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Alexandra Kohan. ¿Dónde está el humor hoy?

En El sentido del humor, la psicoanalista, ensayista y docente argentina retoma la pregunta freudiana por la risa —entendida como una vía de acceso al inconsciente— e indaga en la potencia emancipadora del humor frente a la solemnidad del saber. En esta entrevista, reflexiona sobre la autocensura contemporánea y los discursos de odio legitimados desde el poder. “Hoy en día hay una pasión por la literalidad y un rechazo a la ambigüedad del lenguaje que da miedo”, advierte.

Por Evelyn Erlij y Denisse Espinoza | Foto principal: Alejandra López

En 1899, un año antes de que Sigmund Freud publicara La interpretación de los sueños —obra con la que sentó las bases teóricas del psicoanálisis—, su amigo Wilhelm Fliess le hizo una observación que resultaría decisiva. Al leer las pruebas de imprenta del libro, Fliess notó que los sueños relatados por los pacientes de Freud estaban llenos de bromas y juegos de palabras. Le parecían demasiado “ingeniosos” como para haber sido elaborados por personas dormidas. Freud venía interesándose desde hace un tiempo por el fenómeno del humor, pero el intercambio con su amigo lo llevó a dedicar mayor atención al tema. Así es como en 1905 publicó El chiste y su relación con lo inconsciente (1905), donde postuló que los chistes, al igual que los sueños, permiten expresar deseos reprimidos. “Al potente edificio del psicoanálisis, cuyos cimientos estaban bien asegurados en el libro de los sueños, Freud agrega, primero, toda la psicopatología de la vida cotidiana y, finalmente, el Witz. Y se sirve de él para mostrar un acceso al inconsciente que, esta vez, se abre en la vigilia”, escribe Alexandra Kohan en El sentido del humor (Paidós, 2024).

La psicoanalista, ensayista y docente argentina plantea que el Witz —palabra que en alemán quiere decir gracia, ingenio, ocurrencia, ironía, pero que se tradujo por chiste en español— es, junto con el sueño, el lapsus, el acto fallido y el síntoma, una formación más del inconsciente. “Cuando Freud escribe El chiste y su relación con lo inconsciente —justamente en alemán dice Witz en lugar de chiste —, está tratando de dar cuenta de su descubrimiento que es el inconsciente. No es un libro sobre humor, aunque también se lo puede leer en esa clave, sino que lo que él descubre es que el procedimiento del Witz es homólogo al procedimiento del inconsciente”, advierte Kohan, cuyo libro retoma la pregunta freudiana por la risa en tiempos de solemnidad, censura y autocensura.

Kohan es magíster en Estudios Literarios por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y autora de libros como Psicoanálisis: por una erótica contra natura (2019), Y sin embargo, el amor. Elogio de lo incierto (2020), Un cuerpo al fin (2022). Además, es colaboradora habitual en medios argentinos y actualmente escribe dos veces al mes una columna en Cenital. En El sentido del humor, construye un ensayo fragmentario a partir de lecturas de Freud y Lacan, de anécdotas personales, de fragmentos literarios y reflexiones de humoristas como Alejandro Dolina, Diego Capusotto y Ricky Gervais. Como antes había hecho con el amor y el cuerpo, Kohan se vale del humor para explorar diferentes fenómenos contemporáneos, como la cultura de la indignación, la exaltación del yo y la curaduría de la imagen pública, poniendo énfasis en el carácter emancipatorio de la risa y en su poder desestabilizante de lo consabido.

Cuentas en el libro que profesores y teóricos como Gilles Deleuze o Jacques Lacan contaban muchos chistes en sus clases, pero que las publicaciones oficiales que las recogieron dejaron fuera gran parte de esos deslices de humor, las ocurrencias, los lapsus. Dices que ahí hay un criterio editorial, pero también un criterio político, porque se cree que los textos académicos o científicos deben ser serios, solemnes, con un aura casi sagrada. ¿Qué se pierde al dejar fuera al humor del conocimiento, y por qué crees que persiste esta idea de que los intelectuales deben ser solemnes?

