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La crisis del aura

En un entorno cada vez más digital, es imposible acercarse a una obra de arte creada por inteligencia artificial con las mismas expectativas que a un cuadro renacentista. “Debemos aprender a leer el código, a entender la lógica de los algoritmos, a apreciar la estética de la interfaz y a valorar la singularidad de la experiencia inmersiva”, escribe Sebastián Chacón Rivera, estudiante de Teoría e Historia del Arte de la Universidad de Chile.

Por Sebastián Chacón Rivera | Foto principal: Pixabay/Pexels

Como estudiantes de Teoría e Historia del Arte se nos enseña a apreciar la materialidad de las obras, por ejemplo, la fuerte vibración de la pincelada en un cuadro de Van Gogh o la respiración suspendida en el tiempo del tallado hiperrealista de una escultura de Miguel Ángel. Esta materialidad no es un mero contenedor de la obra, sino un signo vital, un testimonio de la creación humana y de su existencia en este mundo. Sin embargo, hoy nos encontramos en una era donde una parte creciente de la producción artística nace y habita en lo digital, donde la pincelada y los detalles escultóricos son reemplazados por los pixeles de una IA o de un cada vez más obsoleto software de diseño. Este fenómeno abre una grieta fascinante en los cimientos de la estética tradicional, forzándonos a repensar conceptos fundamentales como el aura, la originalidad, la percepción, el relato y la propia naturaleza del arte.

Para comprender el arte digital, hay que desmitificar su aparente inmaterialidad. Lo digital es pura información, bits, pero requiere de una infraestructura física colosal: el hardware. Esta es la primera gran paradoja, ya que la obra de arte digital necesita de elementos materiales para su existencia, depende del metal de los servidores, del agua para su enfriamiento y de los minerales para los microchips. Por lo mismo, aunque el artista digital no se manche las manos con óleo, su obra está produciendo una huella de carbono y una cadena de suministro material, a lo que se suma que estos dispositivos —los computadores, los celulares o las tablets, entre otros— permiten una interacción entre lo tangible y lo intangible a través de elementos como las pantallas táctiles y los lentes de realidad aumentada.

Frente a esto, la  pregunta inevitable es: ¿dónde reside la obra? La respuesta más lógica sería en un servidor o un disco duro, y en ese sentido serían algo así como los nuevos soportes, una suerte de plinto transfuturista tan tangible como el marco de madera o la pieza de mármol de los soportes clásicos. Pero la relación con la obra es diferente. La obra no es el servidor, el servidor es un contenedor que alberga una instrucción, un código, para recrear la obra en una pantalla. Esta materialidad fantasma es fundamental, porque nos recuerda que el arte digital no flota en el éter, está anclado en un mundo físico, aunque su manifestación fenoménica sea luminosa y efímera. Y es justamente esta paradoja ontológica la que limita al arte digital, imponiéndole una dependencia estructural entre su dimensión material y su aparición inmaterial: una simbiosis inevitable entre lo tangible y lo intangible.

Benjamin en la galería virtual

En su ensayo seminal La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1936), Walter Benjamin definió el aura de una obra como “la aparición irrepetible de una lejanía, por cercana que pueda estar”. En otras palabras, es la unicidad irrepetible de la obra, su presencia en el tiempo y el espacio, aquello que hace que “esté ahí”, vinculada a su contexto ritual y material, y que no pueda ser sustituida por ninguna reproducción. Para Benjamin, la reproducción técnica, como la fotografía y el cine, corroía el aura al desvincular la obra de su contexto ritual y único. En ese sentido, el arte digital lleva la tesis de Benjamin a su extremo lógico. Si una fotografía es una reproducción, un archivo digital es infinitamente reproducible y perfectamente idéntico. No hay un “original” en el sentido tradicional. ¿Dónde está, entonces, el aura? La respuesta no es fácil, pero es posible pensar que el aura no ha muerto, sino que se ha transformado y desplazado, por ejemplo, en los token (NFT), que representan el intento más explícito por reintroducir la escasez y la autoría en lo digital. Un NFT no es la obra de arte digital, sino un certificado de propiedad inscrito en una blockchain que apunta a la obra. Es un aura construida a través de la criptografía y el consenso social, que ya no está en el objeto, sino en el token que certifica su procedencia y propiedad. El fenómeno aquí se vuelve interesante: el aura de una obra digital solo cobra valor si uno, como poseedor de la obra, dueño del código encriptado y exclusivo, lo cuenta, lo exterioriza mediante el relato hablado, creando así un consenso social respecto del valor de la obra. Por lo tanto, hace ingreso en escena el valor de la palabra, que a ratos parecía extinta.

Tanto la filosofía del arte y de la estética se enfrentan a un nuevo conjunto de sensaciones y cualidades formales propiciadas por lo digital. El arte tradicional, como la pintura o la escultura, es estático. El arte digital, en cambio, es inherentemente líquido, mutable y procesual. Una obra puede cambiar con el tiempo, responder a la interacción del público o a datos en tiempo real, y esto desafía la noción de la obra como un objeto terminado y fijo. La pantalla es el nuevo marco, pero un marco dinámico. La estética de la interfaz de usuario, los botones, los menús, los cursores, se convierten en parte de la experiencia estética.

La digitalización no ha matado al arte, sino que ha multiplicado y profundizado sus preguntas fundamentales. En este escenario, la tensión entre lo tangible y lo intangible nos fuerza a expandir nuestro vocabulario crítico y nuestras herramientas de análisis. Ya no podemos acercarnos a una obra de arte digital con las mismas expectativas que a un cuadro renacentista. Debemos aprender a leer el código, a entender la lógica de los algoritmos, a apreciar la estética de la interfaz y a valorar la singularidad de la experiencia inmersiva. El aura benjaminiana no ha desaparecido, se ha vuelto esquiva y múltiple; bajo una nueva lectura reside en la autenticidad del concepto, en la certificación del token, en la singularidad de la experiencia performativa y, sí, aún en los rastros de materialidad que sostienen todo el entramado.

Como historiadores y teóricos del arte del futuro, nuestro desafío es abrazar e integrar la complejidad del lenguaje. Debemos ser arqueólogos de lo digital, capaces de desenterrar las capas de código y hardware y, al mismo tiempo, fenomenólogos de lo virtual, sensibles a las nuevas formas de experiencia estética que están naciendo en la grieta entre lo tangible y lo intangible. Quizás esto es solo un viaje para reencontrarnos con el valor del relato hablado y volver a creer en la palabra, pero en última instancia, el arte sigue siendo el mismo: un espejo de la condición humana. Y hoy, ese espejo tiene una capa de pixeles sobre el cristal.


Este texto fue seleccionado en la convocatoria de Palabra de Estudiante PP36 para ser publicado en el sitio web.