Chile, redes y movimientos, obra recién editada por el Museo Chileno de Arte Precolombino, reúne ensayos de veintiún autores de distintas disciplinas —antropólogos, arqueólogos, historiadores, geógrafos, escritores, astrofísicos— que reflexionan, desde múltiples perspectivas y a través de estudios de casos, cómo la noción de redes, a pesar de su relativa invisibilidad en la historia oficial, ha sido central en la construcción y la imaginación del paisaje, la cultura, la memoria y la identidad del país. El volumen se integra a la colección de 38 libros con que el museo ha explorado, durante cuatro décadas, las continuidades y tensiones del patrimonio chileno y americano.
Por Cristóbal Marín
I
Uno de los más importantes filósofos del siglo XX, Ludwig Wittgenstein, escribió en su celebre libro Investigaciones Filosóficas que “la comprensión consiste en ver conexiones”. Esta enigmática frase, más allá de sus variadas capas de significado, sugiere que comprender no es un acto abstracto sino que se trata más bien de captar y reconocer vínculos, “parecidos de familia” y relaciones al interior de una forma de vida.
Chile, redes y movimientos, a través de sus estudios de caso, muestra precisamente que para comprender un país y su historia es necesario mirar el tejido de vínculos, redes y conexiones que han operado desde tiempos inmemoriales y constituido nuestra sociedad. Como señalan en la Introducción los editores (Carlos Aldunate, Paula López, Felipe Armstrong y Claudio Alvarado), “mirar Chile desde algunas de las redes que lo conforman permite reconocerlo desde otro prisma, más allá de fronteras o accidentes geográficos (…) Chile son las conexiones que atraviesan cordilleras y costas, que enlazan desiertos y archipiélagos, ciudades y campos, que vinculan comunidades humanas diversas y a ellas con elementos y fuerzas naturales”. De esta manera, la identidad de un país no es algo cerrado ni monolítico, sino que se funda en la interacción, en las movilidades, las trashumancias y las migraciones.
Como sugerí, para apreciar el valor y la novedad de este libro es necesario situarlo en las discusiones que lo traspasan. A mi juicio, la más importante tiene que ver con el concepto de identidad cultural y, dentro de este, el de identidad nacional. En los últimos años ha habido un encarnizado debate al respecto. Lo que se puede sacar en limpio es que ya no es posible pensar las identidades nacionales como hechos naturales, unificados, compactos y cerrados de una vez para siempre, sino que estas son formadas y transformadas a través de complejos procesos culturales. Así, una nación no es solo una entidad política y geográfica, sino algo que produce significados, un sistema de representaciones y símbolos culturales. Es decir, una comunidad simbólica, y en ello radica su poder para generar un sentido de pertenencia y organizar nuestras acciones y la concepción de nosotros mismos. Como lo conceptualizó el influyente autor británico Benedict Anderson, se trata de “comunidades imaginadas” que son narradas, entre otros mecanismos, por los rituales, la historia nacional, la ciencia, la literatura, la cultura popular, las imágenes, el paisaje y la geografía. Por supuesto, nunca esta narración es neutra, está siempre tensionada por luchas simbólicas y políticas y atravesada por el ejercicio del poder.
Un elemento que ha estado menos presente en esta discusión ha sido el rol de la naturaleza, la geografía y el paisaje, es decir, la invención del espacio y el territorio, en la construcción de la nación y la memoria colectiva. Es precisamente en esta dimensión escasamente explorada donde radica el gran aporte de este libro.
Como señala el historiador Simon Schama en su obra Landscape and Memory, los paisajes no son solo lugares físicos, sino también “construcciones de la mente” formados por nuestros instintos culturales más profundos, identidades territoriales, necesidades psicológicas y memorias personales y colectivas. Al mismo tiempo, sugiere que todo paisaje, por tanto, es cultural y está construido a partir de varios estratos de representaciones y memorias que de alguna forma permanecen activas bajo las nuevas capas.
El problema de la identidad y su relación con el espacio es un asunto que se puede remontar al siglo XVI con la invención hispana de este territorio denominado Chile. Como muestra la historiadora Alejandra Vega en su excelente libro Los Andes y el territorio de Chile en el siglo XVI: descripción, reconocimiento e invención, fueron principalmente las sucesivas representaciones hispanas de la cordillera como límite infranqueable y peligroso, con un frío extremo que congela los cuerpos, las que, en una compleja interacción con tradiciones aborígenes, elaboraron una poderosa retórica sobre la identidad territorial de esta jurisdicción que de alguna manera se “naturalizó” y hasta el día de hoy permea nuestros puntos de vista y cultura.
