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Monumentos: una discusión extraviada

Los monumentos no solo honran a héroes y figuras históricas, también actúan como instrumentos de construcción de la memoria y la identidad nacional. Sin embargo, hoy su significado ha entrado en crisis en todo el mundo, reflejando las tensiones del pasado con el presente y con las narrativas del poder. En Chile hemos desaprovechado la oportunidad para tener una discusión abierta, profunda y ciudadana sobre su rol en nuestra sociedad y para pensar cómo el arte contemporáneo puede participar en esta compleja conversación.

Por Luis Montes Rojas | Ilustración de Fabián Rivas

Para empezar, ¿qué cometido cumplen los monumentos? ¿Para qué sirven? Los monumentos simbolizan, por cierto. Son instrumentos de construcción de memoria, de homenaje, de recuerdo. Memoria del Estado. Historia oficial. Están ahí los ideales fundantes de una sociedad que se deben promover entre los ciudadanos para proyectar el orden social y permitir estabilidad y continuidad. Por lo mismo, en los bronces se ven plasmados los valores que vienen a determinar las relaciones entre los sujetos y, al mismo tiempo, se ven enaltecidos los ciudadanos que han encarnado ese ideario social: los héroes, personajes que han derribado la amenaza al orden social, posibilitando a su vez pensar en un futuro cimentado en el pasado. 

El monumento es un dispositivo que permite la proyección de los valores y, consecuentemente, la educación permanente de una sociedad que toma referencia desde un relato oficial que, en tanto acuerdo, sirve de base para la cohesión social. Se construye memoria colectiva e identidad nacional. También ha sido concebido como un instrumento del poder político que somete simbólicamente el espacio público al orden, mediante la construcción de nodos significantes donde confluyen voluntades que operan desde el pasado, en el presente y para el futuro.  

Sin embargo, se ha puesto en crisis este fundamento, principalmente porque la relación con el pasado ha dejado de ser inobjetable, y ese pasado constituye el eje representacional del monumento. Es lo que ha sucedido en nuestro país y en otros tantos. En Chile, además, se ha debilitado ideológicamente el papel del Estado producto del dominio neoliberal, lo que ha inmovilizado la protección de los monumentos o la apertura hacia una discusión abierta sobre el tema, y que tendría como necesaria consecuencia la desafectación del público respecto de estos signos que han pasado a ser siempre de adhesión minoritaria, sin importar el color político que los sustentan. Ya no hay conocimiento de ninguna historia tras ellos. Más bien, prevalece la mera identificación del monumento como un artefacto producido por el poder del Estado, que se comprende en medio de la transacción de una deuda perpetua que nunca podrá pagar con la ciudadanía.

Entonces, ¿qué ocurre en el sector de Plaza Italia? Primero, se debe comprender como un nodo, un punto de convergencia de historias oficiales que son parte de discursos que componen la memoria del Estado. Plaza Italia proponía un orden simbólico que se hace imprescindible estudiar, en el entendido de ser también un enjambre de sentidos de difícil lectura. Es necesario entender qué significa la elección de los personajes de los monumentos emplazados y comprender cuál es el relato que configuran, juntos. No puede ser casual que compartan espacio el patriota Manuel Rodríguez, el presidente Manuel Balmaceda, mártir del siglo XIX; y Manuel Baquedano, el general victorioso de la Guerra del Pacífico. Estas tres figuras heroicas configuran un enjambre de sentidos, donde tres personajes masculinos encarnan tres visiones desde distintos tiempos sobre un mismo país. En el primero, el salto eterno del caballo de Rodríguez simboliza la energía del nacimiento de una nueva nación. En el segundo, el presidente Balmaceda camina a la eternidad, envuelto en su toga, que bien puede entenderse como su lealtad a la patria. En el tercero,  el general Baquedano entra victorioso en su traje de gala a la Alameda. Al mirar el conjunto, parece configurarse una suerte de estrado de amor por la patria. 

Se hace extraño escribir sobre el amor a la patria en estos tiempos, después de cómo han sido puestos en crisis los monumentos y las maneras en que se han construido los relatos que portan, la mayoría de ellos, como sostén simbólico de las ideas de patria y nación, fuertemente cuestionadas hoy. Pero en la forma en que ha sido configurada simbólicamente la plaza, no habría otra forma de entender la llegada de Gabriela Mistral a ese panteón sino como la voluntad de repensar el vínculo afectivo con el país, o dicho de otra forma, de plantear que no habría una sola forma de amar y construir el lugar que consideramos nuestro. Rodríguez, Balmaceda y Baquedano son una seña de identidad nacional, sin duda. De quienes somos y qué queremos ser. O más bien, de quienes fuimos y qué pretendíamos ser. Heroísmo, muerte, tragedia, entrega. Pero la llegada de Mistral indica que también se construye patria desde la poesía, desde una escritura sensible que habló del amor a los niños y niñas, desde la humildad de la pobreza, desde la mirada de la mujer. 