—Lo interesante es que, en los ejemplos que menciono —el del seminario de Lacan, que era lógicamente oral, y en el libro de Deleuze que recopila todas las partes graciosas de sus clases—, aparece la ocurrencia, la gracia, el juego de palabras, el ingenio, las cosas que se les iban ocurriendo mientras hablaban. No estaban estrictamente en el lugar de profesores que sabían e impartían una lección, sino que eran seminarios donde hablaban, y cuando uno habla, tiene lapsus, ocurrencias, produce cosas graciosas incluso involuntariamente. El saber se lleva muy mal con el humor, lamentablemente, porque las personas que más me transmitieron lo que hay de interesante en el psicoanálisis —aunque esto pasa en todas las disciplinas— no estaban agarradas a posiciones de saber, que además, como sabemos, son posiciones de poder. Por supuesto que el saber requiere esa solemnidad, que no es lo mismo que decir seriedad. Cuando uno da clases está haciendo algo serio, no está haciéndose el gracioso. Ahora, la solemnidad es otra cosa. Me parece que hay un peso, casi diría un pacto implícito —o explícito a veces— entre saber y solemnidad, porque son posiciones de poder, y dejarse tomar por algo que no sea estrictamente el saber es algo que muy pocos logran. Si les pregunto a ustedes por los docentes que más las marcaron en la universidad, seguramente fueron quienes no tenían una relación agarrada con el saber. No se trata de si son graciosos o no, sino de personas que no tienen todo pensado, que hacen del aula un lugar vivo en el que ocurren cosas. Me acuerdo de un docente que tenía los chistes escritos. Esa persona, lógicamente, no tenía ningún grado de soltura. Son personas aferradas a lo que saben, que no quieren que nada las haga trastabillar. Y cuando alguien está dispuesto a trastabillar —porque hablar es entrar en la posibilidad de trastabillar—, suceden cosas que de otra manera no sucederían. Anne Dufourmantelle dice que el poder requiere de la solemnidad para ejercerse.

En la vida cotidiana uno suele tratar de rodearse de personas que tengan el mismo sentido del humor. El humor, como dices en el libro, es un fenómeno social. ¿Qué función tiene en las relaciones humanas?

El sentido del humor
Alexandra Kohan
Ediciones Paidós, 2024
352 páginas

—Freud dice que el chiste es un fenómeno social. Es la más social de las formaciones del inconsciente, porque la ocurrencia es compartida. Por más que uno la tenga solo, hay un otro ahí funcionando, la cultura y la lengua, por lo pronto, pero los chistes uno se los quiere contar a otro. Requieren de una terceridad, no es un fenómeno dual como la comicidad que se produce cuando uno ve que alguien se cae en la calle y se ríe, sino que requiere la lengua, el código. Para que el humor pueda producirse, hay que partir de un código en común, que después se transgrede, porque el chiste ocurre por fuera, transgrediendo un código de base. El ejemplo más evidente es cuando uno se muda de país: el humor cambia y la gente que migra lo sufre muchísimo. El humor no es el mismo en Chile que en Argentina, aunque la lengua sea la misma. Con ciertos amigos podés hacer ciertos chistes, con otros, otros distintos; eso sucede justamente porque se comparte o no un código. Hay amigos que detestan la ironía, otros que les encanta el humor negro. Entre los judíos podemos hacer muchos chistes de judíos, cuando la persona no es judía ya es más sospechoso. Hay que compartir un código para que haya chiste y no ofensa. Sobre el humor se escribió mucho antes de Freud, pero él aporta una cosa fundamental: si el otro no se ríe, entonces no es un chiste. Si yo hago un chiste sobre vos —supongamos que te conozco— y vos no te reís, entonces no fue un chiste: fue que te lastimé, te ofendí o te molesté. Y eso también vale, porque mucha gente hace uso de este procedimiento de decirle al otro: “¡Ay, qué sensible que sos! No te reís de nada, qué poco sentido del humor que tenés”. Cuando en realidad uno tiene que hacerse cargo de los efectos que produce con su palabra, aunque la intención haya sido hacer un chiste. El otro no siempre está dispuesto a reírse, y uno tiene que ser capaz de atajar eso también.

En el libro comentas que coincidiste con Maitena en un ciclo de entrevistas y estaban de acuerdo en notar que últimamente la ironía está mal vista, que quizás hay ahora un temor al filo de la palabra. Una de las explicaciones puede ser que hoy los sectores más progresistas no están dispuestos a reírse de temas asociados a la injusticia racial y la discriminación, lo que ha llevado, entre otras cosas, a que el humor cambie, porque aparecen temas tabú. ¿Cómo crees que esto ha afectado la forma en que se hace humor hoy en día? ¿Y qué riesgos hay en ser, de repente, tan cuidadoso con lo que se dice siempre? ¿Hay quizás más autocensura que antes?

