A partir de un recorrido por la última Furia del Libro —la versión más masiva hasta ahora—, el escritor Nicolás Vidal constata la vitalidad de la edición independiente en Chile, pero también se detiene en las preguntas que deja su éxito: qué ocurre entre feria y feria, cuánto dependen estos sellos del financiamiento estatal, cómo se sostiene un sector marcado por la precariedad y qué datos faltan para entender su verdadero peso en el mercado del libro.
Por Nicolás Vidal
Fuerzo los músculos de mi cuello, elevando la mirada a una posición inusual, para encontrarme con el rostro de Benjamin Markovits. En el anfiteatro de la recién pasada Furia del Libro conversamos sobre los dos libros que ha publicado en la editorial argentina Chai, el último de ellos basado en su experiencia como basquetbolista profesional en la segunda división alemana. Su editor, Santiago La Rosa, traduce preguntas y respuestas del inglés, mientras el público se va juntando en sillas y escaleras. Algunos por curiosidad y otros, quizás, para descansar las piernas.
Cuando terminamos, lo veo perderse en la multitud. La cabeza del gigante de dos metros sobresale entre los miles de lectores que recorren como hormigas diminutas los pasillos de la Estación Mapocho. Donde hace cien años la muchedumbre despedía a los soldados que partían a una guerra ficticia —la Guerra de don Ladislao (1920)— ahora se aglutinan los ciudadanos para comprar libros, oír diálogos interesantes, conocer escritores o, simplemente, pasar el rato. Son 330 editoriales independientes: nunca se han juntado tantas en un solo lugar. Después llegará el balance: 66.000 personas en cuatro días. La Furia más masiva de la historia.
El murmullo de miles de conversaciones rebota en los techos centenarios de la Estación Mapocho. Por todas partes hay lectores mirando libros de poesía, ensayos, cuentos, cómics, novelas y crónicas. Ahora camino como un lector, impulsado por mis gustos literarios. Es, en definitiva, un paseo por mis lecturas.
Al recorrer la Furia, viendo un montón de personas que se aglomeran en los mesones, da la impresión de que el ecosistema de la edición independiente es diverso y vigoroso. Sin embargo, esto parece desvanecerse cuando termina la feria. Editores y lectores parecieran replegarse. ¿Esta explosión de gente es una muestra de la fortaleza de la edición independiente o es más bien un síntoma de la debilidad de los canales permanentes donde circulan sus libros? Da la impresión, desde mi mirada parcial, que la enorme mayoría de estas editoriales dependen de estos grandes eventos para subsistir. Entonces, esta Furia multitudinaria podría mostrarnos, paradójicamente, una carencia estructural. ¿Qué ocurre entre feria y feria? ¿Adónde van esos miles de lectores?
Subo las escaleras y llego al stand de Ediciones UDP para buscar mi libro El justiciero y sacar la foto de rigor para las redes sociales. Hace muchos años que forma parte de la Furia del Libro, pero resulta que Ediciones UDP es una editorial universitaria con un sólido respaldo institucional que le permite mantener un catálogo maravilloso donde pueden encontrarse obras de autores como Nicanor Parra, Pedro Lemebel, Lina Meruane o Leila Guerriero, entre tantos otros. ¿Es una editorial independiente? La “independencia”, entonces, parece ser una categoría más difusa de lo que aparenta.
Vuelvo a pasar por el anfiteatro y alcanzo a escuchar, fugazmente, una mesa de lujo formada por Álvaro Bisama, Nona Fernández, Galo Ghigliotto y Lorena Amaro. Voy al stand de Overol, donde compro La parábola de los talentos, de la escritora estadounidense Octavia Butler, traducida por la chilena Virginia Gutiérrez. Hace un tiempo leí La parábola del sembrador, de la misma autora, a través de la misma traductora y editorial, y quedé marcado por esa novela publicada en 1993 que se ambienta en un 2024 apocalíptico donde el agua vale oro, los incendios son rutinarios, el Estado casi no existe y caminar por las calles termina usualmente en asesinatos y violaciones.. La parábola de los talentos es la continuación de esta extraordinaria novela y se ambienta entre 2032 y 2035. Dos pasillos al sur, en el stand de La Pollera, está El talón de hierro, una novela distópica escrita por Jack London en 1908 y traducida por el chileno Nicolás Medina, en la que un grupo de oligarcas instaura una dictadura feroz y un conjunto de obreros intenta una revolución. Lo más relevante es que los dos libros están traducidos en Chile, a nuestro lenguaje, y que no tenemos que soportar ni coños ni gilipollas ni vosotros para disfrutar su lectura.
