Las letras del fallecido músico argentino tradujeron miedos y esperanzas colectivas a través de una jerga secreta que fue codificándose a lo largo de muchos años. Lejos de la pancarta o el discurso político explícito, sus palabras lograron llegar a las masas haciéndose cargo de las dimensiones más conflictivas de lo social, sin dejar nunca de lado su compromiso por el deseo de otra sociedad posible.
Por Iván Pinto | Imagen principal: Luis Abdala/AFP
Nueve kilómetros ininterrumpidos de fila en Avellaneda para despedirlo. La noche anterior, una multitud se había agolpado espontáneamente en Plaza de Mayo, mientras el gobierno de Milei se oponía a declarar duelo nacional. Tras su muerte el 5 de junio pasado a los 77 años, no hubo programa de radio, columna periodística, medio escrito o televisivo que no haya hablado del legado del Indio Solari, incluyendo análisis políticos y culturales por parte de diversos intelectuales que circundan las áreas de ciencias sociales y humanidades. Un efecto transversal, diría, que a la vez divide aguas, y cuyas consecuencias apenas se hacen ver a tan poco tiempo de su partida. Porque el músico argentino, fundador de la banda Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, ya venía despidiéndose hace varios años. Su último concierto público fue en 2017 en Olavarría, frente a 200 mil personas. Luego, los conciertos de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado [grupo que fundó en 2004 tras la separación de Los Redonditos…] eran más bien un ritual religioso donde se cantaban sus canciones con él ausente o proyectado en pantalla grande dando un mensaje a sus fans. Por ese motivo casi espiritual, quizás, decidieron no suspender el concierto agendado para el 6 de junio, un día después de su fallecimiento, y que se repletó de gente llorando sus himnos.
No escribe aquí un fanático o, como le llaman en Argentina, un “ricotero”. Pero se me hacía inevitable escribir algo frente a tan magra cobertura local, donde apenas mencionaban el intento frustrado de que su mítica banda Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota sonara en Chile a inicios de los noventa con el single “Mi perro dinamita”, que sonó tímidamente en nuestras radios antes de caer en el olvido. En paralelo, al otro lado de la cordillera, la banda se transformaba en un objeto de culto creciente, pasando de hacer shows en pequeños clubes cerrados a tocar en escenarios masivos, sin firmar contratos con grandes sellos discográficos o pagar publicidad. Eran los años del disco doble Lobo Suelto / Cordero Atado (1993), que abría la década de los noventa con letras alegóricas, temples obscuros y riffs marcados que sellaron el sonido más propiamente “ricotero” que dio forma a la idea de “rock de barrio”.

El fenómeno tendría que explicarse en retrospectiva. Los Redonditos fue la banda que testimonió el surgimiento de la contracultura entre fines de la dictadura e inicios de la democracia argentina, moviéndose en bares entre La Plata y Buenos Aires, cerca de otros grupos como Sumo o Don Cornelio y la Zona. Sus primeros tres discos —Gulp! (1985), Oktubre (1986) y Un baión para el ojo idiota (1988)— marcaron, por un lado, la iconografía base de las letras del Indio Solari con canciones como “Barbazul versus el amor letal”, “La bestia pop”, “Pierre el vitricida”, “Motor psico”, “Preso en mi ciudad” o “Masacre en el puticlub”. En ellas destila el sentido más corrosivo y a la vez lírico del Indio, donde personajes estridentes, apocalípticos o salidos de un cuento de hadas se mezclan con la noche, el exceso o la paranoia. El sonido de estos primeros años combina elementos diversos del rock and roll, la psicodelia, el ska, el funk, el punk o la new wave, sin escatimar préstamos de otras influencias. Sobre esa mezcla, la voz visceral y enigmática del Indio genera un contrapunto con las notas melódicas y épicas de la guitarra, mientras el saxofón juguetea entre una alegría sincopada y un melancólico aullido nocturno, como pasa en canciones como “Preso en mi ciudad”, “Ji Ji Ji” o “Superlógico”.
