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Los horizontes de una ciudad 

Lo urbano guarda las marcas de los futuros que distintas épocas imaginaron para ellas. Mirarlas como archivo permite interrogar esas promesas: quién definió el porvenir, qué temporalidades se impusieron y qué otras formas de habitar el tiempo fueron desplazadas.  

Por Isabel Serra Benítez | Foto principal: Antonio Scorza/AFP

Durante mucho tiempo creímos que el futuro era una promesa. Promesa de progreso, de modernización, de orden. Y creímos también que las ciudades eran el escenario natural de esa promesa: el lugar donde la historia avanzaba y donde el porvenir adquiría forma visible en avenidas, viviendas, monumentos e infraestructuras. Pero quizás hoy conviene mirar la ciudad de otro modo. No como vitrina del progreso, sino como archivo. No solo como soporte material del presente, sino como depósito de los futuros que alguna vez fueron imaginados para ella y que, realizados a medias, frustrados o impuestos, permanecen inscritos en su forma urbana. 

“Toda ciudad contiene futuros pasados”. La frase —del historiador Reinhart Koselleck— no alude simplemente a predicciones fallidas. Nombra algo más preciso: la manera en que cada época construye sus horizontes de expectativa, la forma en que proyecta hacia adelante sus deseos, temores y programas. Koselleck señala que el futuro es también una categoría histórica —tiene espesor, cambia con las épocas y deja rastros—. Los futuros no cumplidos no desaparecen, se sedimentan en la historia como registro de lo que las colectividades desearon, temieron y se atrevieron a querer. Pero esa pregunta lleva otras adentro, que el historiador no formula: ¿horizontes de expectativa construidos desde dónde, por quiénes, sobre qué cuerpos y territorios? Hay futuros que una sociedad hereda sin haberlos elegido. Futuros ajenos que organizan el espacio, distribuyen posibilidades y jerarquizan el tiempo de otros.  

La socióloga Silvia Rivera Cusicanqui ha señalado que en la cosmovisión aymara el tiempo no avanza en línea recta hacia un porvenir: el pasado está delante de los ojos —es lo que se puede ver porque ya ocurrió— y el futuro está detrás, en lo que aún no se ve. Esa inversión no es un detalle antropológico, sino una epistemología. Cuestiona el supuesto de que planificar significa proyectarse hacia adelante desde un presente que mira al futuro como terreno abierto y disponible. El también sociólogo Aníbal Quijano, por su parte, mostró que la narrativa del progreso lineal no es solo una forma cultural de organizar el tiempo: es una tecnología de jerarquización global. Ordenó a las sociedades entre adelantadas y atrasadas, modernas y rezagadas, e impuso esa escala como si fuera universal. El Norte Global no solo exportó modelos de ciudad; exportó también un régimen legítimo de temporalidad. El futuro pasado de Koselleck deja de ser entonces un concepto neutro: nombra una experiencia histórica particular que se volvió universal borrando otras maneras de habitar el tiempo. 

Que ese régimen temporal sea una invención histórica y no una verdad natural lo confirma, desde la tradición europea, Lucian Hölscher. El historiador alemán plantea que la idea del futuro como campo abierto, secular y disponible para la intervención humana fue construida gradualmente por la Ilustración y la industrialización. Antes, el porvenir era territorio de la providencia o la repetición cíclica. El futuro orientable tiene una fecha de nacimiento. No es la forma del tiempo; es una de sus formas posibles. 

Cuando ese régimen se materializa en una ciudad, cada forma urbana condensa una temporalidad: la medieval organizó el espacio bajo la eternidad del orden feudal; la barroca lo convirtió en escenografía del poder; la industrial hizo del progreso técnico un principio espacial al precio de producir hacinamiento y miseria. Por eso, planificar nunca ha sido una operación técnica. Es una política del tiempo. 

Cada plano decide qué pasado se conserva, qué presente se vuelve tolerable y qué futuro se considera deseable. Cada intervención espacial reparte posibilidades, jerarquiza cuerpos y decide qué vidas parecen tener futuro. 

Si la planificación urbana es siempre una política del tiempo, entonces la pregunta del sociólogo húngaro Karl Mannheim se vuelve inevitable: ¿quién tiene el poder de definir qué futuro es legítimo desear? Su distinción entre ideología y utopía no es solo una categoría sociológica: nombra dos regímenes distintos de relación con el porvenir. La ideología fija el mundo bajo apariencia de naturalidad; la utopía lo desajusta, lo vuelve criticable, lo abre. Pero después de Quijano y Rivera Cusicanqui, esa distinción tiene una dimensión que Mannheim no vio: no cualquier utopía desajusta. Las utopías que se construyen desde futuros ajenos —desde temporalidades que no pertenecen a quienes habitan ese espacio— pueden ser también una forma de cierre. 

Esas preguntas tienen forma de ciudad concreta. Los planes urbanísticos de Georges Haussmann para París, los de Ildefonso Cerdà para Barcelona o los de Ebenezer Howard —con sus ciudades jardín— y Charles Fourier —con sus falansterios— respondieron a la misma crisis industrial con temporalidades distintas: el control del presente, la promesa higienista, la utopía comunitaria. Ninguno cuestionó de quién era el futuro que diseñaba. Brasilia lo hace visible en otra escala, con otra violencia. La capital construida por Oscar Niemeyer y Lúcio Costa en los años cincuenta no fue solo la materialización del futuro desarrollista latinoamericano, sino la imposición de una temporalidad sobre otras. Las comunidades que habitaban el Planalto Central no estaban atrasadas respecto de ese futuro; estaban fuera de él. Sus formas de habitar el tiempo —sus calendarios, sus vínculos con el territorio, sus ritmos— no tenían lugar en la agenda. Miles de trabajadores, conocidos como los candangos, la construyeron en menos de cuatro años, entre 1956 y 1960, bajo condiciones arduas; una vez terminada, muchos fueron expulsados a las periferias. Brasilia no fracasó como proyecto urbano, y en muchos sentidos fue un éxito técnico y simbólico. Pero su historia es el registro preciso de lo que cuesta imponer un futuro ajeno: lo que se borra para que el plano funcione. 

En un presente atravesado por crisis ecológicas, desigualdad urbana y agotamiento del imaginario del crecimiento, leer la ciudad como archivo de futuros pasados permite desmontar varias ilusiones. Obliga a preguntar progreso para quién, orden para quién, modernización a costa de quién. Pero permite también recuperar algo que suele quedar fuera del debate: los futuros cancelados, las alternativas que no llegaron a consolidarse, las temporalidades que fueron expulsadas del plan. No en nombre de la nostalgia, sino para interrogar las promesas heredadas y abrir otras formas de imaginar lo común. 

Porque eso es un futuro ajeno: no simplemente un futuro heredado, sino un futuro que organiza el presente desde una promesa que nunca fue nuestra. La pregunta no es entonces qué ciudad queremos. Es si somos capaces de reconocer en qué ciudad ya estamos viviendo —y desde qué temporalidad fue diseñada.