A priori, se puede hacer humor sobre cualquier cosa. A eso le agregaría una cláusula: depende de dónde, cuándo, con quién, en qué momento. Es decir, la enunciación también tiene que ver con qué se puede decir y qué no. No es lo mismo un espectáculo de comedia, donde vos pagás una entrada y hay un pacto implícito, que ese mismo chiste puesto fuera de lugar. Por ejemplo, Ricky Gervais hace chistes sobre pedofilia. Te pueden gustar o no. Ahora, ¿cuál es la enunciación? Ricky Gervais en un contexto determinado. Sabemos que no está a favor de la pedofilia, está usando el humor como procedimiento de denuncia. Lo sabemos justamente porque hay un pacto implícito. Acá en Argentina pasó que un oyente de una radio llamó, grabó un audio y lo pusieron al aire. Era un chiste sobre pedofilia y fue horrible. Fue horrible precisamente porque apareció fuera de lugar. Entonces, el problema no es el tema sobre el que se hace humor, sino en qué condiciones se hace. Los límites del humor, para mí, tienen que ver con el otro. Es decir, si vos lastimás al otro, eso no es humor. Después, uno puede hacer una generalidad y decir que es verdad que hay un aire en estos tiempos de ofensa por todo, de demasiado cuidado por lo que se dice ydónde se dice, demasiada preocupación por cuidarse la imagen. Hubo en un momento una especie de buenismo, ¿no? Todo el mundo es bueno, todo el mundo está preocupado por las causas más nobles. Es como una curaduría de la imagen pública, que a mí, al final del día, me parece muchas veces una hipocresía y una deshonestidad intelectual, porque en general esas personas son muy declamativas, pero después en la vida cotidiana no son tan buenas. Acá en la Argentina, todos estos años estuvimos cuidando tanto la forma que apareció un presidente que es como un retorno de lo reprimido.

No tiene filtros.

—No solo no tiene filtro, dice lo que quiere y no pasa nada. Hoy en día se puede decir cualquier cosa y no pasa nada. Además, durante muchos años acá funcionaba el INADI (Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo), el organismo que velaba por que no hubiera discriminación en la esfera pública. Eso, para Milei, es woke, así que lo desarmó, porque todo es así: decíme qué es woke, que voy y paso por arriba. Es una estupidez. Bueno, desarma eso y ahora todo el mundo está diciendo públicamente “mogólico”. O sea, ¿antes no lo decías porque creías de verdad que estabas discriminando o porque había un organismo que controlaba? ¿Necesitas un vigilante para no decir “mogólico”? Le hablo a la gente que estaría catalogada como woke. Esa gente me interesa. Los anti-woke me parecen una parodia de la cosa estúpida y pueril de los adolescentes transgrediendo, no me interesa ocuparme de eso. Me interesa ocuparme de los que efectivamente durante muchos años no dijeron “mogólico” y un día empezaron a decirlo. Eso me parece tremendo.

Nos acordábamos de la película alemana Ha vuelto, una comedia muy graciosa sobre el supuesto regreso de Hitler en estos tiempos, y que fue muy debatida en Alemania justamente porque algunos decían que no nos podíamos reír de las tragedias que causó. Pero pasa el tiempo, y de pronto hay temas que como sociedad empezamos a abordar. De algún modo, la risa es terapéutica, ¿no?