Aun así, hay que buscar en esta despedida masiva del Indio algo que rebase las cifras populares o la historia de su evolución sonora e incluso el relato de la construcción de un mito. Una de las frases de uno de los muchos testimonios que vi durante esos días de duelo en redes sociales decía algo como: “El Indio hizo bailar a filósofos y leer a los delincuentes”. Esta cita me dio vueltas muchos días, y pensé que Solari había logrado un bien mayor para lo que el comunicólogo Jesús Martin Barbero, hace muchos años, denominó “lo popular-masivo”, es decir, una resignificación popular de lo masivo, usando sus estructuras para hablar desde la vivencia y la experiencia. Una suerte de desorden contracultural, que desplazó los lugares simbólicos en los que tal o cual cosa —la política, la música, la cultura letrada, la cultura popular— deberían tener lugar.
Sus letras tradujeron miedos y esperanzas colectivas a través de una jerga secreta que fue codificándose a lo largo de muchos años. Lejos de la pancarta o el discurso político explícito, sus palabras lograron llegar a las masas haciéndose cargo de las dimensiones más conflictivas de lo social, sin dejar nunca de lado su compromiso por el deseo de otra sociedad posible. En sus letras no cabe ambigüedad al respecto, y aunque estén abiertas, son una clara expresión de lo que sucede en las calles, los barrios y en la noche. Quizás el punto más nítido y definitivo de este guiño político sea el disco Oktubre, verdadero encuentro entre lo contracultural —como sonido, como actitud— y lo político —como contexto e historia social—. Sorprende el culto que despierta este disco, porque fue hecho en plena apertura democrática y retrata la pervivencia de lo siniestro y del agobio. Es un disco, digámoslo, denso, obscuro y alegórico. Desde su primer tema, “Fuegos de octubre”, y la portada, la referencia es a la revolución y al juego entre dos “octubres”: el de 1917 de la Revolución rusa, y el de 1945 de la llamada revolución peronista, habitando en un hiato entre ambas y dejando una pregunta abierta por la revuelta, el cambio social y la solidaridad de clase. Otros temas como “Preso en mi ciudad” o “Divina Tv. Führer” nos hablan del malestar, la vigilancia social de los medios o la idea de un sentir posdictatorial (“atrapado en libertad”), mientras la contracultura o la bohemia amenazaba con morir. “Música para pastillas” o “Ya nadie va a escuchar tu remera” hablan de la frivolidad cultural desde una incomodidad de clase. Este tipo de elementos han estado presentes a lo largo de su discografía con o sin Los Redondos, pero temas como “Vencedores vencidos”, “La parabellum del buen psicópata” o “El pibe de los astilleros”, solo por citar unos cuantos de su discografía extensa, siguen por esta vía.
Aunque las grandes discográficas internacionales durante los ochenta y noventa buscaron promover un “rock latino” —que encarnaron desde Los Enanitos Verdes a Los Fabulosos Cadillacs—, ni Los Redonditos ni el Indio entraron en esa circulación, manteniendo los pies firmes territorialmente y en su búsqueda artística y lírica , creando un fenómeno masivo, cuya adherencia, también, fue resignificada en términos político-militantes. Aunque Solari nunca militó y no dio apoyos explícitos, sí fue cercano al universo de la izquierda peronista y es posible entender su culto, también, en esta clave: en las dos décadas de movilización, sus canciones fueron lema y voz de muchos cánticos partidistas. Esto lo ayudó a construir un público transversal en ese mundo, que se movía entre el escuchante trabajador, de clase popular, y el estudiante de Sociales o Letras de la UBA. Un habla colectiva, coral, cuyas letras se sintieron vivas en las calles, en las casas, en las marchas, en las asambleas. El Indio fue tanto el inconsciente social y político de una época, como su héroe, la gran “bestia pop”: “Mi héroe es la gran bestia pop/ que enciende en sueños la vigilia/ y antes que cuente diez dormirá”.
