En los últimos años, el escritor argentino —elegido en 2021 por la revista Granta como uno de los 25 mejores narradores jóvenes de habla hispana— ha construido un proyecto que invita a pensar críticamente la tecnología y a imaginar el futuro desde una perspectiva sudamericana. En su último libro explora cómo la ciencia ficción se ha convertido en un instrumento del capitalismo.
Por José Núñez | Crédito de foto: Coni Rosman
Cuando Michel Nieva (Buenos Aires, 1988) escribía Ciencia ficción capitalista, un ensayo breve sobre Silicon Valley publicado en 2024, recibió una invitación a participar en un proyecto patrocinado por SpaceX, la empresa aeroespacial de Elon Musk que enviaría a bordo de un cohete relatos de ciencia ficción a la Luna. La propuesta, que incluía guardar los textos en una memoria capaz de resistir condiciones extremas durante miles de millones de años, lo enfrentó a un dilema: aceptar significaba, de algún modo, colaborar con la misma lógica corporativa que criticaba en su texto.
Durante días, la invitación derivó en una serie de digresiones sobre otros experimentos artísticos enviados al espacio y en una reflexión que lo llevó a interrogarse por la ciencia ficción, un género que, mediante la estetización de la tecnología, históricamente ha sido cooptado por el capitalismo. Pero la certeza de que es posible plantear desde el Sur una crítica de la tecnología terminó por convencerlo de aceptar la invitación. Así nació “Criptolombrices”, una historia ambientada en el siglo XXVI, en unas colonias marcianas de SpaceX afectadas por una pandemia que amenaza el plan terraformador de la empresa que pretende repetir, en otro planeta, las lógicas extractivistas que destruyeron la Tierra.
El cuento no solo es una sátira oscura de nuestros tiempos, sino también un buen ejemplo del universo narrativo de Nieva. Los futuros distópicos de sus textos —poblados de corporaciones ultracapitalistas, catástrofes climáticas, mutaciones biológicas y violencia gore— se inspiran en el pasado y, en particular, en la historia política de Argentina. Porque si hay algo que define su proyecto literario es pensar el futuro desde una perspectiva sudamericana, una propuesta estética que él mismo define como gauchopunk, mezcla de literatura gauchesca rioplatense y ciberpunk.
En 2020 publicó Tecnología y barbarie, una colección de ensayos sobre asuntos como la escritura robótica, la irrupción del higienismo en el siglo XIX —que representó la vida indígena como un agente bacterial— y la Conquista del Desierto —como se denomina la colonización de los territorios indígenas en Argentina—, vistos como archivos fundamentales para entender el presente. El libro explora los límites entre lo humano y lo no humano, al tiempo que analiza la tecnología como punto de cruce entre civilización y barbarie. “Casi todos los problemas de Argentina surgen en el siglo XIX con la Conquista del Desierto, un programa de genocidio y de expansión territorial destinado a la extracción de recursos que propició una distribución de la renta desigual y que continúa hasta nuestros días. Para mí no es un hecho histórico, sino casi el origen ontológico de Argentina”, dice el autor desde Nueva York, donde imparte clases de literatura.

Ciencia ficción capitalista, su último libro, es quizás su obra más conocida. En él expone los proyectos megalómanos de los magnates high-tech —los negocios interplanetarios de Elon Musk, el metaverso de Mark Zuckerberg o la búsqueda de la inmortalidad de Aubrey de Grey— para graficar “una tendencia cada vez más hegemónica y evidente: la apropiación del capitalismo tecnológico del lenguaje de la ciencia ficción. Una seductora narrativa de un futuro hipertecnologizado, que las megacorporaciones y sus CEO asimilan no solo para embellecer sus productos, sino también para ofrecer una supuesta solución a las crisis socioambientales que el mismo capitalismo desató”, escribe.
