En la Argentina semirural, entre algoritmos, reels sobre robots y un vecino que —muy lejos de las pantallas— apela a la complicidad doméstica, la escritora Cynthia Rimsky se pregunta si el mañana que se asoma no será la repetición de viejas ficciones. A pesar de todo, dice, queda otra posibilidad: desobedecer el futuro prometido.
Por Cynthia Rimsky | Foto principal: Mychele Daniau/AFP
A Sergio.
Esa mañana por alguna extraña razón a partir de mi búsqueda de recetas para cocinar patacones, los algoritmos me envían a un presentador que relata, por micrófono, ante un reducido número de personas, las ventajas de unos monopatines inventados por Tesla para andar en el aire. Los conductores son jóvenes modelos perfectos en sus trajes negros pegados al cuerpo como una piel. Los algoritmos deben notar que permanezco dos segundos e, inmediatamente, aparece una mujer de caminar sensual también en un traje negro pegado al cuerpo que resulta ser una robot mejorada por los chinos para que tenga movimientos parecidos a los de un humano; en la nota al pie leo que, para convencer al público presente de que no está disfrazada, tuvieron que proceder a desarmarla delante de todos. Me pregunto si los modelos de los monopatines también son robots o los disfrazan para que lo parezcan y Musk ahorra dinero. Como si me siguiera leyendo el pensamiento, el algoritmo hace aparecer una noticia sobre millonarios que están buscando un lugar para construir su propio país sin reglas y, de ahí, salta a una conspiración de tecnofeudalistas para convertir a la gente en esclavos… Apago el celular y me pongo a cortar los plátanos. No es sencillo. Hay que freírlos por etapas y aplastarlos uno por uno con el fondo de un vaso húmedo.
Al mediodía nos acomodamos la profe, la carpintera y yo en sendas reposeras bajo la sombra de la morera blanca. Traigo cerveza, los patacones y, cómo no, sale el tema de la inteligencia artificial y el miedo al futuro, concretamente el de nosotras dos como profesoras; ella, de entrenamiento corporal consciente y yo, de cómo escribir sin consciencia. Me lleva a recordar cuando aparecieron las tablets y las redes se saturaron de opiniones premonitorias sobre el fin del libro en papel. Hubo escritores, editores, hundidos en la depresión. Al lado mío la conversación escala en preocupación y espanto cuando irrumpe un grito:
—Vecinaaaaa.
Es el novio de la hija de mi vecina, a cuatro manos construyeron una casa y un horno de barro al fondo del terreno casi pareado al nuestro. Él trabaja en una faenadora de cerdos. Hay varias en la zona que dan empleo formal. Hace poco se operó las rodillas. Imagino que por estar de pie. No lo escuché renegar, va a la fábrica, envuelve el corte de cerdo que otro pone en las bandejas… excepto sábados y domingos.
—¿Cuántas son? —me pregunta desde el otro lado del alambre.
El jazmín amarillo que plantamos para mantener la privacidad de nuestro patio trasero ha crecido y no alcanzo a ver lo que tiene entre sus manos.
—Somos tres —le digo.
—Está justo, entonces.
Se ha convertido en un ritual que nos llame al alambrado para regalarnos lo que cocina orgulloso en el horno. Otras veces trae tocino o salamines con defectos formales que le regala la faenadora; un guiso de mote, berenjenas o pollo en escabeche. Un día nos entregó dos gallos recién pelados que mató por sobrepoblación. O repara mi moto, corre un mueble demasiado pesado para nosotras. El alambrado entre las dos casas funciona como un montacarga horizontal. Al comienzo le convidábamos algunas cosas para retribuir. Con el tiempo le tomamos el gusto a la existencia de ese engranaje que salva el alambrado y es grato mantenerlo abierto.
—A mí me gusta ayudar a la gente, ¿sabes? —me dijo un día.
Cuando me pasa la ollita cascada con los tres chorizos y las papas fritas al disco se ve feliz. Me pregunto si el algoritmo le habrá mandado los mismos videítos que a mí. Si le hizo pensar que en el futuro lo reemplazará una robot de andar sensual que pasará comida a los vecinos salvando los alambrados, las rejas, los cables electrificados, las alarmas.
Desde hace tiempo tengo la idea fija de que el futuro es una imagen añeja que en su momento nos impactó y luego se disolvió en el aire. Hablo de películas y libros de ciencia ficción, la mayoría producidas enEstados Unidos. Cuando veo a Trump, Milei, Musk, incluso a Epstein; por detrás aparece la imagen de Lex Luthor, el Guasón, el androide Roy Batty o los cómics. El futuro parece algo que ya fue escrito en el pasado y el producto comercial IA es una evidencia de su falta de imaginación.
Hace años leí “El texto, tierra de nuestro hogar”, de George Steiner. Si la memoria no me traiciona, en una parte postula que la misión del pueblo judío es cumplir con lo que está escrito en los libros sagrados: primero escribieron y luego tuvieron que representar lo escrito.
Me pareció una idea bellísima.
Ahora que veo al futuro representar lo que fue escrito en los libros sagrados, en las novelas, en las películas de ciencia ficción, en los comics me parece aberrante. Preguntarse por qué, en vez de representarBlade Runner o Superman, no representamos El rayo verde, de Julio Verne, suena a idea vieja, gastada. El asunto sería buscar otras formas de vivir que no sean representar o cumplir con lo escrito. O representar mal, con errores, defectos, vacilaciones, y de esa forma no llegar jamás al futuro prometido.
—Que lo disfruten —se despide mi vecino.
Vuelvo a la morera con la ollita cascada en las manos. Mi profesora, que supuse vegetariana, se muestra encantada con los chorizos y las papas fritas. Chuparse los jugos grasosos impregnados en los dedos nos hace olvidar la angustia que nos causó pensar en el futuro y volvemos sin demora al presente de la sombra de la morera, las reposeras, el calor del verano, los pajaritos; uno de los gatos, el colorado, espera a nuestro lado que le demos un trozo de chorizo. No sé cómo pasó de temerle a los desconocidos —cuando recibíamos visitas, se escondía hasta que partían— a estar al lado nuestro y recibir con paciencia las caricias. Creo que le tomó el gusto a la llama, el chisporroteo del carbón, el olor de la carne, el trayecto de la tabla; primero con la carne cruda y luego asada, los jugos que resbalan por la madera al suelo, el sonido de los cubiertos, la espera en el piso con la mirada firme en alto, la mano que le acerca un pedazo de chorizo y la caricia. Nosotras también le tomamos el gusto al presente, y de chorizo en papa frita, el futuro se tuvo que ir por donde vino.
