En las redes sociales se consume tanto contenido y de manera tan acelerada, que el sentido original de los mensajes se transforma, tal como ocurre en el juego del teléfono. Un buen ejemplo son los memes, que comenzaron utilizando códigos humorísticos muy distintos de los actuales. “El cambio de sentido es natural”, dice Baltazar Pérez, estudiante de segundo año del Plan Común de Ingeniería y Ciencias de la Universidad de Chile, “lo nuevo es que ahora ese proceso está mediado por algoritmos”.
Por Baltazar Pérez | Imagen principal: Pexels
Jugar al teléfono es lo más simple del mundo; es cosa de preguntarle a cualquier niño. Tú y tus amigos se disponen en círculo: el primero elige una frase que susurra al oído del siguiente, este repite lo que escuchó y así hasta llegar al final. El último dice la frase en voz alta y contrasta su versión con la original.
El juego es divertido solo cuando el mensaje ha sido tan distorsionado en el camino que queda totalmente irreconocible. ¿Cómo llegó la frase a duplicar su longitud? ¿De dónde habrá salido tal o cual sonido nuevo?
Todos vivimos este fenómeno en la vida real, desde algún cahuín de pasillo hasta la malinterpretación de un mensaje de texto. Que nuestro lenguaje se construya en base a signos y a su interpretación implica que, cuando elegimos compartir lo que pensamos, nos arriesgamos a ser malentendidos. En este contexto, cabe analizar, entonces, cómo el uso de redes sociales masivas ha transformado nuestra manera de comunicarnos. En particular, es interesante pensar en la pérdida de sentido que sufren algunos elementos en la cadena comunicacional, y un buen ejemplo de esto son los memes.
Hay quienes dicen que algunos memes de internet se caracterizan por la posironía. Esto significa que el humor se ha desplazado hacia lo absurdo: en palabras simples, no importa tanto que exista un chiste, lo que importa más es su falta de lógica. Los memes, por lo tanto, empezaron utilizando códigos humorísticos muy distintos a los que tienen actualmente. Nadie podría decir que un meme de Facebook del 2011 es igual a uno de Instagram de 2026.
En las redes sociales se consume tanto contenido y de manera tan acelerada, que el sentido original de los mensajes se transforma continuamente. Hay que actualizarse todo el tiempo para poder entender lo que sucede y lo que se quiere decir, lo que no es malo necesariamente. Es un proceso tan natural como jugar al teléfono con un grupo de amigos. Este cambio de forma no implica que los mensajes pierdan su significado, sino que sus interpretaciones evolucionan a medida que circulan, aunque lo hagan a un ritmo acelerado.
El algoritmo cumple un rol de mediador en este proceso. Al seleccionar qué modificaciones de sentido persisten y cuáles desaparecen, el algoritmo puede influir en qué tipo de mensajes se esparce. Aunque el proceso de cambio es natural, lo artificial es mediarlo. Nos deberíamos preguntar si este filtro es realmente neutral. Dado el gran volumen de información que maneja, el sesgo del algoritmo se vuelve vital para entender cómo se desarrollan las ideas que rigen nuestra sociedad.
Debemos recordar que la mayoría del tiempo estamos en la mitad del círculo del teléfono. Para entender el lugar propio en esa cadena, no solo hay que escuchar y hablar, sino pensar en cómo el mensaje nos llegó. ¿Qué habrán querido decirnos en primer lugar? ¿Y por qué filtros pasó hasta llegar a nosotros?
