El artista español, reconocido por obras que cruzan tecnología, ciencia y ecología, expone en el MAC de Parque Forestal Manifiesto Terrícola, una instalación que une arte y biotecnología para explorar los límites entre lo material y lo digital en tiempos de hiperconexión. “La tecnología es nuestra nueva naturaleza”, advierte López, quien reflexiona, entre otras cosas, sobre los nuevos ecosistemas virtuales para el arte.
Por Denisse Espinoza Aravena | Foto principal: Alejandra Fuenzalida
La idea le venía rondando hace años. En un tiempo donde la memoria flota entre nubes digitales, el planeta se calienta y el hielo se derrite, Solimán López (Burgos, 1981) soñaba con dejar un testimonio del arte y las paradojas de su época encapsulado en algún rincón de la Tierra, protegido de toda obsolescencia tecnológica. Si bien hoy podemos registrar todo y la memoria digital parece infinita, lo cierto es que no es inmune a la desaparición. La oportunidad llegó en 2022, cuando el Instituto de Tecnologías del Futuro —un centro transdisciplinario especializado en “tecnologías del futuro”— lo invitó a ser el primer artista en participar de una residencia de arte y ciencia para hacer un proyecto en Svalbard, un archipiélago ubicado en el mar Ártico. “Me preguntaron si tenía algún proyecto relativo a glaciares y les dije que sí. Ya tenía una idea en mi cabeza, solo había que pulirla y hacerla realidad”, recuerda el artista. Así nació Manifiesto Terrícola, un mensaje sobre esta humanidad desbordada por su propia tecnología; una obra que mezcla arte, biotecnología y filosofía, y que está guardada en un código de ADN dentro de una oreja impresa en 3D biodegradable —inspirada en otras orejas famosas de la historia del arte, como las de Van Gogh y Stelarc— y que López enterró en un glaciar de Svalbard. Esa oreja —que es a la vez cuerpo, dato, símbolo y advertencia— busca devolvernos la escucha y recordarnos que incluso en la era del algoritmo seguimos siendo terrícolas. Su gesto poético nos confronta con una pregunta esencial: cuando todo se apague, ¿qué quedará de nosotros?
El mensaje que López guardó en esa oreja es una declaración de principios trabajada en conversaciones que tuvo con una incipiente inteligencia artificial en 2017 sobre temas relacionados al arte, la ciencia y la fe. “El arte debe ser transespecie, transhumano y transcriptivo para estar en equilibrio con las frecuencias de la Tierra y nuestros vecinos universales”; “Ya no habitamos la tierra prometida, pero nos prometemos una tierra mejor”, son algunas de las frases codificadas en una secuencia de 16 moléculas de ADN basada en el código ACTG. “Me interesa el debate que se puede generar sobre la posibilidad de almacenar nuestra información en glaciares. Me interesa el proceso que ha tenido la obra, la iconografía de la oreja como una metáfora para volver a escuchar, la creación de una comunidad alrededor del proyecto. Me interesa relacionar el mundo del arte con la ciencia y el planeta, que es lo que yo denomino arte terrícola. Si los artistas están creando ajenos a lo que sucede en su planeta, entonces son extraterrestres”, afirma.

A fines de octubre, el artista español fue uno de los invitados de la 17° Bienal de Artes Mediales —titulada Hiperrealidades—, donde presentó en Centro Nave EAR-THERTZ, un proyecto musical y audiovisual que propone una interpretación multimedia del Manifiesto Terrícola. Siguiendo una lógica musical, sonificó la secuencia de ADN, mezclando ritmos y atmósferas hechas con inteligencia artificial. Como si fuese un DJ en una fiesta electrónica, López presentó su obra frente a una mesa con dispositivos electrónicos, proyectando imágenes y el registro documental de su viaje al Ártico.
