En una época en que delegamos nuestras capacidades cognitivas a artefactos y tecnologías, las instancias para compartir la experiencia oral de la literatura cobran relevancia. ¿Con qué utilidad? «Para despertar nuestra mente de su letargo imaginativo, para ampliar un lapso de concentración en evidente deterioro, para detenernos a escuchar activamente”, escribe Ignacio Sabat, estudiante de Licenciatura en Lingüística y Literatura de la Universidad de Chile.
Por Ignacio Sabat | Foto principal: Burst/Pexels
Lo sabemos de la ciencia cognitiva: si nuestra mente tiene la posibilidad de ahorrar almacenamiento en la memoria, lo hará. Economizar es la norma, y la cumplimos diariamente: listas para el supermercado, quehaceres, contraseñas, direcciones, por nombrar algunos ejemplos. No es necesario memorizar lo que se deja por escrito.
Pareciera haber una relación inversa: más información escrita (o digitalizada), menos información almacenada en la memoria. No necesitamos interiorizar la organización urbana de nuestra ciudad; descansamos en el mapa. Para qué recordar números de teléfono; tenemos nuestros contactos guardados.
Extrapolemos este fenómeno al terreno de la literatura: la cultura impresa y, especialmente hoy en día, la digitalización, han mermado nuestra capacidad de recordar historias, contarlas, asimilarlas y reproducirlas. Esto se debe a que la lectura es, casi siempre, una actividad privada, una experiencia individual. Por muy impactante, aburrida, graciosa o emotiva que sea una obra literaria, no tenemos los recursos para transmitir cabalmente esa experiencia. Es más, no sentimos, siquiera, la necesidad de hacerlo. De qué sirve contar la vida de Emma Bovary, si Flaubert lo hace mejor que nadie. El que quiera conocer su historia, que la lea.
En este sentido, podría argumentarse que la literatura es la privatización de una historia, de una experiencia que solo se transmite en silencio, de texto a lector.
Pero pensemos en una alternativa, en un punto medio entre la individualidad de la lectura del texto impreso y la colectividad de la narración oral al estilo de los antiguos bardos y rapsodas. Los lectores del Quijote recordarán el episodio anterior al de la famosa novela del “Curioso impertinente”: un grupo de personas se reúne a escuchar, activamente, la lectura de un libro que un miembro del grupo realiza.
Lectura grupal en voz alta. Más simple no puede ser. La lectura pasa de ser una actividad individual a una colectiva. La historia privada de la cultura impresa se abre a la comunidad por medio de la oralidad. El narrador inmaterial de la historia escrita se encarna en un narrador vivo.
En una sociedad mayoritariamente analfabeta como la de Cervantes, esta práctica era recurrente; en la nuestra, pese a los altos niveles de alfabetización, escasean las instancias para compartir la experiencia oral de la literatura, de modo que su revitalización se vuelve imperiosa. “¿Con qué utilidad?”, pregunta el siglo veintiuno. Para despertar nuestra mente de su letargo imaginativo, para ampliar un lapso de concentración en evidente deterioro, para detenernos a escuchar activamente. Más importante: para conectar con nuestros prójimos a través de la literatura, para disfrutar de la experiencia literaria en interacción con otros seres humanos.
Debemos abogar por una literatura colectiva. Razones no faltan; historias tampoco.
Este texto fue seleccionado en la convocatoria de Palabra de Estudiante PP36 para ser publicado en el sitio web.
