Schoebitz, quien señala que existen alternativas que duran menos en el ambiente (como los bioplásticos), aunque tampoco son una solución definitiva. 

Además de eliminar la mayor cantidad posible de productos de plástico de los hogares, se recomienda evitar este material en la cocina, ​​​​​​pasar la aspiradora regularmente (las partículas se adhieren al polvo) y limitar la cantidad de alimentos envasados. “Producir plástico genera un montón de CO₂. No es un material barato como se nos vende, es un material que genera muchos problemas y que causa enfermedades. El impacto en los seres humanos es incalculable”, enfatiza Busquets. 

La ciencia apenas empieza a comprender la magnitud del problema y, como se ha visto con otros desafíos globales —como el cambio climático o la pérdida de biodiversidad—, pueden pasar décadas antes de que los países se pongan de acuerdo para tomar medidas.  Mientras tanto, las decisiones cotidianas podrían hacer la diferencia: desde reducir el uso de plásticos y repensar los hábitos de consumo, hasta exigir regulaciones más estrictas a nuestros gobiernos.