“Los futuros menores se oponen al futuro monumental, singular y del progreso, pero no se oponen como un espejo invertido, sino mostrando su revés, exponiendo sus restos”, escribe Lorena Amaro en este ensayo, en el que propone pensar los tiempos que vienen a partir de libros de Selva Almada, Juan Cárdenas, Clarice Lispector y Fernanda Trías.
Por Lorena Amaro
El académico británico-pakistaní Ziauddin Sardar llama “posnormales” los tiempos que corren, en que “mucho de lo que hemos considerado normal, convencional y ortodoxo ya no funciona. De hecho, la normalidad misma se revela como la raíz de todos nuestros males”, dice, para agregar que lo característico hoy es el aumento de las contradicciones, la complejidad y el caos. Esta situación, desde luego, no puede prolongarse: quizás como nunca antes en la historia del pensamiento apocalíptico se ha anunciado con mayor temor y certeza la proximidad de la escasez y la catástrofe, sin que existan aparentemente modelos macroeconómicos alternativos a lo que el mismo Sardar llama “el capitalismo vengativo”. Así, se vuelve urgente tratar de pensar tramas y acciones alternativas a la devastación. En esta línea, la literatura, si creemos en ella como una actividad de la imaginación (hoy igualmente negada y amenazada por el futuro), tiene mucho por ofrecer.
En sus textos, Sardar menciona los “futuros impensados”, aquellos de derrumbe de conceptos y prácticas dominantes que ceden paso a posibilidades que no por impensadas son impensables. La literatura podría explorar allí, pero no solo a través de las narrativas distópicas que están a la orden del día. No niego la fascinación que me producen algunas novelas que van en esta línea, como por ejemplo, una de las mejores que se han escrito en Latinoamérica sobre esto: Plop (2002), del argentino Rafael Pinedo, cuyo protagonista da el título a esta cruel historia sobre grupos que deambulan por una llanura lluviosa reciclando objetos y también los pocos recuerdos que quedan de antes de la devastación: “Cada grupo tiene sus costumbres, su organización, sus tabúes. En algunos, como en el de Plop, todos hablan mirando para abajo. Se ríen con la boca cerrada, gritan entre dientes. Nunca abren la boca”. Como en muchas de estas historias, no faltan las latas de conservas,que son el sello de la sobrevivencia apocalíptica. Plop se convierte, de hecho, “en un experto de abrir latas”. Latas abre también la protagonista de otra novela excepcional, Mugre rosa (2020), de la uruguaya Fernanda Trías, otra distopía que invita a pensar y cuidar lo que tenemos; los afectos, la naturaleza, los cuerpos que nos permiten llegar al límite de nuestras fuerzas.
No obstante, los futuros impensados se revelan en otras narrativas, lejos de las distopías. La crítica Luz Horne escribía hace unos años un libro hermosísimo, Futuros menores (2021), en que este concepto funciona como “una máquina —una antropología, una epistemología, una estética, una ética y una política— que se enciende para construir una filosofía del tiempo y una arquitectura del mundo basada en la inmanencia. Los futuros menores se oponen al futuro monumental, singular y del progreso, pero no se oponen como un espejo invertido, sino mostrando su revés, exponiendo sus restos”. Un ejemplo de este tipo de futuro, “un tiempo de intervalo, un tiempo de la palabra y de la imagen, de lo corporal y menor”, lo halla en el final de la novela de Clarice Lispector La hora de la estrella (1977), en que su protagonista, una joven pobre y menospreciada, Macabea, se siente por escasos segundos “preñada de futuro”, un fugaz vislumbre que la colma de esperanza.
La relación futuro/literatura puede tener muy diversas articulaciones: ¿el futuro en la literatura?, ¿la literatura del futuro?, ¿el futuro de la literatura? Y la reflexión de Horne —como también la cuestión de esos futuros impensados, pero pensables— me aleja del futuro en la literatura o de la literatura del futuro (con la esperable cantinela sobre la inteligencia artificial y los problemas que surgen desde la creación a la distribución de la literatura en sus nuevos soportes) para quedarme en la pregunta previa, en el futuro de la literatura, y sobre todo de esa literatura que permite que titilen los futuros menores.
Haciendo eco del ensayo de Italo Calvino Seis propuestas para el próximo milenio (1985), que solo llegaron a ser cinco por la muerte de su autor (a saber: levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad), Ricardo Piglia añade la suya en el ensayo “Una propuesta para el próximo milenio” (2001), donde se pregunta, desde Buenos Aires, cuál podría ser esa propuesta “desde el margen, en la periferia de las tradiciones centrales, mirando al sesgo”. Y, tomando como punto de partida la escritura de Rodolfo Walsh, llega a la conclusión de que para poder llegar a una verdad en la ficción, es importante salir de uno mismo: “Hay que hacer en el lenguaje un lugar para que el otro pueda hablar. La literatura sería el lugar en el que siempre es otro el que habla. Me parece entonces que podríamos imaginar que hay una propuesta a la que yo llamaría el desplazamiento, la distancia”. Fundamental en este ejercicio es el lenguaje, que él veía en crisis ya en ese momento: “habría que decir que la crisis está sostenida por ciertos usos del lenguaje”, dice, y es sobre esa materia que la escritora o el escritor se estrella, sobre la materia “homogénea y opaca” de un lenguaje público cada vez más desprovisto de matices, de grietas, de posibilidades de futuro. La idea de Piglia es estética y política, como lo es también la historia de Macabea, la protagonista del libro de Lispector, quien es contada por un narrador en conflicto con la historia que deberá comunicarnos. Macabea acaba por transformarse a través de las palabras: las que no conoce, las que teme, las que desea, las que le dice sin acertar una adivina, alguien que ve el porvenir y sin embargo se equivoca de futuro para ella. Luz Horne escribe que “tener miedo a las palabras implica saber que las palabras pueden arrojarnos hacia el exterior de nosotros mismos y otorgarnos en ese acto un segundo nacimiento, una nueva infancia que nos modifique para siempre y que ya no podamos ver, oír, sentir o incluso vivir de la misma manera”. Esas literaturas, en que el otro emerge, en que la palabra transforma, en que tal vez de manera muy íntima, pequeña y dulce, se nos susurra una idea que nos preña de futuros (menores), son las que me interesan ahora.
¿Algunos ejemplos? Por supuesto que La hora de la estrella, pero también una serie de otros libros que con distintas formas o géneros me susurran pensamientos sobre el futuro de la literatura, como el ensayo La ligereza (2024), de Juan Cárdenas, quien advierte que en nuestros tiempos “casi nada de lo que se considera militante es capaz de flotar” y que la ligereza es “una encarnación de lo posible”: “Más allá de la nación está el pueblo y más allá del pueblo empieza aquel país sin nombre, anterior a los nombres pero de donde surge toda posibilidad de nombrar”. Cárdenas pone en práctica estas ideas en sus novelas, en que los tiempos se traslapan y el siglo XIX puede ofrecernos ideas para maniobrar en el XXI. Otras novelas que me parece vienen del futuro para seguir creyendo que la literatura seguirá viva: El monte de las furias (2025), de Fernanda Trías, que he reseñado en alguna oportunidad, o Una casa sola (2026), de Selva Almada, en que lo narrado es ni más ni menos que el tiempo, su duración, la enervada resistencia de una casa y la fuerza de los fantasmas que pueblan la historia y que nos sobrevivirán.