Nieva rastrea el origen de la colaboración entre literatura y empresariado en un artículo que Julio Verne publicó en 1903, donde declaraba que la ciencia ficción “escribe en papel lo que después otros esculpirán en acero”. Décadas más tarde, escritores como Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Hal Clement, James Blish, Robert Heinlein o Larry Niven —todos científicos de formación—, consolidaron esta alianza al imaginar avances científico-técnicos con un rigor inédito. Muchas de sus innovaciones, como los satélites de telecomunicaciones, el diseño asistido por computador o el reconocimiento de voz, terminaron modelando la tecnología actual. Por lo mismo, no es raro que figuras como Elon Musk o Paul Allen, el cofundador de Microsoft, hayan reconocido la influencia de esos autores.
El problema, según el autor, es que la ciencia ficción capitalista restringe la capacidad de imaginar el futuro. Frente a ello, recupera narrativas alternativas que —aunque delirantes en muchos casos— disputan ese monopolio, desde la cosmología yanomami hasta proyectos extravagantes como el socialismo intergaláctico de la Cuarta Internacional Posadista, una organización trotskista argentina que convirtió la ufología en un emblema revolucionario.
¿Qué hace que las narrativas de la ciencia ficción capitalista sean tan seductoras y se hayan impuesto frente a otros modos de imaginar el futuro?
—El capitalismo, y nuestra época en particular, está obsesionado con el futuro, porque es cómo funciona la economía financiera, que depende de los valores futuros de los commodities, de especular cuánto valdrá el cobre, el litio, el trigo dentro de 30 años. Esa forma de especular se ha extendido a toda la vida, incluso a los ámbitos más íntimos, desde las plataformas de citas hasta aplicaciones como Uber. En esa obsesión con el futuro, el capitalismo necesita apropiarse de discursos que estén orientados hacia el porvenir, como la astrología, la meteorología o incluso la ciencia ficción, que comparte esta veta especulativa con la actividad financiera. Esto les permite a las corporaciones generar narrativas muy atractivas sobre productos que no importa si realmente llegarán a crear, como la minería de asteroides o la terraformación de Marte, porque lo seductor de la propuesta ya opera dentro de la especulación financiera.
¿Qué relación ves entre los discursos de los magnates tecnológicos y las lógicas coloniales históricas?
—El futuro es un programa político para el presente, pero funciona a partir de una relectura del pasado. No puede operar sin el pasado. Por ejemplo, cada vez que uno de los cohetes de Jeff Bezos cumple su misión exitosamente, él se pone un sombrero de cowboy, como si estuviera repitiendo la conquista del oeste norteamericano en otro planeta. Todo el programa de la colonización del espacio siempre tuvo esta idea de que era una repetición de la conquista de América. Hay un físico que fue el gran maestro de Bezos y Elon Musk, al punto de que el nuevo programa de SpaceX está completamente calcado de sus ideas: Gerard K. O’Neill (1927-1992), que fue el primero que propuso que había que privatizar la conquista del espacio, a partir de la conquista de la Luna y la creación de un sistema de extracción de minerales y producción de materiales astronáuticos en la misma Luna para después colonizar otros planetas, que es justamente lo que está proponiendo SpaceX. O’Neill sostenía que el potencial de la conquista del espacio es como la repetición de la conquista de América, con la ventaja de que no va a haber que matar ni un solo indio. Y, entonces, ¿por qué cuando están hablando del espacio están hablando de matar indios? Es la repetición de un pasado que no se revisa, que tiene que ver con solucionar las crisis con una expansión territorial, que es la manera en que el capitalismo siempre soluciona sus crisis. No reconfigurando la distribución de riquezas, sino aumentando la colonización a nuevos territorios que permitan generar mercancías más baratas, como ocurrió con el imperialismo europeo y la conquista de América. La conquista del espacio es otro capítulo de la historia insaciable y necrótica del capitalismo de seguir expandiendo sus fronteras para sostener el régimen de riqueza desigual.



En esta disputa narrativa por el futuro, ¿qué importancia le asignas a la literatura?
