Tras el éxito de El consentimiento, donde narró el abuso que sufrió en su adolescencia a manos del reconocido escritor Gabriel Matzneff, la autora francesa se enfrentó a un descubrimiento devastador: el pasado nazi de su abuelo. En El nombre del padre, vuelve a internarse en la memoria, esta vez para explorar las herencias familiares que se ocultan tras el pudor y el silencio. Invitada a la última edición del festival Puerto de Ideas, la escritora reflexiona aquí sobre el avance del fascismo y el poder de la literatura.
Por Denisse Espinoza Aravena | Fotos principal: JF Paga
El departamento estaba en silencio. Vanessa Springora (París, 1972) comenzó a abrir cajones, recoger basura, desempolvar cartas. Como hija única debía hacerse cargo de poner en orden el departamento de su abuela, donde vivía y acababa de morir su padre, a quien había dejado de ver hace más de 10 años. Solo cuatro días antes de su deceso, el mundo recibía su debut literario: El consentimiento (Lumen, 2020), un libro donde narra el abuso que sufrió a manos del reconocido escritor Gabriel Matzneff cuando ella tenía 14 y él 49 años, y que remeció la escena literaria francesa al revelar las complicidades del sistema cultural con los depredadores del poder. En medio de esa vorágine mediática, la escritora se lanzó a descubrir otra historia, tan oscura como la que había vivido: el pasado nazi de su abuelo, el hombre al que había adorado desde niña.
“En esa casa cada habitación tenía sus secretos”, dice hoy Springora, mirando hacia atrás. “La de mi padre, a quien conocí muy poco, y la de mi abuela, donde encontré las pruebas del pasado que se quiso borrar”. Tras semanas de limpiar y clasificar objetos y documentos, la escritora halló dos fotografías guardadas en una caja discreta que mostraban a su abuelo luciendo la esvástica nazi, una imagen que contradecía la leyenda familiar que lo describía como un héroe y refugiado checo. “Me pregunté por qué las había conservado. Si realmente quería ocultar su historia, habría destruido esas fotos. Creo que, inconscientemente, las guardó para que alguien —quizás yo— encontrara la verdad”.
Esa revelación se transformó en El nombre del padre (Lumen, 2025), su segundo libro. Si en El consentimiento Springora había expuesto la violencia del deseo masculino sobre las adolescentes, ahora indaga en cómo una mentira se puede transmitir por generaciones hasta destruir una identidad, y en cómo el mal puede cohabitar con la ternura. “Mi abuelo fue un hombre dulce conmigo, y sin embargo fue cómplice de un régimen criminal. Entendí que la bondad y la monstruosidad pueden convivir en la misma persona”, dice.
Invitada a la última edición del Festival Puerto de Ideas, que se llevó a cabo entre el 7 y 9 de noviembre en Valparaíso, la escritora participó de diferentes mesas donde abordó las complejidades de la escritura autobiográfica. Formada en Literatura, con un posgrado en la Universidad de París-Sorbonne, Springora se desempeña también como editora. Desde 2006 trabaja en la prestigiosa Éditions Julliard y entre 2019 y 2021 fue su directora general. Ahora, dedica gran parte de su tiempo a escribir, y dirige la colección Fauteuse de trouble de Julliard, dedicada a temas de sexualidad y voces feministas contemporáneas. Como autora, Springora se mueve entre lo testimonial, la autoficción y la investigación histórica, fundiendo lo íntimo con lo político.
Publicado en 2020, El consentimiento fue recibido en el contexto del movimiento feminista del #MeToo y recibió gran cobertura internacional. Vendió más de 300 mil ejemplares, además de ser adaptado al teatro y al cine En Francia ayudó a reabrir el debate en torno a la pedofilia y a cuestionar la impunidad que gozó la generación literaria de los años 80. Hoy, El nombre del padre también aterriza en un contexto político especial, con el retorno de los discursos de ultraderecha en el mundo.
“Veo una repetición terrible”, advierte. “Los mismos discursos de odio, las mismas obsesiones con la pureza, con la virilidad, con el control del cuerpo de los otros. Solo que ahora se propagan con una eficacia que Hitler jamás habría imaginado: a través de las redes sociales, de la desinformación, incluso de la inteligencia artificial”, comenta Springora. “Si olvidamos que el fascismo se alimenta del miedo, lo volveremos a invocar”.