En el siglo XIX, con la construcción del Estado nacional, también hubo intentos desde la historiografía y las ciencias de elaborar una narración que vinculara la geografía y la cultura. Se construyó y consolidó el influyente eje vertical norte-sur y el concepto de una “larga y angosta franja de tierra” en oposición a versiones más fluidas y horizontales, propias principalmente de los pueblos originarios.
En las primeras décadas del siglo XX, surgieron varias aproximaciones más impresionistas y literarias sobre este asunto. Quizás la más conocida es la que plasmó Benjamín Subercaseaux en su célebre libro Chile o una loca geografía. Sin embargo, esa manera de vincular el paisaje y la cultura, con sus disquisiciones metafísicas y poéticas, hoy en día no se sostiene y aparece como demasiado impresionista e ingenua. Otro intento más disperso pero más interesante es el que hizo Joaquín Edwards Bello en muchas de sus crónicas, donde relaciona la agreste geografía del país con el violento y destructivo carácter del chileno. Su ironía y su costumbre de no tomar nada tan en serio hacen que algunas de sus intuiciones estén mucho más vigentes. Se le atribuye una frase memorable que desmonta la seriedad del “tonto solemne”, actitud bastante común cuando se habla de nuestra identidad: “Chile, una larga y angosta faja de ají, grasa y envidia”.
En sus primeros años, la dictadura de Pinochet también intentó, aunque de manera burda, entrelazar identidad nacional y territorio, y buscó construir, desde el pensamiento nacionalista, una identidad basada principalmente en el territorio rural de la zona central, cuyo arquetipo era el huaso y entre cuyos emblemas se encontraban la manta y las espuelas. De hecho, uno de los encargados de implementar esta política desde el Departamento Cultural de la Secretaría General de Gobierno fue Benjamín Mackenna, líder del grupo musical Los Huasos Quincheros, y desde la televisión esta idea se promovió a través del paradigmático programa Chilenazo, conducido por Jorge Rencoret.
Lo que ha venido haciendo el Museo Precolombino en sus libros es construir, en este caso a partir de una amplia noción de redes, una comprensión dinámica, compleja, multidimensional y abierta de nuestra identidad, rescatando el sustrato vinculado a los pueblos originarios y quebrando la idea hegemónica de norte-sur, complementándola con dinámicas horizontales este-oeste y con la identificación de vastas rutas acuáticas.
En el libro se seleccionan cuatro espacios donde han operado estas redes: la cordillera de los Andes; los mares, lagos y ríos; las grandes infraestructuras viales y redes terrestres y marítimas (como el camino del inka, el ferrocarril salitrero, la carretera panamericana, el metro de Santiago, el océano Pacífico y las rutas de migrantes); y lo que se entiende aquí como espacios de la inmensidad (el desierto de Atacama, la polinesia, la Antártica, las estrellas y la Tierra del Fuego, el último confín del mundo).
Como dije no es posible detenerme en cada uno de ellos, sin embargo, quiero ilustrar las ideas expuestas con dos ejemplos.
II
Es quizás el tratamiento que este libro le da a la cordillera de los Andes la operación más clara y productiva para dilucidar su contribución a complejizar nuestra identidad cultural. Se estudia la cordillera en sus vertientes norte (con los caminos troperos aymaras y las rutas diaguitas), centro (con la arriería en el Cajón del Olivares) y sur (con las redes mapuches transcordilleranas, la trashumancia pehuenche y las redes y senderos en torno al istmo de Ofqui, donde transitaron indígenas canoeros, chilotes, loberos, misioneros, hacheros y náufragos). Como señalan los editores, “la cordillera de los Andes no ha sido solo una frontera, sino también un puente de interconexión. Rutas transcordilleranas, sendas de arrieros y caminos transitados por comunidades indígenas han cruzado la montaña desde hace miles de años (…),[desafiando] límites políticos y naturales”. Sin embargo, la historia de Chile se ha escrito desde una espacialidad longitudinal y vertical, en sentido norte-sur, prestando mucho menos atención a las historias transversales este-oeste.