A su vez, hasta el 26 de enero se despliega en el Museo de Arte Contemporáneo de Parque Forestal el proyecto completo de Manifiesto Terrícola bajo la curaduría de Ruth Geoffroy: una instalación de objetos, videos, documentos y gráficas donde se expone este trabajo como texto y como secuencia de ADN.
Formado en Historia del Arte y luego especializado en comunicación digital, Solimán López pertenece a una generación que creció entre la pintura y el código, entre el museo e internet. Su trayectoria lo ha llevado a trabajar con profesionales de diferentes disciplinas, sobre todo científicos, pero también con comunidades indígenas, como en su proyecto Capside (2024), en el que viajó al Amazonas colombiano para recoger material genético de cuatro árboles nativos con el fin de abogar por el reconocimiento del ADN ambiental como una forma de otorgar identidad a las entidades no humanas.
Uno de sus proyectos más reconocidos es el Harddiskmuseum (2015), un museo de arte digital que reside físicamente dentro de un disco duro de dos terabytes, que alberga obras intangibles y digitales que exploran la naturaleza de los archivos contemporáneos. Un proyecto que busca redefinir el concepto de museo sin arquitectura ni espacio físico, concebido para la era digital. En 2021, López se transformó en el primer artista español en vender una obra NFT —un activo digital único registrado en blockchain, que funciona como un certificado de propiedad y autenticidad— en la Feria ARCO de Madrid, a través de la Galería Baró, por 14.000 euros. Se trata de OLEA, una escultura cinética con aceite de oliva que contiene la información de ADN de una criptomoneda, lo que permite crear un ecosistema para la retroalimentación entre lo digital y lo natural y viceversa.
“Creo que los blockchain y los NFT tienen un valor fundamental para la obra digital, porque son una manera de certificarla, y lo cierto es que toda la economía está yendo hacia allá. Fue durante la pandemia, cuando la gente se encerró en sus casas y dejó de circular el dinero físico, que se lanzó esta economía que estaba sumergida. Hoy Trump es uno de los mayores multimillonarios gracias a las criptomonedas”, dice el artista. “Si un coleccionista o una institución importante me pide certificar una obra digital, pues lo hago a través de blockchain en NFT, pero si no se requiere, no lo hago. No estoy lanzando ahora mismo obras online para vender NFT. Lo que digo es que pretendo estar en la historia del arte antes que en la historia del mercado. Somos artistas, tenemos que vivir, pero mi obsesión no es vender”, asegura.
Su discurso, tan concreto como poético, nace de una idea inquietante: “La realidad que conocíamos ya no existe”, dice. Para López, hemos entrado en una nueva dimensión que bautiza virrealidad, un territorio donde lo físico y lo digital se mezclan hasta volverse indistinguibles. Desde allí, el artista invita a repensar la posición del ser humano, del arte y de la propia conciencia frente a las máquinas. “Estamos en una sociedad hiperconectada donde ya no se puede ser ciudadano sin tecnología. La tecnología es nuestra nueva naturaleza”, dice. “El problema es que los gobiernos nos siguen viendo como consumidores pasivos. Pasa con la inteligencia artificial. Nos han asustado con su expansión en todos los entornos de la vida cotidiana. Nos dicen que la IA nos va a quitar nuestro trabajo, que va a controlarnos, que vamos a perder nuestras relaciones a nivel personal, pero ahora llega la Comunidad Europea y dice que la ‘puede regular’. Y yo creo que no tiene nada que regular. Lo que debe hacer es darle a la sociedad las herramientas para que orgánicamente regule su uso. Creo que debemos ver la inteligencia artificial como un recurso natural que viene del intelecto de toda la humanidad, de todo el ecosistema que es nuestra especie. Debemos apropiárnosla”, dice.


Tu trabajo parece una constante negociación entre lo tangible y lo intangible. ¿Cómo traduces esa tensión en algo estético?
