Los disturbios raciales que sacudieron Estados Unidos en la década de 1960 obligaron al gobierno, a las ciencias sociales y a la sociedad a abordar las causas del racismo y la desigualdad. Más de medio siglo después, el retroceso de las políticas de inclusión vuelve a poner en cuestión los avances de esa época.
Por Bernardo Subercaseaux Sommerhoff
El contexto
En 1961 asumió como presidente de Estados Unidos John Fitzgerald Kennedy, quien fue asesinado poco después, en noviembre de 1963, en Texas. Meses antes, en agosto de ese mismo año, Martin Luther King había pronunciado su famoso discurso “I Have a Dream”, en el que expresaba el sueño de un país sin racismo ni injusticia social; un sueño que convocó a una gran marcha en Washington por los derechos civiles de los afroamericanos. En 1963, Lyndon B. Johnson, también demócrata, pero del ala más conservadora, sucedió a Kennedy y gobernó hasta 1969. Fue la década de la guerra de Vietnam, en la que finalmente David venció a Goliat con el apoyo de grandes movilizaciones estudiantiles y sociales: en 1973 Estados Unidos se retiró de Vietnam. También fue una década de apogeo de la Guerra Fría. La invasión de 1400 exiliados cubanos, financiados y entrenados por la CIA, a Bahía de Cochinos, Cuba, en 1961, dio lugar un año después a la crisis de los misiles entre la Unión Soviética y Estados Unidos, que mantuvo al mundo al borde de un conflicto nuclear durante 13 días.
Son años en que, frente al racismo imperante, cobran fuerza tres corrientes del movimiento afroamericano. La Southern Christian Leadership Conference, liderada por Martin Luther King y fundada a fines de la década anterior por pastores negros del sur del país, que defendía la no violencia y la desobediencia civil. La Nation of Islam (NOI), que desde comienzos de los años cincuenta contó con Malcolm X como uno de sus principales dirigentes en Harlem, Nueva York, era partidaria de la autodeterminación y el nacionalismo negro, junto con una doctrina religiosa propia inspirada en el islam; entre sus seguidores estuvo el boxeador Cassius Clay, que adoptó el nombre de Muhammad Ali. Y, por último, los Black Panthers, fundados en 1966 en Oakland, California, que promovían la autodefensa armada, patrullaban los barrios pobres para contrarrestar a la policía y sustentaban programas sociales para niños y ancianos afroamericanos.
Los 60 fueron también la década del surgimiento y auge de un gran movimiento contracultural: el hippismo, una oleada que se expandió entre la juventud desde California al resto del país y, posteriormente, a Europa y América Latina. Bajo el lema “Haz el amor y no la guerra”, los hippies, de espíritu pacifista, se rebelaban contra el consumismo, el racismo, el materialismo, el individualismo y la doble moral del gobierno y, a veces, de sus propios padres (esa sociedad blanca, casada, industrial y de corbata). “No queremos tu casa, ni tu fábrica ni tu guerra”. “No importa si eres negro, blanco o hippie, todos estamos en el mismo lodo”, decían. Consideraban a los beatniks —Allen Ginsberg (“America I’ve given you all and now I’m nothing”), Jack Kerouac, Lawrence Ferlinghetti y compañía— como sus precursores.Al igual que ellos, los hippies se interesaban por la espiritualidad budista y de la India. Eran partidarios del amor libre, de volver a la tierra y de recurrir a las drogas —suaves al principio, duras después— como vía para expandir la mente. El hippismo amplió el círculo social de la empatía, le dio al mundo permiso para ser bisexual, gay, no binario y libre. A fines de la década, el movimiento como tal se fue apagando, consecuencia del abuso de drogas duras; persistió, sin embargo, cómo influencia y presencia cultural de vasto alcance.
Un país en llamas
En este contexto, en medio de una sociedad industrial avanzada, pero también en crisis, ocurrió durante varios años lo que en Chile se ha llamado (pensando en octubre del 2019) “estallido” o “revuelta”. En Estados Unidos, donde fueron considerablemente más violentos, la prensa y las ciencias sociales los llamaron riots o disturbios urbanos. Casi todos ellos empezaron por conflictos pequeños en los que hubo abuso y racismo por parte de la policía. En 1965, en Watts, un barrio del sur de Los Ángeles, luego de un control de carretera corrió el rumor de que un policía había golpeado a una mujer negra embarazada, lo que hizo explotar toda la rabia acumulada. Entre el 11 y 17 de agosto se produjeron saqueos de tiendas, daños y quemas de alrededor de 600 edificios; hubo 34 muertos y más de 100 heridos, y pérdidas por más de 40 millones de dólares de la época. Lyndon B. Johnson envió 14.000 soldados de la Guardia Nacional y se impuso el toque de queda en toda la ciudad.
