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Soledad Bianchi. El archivo de una vida lectora

En Entre puntos de lectura, la destacada crítica y académica Soledad Bianchi reúne doce años de lecturas, citas y asociaciones para construir un libro fragmentario que recorre bibliotecas, lenguas, memoria, censura y mediación lectora. Un ensayo que, a través de más de 480 autores, reivindica los libros en su sentido más amplio, como una forma de conocer el mundo y a los otros.

Por Victoria Paz Ramírez | Foto principal: Carla McKay

Pocos críticos en Chile pueden decir que tienen la trayectoria y la experiencia de Soledad Bianchi (Antofagasta, 1948). Profesora de Castellano de la Universidad de Chile, doctora en Literatura por la Universidad de París con estudios posdoctorales en la Universidad de Maryland, Bianchi ha consagrado su vida a los libros. Su trayectoria también está marcada por la historia política reciente de Chile: tras el golpe de Estado de 1973, su pareja, el artista visual Guillermo Núñez, fue detenido en dos ocasiones por la dictadura y posteriormente expulsado del país. Ambos partieron al exilio en Francia, donde Bianchi continuó desarrollando su trabajo como investigadora y crítica literaria durante más de una década, antes de regresar a Chile a fines de los años ochenta. Esa experiencia de destierro y regreso atraviesa buena parte de su mirada sobre la literatura, la memoria y la cultura. Todo ello resuena en su última publicación, Entre puntos de lectura (Seix Barral, 2026), un ensayo fragmentario, sin capítulos ni subtítulos, donde las citas y referencias se convierten en la materia prima, y donde el lector navega por diferentes temas que llevan a una y otra corriente, como si estuviéramos a la deriva en el mar enorme, tumultuoso.

En sus páginas cruzamos diversos asuntos que van desde exóticas iniciativas de mediación lectora hasta la pérdida sistemática de las lenguas, pasando por los esfuerzos de alfabetización de un Chile sesentero, la censura en dictadura, las numerosas quemas de libros a nivel mundial, un repaso por raros y conmovedores diccionarios, entre muchos otros.

Entre puntos de lectura. Reflexiones, recortes, enlaces, de Soledad Bianchi. Seix Barral, 2025. 384 páginas

El resultado es un volumen atípico, a ratos experimental, con asuntos, temas o pequeñas secciones con títulos como “puntos suspensivos”, “punto de reunión”, “vuelta de hoja” o “punto de referencia”, inspirados en la idea de “punto de lectura” —que es como se les llama a los marcapáginas en España—, y por el Diccionario de uso del español de María Moliner, la célebre obra lexicográfica que, además de definir palabras, da ejemplos y explicaciones sobre sus usos.

El método de Bianchi fue el siguiente: cuando encontraba en un libro un pasaje que le gustaba, lo anotaba y lo guardaba para el futuro. Así fue seleccionando citas durante doce años, que abarcan más de 480 autores de diversa procedencia y temporalidad. Si bien estas citas son numerosas, están lejos de ser abrumadoras. Pueden leerse con agilidad y fluidez. “Trabajé mucho por asociación libre. No quería que fuera lineal, sino que llamara al lector a buscar otras cosas”, explica.

Hace quince años, en Escritura no-creativa, el polémico poeta y crítico estadounidense Kenneth Goldsmith proponía que el escritor contemporáneo sería un seleccionador, un organizador, incluso una especie de curador o DJ. Esta idea podría encontrar eco en un libro como este, construido a lo largo de los años. “Toda esa experiencia está en el libro: haber hecho clases, haber leído lo que he leído, que siempre es menos de lo que uno quisiera”, confiesa.

A Bianchi no le interesaba hacer una autobiografía, quería escapar de la etiqueta de “no ficción”. Por eso su voz aparece en pocos fragmentos, titulados “Hojas de ruta” o “Sala de lectura”, muchas veces en tercera persona. Ese vaivén entre personas gramaticales, dice, le daba al libro la movilidad que buscaba. Así, el “yo” se cuela en vivencias que acompañan sus lecturas y en cosas que le contaron, como sus primeros años en Antofagasta; su entusiasmo por el mar cuando era una niña; el momento en que tuvo que aprenderse “Piececitos” de Gabriela Mistral; cuando conoció las bibliotecas de estante abierto como profesora en la Universidad de París; cuando se enviaba cartas con un joven Roberto Bolaño —entre 1979 y 1997—; o cuando trabajó en alfabetización de adultos siendo una joven universitaria, entusiasmada con la Pedagogía de la esperanza, de Paulo Freire, de quien cita: “Todos nosotros sabemos algo. Todos ignoramos algo. Por eso, aprendemos siempre”.

