El lugar de la utopía, del filósofo, ensayista y académico Andrés Claro, es un recorrido por los hábitos de figuración que han prevalecido en diferentes épocas, desde la metáfora analógica en la Antigüedad clásica hasta el montaje de la primera mitad del siglo XX. “Alrededor de cada uno de estos hábitos figurales, descritos con los detalles de una gran novela filosófica, gira una vida en común repartida entre la realidad asimilada y el sueño con un lugar que está en otra parte”, escribe Federico Galende, quien presentó el libro hace unos meses.
Por Federico Galende
En todo lo escrito y pensado por Andrés Claro, cuya obra abarca a estas alturas un número vasto de libros y páginas, la pregunta por el lugar siempre estuvo presente, en parte porque su problema fundamental es el de la traducción (el lugar que se le cede en la lengua propia al sentido desconocido que habita en una lengua extranjera), en parte porque su estudio inicial lo dedicó a las formas errantes de un pensamiento que, una vez liberado de las persecuciones de la Inquisición, se halló ante las que ahora le imponía la metafísica cartesiana. Se podría seguir con las infiltraciones vernáculas de los provenzales, con el contrabando onírico de los cortesanos, con las desobediencias introspectivas de las noches góticas, etcétera. Lo cierto es que su pregunta por el lugar está dividida a propósito, en el sentido de que, si por un lado el lugar es una representación del espacio, por otro es lo que el espacio interroga desde las sensaciones sin forma que quedaron fuera de la representación.
Representar es dejar que lo perdido nos mire, y precisamente por eso los hábitos de figuración que han prevalecido en las diferentes épocas son inestables, mutantes, tal como lo exhibe ahora este último ensayo suyo titulado El lugar de la utopía. Si en la época de Platón el hábito de figuración dominante operaba a través de analogías, poco después de que Tomás Moro empleara por primera vez la palabra “utopía” la pregunta por el lugar se desplazó hacia las distopías y las pesadillas satíricas nacidas de la ironía reflexiva de Jonathan Swift, un siglo antes de que pasaran al París de las comunas y a la infinitud de la pantopía revolucionaria que desarrolló Louis Auguste Blanqui.
Este último había esbozado, a mediados del siglo XIX, un conocido manual de instrucciones para la toma de armas en Francia, una topografía de barricadas y fortificaciones levantadas contra la ciudad de Haussmann que más tarde, durante su encierro en el fuerte de Taureau, lo llevó a escribir un ensayo sobre el cielo en el que proponía que al final, en esta tierra, el progreso estaba encerrado entre cuatro paredes. Su revolución no contaba con el auxilio de las teleologías ni los determinismos, en un siglo en que, sin embargo, ni Engels ni Marx ni Fourier ni el célebre Conde de Saint-Simon habían logrado evitarlos. De aquí el lector es transportado al montaje contemporáneo que puso en marcha la poesía de T. S. Eliot en la primera mitad del siglo XX para terminar, hacia el final del libro, en el universo de las hospitalidades incondicionadas que prevalecen en el modo en que el autor piensa el problema de la traducción.
Alrededor de cada uno de estos hábitos figurales, descritos con los detalles de una gran novela filosófica, gira una vida en común repartida entre la realidad asimilada y el sueño con un lugar que está en otra parte, como si Andrés entresacara de la metafísica de las ideas que se legitiman al coincidir consigo mismas los pensamientos que se buscan en la parte de sí que les falta y que echan de menos. Este reparto no es ajeno al corazón de nadie, ya que si existe algo común a los seres y los pensamientos de todos los tiempos es el sueño con un lugar que no es el que les fue dado en la realidad. Sin este sueño, la vida no consistiría en nada y los pensamientos se quedarían vacíos. A la vez, no es verdad que este sueño requiera de su consumación para que habite en él la potencia de otra vida en común.

Fondo de Cultura Economica, 2026. 500 páginas
Esta otra vida en común, abierta a la inconmensurabilidad de las posibilidades, no se suscita solo entre las personas, sino también entre las imágenes, las formas poéticas y la inquietud filosófica. Es todo esto junto lo que traza en el aire el nudo de vestigios y ensoñaciones que, en el oprobio de cada presente, actualizan una crítica de la facticidad.
El gesto político del libro resulta en este aspecto crucial, puesto que a contrapelo de las metafísicas apocalípticas que están a la moda —y cuyos diagnósticos llaman al olvido definitivo de las utopías—, toma su concepto de crítica de una fricción sentida entre los poemas del pensamiento y los agravios de la realidad. Son muchas cosas dispersas contra una sola muy cohesionada (la propia facticidad). Pero esta unidad puede ser desorganizada, ya que las cosas dispersas, justamente por ignorar el orden de prioridades que les ofrece el tiempo, dan lugar a encuentros imprevisibles y extravagantes.
Estos encuentros son abordados especialmente en el capítulo que cierra el volumen, donde la utopía es reanudada desde la perspectiva de una posvida que es la de la traducción, una actividad imposible que, pese a todo, como lo señala Alan Pauls en uno de los epígrafes del libro, “hace posible tantas cosas nuevas”. ¿De qué novedades se trata? De ninguna manera de las que nos depara el futuro, pero sí de la que nos brinda la juventud de una lengua que, portadora de “nuestra edad y nuestra geografía”, es capaz de albergar todos los espectros y las memorias en una simultaneidad viviente que mezcla las cartas a espaldas de la sucesión del tiempo.
Resulta que con este idioma asintópico que navegaba sin rumbo en un mar apartado de la centralidad de la literatura europea, se podían tomar muchas iniciativas, como lo hicieron Borges u Octavio Paz, cuyas obras quebraron las vértebras de la historia proclamada como universal por el pensamiento europeo para rearmarlas de maneras disímiles. No se trata, por cierto, de un guiño empático dirigido porque sí a la región, sino de la recuperación de una lengua suspendida entre los mitos de origen del indigenismo y el ideal ilustrado de las lenguas universales y teleológicas nacidas de las leyendas del eurocentrismo.
Todo queda finalmente en ese aire mezclado, el mañana de un ayer, el anacronismo de lo contemporáneo. Por eso las utopías no se acaban por una escasez de futuro, recomienzan más bien en la sobrevida que les otorga la traducción por medio de un transporte imprevisible, a ratos descabellado. “A menudo las personas —se nos dice sobre el final de este ensayo, tan bien repartido entre la curiosidad y la erudición— nos sumergimos dramáticamente en su interior y, desde allí, desde su fondo agitado y para nosotros desconocido, en donde se siente la debilidad de la razón y su conciencia, al preguntarse por el sentido de sus vidas esos seres se preguntan por su parentesco con todas esas criaturas que lo rodean y que parecen más que él el dueño de sus tierras”.
Así es, así se buscan las palabras del pensamiento en las geografías inexploradas que reparan nuestros olvidos.