Lo cierto es que estas novelas solo existen gracias a los Fondos de Cultura. Tanto la Furia como los libros tienen, en muchos casos, financiamiento estatal. ¿Seguirían existiendo sin ellos? Probablemente sí, pero a un nivel mucho más precario y restringido: se reducirían drásticamente las editoriales, los libros publicados, las traducciones, los rescates, las primeras obras de autores desconocidos, la poesía y el ensayo. Es decir, un ecosistema literario mucho más pobre que el actual.
Sigo mi camino viendo libros a los que saludo como viejos conocidos. En el stand de Montacerdos aparece Mambo, de Alejandra Moffat, que refuerza el poder de la ficción para mantener la inocencia infantil en medio del horror, o la novela Safari, de Pablo Toro, un viaje delirante con mercenarios chilenos que buscan un camello en Irak y un futuro distópico donde la cacería de humanos es un lucrativo deporte. En Montacerdos publicaron a Mariana Enríquez cuando era una desconocida; el libro de cuentos Cuando hablábamos con los muertos, de 2013, es una muestra exquisita del talento de la narradora argentina, ahora convertida en un fenómeno universal.
Justo al lado, otra vez en La Pollera, me encuentro con Isla de calor, de Malu Furche, un conjunto de cuentos entrelazados que se desarrollan en un Santiago achicharrado con cincuenta grados de temperatura. Por el mismo pasillo, hacia el poniente, en el stand de Hueders aparece Sprinters, de Lola Larra, una extraordinaria mezcla de ficción, documental y cómic que se adentra en las tenebrosas catacumbas de Colonia Dignidad.
Cruzando el pasillo está Banda Propia, donde mis ojos se distraen con los llamativos diseños de la colección Perdita, que rescata autoras de distintas épocas con prólogos de destacadas escritoras actuales. Ahí está también Dos veces junio, del argentino Martin Kohan, probablemente una de las mejores novelas de fútbol que se ha escrito (precisamente, porque el fútbol es un telón de fondo para narrar algo más). Sigo con los argentinos porque muy cerquita, en Laurel, están las novelas de Sergio Bizzio, una narrativa única que altera la realidad con un nivel de imaginación que nos resulta difícil de alcanzar por estos lados. También está Imposible salir de la tierra de Alejandra Costamagna, que ahora publica en Anagrama y al ladito, en Cuneta, publicaron su libro Había una vez un pájaro.
Subiendo las escaleras del anfiteatro se encuentra Alquimia, donde aparece Space Invaders, de Nona Fernández, una novelita que ficciona el Caso Degollados desde un punto de vista único. Vuelvo a bajar hacia el sector de las editoriales regionales, donde está Imbunche. Ahí compro la novela En el cosmos las prefieren vírgenes, de Elena Aldunate, una precursora de la ciencia ficción en Chile, que escribió este libro en 1977. Esa pequeña editorial porteña ha reeditado su obra completa.
Esta selección arbitraria y subjetiva es una muestra mínima de la enorme fauna que se reúne en la Furia del Libro, también conocida como “bibliodiversidad”. No creo exagerar cuando digo que la mayor parte de los libros más arriesgados, singulares e interesantes publicados en Chile en los últimos años provienen de estas editoriales. Estas obras encuentran aquí un espacio que no tendrían en las llamadas “transnacionales”. Es indiscutible que han ampliado nuestro horizonte cultural. ¿Cómo sería nuestra biblioteca sin estos libros? El objetivo de buena parte de estas editoriales, más que maximizar las ventas, parece ser publicar obras diversas, hacer rescates editoriales, intervenir en debates culturales o alimentar comunidades lectoras. ¿Podemos llamarlas empresas editoriales o son más bien proyectos culturales? ¿Podemos exigirles solo rendimiento comercial o sus objetivos son distintos? ¿Para qué están aquí? Si la respuesta es ampliar la diversidad cultural disponible para los ciudadanos, entonces los subsidios se justifican: entrarían en el mismo nivel que una biblioteca comunal o una orquesta sinfónica.
Pero tampoco se trata de romantizar una industria donde reina la precariedad y el desorden, donde el trabajo mal remunerado —o a veces gratuito— en muchos casos se transforma en la regla general. Si queremos hablar de edición independiente nos falta algo muy importante: los datos. Sabemos cuántas personas visitan la Furia, cuántas editoriales participan y cuántos libros se presentan, pero no qué participación tienen estas editoriales en las ventas totales de libros en Chile. No encontré esa información en ninguna parte. ¿Quién hace esos estudios? ¿No sería recomendable partir por conocer la realidad para después ver cómo mejorarla? Para una escena cultural constantemente amenazada, quizás ese sería un primer paso.
Al salir de la Estación Mapocho, ignoro los datos o porcentajes de ventas, pero tengo una certeza: buena parte de los libros que me han acompañado en estos últimos años provienen del catálogo furioso. No es una estadística muy rigurosa, pero es la única que estoy en condiciones de comprobar.
