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Los libros que me tocaron

El papel no muere, envejece con nosotros. En sus márgenes, su polvo y sus dedicatorias sobrevive una versión material de la memoria, una modesta forma de inmortalidad que ninguna pantalla podrá sustituir. Cada libro heredado o encontrado lleva la huella de una vida anterior, un eco tangible de lo que fuimos. 

Por Jorge Comensal | Foto: Ejemplar de Triunfos de Petrarca, publicado en 1484, uno de los libros impresos más antiguos del mundo. El libro es parte del Archivo Central Andrés Bello de la U. de Chile, y llegó a su acervo tras la donación que hizo Pablo Neruda de su biblioteca en 1954.  

He tocado muchos libros. Pienso, por ejemplo, en el más antiguo de todos. Fue impreso hace cuatrocientos setenta y un años (en vez de citar la fecha, aproveché la ocasión para hacer un poco de gimnasia cerebral y calculé su edad en la mente). Fui a buscarlo hace unos quince años a la Hispanic Society of America en Nueva York. Al llegar a la biblioteca, me preguntaron si no prefería consultar una edición facsimilar y dije que no, porque me interesaba analizar el grueso del papel y las características de la encuadernación. Mentiras. La verdad era más simple y fetichista: yo quería tocar un ejemplar antiguo del Lazarillo de Tormes, una novela que me fascina por su modernidad precoz, su buen humor y sus muchos enigmas: ¿quién la escribió, qué fue de la edición príncipe (ninguna de las tres ediciones antiguas que conocemos puede ser la primera), qué tanto sabía Lázaro, el protagonista narrador, sobre la relación entre su esposa y el arcipreste? Yo esperaba que tocar el libro me acercara a la verdad por ciencia infusa. Ese objeto, impreso en casa de Martín Nuncio, había viajado de Amberes a España y había llegado, a través de una cantidad incógnita de manos, a la portentosa biblioteca de Manuel Pérez de Guzmán y Boza, marqués de Jeréz de los Caballeros, que Archer Huntington, el magnate fundador de la Hispanic Society, había comprado entera en 1902. El pequeño libro, entre otros muchos miles de tesoros, atravesó el océano en el viaje transatlántico que marcó el final definitivo del Imperio español. Con el libro entre las manos y los ojos anegados de lágrimas (en serio lloré de la emoción) le agradecí al destino que aquel barco no chocara con un iceberg y se hundiera en el mar del Norte con más de diez mil libros y manuscritos. El Lazarillo por fortuna llegó intacto y un siglo después llegué yo a verlo con el fin clandestino de tonificar mi devoción por la novela.  

He tocado libros viejos que nadie había leído, por ejemplo, un ejemplar de la  Descripción de un cuadro de veinte edificios del erudito sacerdote Agustín Rivera, publicado en San Juan de los Lagos, Jalisco, en 1883. Los veinte edificios que el padre Rivera describe con provinciana erudición son tan dispares como la Torre de Babel, que nunca existió, el Templo de Jerusalén, que sí existió, el Palacio del Dux de Venecia, que todavía existe, como pueden atestiguar millones de turistas, y la iglesia del Carmen de Celaya, una parroquia que también existe pero que a casi nadie le importa, pues se ubica en una ciudad muy fea del estado mexicano de Guanajuato. Los conocimientos de Agustín Rivera desbordan su discurso: la segunda nota al pie en el capítulo dedicado a la susodicha iglesia del Carmen dura nueve páginas de apretada letra diminuta.  

Pero estas curiosidades librescas no son lo más importante en este libro, sino la dedicatoria, escrita en Lagos de Moreno: “A mi muy ilustrado compadre D. José J. Gutiérrez, administrador de la oficina del Ferrocarril Central, un pequeño obsequio en su día onomástico”. Esta simple dedicatoria me ayudó a entender detalles fundamentales de la historia de mi familia que no vienen a cuento, pero que ilustran la importancia genealógica de las dedicatorias. Como adelanté, el libro se encuentra en excelente estado, tan bueno que puedo asegurar que nadie, a lo largo de tres generaciones y más de un siglo, lo había leído antes de mí. Cuando Rivera se lo dedicó a su compadre, no se imaginaba que el bisnieto del administrador central del ferrocarril sería el primero en leerlo con genuino interés. Esta maravillosa suerte se debe simplemente a la existencia del objeto, de ese delgado volumen, tan tangible y duradero.  

Para dedicar un libro hay que tocarlo. Esta obviedad es importante, porque no se pueden dedicar libros electrónicos ni audiolibros. No se puede escribir en ellos. Uno de los libros seminales de mi vida fue dedicado a mi madre por su tía Mimí en 1972: se trata de la mítica antología Poesía en movimiento, que reúne una muestra de poemas publicados en México entre 1915 y 1966. La tía Mimí era evangélica, lo cual se refleja en su dedicatoria: “Ninguna poesía del mejor poeta del mundo, ningún pensamiento del más exquisito ser humano serían acomodados a tu cultura y belleza, sólo DIOS, preciosa sobrina, podría calificarte, ámale y dale gracias por todo lo que te ha dado”. Desde el complejo de Edipo concuerdo con la tía Mimí, quien nunca se imaginó que sería yo y no su preciosa sobrina el que iba a aprovechar esa antología, devorarla, imitarla, sobarla por las noches, hacerla vibrar con la pronunciación entusiasmada de los versos de Castellanos, Villaurrutia, Gorostiza y muchos más. Ese libro me confrontó tempranamente con mi vocación. Aquí estoy, medio siglo después de esa dedicatoria, escribiendo pésimas dedicatorias en las portadillas de mis libros, cuando alguien me pide que se los firme.   

Más acá de las palabras, un libro es una cosa de papel. Esa cosa tiene historia, ocupa espacio, pesa, dura, habla. Como está hecho de una fibra suave y porosa, se presta a la escritura. Aparte de dedicatorias, los libros pueden anotarse y subrayarse. Tengo aquí una biblia negra de tapas duras en la que mi abuela subrayó únicamente versículos del Apocalipsis. Ella estaba convencida de que sus profecías ya se estaban cumpliendo y por eso las marcaba con espanto rectilíneo. Léelas, me insiste desde las páginas finales de ese volumen, el mundo ya está a punto de acabarse.  

En la última página de muchos libros he creado índices personales: números de página, citas, palabras clave para volver a un párrafo deslumbrante. He asentado fechas (el día que terminé la lectura), juicios, confesiones. Recuerdo una novela en la que escribí, penosamente, como para recordarme algún día que fui joven: “Terminé de leer enamorado”. Todo eso forma parte de mi vida. Y cuando yo me muera, quedará ese rastro, suficiente para mí si alguien lo aprecia.  

Cada día aumenta la esperanza de vida y, sin embargo, creo que somos, ahora más que nunca, mortales. Nadie come nuestra carroña, nadie hereda nuestro nombre y nuestras cosas. A través de los libros subrayados, dedicados, anotados, erguidos contra el muro durante siglos, persiste la memoria de lo que fuimos, y a través del papel seguimos siendo. 

Esta forma modesta de la inmortalidad no puede alcanzarse sin libros tangibles que la gente imprime, vende, compra, revende, obsequia, dedica, guarda, hereda. Mi madre y su tía, mi bisabuelo y su compadre, el marqués andaluz y el magnate neoyorquino: con todos ellos he compartido el tacto de ciertos objetos que le han dado rumbo a mi vida. Los he tocado, como escribí al comienzo, pero tal vez debería decir que ellos me tocaron a mí.