—En su capacidad de extrañar la experiencia, la literatura tiene una potencia política en esta época. El lenguaje está cooptado por la forma de procesamiento de los modelos de lenguaje, pero no la imaginación. Vivimos una época en la que estamos completamente atravesados por lo tecnológico, y el discurso de lo tecnológico proviene de los mismos lugares donde se originan esas manufacturas. La tecnología ya viene con su epistemología incluida y no hay espacio de socialización de la discusión por la técnica o el futuro de la técnica. La literatura o, en concreto, la ciencia ficción, permite extrañar esos lenguajes al sacarlos de su contexto de aplicación y hacer que afloren verdades que, por sí mismos, no pueden decir. Un ejemplo es La metamorfosis (1915), de Kafka. El narrador se refiere a Gregorio Samsa con el término Das Ungeziefer, que en alemán significa peste y que venía de la química agroindustrial que se desarrollaba en ese momento en Alemania. Después, esos químicos se usaron en los campos de concentración para favorecer la impersonalidad del genocidio. Los nazis usaban el mismo lenguaje que se usaba para matar hongos o ratas para llamar a las personas “pestes”, que a su vez es la misma palabra que Kafka usaba para referirse a Samsa. Las corporaciones tecnológicas no pueden ni quieren decir las verdades que sus tecnologías portan para el futuro de la humanidad, pero la ciencia ficción sí permite decirlas.
En Ciencia ficción capitalista exploras alternativas a las narrativas tecnológicas dominantes. ¿Qué valor tiene hoy imaginar lo radical?
—Hay que confiar de nuevo en los delirios, porque el gran triunfo de la derecha fue su audacia para radicalizar la imaginación y eso es lo que falta en las propuestas de la izquierda, que con el tiempo se volvieron más moderadas y realistas, como la realpolitik. Ha habido un gran fracaso de los discursos progresistas y una incapacidad de imaginar frente a la derecha, que alcanzó una radicalidad en su imaginación que no tiene parangón, con una propuesta que vincula tecnología y espacio exterior. El cosmismo ruso, por ejemplo [un movimiento surgido en Rusia a fines del siglo XIX que llevó la imaginación científica al extremo], tenía ideas que hoy están siendo imitadas por muchos multimillonarios, como la búsqueda de la inmortalidad. Este programa, que parece medio delirante, es el origen del programa espacial soviético, que fue el más importante del mundo hasta la década del 60. Hay un archivo histórico de distintas maneras de entender el espacio exterior y la radicalidad de la tecnología que no se reducen a la especulación capitalista. Otro personaje es el médico y filósofo Aleksándr Bogdánov, que aspiraba a alcanzar la inmortalidad mediante las transfusiones de sangre y que también fue un excelente escritor de ciencia ficción. Hoy en día el multimillonario Bryan Johnson está tratando de hacer lo mismo, pero la diferencia es que Bogdánov quería, con las transfusiones de sangre, redistribuir la energía del pueblo ruso a las personas ancianas y enfermas. Lo pensaba como una forma de socialismo, no como Johnson hoy, que busca la supervivencia de los más ricos cuando el planeta sea eventualmente inhabitable.
¿Qué alternativas ves a la ciencia ficción capitalista?
—Así como el proyecto capitalista de colonización de otros planetas es la continuación de la conquista de América por otros medios, quizás hay que buscar una propuesta en los pueblos que fueron colonizados, y desde ahí tomar ese archivo para pensar otras maneras de relacionarse con el medioambiente y otras especies. Retomo lo que plantea [el filósofo de la etnia krenak de Brasil] Ailton Krenak: el futuro ancestral es pensar un futuro en que la conexión con la Tierra no sea a través de la propiedad, sino de la dependencia con otras especies, porque el mundo puede existir sin nosotros, pero nosotros no podemos existir sin él. Es una imaginación muy radical, también porque implica el fin de la propiedad privada. Creo que tenemos que aspirar a buscar propuestas radicales, porque la única manera de combatir la radicalidad del fascismo es con una radicalidad anticapitalista.