Gabriela Mistral aparece como una figura que ha sido revisitada en el presente, y no solo por la importancia de su producción literaria y reflexiva, su vocación de pedagoga y su interés en la política, sino también desde la perspectiva de la diversidad sexual, que ha permitido congregar —en torno a su innegable valía en el ámbito poético— a quienes han sido permanentemente excluidos en las discursividades oficiales. Aun cuando ya estaba José Martí en la cabecera del Parque Bustamante, y en consecuencia la conjunción entre política y poesía, también estaban los inmigrantes italianos —y un poco más allá, alemanes y franceses— rindiendo homenaje a la patria que los recibió y que hicieron suya. A estos se sumará la poesía de Mistral, que es un relato sobre Chile que se escribe desde otro lugar y que, claramente, no estaba incluido en este espacio.

Cuando se plantea que el Monumento a Gabriela Mistral proyectado en Plaza Italia es consecuencia de una negociación para equilibrar la restitución de Baquedano en su pedestal, creo que es necesario decir que el espacio público es, y ha sido, un lugar de disputa y transacción política. Cabe recordar que en junio de 1994 se selló un acuerdo en el Senado que permitió erigir un monumento al presidente Salvador Allende, en una votación donde no hubo oposición de la derecha, lo cual solo puede explicarse por un compromiso previo alcanzado en un acuerdo que consideró levantar, en equilibrio, un monumento al senador Jaime Guzmán, en un contexto histórico donde primaba la política de los consensos, y que permitió que estas dos personalidades tuvieran lugar en el espacio público, a pesar de las enormes diferencias entre sus trayectorias políticas.

Pero, como se ha dicho, esta política de equilibrios simbólicos no es nueva. No solo está el caso de Allende y Guzmán: se debe considerar también el de O´Higgins y Carrera en el remate del Paseo Bulnes, frente a La Moneda; dos personajes irreconciliables de la historia del nacimiento de Chile que hoy comparten emplazamiento como “padres de la patria”. Una balanza equilibrada oculta la historia de desencuentros y enfrentamientos que protagonizaron ambos próceres. O el caso del presidente Montt y el presidente Balmaceda, los líderes de las facciones políticas más importantes del siglo XIX, conservadores y liberales. Montt, con un monumento imponente frente a los Tribunales de Justicia, contiguo al edificio del Congreso Nacional e inaugurado en 1904, y Balmaceda con un monumento encargado a Samuel Román que, develado en 1949, buscaba ser una respuesta simbólica al primero. Es por esa razón que se construye el obelisco que compone el conjunto escultórico, ya que en principio se proyectó como un pedestal que coronaría Balmaceda en equivalencia a la columna donde el presidente Montt aparece acompañado por su ministro Antonio Varas. Fue la voluntad escultórica de Samuel Román la que transformó el homenaje a Balmaceda, pero debe quedar claro que son monumentos relacionados política y simbólicamente.

    Volviendo al presente, el Gobierno ha determinado la inclusión de Gabriela Mistral y la restitución de Baquedano en su pedestal, pero es necesario remarcar que nunca se constituyó un espacio oficial que permitiera poner sobre la mesa los argumentos que sustentan tales decisiones y tampoco se dispuso una discusión abierta. A través de los medios de comunicación se han esgrimido razones a favor y en contra de las decisiones sobre estos monumentos, especialmente en el caso de Baquedano, pero habría sido mucho más interesante conocer en profundidad las cuestiones que pudieron fundamentar estas decisiones. 

Una de las principales razones para rechazar la vuelta de Baquedano es la participación del militar en las campañas de ocupación del territorio mapuche, impulsadas por la expansión territorial del Estado chileno hacia el sur del Biobío. Sin embargo, un documento encontrado en el pedestal de la estatua durante su remoción (y que ahora resguarda el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio) sugiere que el monumento fue erigido principalmente para ratificar la soberanía chilena sobre Tacna y Arica y la consiguiente definición de la frontera norte, más que para conmemorar las campañas en la Araucanía.

Asimismo, se ha planteado su carácter ilegítimo por haber sido inaugurada en 1928, durante la dictadura de Carlos Ibáñez del Campo, como si la estatua hubiese sido decisión de su gobierno. Parece ser que dicha afirmación está alejada de la realidad histórica. Como se puede leer en las actas de la Sesión 15ª ordinaria de la Cámara de Diputados, llevada a cabo el miércoles 9 de junio de 1926, la presentación del “proyecto que autoriza al Presidente de la República para erigir por subscripción popular en la ciudad de Santiago a la memoria del general don Manuel Baquedano”, da a entender que la voluntad de la construcción del monumento nunca fue de Ibáñez, sino del presidente Emiliano Figueroa Larraín. 

Creo que hemos desperdiciado la oportunidad de conocer a los personajes que homenajeamos. De haber difundido todo aquello que quedó fuera del corsé del héroe y conocer las razones por las cuales se determinó su presencia inalterable en nuestra ciudad y en nuestras consciencias. Pudo haber sido una oportunidad muy interesante para hacer lectura lúcida e instruida sobre la discursividad que estaba escrita en dicha plaza a través de los personajes que la habitaban, y de entender cómo las nuevas significancias que se sumarán al espacio podrían rearticularlo. Hemos perdido la posibilidad de otorgar un papel al arte contemporáneo para abordar esta complejidad simbólica, entendiendo que no solo las disciplinas académicas –ya sea la historia, el urbanismo o la sociología– pueden dar respuesta a problemas que más bien están afincados en las artes. En definitiva, se ha perdido una oportunidad de acercar a la ciudadanía a sus mecanismos de representación simbólica, esos que constituyen identidad, memoria y pertenencia.