La advertencia de la encíclica papal Magnifica Humanitas sobre la inteligencia artificial dialoga de forma sorprendente con lo planteado hace 70 años por el filósofo alemán Martin Heidegger. A pesar de sus diferencias, ambos identifican un mismo peligro: una técnica que reduce al otro a un medio y convierte a las personas en recursos disponibles para la lógica del cálculo y la eficiencia. La vigencia de estas inquietudes no deja de ser perturbadora, plantea el autor de este texto.
Por Álvaro Muñoz Ferrer | Imagen principal: Roland Schlager/APA Images vía AFP
En la encíclica Magnifica Humanitas, el papa León XIV ha planteado una importante reflexión acerca de nuestra relación con la inteligencia artificial. En particular, el papa advierte sobre un riesgo de deshumanización que define en términos de “construir el futuro excluyendo a Dios y reduciendo al otro a un medio”, y que caracteriza como una tentación “antigua y siempre nueva, que hoy también toma un rostro técnico”. Esta interesante crítica se nutre de diversas tradiciones, pues la pregunta por la tecnología no es nueva. A pesar de no mencionarse explícitamente en la obra, la reflexión papal presenta llamativas afinidades con la reconocida meditación que desarrolla Martín Heidegger en su conferencia La pregunta por la técnica dictada en 1953 en la Academia Bávara de Bellas Artes y en el discurso Serenidad (1955), pronunciado en la ciudad de Messkirch.
En efecto, tanto León XIV como Heidegger advierten acerca de la no neutralidad de la técnica moderna y del peligro deshumanizante de construir una relación irreflexiva con ella. Para el papa, la tecnología “toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza” y, de este modo, surge el riesgo de lo que él denomina “síndrome de Babel”, es decir, la idolatría del lucro, cuya pretensión de lenguaje único es capaz de “traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos”. En consecuencia, la técnica no es un simple instrumento al servicio del ser humano. Si ella se transforma en un criterio de evaluación de la realidad, termina por “establecer qué cuenta y qué puede descartarse, reduciendo la creación a un objeto de explotación y a las personas a engranajes de un sistema que sea cada vez más eficaz”.
Heidegger aborda el asunto desde una meditación acerca de la esencia de la técnica. Para ello, el filósofo alemán acude al concepto de Gestell (enmarcamiento), que remite a un modo de “desocultar” o desvelar la realidad que determina la relación del ser humano con lo existente bajo una lógica de disponibilidad y cálculo. En lo que respecta a la relación con la naturaleza, Heidegger la define como un provocar. A diferencia de lo que observa en el vínculo de la técnica artesanal con la naturaleza, donde el trabajo implica un respeto y un cuidado, la técnica moderna la provoca en el sentido de exigir que ella se presente como algo explotable, calculable y permanentemente disponible, reduciéndola así a una única y gigantesca “estación de servicio” dispuesta para ser utilizada por el ser humano.
Un ejemplo particularmente elocuente es el de la central hidroeléctrica, pues en ella observamos que la relación entre técnica y naturaleza se invierte: no es la central la que se instala en el río, como ocurre con el viejo molino de agua que se nutre de su corriente, sino que es el río el que se instala en la central como su fuente de energía permanente. Con respecto al ser humano, este modo provocante de desvelar la realidad nos dispone también a pensarnos a nosotros mismos y a los otros en términos de cálculo, abandonando modos más profundos de aproximarnos a nuestra existencia.
Es interesante notar que, a pesar de transitar caminos distintos, tanto la reflexión papal como la meditación heideggeriana identifican el mismo peligro: la posibilidad de una humanidad reducida a mero medio o recurso disponible para su utilización.
Ahora bien, a pesar de este sombrío diagnóstico, tanto León XIV como Heidegger albergan una luz de esperanza: el filósofo acude al poeta Friedrich Hölderlin para recordarnos que ahí donde hay peligro, crece también lo que salva. Esa “salvación”, cree Heidegger, reside en la poesía como un modo de abrirnos al mundo distinto al que impone la técnica moderna y en la serenidad como actitud para relacionarnos con ella. El papa, en cambio, propone una respuesta de talante aristotélico-cristiano fundada en la necesidad de orientar el desarrollo tecnológico, sobre todo la inteligencia artificial, según los principios del bien común, la solidaridad y la justicia social, preservando siempre la dignidad irreductible de la persona humana y su apertura a la comunión con los demás y con Dios. A pesar de la distancia entre estos dos enfoques, ambos coinciden en que el problema de la técnica no puede resolverse únicamente desde la técnica —por ejemplo, mediante una regulación estrictamente tecnológica o a través de una IA “más moral”, en palabras del propio León XIV—, sino que nos exige una transformación en el modo en que convivimos con ella.
Estas importantes similitudes no son meras anécdotas intelectuales, sino que vienen a revelar una suerte de impotencia humana ante el avance tecnológico. Heidegger, de cuya muerte se conmemora medio siglo este año, formuló sus advertencias hace ya más de siete décadas. Que una autoridad religiosa retome hoy inquietudes tan similares debería perturbarnos, pues viene a confirmar que la amenaza existencial que supone una vida sometida a los designios de la técnica moderna, esta vez con el rostro amable de una herramienta digital capaz de resolver gran parte de nuestros problemas, sigue plenamente vigente. La pregunta, entonces, es si esta amenaza es un desafío abordable por la humanidad o si, en realidad, se trata de un destino inevitable.