En este contexto, es particularmente ilustrativo el caso de los territorios y redes mapuches estudiadas por el antropólogo Álvaro Bello. Como muestra en su texto, hasta fines del siglo XIX, la vida mapuche se desarrolló a lo largo y ancho de la Araucanía histórica y de las pampas del otro lado de la cordillera de los Andes. Este pueblo durante siglos se desplazó a través de la cordillera hacia las tierras del este para intercambiar bienes y crear alianzas militares mediante una extensa red de relaciones sociales y vínculos de parentesco, creando un sistema interconectado de rutas ecuestres, rastrilladas, balseaderos y asentamientos de diverso tipo. Esta circulación a través de la cordillera, este ir y venir entre montañas a través de pasos oficiales y no oficiales, boquetes y pequeñas abras, forma parte de un continuo histórico arraigado en la experiencia mapuche y tuvo una enorme importancia social, económica y cultural.
Sin embargo, con la consolidación de los estados nacionales y sus fronteras se impuso una narrativa histórica, e incluso cartográfica, que ha ignorado esta espacialidad y configuración de redes hacia el este, dificultando su comprensión y significado, por lo que —argumenta Bello— se hace necesario repensar la historia mapuche más allá de las fronteras nacionales. Así, escribe “frente a la imagen de un Chile vertical, encerrado en sus fronteras y obsesionado con su eje norte-sur, la historia mapuche ofrece otra orientación. Es la historia de un pueblo que trazó rutas horizontales y tejió redes transcordilleranas”.
Otro espacio de alto interés por su novedoso tratamiento y porque ha estado más ausente del relato histórico y geográfico oficial se trata de las rutas acuáticas. En este libro se incluyen las redes marítimas establecidas por chonos, kawésqar y yaganes en torno a archipiélagos, canales australes y el estrecho de Magallanes; las redes de navegación fluviales y lacustres de poblaciones mapuche-huilliche; y los movimientos de personas, balsas de cuero de lobo marino, pinturas rupestres, animales y rocas en las costas del desierto de Atacama.

Carlos Aldunate, Paula López, Felipe Armstrong y Claudio Alvarado (Eds.)
Museo Chileno de Arte Precolombino, 2025
264 páginas
Una buena ilustración de la complejidad y relevancia de estas redes acuáticas lo constituye el estudio de la historiadora Ximena Urbina sobre lo que ella llama “caminos de mar en los archipiélagos australes”. Estos espacios fueron construidos como un verdadero territorio marítimo primero por los grupos indígenas de canoeros australes que lo habitaron, transitaron y le dieron sentido al recorrerlo, nominarlo y establecer múltiples redes de conexión. Chonos, kawésqar y yaganes hicieron del mar el ámbito de su vida transitando de manera permanente por caminos marítimos que podían cubrir desde los archipiélagos al sur de Chiloé hasta el estrecho de Magallanes, el canal Beagle e incluso el mismo Cabo de Hornos, dependiendo de los pueblos. Se trataba de unos verdaderos nómades del mar (como lo plantea el título del extraordinario libro sobre los kawésqar del arqueólogo y etnólogo francés Joseph Emperaire, muerto trágicamente en la isla Riesco y enterrado en el cementerio de Punta Arenas). Los canoeros realizaban estos movimientos a través de la dalca, una embarcación perfecta para sus fines, pues podía desarmarse y cargarse o arrastrase por los pasos o atajos terrestres. La razón de su movilidad estaba en el aprovechamiento de recursos como, entre otros, huevos de pájaros, mariscos, ballenas varadas, lobos marinos, árboles para sus dalcas, e incluso, más tarde, la visita a lugares donde las embarcaciones europeas recalaban o naufragaban para encontrar algo de utilidad.
En el caso de los Chonos —como señala la autora—, su contacto e interrelación con sus vecinos del norte, los españoles de Chiloé, implicó su dramático descenso demográfico y su acomodación al sistema hispano, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XVIII. Esto, además, cambió sus rutas y redes de conexiones respecto de las de sus antepasados y alteró la manera de relacionarse con su territorio marítimo.
Por su parte, las navegaciones españolas desde Chiloé por los canales entre los siglos XVI y XVIII fueron muy importantes y aprovecharon el saber náutico acumulado y las rutas de los pueblos canoeros. Como testimonia un navegante español de una expedición de 1674, citado por Urbina: “Jueves 29 de noviembre: caminé por tierra con la demás gente y tres embarcaciones en hombros, cosa de media legua, hasta un río y en él eché las embarcaciones al agua y el río abajo navegué cuatro leguas”. De hecho, los indígenas fueron usados como prácticos, guías o informantes locales.
