“¿Qué significa ser humanos cuando la humanidad puede ser imitada? Lo intangible, quizás, no es el algoritmo, sino eso que escapa a él: la emoción no traducida, lo que aún no cabe en el celular”, escribe Constanza Peña, estudiante de tercer año de Teoría e Historia del Arte de la U. de Chile, quien ganó la convocatoria Palabra de Estudiante PP36.
Por Constanza Peña Schneider | Foto principal: Tara Winstead/Pexels
La materia ya no sostiene el sentido; la realidad se disuelve en un espacio intangible, luminoso y frío —las pantallas— donde todo es accesible, pero nada nos pertenece. Estamos rodeados de imágenes que no remiten a ningún cuerpo real; voces que no provienen de garganta alguna. Después de 2020 esto se profundizó: el mundo es cada vez más una proyección de sí mismo. La nube guarda memorias, los algoritmos aprenden gestos, predicen palabras. Simulacro y fábrica de presencias fantasmales: un yo que se confunde con otro, un reflejo de nuestras propias carencias mira, responde, pero detrás no hay un otro real.
En un planeta que se calienta y una economía que se enfría, en un mundo donde todo parece derrumbarse, la tecnología nos ofrece control, una vida más predecible: orden, eficacia, eternidad. Pero ¿qué vínculo puede nacer de algo que no respira? El alivio pronto se revela como anestesia. Dejamos que las máquinas piensen por nosotros, pero sin la contradicción humana. Queremos que nos acompañen, pero sin la vulnerabilidad que implica involucrarse con otro. Ahí reside el monstruo, en la renuncia al temblor que hace auténtico el encuentro, en la desaparición del cuerpo. Con el dato, la corporalidad interfiere; y aun así buscamos a un otro que hable como si supiera, como si recordara. Esa paradoja muestra que la frontera entre lo tangible y lo intangible ya no pasa por lo físico, sino por la capacidad de sentir. Lo intangible se ha vuelto lo que más nos toca, aunque no podamos tocarlo. Lo invisible gobierna; los sistemas deciden qué merece visibilidad y cómo debemos verlo. La materia se ha vuelto sospechosa, y el dato, una forma de fe: creemos en lo que se ve, aunque lo que se ve cada vez nos pertenece menos.
¿Qué significa ser humanos cuando la humanidad puede ser imitada? Lo intangible, quizás, no es el algoritmo, sino eso que escapa a él: la emoción no traducida, lo que aún no cabe en el celular. Lo tangible está en lo que resiste ser copiado, el latido que no produce la máquina, el silencio entre las palabras. No tenemos que rechazar la tecnología, sino mirar sin la mediación constante de la red, escuchar sin esperar respuesta inmediata, escribir sabiendo que cada palabra puede perderse. Lo tangible es la conciencia de la pérdida; lo intangible, la ilusión de eternidad.
Lo digital no es lo opuesto de lo real, sino su traducción más frágil. Lo invisible también puede ser materia, siempre que no olvidemos que toda imagen necesita un cuerpo que la sostenga. Por eso, el futuro no será elegir entre una cosa u otra, sino reconocer que incluso el código más abstracto fue alguna vez escrito por una mano. Cuando entendamos esa continuidad, el humano podrá inventar tecnologías capaces de sostener la vibración de lo vivo sin borrarlo.
Entonces podremos mirar al monstruo desde el encuentro, distinguir lo que brilla de lo que respira y seguir recordando que todo lo que nos hace humanos empieza, siempre, por el tacto.
Este texto fue el ganador de la convocatoria de Palabra de Estudiante PP36 y fue publicado en la versión impresa de Palabra Pública.