A medida que reconstruía la historia familiar, la escritora empezó también a releer su propia infancia. Su padre, un hombre ausente y mitómano, que ocultó su homosexualidad —y que aparece solo al inicio de El consentimiento—, había pasado su vida inventando orígenes, nombres, relatos. “Comprendí que su locura era heredada”, afirma. “Cuando creces sobre una mentira, algo se quiebra dentro de ti. La primera mentira de mi abuelo —la de su identidad— fue también el origen de la mitomanía de mi padre”.


¿De qué manera estos descubrimientos —el nazismo de tu abuelo y la homosexualidad reprimida de tu padre—, te ayudaron a reelerlos como personas? ¿Cómo cambió tu percepción de ellos?
—Fue un proceso donde todo se invirtió. De niña, yo consideraba a mi padre un hombre imposible, ausente, incluso loco. En cambio, mi abuelo era el bueno. Luego comprendí que mi padre creció sobre una mentira: nació en 1946, cuando sus propios padres ocultaban su origen y su identidad. La mentira puede ser algo muy angustiante para un niño. Descubrir que su padre no era checo sino alemán, que su apellido no era Springora sino Springer, debe haber sido muy impactante. Estoy segura de que mi padre supo todo esto, pero no porque mi abuelo se lo contara; lo más probable es que haya visto estas mismas fotografías. Lo increíble es que los niños, incluso siendo adultos, siguen protegiendo a sus padres.
En el libro cuentas que tu abuelo hizo todo lo posible por ocultar su pasado nazi. En algún momento, cuando escribías el libro, ¿sentiste que lo estabas traicionando?
—No. Me sorprendió que él hubiera conservado esas fotografías, tan incriminatorias. Esa contradicción me obsesionó: la del hombre que quiere ocultar y, al mismo tiempo, dejar una pista. A partir del momento en que alguien conserva pruebas, asume que, en algún momento, la verdad saldrá a la luz. Además, la verdad siempre encuentra la forma de salir. Tal vez hubo en él una nostalgia de su juventud, de sus convicciones políticas terribles. No puedo saberlo. Pero sí entendí que mi abuelo podía ser, al mismo tiempo, un hombre tierno y un posible criminal de guerra. Y que esa ambigüedad —la del ser humano— es parte de todos nosotros.
¿Puede ser que tu abuelo se haya arrepentido de su pasado nazi?
—No lo creo. Escribiendo este libro afloraron muchos recuerdos de mi infancia con él donde había de su parte un antisemitismo muy fuerte. Recuerdo, por ejemplo, una vez que estábamos viendo en la televisión a unos cantantes franceses, apareció Serge Gainsbourg y él dijo: “Gainsbourg es judío”, y yo sentí, por cómo lo decía, que la palabra judío era algo muy malo, sentí de parte de él un rechazo muy fuerte. Entonces el antisemitismo nunca se le quitó, pero al mismo tiempo nunca pude averiguar si es que él mató a personas con sus propias manos. He buscado por todas partes, por todos los centros de archivos y no he encontrado pruebas. Sé que fue parte de la Policía del Orden, que no es lo mismo que las SS o la Gestapo; se sabe que son cómplices, pero no si estuvieron involucrados directamente en asesinatos.
Son interesantes los contextos en que ocurren los hechos de tus dos libros. En El nombre del padre, tu abuelo creció en un momento en que ser nazi era totalmente aceptado y fue cautivado por esa ideología. En El consentimiento, Gabriel Matzneff fue protegido por una escena cultural que incluso firmó una petición que él mismo impulsó para que se aceptaran las relaciones entre adultos y menores de edad.
—Sí, es cierto, hubo un momento particular en los años 70 que permitió ese tipo de ideas, pero no se puede echar en el mismo saco a todos los intelectuales que firmaron. Cada uno tenía intereses particulares. Por ejemplo, en el caso de Roland Barthes, él firmó porque en ese momento la ley era desigual para los homosexuales, quienes eran considerados mayores de edad a los 15 y los heterosexuales a los 18 años. Entonces, tú podías ser un homosexual de 17 años y querer descubrir tu sexualidad con alguien de 19 o 20, que ya era considerado mayoría de edad, y eso sería considerado un crimen. Simone de Beauvoir también firmó, pero porque ella era de una generación en que las mujeres muy jóvenes, para poder liberarse de la opresión que ejercían sus familias o la religión sobre ellas, terminaban huyendo con hombres mayores que tenían dinero y que podían ayudarlas. Era una forma de emancipación. Entonces, claro, es importante ver el caso a caso, los subtextos. Matzneff aprovechó todo eso para hacer pasar la pedofilia que él ejercía como una orientación sexual como cualquier otra, era su coartada.