En 1967 se produjeron disturbios en Newark (Nueva Jersey) y Detroit (Michigan), también por situaciones puntuales que afectaron a la comunidad negra. En Newark fueron saqueadas 20 manzanas de la ciudad, con destrozos generalizados. En Detroit, una ciudad industrial con casi dos millones de habitantes y gran población de color, la insurgencia afroamericana destruyó cerca de 2500 edificios. Como consecuencia de estos disturbios, la ciudad perdió un alto porcentaje de su población. Cicatrices quedan en el centro de Detroit hasta el día de hoy. En 1968, a raíz del asesinato de Martin Luther King, se produjeron disturbios similares en más de 100 ciudades, entre ellas, Washington, Chicago y Baltimore, con saqueos concentrados en comercios de blancos cuyos dueños no vivían en el barrio. Los pequeños negocios de propietarios negros colocaban un letrero para librarse del daño: Soul brother (“Hermano del alma”).
Paralelamente a estos riots contra el racismo, se produjeron durante toda la década manifestaciones estudiantiles contra la guerra de Vietnam. En 1970, cuando el presidente Nixon anunció por televisión que Estados Unidos invadiría Camboya, los estudiantes se indignaron y en Ohio, en la Universidad de Kent State, se llevó a cabo una gran protesta con marchas y quema de un edificio. El gobernador de ese estado mandó a la Guardia Nacional y hubo estudiantes fallecidos, algunos de los cuales ni siquiera estaban participando en la protesta. A raíz de ello, cerca de 500 universidades de todo el país se declararon en paro, en una gran protesta nacional.
Respuesta del gobierno e Informe Kerner
En 1961, el presidente Kennedy fue el primero en utilizar el concepto de Affirmative Action. (acción afirmativa o discriminación positiva en favor de minorías). A pesar de ser partidario de la integración, fue algo tibio en materia de políticas públicas ante el racismo, para no perder el voto de los congresistas demócratas del sur. No obstante, apoyó a Martin Luther King y, en junio de 1963, meses antes de ser asesinado, dictó una propuesta de ley de derechos civiles que propiciaba el ingreso de estudiantes negros a universidades de Alabama o a cualquier universidad del país, contrariando la postura del gobernador de ese estado, George Wallace, quien era partidario de una suerte de apartheid. La ley fue aprobada en 1964, en el gobierno de Johnson.
A este último le correspondió enfrentar la mayor parte de los disturbios que hemos señalado. Guiado por el lema “Ley y Orden”, Johnson movilizó a miles de militares y miembros de la Guardia Nacional. Sin embargo, en 1967, a raíz de lo ocurrido en Detroit y del clamor que se produjo en la prensa y la sociedad, se vio obligado a crear una Comisión Consultiva sobre Desórdenes Civiles, una agrupación bipartidista con presencia de políticos demócratas y republicanos, líderes de derechos civiles, mandos policiales, empresarios y sindicalistas. Contó también con la asesoría de sociólogos y economistas.
Compuesta por 11 miembros, la Comisión fue presidida por Otto Kerner Jr., destacado juez y gobernador demócrata del estado de Illinois. Debía responder dos preguntas: ¿Qué ocurrió durante los disturbios y por qué se produjeron? Luego de 11 meses emitió un informe de más de 400 páginas. Frente a una opinión pública y políticos que culpaban a jóvenes negros, la Comisión desmintió estas suposiciones y concluyó que el racismo blanco —un racismo institucional— fue la chispa que desató los disturbios. Señaló prácticas policiales agresivas, un sistema judicial deficiente, segregación y severas desigualdades en vivienda, empleo y educación. Identificó, además, la ausencia de canales para procesar los problemas y las quejas, lo que inducía a la violencia. Respecto a la utilización de militares y de la Guardia Nacional, la Comisión señaló que las intervenciones de esta última, compuesta por jóvenes inexpertos, fueron contraproducentes. La Comisión advirtió que el país estaba tan dividido que corría el peligro de fracturarse en dos sociedades desiguales, una blanca y otra negra. Recomendó una gran inversión en vivienda, empleo y educación en los barrios negros de todo el país. También propuso reformar el sistema policial, integrando afroamericanos a sus filas. El presidente Johnson guardó el informe en un cajón. En lugar de inversión social, privilegió el financiamiento de cárceles y policías, así como también lo hizo Nixon a partir de 1969. El Informe Kerner tuvo, sin embargo, gran incidencia en la opinión pública: fue publicado y alcanzó un enorme éxito de venta.