Los españoles se movían con distintos objetivos: para buscar la boca del estrecho de Magallanes, para extraer personas del pueblo Chono para llevarlas a Chiloé y venderlas como esclavos o reubicarlos para convertirlas al cristianismo; para encontrar la mítica Ciudad de los Cesares, dar con posibles asentamientos de sus enemigos ingleses, realizar cartas hidrográficas, establecer misiones religiosas y reconocer sitios de naufragios, como el de la fragata H.S.M Wager ocurrido en 1741, relatado luego por uno de sus protagonistas, el guardiamarina inglés John Byron, abuelo del famoso poeta, quien fue rescatado junto a otros tres tripulantes por un grupo de indígenas canoeros (permítanme un paréntesis: este episodio podría ser famoso otra vez y quizás genere alguna mayor “visibilización” de los indígenas canoeros, pues Martin Scorcese, basándose en el libro Los náufragos del Wager, de David Grann [uno de sus escritores actuales favoritos], ha prometido que filmará una película).
Como concluye Ximena Urbina, “A diferencia de las terrestres, las rutas marítimas no dejan huella en el avance, solo existen en la mente del navegante. La memoria de viajes anteriores fue y sigue siendo la única guía de los caminos en el mar (…) Todas estas expediciones dieron como resultado el diseño de diferentes rutas marítimas cuyas historias nos permiten repensar otras maneras de viajar y experimentar el viaje”.
III
Para terminar, quiero hacer una breve reflexión en torno a por qué estas discusiones e historias que complejizan nuestros relatos sobre Chile son tan relevantes y urgentes para nuestra precarizada esfera pública y, por tanto, para la calidad de nuestra democracia.
La construcción del Estado nacional moderno en Chile, como vimos, excluyó y reprimió las identidades culturales de los pueblos originarios. Sin embargo, una democracia liberal moderna debe tener como una de sus dimensiones centrales el reconocimiento de diferentes formas de vida, especialmente aquellas derivadas de las culturas originarias. No se trata de cualquier reconocimiento, sino de uno, por decirlo así, racional, compatible con una democracia liberal no ingenua antropológicamente. Una solución interesante, que quizás permitiría salir del laberinto en que nos encontramos al respecto, es aquel reconocimiento —como ha argumentado Carlos Peña en su libro La política de la identidad— basado en la idea liberal de protección de la autonomía individual. Dado que la identidad de un individuo se forja en la pertenencia a una forma de vida específica, a una cultura, esta, por tanto, debe ser protegida y reconocida de manera de fortalecer la autonomía de sus miembros. Este reconocimiento se traduce, por cierto, en la reivindicación de derechos lingüísticos, territoriales y de participación política. Esta sería una forma de multiculturalismo no solo compatible con una democracia liberal, sino también una dimensión relevante de los principios que la constituyen, y podría contribuir a cohesionar a una comunidad política y no a fracturarla, como se ha tendido a pensar desde ciertos sectores conservadores.
En los últimos años, nuestra sociedad ha estado muy tensionada y polarizada por este problema sobre el cual no se ha podido llegar a consensos mínimos, como lo demuestran los fracasados intentos constitucionales. Incluso los relatos sobre el país más bien han tendido, peligrosamente, a simplificarse y a convertirse en construcciones identitarias aún más toscas, monolíticas y esencialistas.
Sin embargo, esta tarea de reconocimiento no es fácil de concretar, pues, entre otros problemas, la ignorancia sobre las historias y culturas que nos constituyen hace que nos aferremos a nuestros prejuicios. Entonces, el inmenso proyecto editorial del Museo, que se ha esmerado en mostrar la compleja continuidad cultural entre el pasado precolombino y nuestro presente, ha significado, al menos, un reconocimiento simbólico de estos pueblos originarios al darles visibilidad a sus culturas y a los relatos excluidos de la historia oficial. Es una lástima que llegue a su fin, pero una mayor difusión —quizás en innovadores formatos y redes digitales— de los contenidos de este libro y de los treinta y siete restantes podría contribuir a ampliar esta comprensión de nuestras historias y sus conexiones. Tal vez sea un paso mínimo, pero un paso cada vez más necesario dado los signos de los tiempos que vienen.
Este texto corresponde a la presentación del libro Chile, redes y movimientos, que tuvo lugar el 19 de enero de 2026 en el Museo Chileno de Arte Precolombino. Se puede acceder de forma gratuita al volumen en este link.
