«El futuro no aparece como fecha en el calendario. Se cuela en la rutina, en la lista de espera, en el turno partido en distintos trabajos, en la abuela que reemplaza la sala cuna, en la pareja que hace cuentas antes de imaginar un cuarto extra. Cuando se habla de baja natalidad, a veces suena a reproche moral o a alarma demográfica. Pero la pregunta clave es otra: ¿con qué condiciones materiales se puede formar familia y sostener la vida?», se pregunta Katherine Aravena, estudiante de quinto año de Sociología de la Universidad de Chile, ganadora de la convocatoria de Palabra de Estudiante.
Por Katherine Aravena | Foto principal: Javier Torres/AFP
En la micro, una mujer hace malabares: con una mano revisa el celular y con la otra afirma el coche para que no se deslice con cada frenazo. A su lado, un hombre mayor cabecea, con el carnet del consultorio asomando de un bolsillo. No cruzan palabra. Pero puedo especular por qué: el día empezó tarde y el tiempo no alcanza.
El futuro no aparece como fecha en el calendario. Se cuela en la rutina, en la lista de espera, en el turno partido en distintos trabajos, en la abuela que reemplaza la sala cuna, en la pareja que hace cuentas antes de imaginar un cuarto extra. Cuando se habla de baja natalidad, a veces suena a reproche moral o a alarma demográfica. Pero la pregunta clave es otra: ¿con qué condiciones materiales se puede formar familia y sostener la vida?
Chile enfrenta una señal dura: el país bordea los 20 millones de habitantes, mientras el promedio de hijos por mujer ha caído por debajo de uno, según las cifras más recientes. Envejecemos mientras nacen menos niños. Eso empuja la demanda de cuidados, aprieta la salud pública y tensiona las pensiones. Y también se siente en el bolsillo: criar cuesta. Para muchas familias, el gasto mensual asociado a un hijo ronda los seiscientos mil pesos. En hogares trabajadores, el sueldo se estira entre arriendo, comida, transporte, cuentas y remedios. No sorprende, entonces, que la pregunta no sea si quieren, sino si pueden tener hijos.
En ese desajuste se juega una desigualdad silenciosa: la del tiempo. Cuando la crianza y el cuidado de personas mayores se arreglan puertas adentro, casi siempre terminan en manos de mujeres. Ellas recortan jornadas, dejan pasar ascensos, se refugian en empleos informales y sostienen una doble labor: traer ingresos y mantener la casa en pie. El costo se paga en carreras interrumpidas, salud deteriorada y proyectos postergados.
Por eso importa tanto lo que hoy parece una tramitación más. Al cierre de esta columna, el proyecto de Sala Cuna Universal seguía entrampado en el Congreso y el cuidado infantil volvía a la zona de las promesas: “para después”. En otras palabras: discutimos si el cuidado será un piso común, con financiamiento compartido, o una carga que se resuelve a pulso.
En 2036, Chile podría ser un país donde el cuidado sea el centro de la política o uno donde se pague con cansancio. Dos caminos se disputan hoy: tiempo e infraestructura. Jornadas más humanas, permisos reales y corresponsabilidad; salas cuna accesibles y un sistema de cuidados que no dependa de la suerte familiar, con una salud pública capaz de acompañar todo el ciclo de vida.
No se trata de fomentar nacimientos como si la vida fuera una meta de productividad. Se trata de decidir qué país queremos. Porque si el futuro se vuelve inviable para quienes trabajan, cuidan y crían, ¿qué pacto social es posible? La democracia también se mide en quién cuida y a costa de quién.