Ciencias sociales y discriminación positiva
Desde la década de 1950, importantes sociólogos y estudiosos diagnosticaron el problema del racismo e hicieron recomendaciones. Algunos eran funcionalistas, como Talcot Parsons, quien comparó la sociedad con un cuerpo humano, un sistema integrado en el que todo debía funcionar en armonía para tener buena salud. Parsons diagnosticó el racismo como una falla sistémica del engranaje, propuso una reforma gradual en derechos civiles y una paulatina asimilación como vía hacia una sociedad más estable. Otros, como el sociólogo Everett Hugues, se concentraron en estudios concretos sobre las barreras y los prejuicios que operaban en el racismo. Propuso la integración escolar y laboral, barrios mixtos, y que afroamericanos y blancos compartieran en el trabajo, los centros educativos, las fábricas y la calle; políticas públicas que buscaban promover la interacción e incrementar los lazos, creando un nuevo tejido social.
Este cambio de paradigma incidió en la Comisión Kerner y se expresó en cuotas y medidas de apoyo a las minorías, y en políticas de Affirmative Action. En 1961, Kennedy, mediante una orden ejecutiva, obligó a contratistas del gobierno a no discriminar por raza. En 1965, después de los disturbios de Los Ángeles, otra orden estableció que las empresas con contratos federales debían ponerse metas y plazos para la contratación de mujeres y negros. Pero fue sobre todo luego del asesinato de Martin Luther King, en 1968, y, meses más tarde, de Robert F. Kennedy, cuando se ampliaron las medidas de Affirmative Action. En la década de 1970, estas políticas fueron implementadas por las universidades más importantes del país. Yo mismo, mientras cursaba en esos años un posgrado, fui testigo de cómo reclutadores recorrían todo el país identificando posibles estudiantes afroamericanos, latinos y también mujeres, a quienes ofrecían becas. Paralelamente, estas políticas pro minorías influyeron en la cultura de masas y en la publicidad. Sin este proceso de inclusión social —que transformó la sociedad civil y el tejido sociocultural— hubiese sido impensable que un político como Barack Obama hubiese llegado a ser presidente.
Deshaciendo el tejido
En 2026, en la celebración de los 250 años de la Independencia de Estados Unidos, desfilaron frente a la Casa Blanca cientos de supremacistas blancos, enmascarados, émulos del Ku Klux Klan, grupo que en los estados del sur persiguió por todos los medios a la población afroamericana y se caracterizó por su racismo, xenofobia, antisemitismo, homofobia y anticomunismo. Se trata de una presencia en una celebración oficial que marca el proceso de reversión de derechos sociales llevada a cabo bajo la presidencia de Donald Trump y el Partido Republicano. A través de órdenes ejecutivas, declaraciones públicas y políticas administrativas, su gobierno ha reducido y desmantelado oficinas federales dedicadas a la inclusión de las minorías y a programas de Affirmative Action. Ha propiciado la persecución y deportación arbitraria de latinoamericanos, separando en ocasiones a madres o padres de sus hijos. Su política migratoria tiene claramente connotaciones racistas, en sintonía con su proyecto MAGA (Make America Great Again), que postula un país blanco. En el plano internacional, ha llegado a insultar a los países africanos llamándolos “países de mierda” y, en una reunión con presidentes derechistas de América Latina, se refirió al idioma español como “maldito idioma”, en medio de la sonrisa complaciente y bobalicona de quienes lo acompañaban.
En suma, aunque Estados Unidos nunca ha dejado de ser un país con afán imperialista —hoy exacerbado con desfachatez y estilo matonesco—, se agrega a lo anterior una marcada política nacional e internacional de corte racista, que desconoce y revierte políticas públicas emanadas en gran parte de lo ocurrido en la década de 1960. Parece que los países no aprenden: tropiezan y vuelven a tropezar con la misma piedra. Así suele ocurrir a lo largo de la historia. Israel, fundado pocos años después del Holocausto, aplica hoy en Gaza políticas de exterminio que su pueblo padeció en el pasado. En la Sudáfrica de Mandela se vive actualmente una ola xenófoba: quienes experimentaron el apartheid y lograron superarlo lo están, de alguna manera, ejerciendo al perseguir a negros congoleños o de Ghana, saqueando sus negocios y propiedades por el solo hecho de no ser negros sudafricanos.
Parece que no queda más que esperar o, más bien, movilizarnos para cambiar el rumbo de la historia. Como escribió Cervantes en La Gitanilla (1613): “Hay que darle tiempo al tiempo, que suele dar dulce salida a muchas amargas dificultades”.
