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La vuelta al mundo en 25 días  

“Imaginemos aquí un tripulante que por 25 días solo ve agua; no hay montañas ni edificios con los que orientarse. Un animal atado a su “aquí y ahora” no tiene espacio para pensar en lo que sigue. ¿No es un poco la sensación que tenemos al pensar en estos tiempos sin proyección?”, escribe el crítico Diego Parra sobre Océano 33°02’47” S / 51°04’00” N’, la obra en video de 2013 del artista Enrique Ramírez 

Por Diego Parra Donoso | Foto principal: www.projetocean.com 

Se supone que el arte contemporáneo debe proveernos de imaginarios para un futuro vivible, que esa es su función poética y política. Pensar que algo mejor puede ocurrir el día de mañana es quizá un salto de fe que pocos se sienten en condiciones de dar en el presente, ya que la situación parece indicar exactamente lo contrario: solo podemos imaginar cosas malas o, en el mejor de los casos, esperar que nada empeore. Este salto podría llamarse también un escapismo optimista o algo así, puesto que nos permitiría salir por un momento de la presión asfixiante del ahora. 

Si bien no descarto la posibilidad imaginativa, me parece necesario también entender el arte como una clave que permite decodificar la confusa realidad que habitamos. No creo que tengamos tan claro cómo funciona nuestro mundo, donde las posiciones, agendas e intenciones parecen cada día más difusas y desordenadas con respecto al mapa tradicional de poderes e ideologías. Los recientes cambios políticos nos han dejado sin muchas herramientas analíticas con las que comprender los movimientos subterráneos del capitalismo, que, como sabemos, está en constante mutación y adaptación. Frente a ello, me parece que la capacidad desmitificante de las obras de arte se vuelve crucial. No su rol pedagógico y militante —que sirve poco para emancipar el juicio y la voluntad—, sino más bien su habilidad para desmantelar estructuras simbólicas que sostienen la aparente coherencia y “normalidad” de las cosas. 

Distintos autores han planteado que nuestra época dejó de pensar en el futuro, que perdió su capacidad de imaginar algo distinto del presente. A esto, Franco Bifo Berardi lo llamó la “lenta cancelación del futuro” y Mark Fisher prolongó la idea sumándole nuevas características para luego hablar de un “realismo capitalista”, que operaría como una atmósfera inhabilitante para el pensamiento. No podemos pensar otros modos de vida y quedamos anclados a un presente perpetuo, a un constante “aquí y ahora”, que en su intensidad no deja tiempo ni espacio para idear formas alternativas de existir. Si bien el capitalismo se ha transformado, parece siempre haber operado de este modo, fagocitando los espacios no regulados del ocio e, incluso, del descanso. Como se suele decir, “el tiempo es oro”, y en cuanto tal, debe ser gestionado como un recurso más. No perder el tiempo, entonces, se vuelve una máxima ineludible: cada segundo cuenta. 

En 2013, el artista chileno Enrique Ramírez (Santiago, 1979) produjo la obra Océano 33°02’47” S / 51°04’00” N’, una pieza audiovisual de 25 días, 4 horas y 330 minutos de duración. Esta increíble cifra se explica porque Ramírez grabó su viaje en un plano secuencia ininterrumpido desde el barco frigorífico Pacific Breeze, que viajaba de Valparaíso hasta Dunkerque, en Francia. La imagen central, que mira desde el puesto de mando hacia la proa, nos muestra la inmensidad del mar y su violencia, una imagen que evoca cierto romanticismo del que quisiera rehuir. Me interesa de este proyecto (que incluye una serie de otros materiales audiovisuales, escritos y diagramas) el modo en que visualiza las conexiones materiales y concretas que sostienen el mundo tal como lo conocemos.  

Este largo viaje, que en la actualidad parece algo anacrónico (uno pensaría que todo puede hacerse en avión con tiempos de viaje infinitamente más cortos), persiste para alimentar las bocas de europeos ansiosos por frutas provenientes del valle central chileno. Las mercancías fueron desde el siglo XVI la gran motivación de viajes y aventuras luego vistas como gestas heroicas europeas, caracterizadas por un espíritu aventurero e individualista. A pesar del paso del tiempo, los barcos siguen siendo el gran protagonista de dicha travesía mercantil. 

El camino que hizo Ramírez con sus equipos, acompañado de una tripulación ucraniana (es curioso que quienes manipulen las frutas chilenas no sean también chilenos), es algo así como una gran carretera interminable, que cada vez que es recorrida materializa la idea de globalidad propia del capitalismo (no por nada Magallanes “confirma” la esfericidad del planeta para permitir la libre circulación de mercancías y, luego, del capital desde las colonias hacia Europa). Solo que este viaje no tiene principio ni fin: es incesante, frenético y paralelo a cualquier tiempo normal. Imaginemos aquí un tripulante que por 25 días solo ve agua; no hay montañas ni edificios con los que orientarse. La nave también cruza por distintos husos horarios, lo que altera completamente la percepción del tiempo. ¿En qué territorio habita tal individuo? Solo en el de la esperanza de llegar a alguna parte, pero ha perdido cualquier arraigo que le permita distinguir el presente del pasado y el futuro. Un animal atado a su “aquí y ahora” no tiene espacio para pensar en lo que sigue, tan solo vislumbra su situación como una urgencia que debe ser resuelta cuanto antes. 

¿No es un poco la sensación que tenemos al pensar en estos tiempos sin proyección? Las viejas soluciones y las tradiciones poco importan cuando estamos con el agua hasta el cuello y tenemos que cumplir con el mandato de seguir funcionando para que todo siga como está y no caigamos al precipicio. No por nada las visiones escatológicas se multiplican en el mundo actual, tanto las religiosas como las que vislumbran horrores ecológicos o, incluso, nucleares. 

La nave de Ramírez tenía una ruta que cumplir, una misión que terminar. Pero esos tripulantes ucranianos, en cambio, poco sabían del sabor de la fruta que cargaban ni mucho menos de las ganancias de quienes les enviaron en dicho viaje. Ese presente-por-siempre que nos deja su experiencia es, en realidad, una forma de estasis que impide cualquier cambio, un estado en el que la mejor situación es la que permite que todo fluya, sin que la estructura cambie.  

En estos días, al leer sobre el cierre del estrecho de Ormuz, pensé inevitablemente en esta obra y en cómo un buque que no avanza es lo único capaz de detener el frenesí del presente, obligándonos a levantar la cabeza y mirar dónde estamos y hacia dónde nos dirigimos.