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La caja negra del futuro   

«Hoy, la nueva ficción del realismo capitalista nos ofrece un espejo ideológico del presente, de lo que hemos modelado social, política y tecnológicamente como nuestra actualidad. Nada hay de utópico o superador en ella», escribe el crítico Iván Pinto a propósito de las series Years and Years (2019) y Devs (2020).    

Por Iván Pinto

1. Desde pequeño me fascinó la llamada “ficción de anticipación”. A mis 12 años, una mezcla de libros, cómics y películas forjó mi primera imaginación distópica. Libros como los de la colección de ciencia ficción del sello Minotauro, historietas como las españolas Zona 84 y Cimoc; la argentina Fierro o las locales AsteroideBandido Trauko, y películas arrendadas en un videoclub, como El planeta de los simios (F.J. Schaffner, 1968), 2001: odisea en el espacio (Stanley Kubrick, 1968), El día después (Nicholas Meyer, 1983) o Blade Runner (Ridley Scott, 1982) avivaban mi imaginación y una suerte de inquietud por mundos posapocalípticos, viajes interestelares fallidos o distopías totalitarias.  

Me pregunto por el impacto que tuvo en toda una generación acercarse a esos universos en el contexto de la posdictadura, a inicios de la década del noventa. Las distopías poscivilizatorias de las novelas gráficasSimón del río (Claude Auclair), cuyo personaje principal atravesaba un mundo abandonado donde milicias desaforadas oprimían pequeños poblados; del cómic Tagh (Grassi y Zanotto), donde el escenario primitivo en que se movían sus personajes era en realidad el futuro de un mundo postecnológico o la mítica escena de la Estatua de la Libertad enterrada en una playa abandonada al final de El planeta de los simios eran imágenes que llegaban como relámpagos en medio de un tedio noventero con ambiente de resaca social. 

Me pregunto si las ficciones distópicas actuales llegan de esa misma forma o vienen a confirmar que el tedio es un nuevo absoluto. Me interrogo mucho si la imaginación que impregna las narrativas distópicas de hoy es la misma que animaba las que vi en mi adolescencia. Mientras las ficciones actuales reflejan el mundo de hoy en crisis, las ficciones que llegaban a nosotros en la década del noventa eran más bien narrativas de las décadas del sesenta y setenta que nos aparecían en las repeticiones televisivas, los videoclubes o las ventas de usados y saldos que se adquirían a bajo costo. 

2. En este presente de plataformas y series globalizadas, la distopía abunda como un tópico recurrente que ha generado nuevos subgéneros ad infinitum. Si George Romero a fines de los sesenta abordaba la figura del zombi como una alegoría del capitalismo de consumo o del miedo al otro, en las producciones actuales encarnan bien la amenaza permanente del “todos contra todos” y de un estado de guerra total (ahí están, por ejemplo, The Walking Dead o The Last of Us). Algo parecido ocurre con ficciones más orientadas al público adolescente, como Maze Runner (2014) o Los juegos del hambre (2012), cuyos personajes representan la alegoría perfecta del individuo capitalista en un mercado de sobrevivencia. La exitosa serie de Netflix El juego del calamar (2021) lleva esta lógica al extremo y propone, a su vez, una alegoría sobre la crueldad y el sadismo en una época de morbo y autoexplotación. 

Mientras algunas series como Tales from the Loop (2020) o Station Eleven (2021) apuestan por una temporalidad más pausada y un punto de vista más afectivo para ahondar en futuros distópicos, la antología Black Mirror (2011-2025) dio en el clavo al mostrarnos la extensión de una realidad tecnológica cuyo horizonte final es menos un futuro postecnológico que intratecnológico, al proyectar determinadas tendencias —y terrores— de nuestra relación y dependencia con las máquinas y algoritmos.  

3. Dentro de la producción televisiva sobre el futuro, hay dos series recientes que me parece que, más que irrumpir como un relámpago en medio del tedio, lo extienden al infinito, y el terror proviene de una realidad casi consumada, una temporalidad crepuscular y vacía, pregnada de pesimismo y realismo tecnológico. 

La primera es Years and Years (2019), una coproducción de HBO y BBC que proyecta, a lo largo de 15 años —desde 2018—, la vida de una familia inglesa en paralelo a las transformaciones políticas, ambientales y tecnológicas. Se trata de una miniserie autoconclusiva, realizada en la prepandemia, que nos muestra un mundo atravesado por crisis migratorias y el ascenso de la derecha populista; por amenazas nucleares ycolapsos climáticos —desde el fin de especies hasta la lluvia eterna o la escasez de alimentos—; por la utopía transhumanista de abandonar el cuerpo y migrar a la nube, y por la proliferación de fake news como forma de materializar un poder autoritario, solo por mencionar algunos ejes.  

La novedad es que esta serie funciona como una “saga familiar”, mostrando cómo un grupo humano es impactado por el acontecer histórico y tecnológico a lo largo de los años hasta llegar a su descomposición. A partir de la extrapolación de tendencias que hace siete años atrás eran apenas incipientes, la serie anticipa hechos que, a la luz del presente, resultan inquietantemente reconocibles: pandemias, revueltas globales, un auge de las guerras, de los gobiernos populistas autoritarios, de las fake news y de la crisis identitaria adolescente en mundo saturado de pantallas. En ese sentido, Years and Years parece ser la crónica de una muerte anunciada, donde las estructuras institucionales —en todas sus escalas— parecen haberse roto. 

La segunda serie es Devs (2020), del prolífico Alex Garland, guionista y director de diversas producciones audiovisuales que apuntan al futuro tecnológico y distópico. Se trata de una miniserie autoconclusiva —como la anterior— de atmósfera y temporalidad lúgubre; un thriller político y tecnológico que tiene a una inteligencia artificial en su centro. Se trata de una empresa, Devs, que desarrolla un supercomputador cuántico que utiliza un algoritmo para predecir hechos basándose en el conocimiento de las variables genéticas o estructurales del pasado. Un asesinato y un caso de espionaje despliegan una atmósfera de encierro donde, progresivamente, se van revelando aspectos de este proyecto, como su base en una filosofía causalista, la posibilidad de observar el pasado “en directo” e incluso la apertura hacia realidades alternativas. La obsesión por lo predictivo, la fe en la variable algorítmica y la persistencia del fatalismo presentan la imagen de un ser humano entregado al dictamen de una nueva deidad, como si se tratase de un oráculo. Así, Garland construye una mitología fáustica en torno a la máquina, que subyace a nuestra actual fascinación con la inteligencia artificial, y cuya fantasía central es el desplazamiento de la agencia humana. 

4. Las ficciones distópicas de nuestro tiempo están lejos de la imaginación residual de la década del setenta y ochenta, que provenía de las crisis humanas y sociales del siglo XX y que funcionaba como una advertencia sobre los excesos tecnológicos y la amenaza nuclear. En ese contexto, la posible destrucción de la especie propulsaba una fantasía comunitaria primitiva, cuyo destello era la luz del último hombre posible. 

Hoy, la nueva ficción del realismo capitalista nos ofrece un espejo ideológico del presente, de lo que hemos modelado social, política y tecnológicamente como nuestra actualidad. Nada hay de utópico o superador en ella. Es, más bien, el reflejo negro de una realidad replegada sobre sí misma: anticipación acelerada y pulsión de muerte. Un futuro cancelado con ningún proyecto emancipador por imaginar.