Décadas después, El consentimiento también llegó en un contexto favorable para que se condenara a Matzneff.
—Así es, llegó en un momento en el que Francia recién empezaba a escuchar a las víctimas. La mía no era la primera novela de abuso, se escribieron y se escribirán muchas otras, pero los momentos son distintos. A fines de los noventa, por ejemplo, Christine Angot escribió sobre el incesto y la leyeron como una autora erótica, le dieron incluso el Premio Marqués de Sade, que ella rechazó. En 2020, con el movimiento #MeToo, algo cambió. Por fin hubo una escucha colectiva. Y fue sobre todo la juventud la que se apropió de mi libro. Sentí que eran ellas y ellos quienes me empujaban a seguir hablando.
Tu libro también abrió un debate sobre la censura. La editorial Gallimard retiró las obras de Gabriel Matzneff del mercado. ¿Cómo viviste eso?
—Fue un gesto simbólico importante, porque fue la primera vez que sucedía algo así. Pero lo terrible de esa decisión es que me hicieron a mí llevar la responsabilidad de la censura. Algunos periodistas me acusaron de ser una defensora de la cancelación. Y, al contrario, creo que esos libros no deberían ser olvidados, como tampoco el hecho de que durante años las casas editoriales más serias los publicaron. Y claro, Gallimard escribió una columna en un periódico donde explicaba por qué sacaba del mercado estos libros y decía algo así como: “porque entendimos que a Vanessa la hizo sufrir mucho”. Eso me molestó. No se trata de mí en lo particular, se trata de un problema colectivo, de un sistema de protección que permitió que esto pasara. Entonces no me gustó cómo se hicieron las cosas. De hecho, una vez me encontré al editor de Gallimard y le dije que debían publicar de nuevo esos libros, pero acompañados de un texto crítico, para recordar lo que fue posible durante años. Borrar no es aprender.
Volviendo a El nombre del padre, ¿qué rol crees que tiene la impunidad y el silencio en el retorno del fascismo que vivimos hoy?
—Es clave. En muchas partes del mundo tratan de forzar condiciones de verdad y reconciliación. En España, por ejemplo, después de la muerte de Franco se creó la ley del olvido, que era una especie de amnistía para los criminales. Lo mismo pasó en Francia y allí sucede que el partido que ahora se llama Agrupación Nacional y que antes era el Frente Nacional, fue creado por antiguos miembros de las SS francesas. Entonces se nos dice que tenemos que perdonar, olvidar, cuando los criminales siguen en la sociedad teniendo responsabilidades y no son juzgados. Esto se traduce en que las antiguas ideas fascistas renacen de otra forma. Creo que tenemos una responsabilidad como artistas e intelectuales de seguir defendiendo los valores de igualdad, de paz, de verdad, para convencer a la gente de que el progreso que nos ha permitido ganar derechos como mujeres, niños, como personas estigmatizadas, como minorías, está siendo nuevamente amenazado. Pero no sé cómo se resuelve eso; primero, la gente debe leer más y pasar menos tiempo en redes sociales.
¿Ya sabes lo que vas a escribir ahora? ¿Te gustaría escribir algo de ficción?
—Sí, me gustaría mucho porque ya me di cuenta de que es mucho más difícil defender un libro cuando tú eres el personaje principal; me hace más vulnerable. Admiro a los escritores que pueden esconderse detrás de la tercera persona o que dejan que sus libros hablen por ellos, como J.D. Salinger, Thomas Pynchon o Elena Ferrante. Creo que en cada libro está el germen de lo que será el próximo. Mi padre aparecía un poco en El consentimiento y estoy convencida de que en El nombre del padre hay algo de mi próximo libro y creo que será en torno al anonimato, a la desaparición, que es algo que cada vez me interesa más.
