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Carta a Emma Villazón

Lumbre de ciervos, publicado originalmente en 2013 por la poeta boliviana Emma Villazón (1983-2015) —fallecida prematuramente a causa de una complicación cerebrovascular y que vivió en Chile sus últimos años—, es un libro compuesto por cuatro apartados que circula por primera vez en el país de la mano de Cicada Editora. “No recuerdo cuándo charlamos por última vez, así de encuentro sorpresivo. El deslizamiento del tiempo agujerea ese orden temporal de la sintaxis; crea otra imagen, semejante al broderie de los poemas que construyes: calados y luego, unas texturas de palabras que van por caminos deshabitados e inhabituales”, escribe Elvira Hernández en este texto/carta dirigido a la poeta que leyó durante la presentación del libro. 

Por Elvira Hernández

Querida Emma:

No es una locura que yo te hable a estas alturas del tiempo. Que lo haga en voz alta a propósito de tu libro. Todavía parece que me hace sentido que la palabra irradia. Otras veces esa parla ocurre en forma casi imperceptible, para callado, y es para mejor, mientras nos vamos moviendo por este mundo denso. Ocurre como un pequeño detalle, de esos que se dejan ver de repente como una pintita luminosa (entonces me digo, esto tiene que ver con Emma), pero no pronuncio titila, pues, para ti, son los “campos que titilan” (me remito al poema “Desde las lilas”), en un movimiento insospechado; ellos, los campos, muy aclimatados a las raíces según los manuales comunes, pero tú, huidora de lo común poético, con el oído puesto en lo descomunal, imagino que sentías la titilación que sube de ese centro, a donde pensaban bajar ciertas personitas de Julio Verne. Siempre esas finas vibraciones sísmicas, captadas por oídos cérvidos —de huemulillo, diría Gabriela Mistral— con la oreja puesta en las voces, o quizás, una vibración reflectante, un brillo, que tú seguías al finalizar el poema: “… aunque sabedores de que a veces, también hablamos, andréi, /hablamos como las horas, la lluvia, lo inverso/ o lobos púrpuras de pasos intocables”. Estabas apuntando en la refracción y los espacios recorridos, hacia Andréi Tarkovski, aquel de El espejo, y también, imagino, para otros lados, otras superficies radiantes, especulares, un encandilamiento narciso y su revés oscuro. Porque los poemas no se conforman en una sola pieza, sino que en ella meten una infinidad de celdillas para darle habitación al universo y que allí se acomode. Y esto mientras te releo.   

Bueno, disculpas te doy. Me he metido de sopetón en un poema. Creo que fui tragada por una ciénaga de palabras de las que no pude zafar.

No recuerdo cuándo charlamos por última vez, así de encuentro sorpresivo. El deslizamiento del tiempo agujerea ese orden temporal o tempo-horario de la sintaxis; crea otra imagen, semejante al broderie de los poemas que construyes: calados y luego, unas texturas de palabras que van por caminos deshabitados e inhabituales. Vas en esa exploración. Fue un privilegio de los días pasados no conversar por internet. Recorríamos entonces, un espacio que hoy se nombra territorio. Ni se asomaba la pesadilla de la pandemia de la que no hacemos recuerdo. Le hemos pasado el borrador. No ha ocurrido. Menos el estallido, desdibujado. Continúo con una imagen fija, que a menudo se deja caer; gira y ronda: un retorno de la costa, Isla Negra a Santiago, con el vecino de Pirque al volante. Tu mamá está presente, aunque no visible. Fue un viaje que se hizo corto en un conversatorio largo. 

Ayer 9 de diciembre, en la Universidad de Santiago, tu universidad, Raquel Olea te recordó como la poeta que integraba el Magíster en Literatura Latinoamericana y Chilena y dio el anuncio de la presentación de tu libro: Emma Villazón y Lumbre de ciervos. Se producirá una docena de años después la segunda edición, preparada, creo, para un tiempo de venados y ciervos, un ámbito acentuado por Gabriela Mistral y el Poema de Chile, que, en otras páginas, había recomendado oír como lo hace nuestro huemul patrio, digamos, con esa sensibilidad de sentir. Toda una práctica. Y en las tuyas, Emma, páginas y líneas, lumbre y relumbre, palabras bordadas con puntadas luminosas, filigrana han dicho, anuncio, recordatorio, diálogo de ciervos, y —destensar la homofonía— ni de sordos ni de ciegos. El río abierto, las aguas del ciervo, son ineludibles; imágenes, la palabra abierta, vertida de un poema a otro, ecos, resonancias, afectividad recogida por hilo conductor, cabelludo también y enmaromado, cosa de oír cómo va y viene el lazo a ese otro ciervo, el lezamiano de Muerte de Narciso: “Narciso, Narciso. Las astas del ciervo asesinado son peces, son llamas, son flautas, son dedos mordisqueados”. Ahí haces tu amarre. Como también haces otros y de donde el ciervo no puede escapar porque se trata del oír —la vitalidad de la poesía— y en tu libro son muchos los que entran a tallar ahí, en el oído a la palabra; es decir, tú los pones en ese trabajo, en el compaginado del libro.

Me refiero a la carta de [Marina] Tsvietáieva a Rilke. ¿Qué dice ahí? Que Goethe, figura tutelar e indiscutible para algunos, asevera que no se puede escribir nada que sea extraordinario en lengua extranjera. Y, la poeta remitente: que no hay lengua madre. Padre Goethe habría dicho Mistral, para quien no es la sangre la que hace la gran atadura sino la lengua muy propia y vernácula, y machaca: ni se puede amar en lengua extranjera. ¿Qué se ama cuando se ama?, también se oye. Marina Tsvietáieva, poeta a secas, absoluta, transcribe, traduce lo que ha oído. Tú lo sabes Emma, lo de su oído prodigioso, cérvido quizás, que oye todavía las pisadas de Orfeo. Hablas tú del develamiento (¿al oír?) y del sumergimiento en la niebla (¿al anotar?). Marina dice por otro lado que la mano no se puede adelantar al oído —muy cierto— lo que sería una especie de trampa. Lo que recibe el oído es dicho ¿por el daimon en el silencio del secreto? ¿Cuál será su idioma? Es una interrogante. El vecino de Pirque, ducho traductor poético, debe tener una carta también al respecto, una carta bajo la manga. Y, se me cruza, que Gabriela Mistral se secreteaba con el Cristo crucificado, buscaba pedirle algo por medio de esos versos —“Al oído de Cristo”— no es poca cosa para la poesía, quizás un milagro, pero eso parece ser harina de otro costal. Lo cierto es que la admirada poeta Marina, que escribe en varios idiomas, dice que los poetas tienen dos oídos, uno exterior que por lo general está dormido y otro más poderoso, un receptáculo inescrutable que nos hace oír, es el cuenco del que tú hablas, ¿verdad, Emma?


Este texto corresponde a la presentación del libro Lumbre de ciervos, que tuvo lugar el jueves 11 de diciembre de 2025 en La Inquieta Librería.