“El futuro del que habla SUMAR no es el de un devenir utópico ni su contrario cínico y distópico. Es, más bien, un futuro recursivo: el de la una promesa siempre por cumplirse”, escribe Mauricio Barría sobre SUMAR, archivos del fracaso (2025), de Teatro La Peste
Por Mauricio Barría
Se nos ha invitado a hablar del futuro. Una invitación que, más que un encargo, es un gesto provocador, casi un desafío. Porque el futuro —ese territorio de lo que aún no ocurre— no siempre necesita ser nombrado para hacerse presente. A veces basta con que algo destelle para que comience a desplegarse ante nosotros. Es lo que ocurre con SUMAR, archivos del fracaso, el último estreno del Centro de Investigación Teatro La Peste de Valparaíso. Con esta obra, la compañía —orgullosamente porteña— celebra 25 años de existencia indagando en lenguajes escénicos contemporáneos y planteando una crítica social y política constante. Entre su larga trayectoria destacan Secreto de camarín (2009), Todo es cancha (2014), Proyecto vitrinas (2016), Negros (2017), Feroz (2019) y Violentos (2023), entre muchos otros montajes.
Dirigida por Danilo Llanos, SUMAR marca el punto de consolidación de un lenguaje teatral, en el que la presencia de materiales literarios densos ha sido un rasgo persistente. Está basada en la novela homónima de Diamela Eltit publicada en 2018, donde se narra la historia de un grupo de vendedores ambulantes que decide emprender una marcha de 370 días para llegar a La Moneda, el centro del Estado, lo que puede leerse como una alegoría sobre el modo recursivo en el que opera la estructura de explotación del neoliberalismo, y donde la figura del vendedor ambulante encarna su paradoja más aguda, al ser, a la vez, sujeto y agente de su propia explotación. Así como en la novela que le sirve de base, el montaje pareciera trabajar sobre la repetición incesante de lo mismo. Lo que está en juego no es la idea del eterno retorno, sino más bien la noción de un ritornelo. Ese “siempre una vez más” que constituiría la historia de la clase obrera: casi trágica, pero no fatal. Pues si la explotación no tiene fin, las formas de rebelarse tampoco.
La obra comienza con una intervención del “joven del semáforo” (Felipe Carvajal), un artista callejero cuya rutina se irá intercalando cada tanto con la secuencia central de la obra. Lo notable de su presencia es,precisamente, que no se trata de un personaje: Carvajal no interpreta a un artista de la calle, sino que lo es en la vida real, y todo el conjunto de su rutina —canto, rapeo, baile, malabares y, finalmente, “pedir unas monedas”— es un repertorio que trae desde ese lugar y que se superpone a la escena docta del teatro.
Por ello, sus intervenciones resultan espontáneas y reales, logrando generar una modulación anímica que contrasta en ritmo y en timbre con la densidad de la trama central. En efecto, la obra se irá articulando en torno a tres personajes —Aurora Rojas, Casimiro Barrios y Ángela Muñoz Arancibia (interpretados por Katty López, Daniel Antivilo y Daniella Misle respectivamente)—, quienes forman parte de esta marcha.Manteniendo una estricta frontalidad durante gran parte del montaje, repiten una misma acción: caminar y hablar. Con un tono, por momentos, plagado de una ironía dolorosa, y en otros, describiendo crudamente su situación, estos protagonistas se configuran más bien como voces que van construyendo una textura polifónica. Sus discursos tienden a repetirse en la voz del otro o entran en un diálogo sin réplicas, como en un canon continuo que solo se interrumpe en algunos momentos, cuando se produce una correspondencia entre discurso, cuerpo y personaje.
Esta textura sonora va dando lugar a la presencia de un gran personaje coral. De alguna manera, aun cuando tengan nombre propio, todos comparten una condición de precarización que los reúne. La precarización es, en efecto, el relato de esta comunidad de cuerpos marchantes. La escena está prácticamente vacía, y de vez en cuando unas proyecciones que citan determinados textos de la novela original cubren el fondo del espacio. Al poco rato nos damos cuenta de que cada uno de estos cuerpos está montado sobre una caminadora automática que, a la larga, se convierte también en un personaje: acaso la marcha misma expuesta como un artefacto inexorable.
Es notable el efecto que produce esa acción monótona, reiterativa y automática. En definitiva, es el gesto recursivo de la caminata lo que articula la obra en todas sus dimensiones. La tensión de esos cuerpos que intentan sostener el ritmo sin tropezar, el esfuerzo jadeante de esas voces que persisten a pesar del cansancio real y que pugnan por enunciar esas largas, complejas y lúcidas frases, que terminan por operar como prótesis de esos cuerpos precarizados.
Salvo por las intervenciones del joven y el magistral momento de stand up “flaite” protagonizado por el elenco, todo lo demás es un andar incesante hacia un “por-venir” que no llega: cuerpos que avanzan y, sin embargo, permanecen en el punto inercial de su propio desplazamiento. Es allí donde la referencia de la obra se desnuda, pues lo que resuena es una aguda reflexión sobre lo que nos ha pasado en estos últimos años: la revuelta social de 2019, el largo y obediente confinamiento pandémico y el fracaso de un proceso constituyente que imaginábamos transformaría nuestra sociedad. La ironía de la marcha se hace evidente: caminar no es siempre avanzar y avanzar no es siempre llegar.
Sin embargo, caminar es lo único que les queda a estos cuerpos que se extenúan realmente en el transcurso del montaje. Caminar es una forma de entrega, pero también de resistencia. Caminar insubordina el tiempo cronométrico y lineal del capital, y nos abre a otra dimensión temporal, porque el verdadero asunto del montaje es la promesa y no la fatalidad, y la promesa es, en sí misma, una figura del futuro.
Pero la promesa solo habita en lo imposible. Como el perdón —así nos recuerda Jacques Derrida—, solo hay promesa de lo imposible, y es precisamente esa imposibilidad la que la hace posible. El futuro del que habla SUMAR no es el de un devenir utópico ni su contrario cínico y distópico. Es, más bien, un futuro recursivo: el de la una promesa siempre por cumplirse, que difiere incesantemente su realización y que, en esediferimiento, mantiene abierto el tiempo de lo porvenir. El fracaso de una promesa no es una derrota, así como el acto fallido no es sino aquello que siempre retorna. Porque el futuro no es la esperanza por venir, ni siquiera el advenir de lo inesperado: el futuro es la posibilidad, siempre abierta, de un ahora.
