“En tiempos donde la política solo expresa fragmentación y la cultura hegemónica tiende al individualismo, los juegos nos recuerdan que es en el colectivo donde reside el verdadero bienestar”, escribe el crítico de arte Diego Parra sobre la exposición de Francis Alÿs, Juegos de niñxs, 1999-2022 en el Centro Nacional de Arte Contemporáneo (CNAC) .
Por Diego Parra | Foto principal: Jorge Sánchez
La experiencia del juego es algo común a todas las nacionalidades y culturas, literalmente: si no jugaste, no fuiste niño. Así como hay distinciones en los idiomas, la comida y el vestuario, uno podría pensar que los juegos de Chile no son iguales a los de Turquía o Marruecos, ya que los kilómetros que nos separan son tantos que se hace difícil pensar en zonas comunes, culturalmente hablando. Sin embargo, pareciera que los niños de todos los lugares y todos los tiempos juegan a cosas similares: lanzar piedras al agua, saltar una cuerda, correr frenéticamente unos detrás de otros, o simplemente esconderse a la espera de ser encontrado. Todas estas acciones, que en distintos rincones reciben distintos nombres, al final son lo mismo. Y en esa observación se esconde algo fascinante, pues la infancia revela, en estos gestos, la propia historia de la humanidad.
El artista belga Francis Alÿs (Amberes, 1959) ha trabajado desde 1999 en una serie llamada “Juego de niños”, que se presenta actualmente en el Centro Nacional de Arte Contemporáneo de Cerrillos, bajo la curaduría de su viejo colaborador Cuauhtémoc Medina. En este proyecto, Alÿs registra juegos desarrollados por niños de todo el mundo, dando cuenta de la experiencia común de la infancia en diversas zonas del globo, algunas de ellas urbanas y “pacíficas”, otras en guerra o en crisis humanitarias, lo que revela que, incluso en esos contextos extremos, los niños siguen jugando. Podríamos decir que todo el proyecto, que se puede revisar en la página web del artista —las obras estarán siempre disponibles por voluntad de Alÿs, quien no vende ninguna de estas piezas—, es un gran compendio de creatividad infantil, que opera también como archivo histórico del aburrimiento. El propio curador, durante una de las presentaciones que realizó en Santiago, cita como antecedente más antiguo una tablilla de arcilla proveniente de Mesopotamia, del año 1500 a.C., donde se detallan las actividades de niños y niñas (dejando en claro también que ya en ese tiempo se signaban determinados roles de género), entre las cuales están perseguirse, chocarse o saltar la cuerda. Si entendemos que esta zona del mundo es la “cuna de la civilización”, tendríamos que aceptar que jugar es también una de las actividades que nos hacen “civilizados” y que, en ese sentido, da forma a la condición humana.
La muestra exhibe estas acciones en 22 videos proyectados a lo largo de todo el Centro, con un diseño museográfico interesante que repite el realizado originalmente en el MUAC de México, donde se expuso por primera vez: los espectadores se pueden sentar en pisos con ruedas, de modo que hay total posibilidad de desplazamiento a través de la exposición. Si bien esto responde a un asunto de comodidad para los espectadores —no hay nada peor que estar de pie viendo videos de 8, 10 o 15 minutos—, también introduce un factor lúdico, ya que los visitantes pueden entretenerse mientras revisan los materiales. Si miramos las redes sociales, nos encontramos con videos de niños y adultos jugando en la sala del MUAC, algunos haciendo trencitos y otros pasando el rato desplazándose a lo largo de la sala —casi siempre esto va a acompañado de menciones a lo mucho que se divirtieron en la exposición, cuestión que no suele aparecer en los juicios de los espectadores cuando ven muestras de arte contemporáneo—. En este caso, hay un oportuno diseño museográfico que atiende a la especificidad de la propuesta de Alÿs, a tal punto que al salir del Centro uno se pregunta: ¿podría haber sido de otra manera? Y la respuesta obviamente es no. No hay otra forma de exponer los juegos de niños que no sea esta.
Las 22 piezas expuestas fueron hechas con Rafael Ortega, realizador audiovisual mexicano, su otro gran colaborador además de Medina (trabajaron juntos en la célebre pieza “Cuando la fe mueve montañas”, de 2002, donde a punta de pala y 500 voluntarios movieron una duna en Perú). Su aporte a las obras es evidente, ya que los videos logran mostrarnos narrativamente en qué consiste cada juego, cuáles son sus reglas y características y, además, quiénes lo ejecutan (no es una cámara fija aburrida que pretenda engañarnos con la idea de un “ojo neutral” o puramente documental). Esto no es azaroso, pues el objetivo de Alÿs —quien se fija como regla previa que los juegos estén en el espacio público y sin la intervención de ningún adulto— es que cada video exprese del modo más claro y frontal la dinámica de los entretenimientos infantiles. Al involucrar diversas culturas, ocurre que el propio Alÿs y su equipo no hablan los idiomas de los niños, y deben entender cómo se juega cada cosa simplemente a través de la observación y la lógica (lo cual refuerza la idea de que en todas partes los niños se aburren y entretienen por igual). Con ello, los registros fortalecen su carácter didáctico y narrativo, casi como en el cine mudo, que sin diálogos hablados debía dar cuenta de historias y emociones. Nosotros, como espectadores, debemos entender también por pura intuición y conocimiento previo la operativa de los diferentes casos (y, curiosamente, no cuesta hacerlo).
La experiencia del juego es algo que difícilmente se agota, ya que con cada pieza surge un viejo recuerdo que, de a poco, se hace más claro en nuestra memoria. Independiente de la clase, el género y la nacionalidad, pareciera que las formas en las que se quita el aburrimiento en la infancia son más o menos uniformes y, en ese sentido, manifiestan lo común de un modo único. En tiempos donde la política solo expresa fragmentación y la cultura hegemónica tiende al individualismo, los juegos nos recuerdan que es en el colectivo donde reside el verdadero bienestar. Además, la manera en que los diversos juegos funcionan nos revela que incluso cuando no hay figura de autoridad presente —que en el caso de los niños sería el adulto—, las reglas de convivencia siempre existen y el orden prima de manera natural. Esto va a contrapelo de la sensación general de nuestra época, que busca patriarcas poderosos que “vuelvan al orden” en una sociedad que se percibe como fuera de norma.Allí donde los apocalípticos y agoreros anuncian el fin de todo acuerdo social, los niños de Mosul (Irak) logran ponerse de acuerdo para jugar fútbol entre calles de tierra y ruinas de edificios bombardeados.
Contrario a lo que pensaríamos desde la solemne adultez, los juegos de niños —pareciera— son cosa seria.