—Todo lo digital tiene una materialidad: las frecuencias, los cables, los servidores. Lo invisible también pesa. Me interesa convertir esas ideas en experiencias sensibles, que el público pueda escuchar, tocar o sentir. El arte debe emocionar, no solo explicar. Por eso combino sonido, texto, performance, instalación. Siempre digo que hay que tener fe en lo digital, pero la gente no la tiene y hay que mostrarle constantemente que lo que está viendo es verídico. Por eso también muestro videos del proceso de mis viajes, de la oreja congelada en el glaciar. El medio siempre modifica el mensaje: no es lo mismo una idea escrita que una frecuencia vibrando en el aire.
Has dicho que tenemos que tomar una decisión crucial en nuestra evolución: pasar del “homo sapiens” al “homo tecnológico”. ¿Qué implicancias tiene esto?
—Significa asumir que ya no hay una vida posible fuera de la tecnología. Todos nuestros procesos sociales, políticos y afectivos pasan por una capa digital. Antes podíamos entrar y salir del sistema: apagar el teléfono, desconectarnos. Hoy es imposible. Quien no entiende esta integración se queda fuera de la realidad contemporánea. Por eso propuse el término virrealidad, un nuevo estado donde lo virtual y lo real se fusionan en una misma percepción del mundo. Ya no vemos con los ojos solamente, vemos también con Google Maps, con los algoritmos, con la información que habita en nuestros dispositivos. Eso, geopolíticamente, es muy complejo y, éticamente, tiene unas implicaciones brutales. ¿Quién tiene acceso a las innovaciones que prometen mejorar la longevidad, por ejemplo? ¿Quién tiene la posibilidad de viajar a otro planeta? Las decisiones tecnológicas que tomamos hoy determinan qué tipo de humanidad queremos ser. La pregunta ya no es si las máquinas nos van a dominar, sino quién tiene acceso a ellas, quién puede programarlas o regularlas.
Tu obra tiene un componente científico importante, aunque sigue habitando el mundo del arte. ¿Por qué haces esta elección?
—Para mí, arte y ciencia deben estar unidos, no hay límite entre ellos. El arte es una forma de conocimiento y la ciencia es un arte con método. Colaboro con laboratorios porque necesito rigor, pero la intuición sigue siendo el motor. En la Amazonía, por ejemplo, comprobamos que el ADN ambiental viaja por los flujos de aire: una intuición poética que terminó siendo real. Creo que el arte tiene que ofrecer respuestas, o al menos nuevas preguntas, a los grandes temas de nuestro tiempo: la ecología, la tecnología, la conciencia. Además, el arte, bien entendido, puede construir discursos sociales que no tienen que pasar por el Parlamento. Tiene una llegada más libre, más rápida y más dulce también. No quiero decir con esto que deba convertirse en una herramienta política, porque la política se basa en la imposición y el arte en la conversación. Lo que hace el arte es transformarse en un gatillante para despertar a la sociedad. Eso es lo que me interesa.
¿Hacia dónde estás dirigiendo tus investigaciones ahora?
—Estoy trabajando con el iridio, un material extraterrestre que llegó a la Tierra con el meteorito que extinguió a los dinosaurios. Es el elemento con el que se definió el kilo, la medida de lo tangible. Me interesa esa paradoja: que el patrón de lo físico provenga de fuera del planeta. La obra reflexiona sobre el extractivismo y el valor de los recursos naturales, y solo puede ser adquirida colectivamente, nunca por un individuo. También estoy explorando cómo la inteligencia artificial puede escribir un nuevo Quijote, una metáfora sobre nuestras luchas contemporáneas contra los “molinos” del futuro.
Dices que el arte debe hablar de lo importante de hoy. ¿Qué sería eso para ti?
—El cambio climático, sin duda. Si el planeta colapsa, no hay arte posible. Pero también debemos hablar del pensamiento, de la capacidad de imaginar. En un mundo automatizado, pensar debería ser una obligación. El arte es el lugar donde eso todavía ocurre: un espacio de resistencia, de belleza y de pensamiento libre.