—Por supuesto. Ahora, no es lo mismo que el chiste sobre los desaparecidos lo haga Mariana Eva Pérez, que fue víctima del terrorismo de Estado, a que lo haga alguien que lo defiende. Hoy en día se legitiman unos discursos que pensábamos que no tenían más legitimidad, como, por ejemplo, gente reivindicando el terrorismo de Estado en Argentina. Nosotros tenemos un presidente que legitima los discursos de odio, que dice barrabasadas, que vive insultando, que reivindica cuestiones nefastas. Es una gran diferencia desde dónde está legitimado eso. En este caso, es un lugar de poder. Ahora, si es desde abajo que se hacen esos chistes, es diferente, porque el humor siempre tiene que ir de abajo para arriba, no de arriba para abajo. No es lo mismo que un empleado se ría de su jefe a que el jefe se ría del empleado. Yo estoy a favor de profanar todos los temas y de producir comedia ahí donde hay tragedia. Hay un dicho que los que se dedican al humor lo saben: la comedia es igual a tragedia más tiempo. Ahora, es muy difícil determinar qué es ese tiempo. ¿Es un tiempo cronológico? ¿Un tiempo político? ¿Un tiempo social? Por ejemplo, hace poco en Argentina se hizo una serie sobre Menem. Menem fue un presidente que nos dejó la tragedia del 2001. Sin embargo, la serie está hecha en clave cómica, incluso paródica. Para los que vivimos la época menemista y no nos olvidamos de lo que pasó, el primer capítulo incomoda un poco, pero a medida que avanza la serie uno advierte que la parodia es una gran clave para narrar a Menem, para narrar la tragedia que significó en este país. Y además, no es lineal. No es que Menem era malo. No, Menem sabía hacer política como casi nadie, sabía mucho de la rosca política, era carismático, todo el mundo quería verlo, saludarlo. Entonces no es tan fácil ubicar al “malo” y decir “ahí está el malo y acá estamos los buenos”. Resulta que el malo tiene cosas con las que vos podrías estar de acuerdo; el malo tiene una sonrisa espectacular, te cautiva, tiene sentido del humor. No todo es tan lineal en la vida. El humor me parece una gran clave para narrar eso.

Hace poco se publicó en el sitio de cine Indiewire una columna sobre la escasez radical de comedias hechas en Hollywood, y el texto empieza así: “Cuesta recordarlo ahora, pero las películas solían ser graciosas (…) la gente pagaba una entrada solo porque la película prometía hacerlos reír, lo cual hoy resulta casi inimaginable”. Y eso resuena con otro ensayo publicado en The New Yorker sobre el literalismo de las películas actuales, ese impulso por explicarlo todo sin dejar espacio a la ambigüedad. ¿Ves ahí un síntoma de estos tiempos?

—Yo creo que, efectivamente, hoy en día hay una pasión por la literalidad y un rechazo a la ambigüedad del lenguaje que a mí me da miedo. Eso nos va degradando muchísimo. Si necesito que el otro me aclare “mirá, esto que voy a decir ahora es para que te rías”, bueno, ahí se anula todo. Hay una merma y una degradación, diría, en términos de lectura, en cómo leemos ciertas escenas, cómo pescamos si el otro está hablando en serio o no sin que me avise. Hoy en día nadie está dispuesto a leer, todo el mundo quiere que le den todo masticado. Hay una doble circulación: por un lado, los productos culturales que buscan explicarlo todo, sin dejar ningún agujerito, para no ser escrachados, supongo —funados, como dicen ustedes—, para no quedar mal o para estar siempre cuidando su imagen. Y por otro lado, hay una demanda del público que quiere que todo le llegue masticado. Por eso la gente consume un reel de dos minutos después de una entrevista que duró una hora y media. Nadie quiere tomarse el trabajo de leer una entrevista entera, pero todo el mundo está dispuesto a levantar el dedo y acusar al otro de algo, de lo que sea, en lugar de decir “quizás estoy leyendo mal esto, me voy a tomar un tiempo”. Darse el trabajo de leer una escena lleva tiempo y hoy nadie quiere hacer eso. Entonces sí, estoy de acuerdo: la literalidad, por un lado, y, en términos más amplios —me animo a decir—, nadie está dispuesto a arriesgar dinero en una producción que después pueda ser escrachada. Todo está, como se dice, sectorizado: son nichos. Uno va y consume el algoritmo, su nichito, el programa de humor que ya sabe que le gusta. No sé cómo será en Chile, pero en Argentina ya no hay programas de humor en la televisión. Entiendo que la televisión cambió, por supuesto, pero igual es llamativo. Antes, la televisión en este país estaba llena de programas de humor, y hoy no hay ninguno. Entiendo perfectamente los cambios de época. Pero aun así, me sigue llamando la atención. O, al revés, mi pregunta es: ¿dónde está el humor hoy? Y ustedes me dirán: “Está en lo viral”. Claro, son los comediantes filmándose, haciendo que su video se vuelva viral. Pero esa es una circulación muy distinta.


Esta entrevista fue editada y adaptada al formato escrito. Fue realizada en el programa radial Palabra Pública, transmitido el 18 de agosto de 2025.