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En tu libro incluyes una cita de Bolaño: “Nunca hay demasiados libros. Hay libros malos, malísimos, peores, etcétera, pero nunca demasiados”. Desde hace tiempo está instalada la pregunta sobre si la industria publica más de lo que se puede leer. ¿Compartes este diagnóstico? ¿Por qué crees que sucede?

—Hay que pensar que las editoriales son en general —salvo las independientes—comerciales, hechas para ganar dinero. Creo que siempre se ha publicado más de lo que uno puede leer, salvo cuando se leía la Biblia. Seguramente desde el siglo XVIII se publica más de lo que se lee, pero claro, antes había pergaminos que no eran más que las personas. El libro cita a Bolaño junto a lo que dice Gabriel Zaid en Los demasiados libros. Por cada libro leído hay cinco mil que no leemos. Es imposible.

En los últimos años se han publicado pequeñas historias de la lectura, pienso por ejemplo en Colección Permanente, de María Negroni, donde al final incluye los títulos que a ella la marcaron en su vida. Pareciera que estamos en una época en que los lectores queremos saber qué leen nuestros autores favoritos.

—Bueno, el mismo Alberto Manguel dice en Una historia de la lectura que cuando él publicó ese libro no era tan común que se reflexionara sobre la lectura. Ampersand, de Argentina, tiene una colección así donde está Diamela Eltit, Sylvia Molloy, María Moreno. Ocupamos mucha parte de nuestra vida en leer. Si consideramos la lectura como algo amplio, te aporta, te hace interrogarte. Hoy hay reflexión sobre la lectura, quizá porque se habla tanto del fin del libro… pero yo no creo que eso sea verdad.

Citas a Beatriz Sarlo, quien dice que sería una apuesta optimista pensar que una lectura comercial te puede llevar a una literaria. En tu libro afirmas algo que me parece muy interesante: “El bestseller no apunta solo a un hecho económico, sino también y muy especialmente a la naturaleza humana”. ¿Crees que efectivamente un bestseller puede ser la puerta de entrada a una lectura más literaria?

—Yo soy optimista y me di cuenta de eso después de escribir Entre puntos de lectura. El libro es tremendamente esperanzador porque apuesta por la lectura. Antes yo era contraria a los bestsellers, pero ahora, aunque me digan ingenua, creo que es mejor leer un libro comercial que no leer nada.

Otro tema que abordas bastante es la mediación lectora y los clubes de lectura. Te detienes en el primero que existió en Chile, el de Amanda Labarca, asociado al Círculo de Mujeres, y también las iniciativas de bibliotecas móviles, entre ellas, la bibliolancha. ¿Por qué crees que hoy hay un interés por comentar y compartir libros?

—Vivimos un mundo individualista a ultranza, y eso va contra el ser humano. El libro es una forma de comunicarse, aunque sea silenciosa, y un modo de compartir puntos de vista, de probarse. El bestseller, en ese sentido, no habla solo de comercio, sino también de nosotros. Ver una teleserie también es leer. Subes al metro y todo el mundo va con el teléfono. A lo mejor alguien está leyendo una carta y de ahí puede haber un salto a un libro “serio”. De cierto modo la lectura nos hace más amplios, más tolerantes y comprensivos. Nos incita a conocer el mundo y a los otros. Si leemos a Han Kang o García Márquez o a alguien más actual te asomas a otras vidas, otros mundos. Por algo Bolaño tuvo el éxito que tuvo. Escribió sobre diversos asuntos, sin importarle si eran trascendentes o no.

Creo que en este libro está claro el amor por las bibliotecas y los catálogos. ¿Qué lugar ocupan hoy estos espacios que acompañaron a los libros desde su origen, en un tiempo en que podemos descargarlos con un clic?

—Me llama mucho la atención la cantidad de formas novedosas que se inventan para acceder al libro. La bibliolancha me parece fundamental, por ejemplo. Las bibliotecas son importantes como espacios de encuentro, te hablan de la historia de una producción. Eso te puede aterrar, por un lado, como puede atraerte por las preguntas que uno se hace. Claudio Guillén, que era un estudioso de la literatura española, dice que las preguntas motivan y que las respuestas no. Cada pregunta te lleva a un misterio y así aprendes. Las bibliotecas hablan de la historia de la humanidad.

Hay un momento en el que describes y enumeras la cantidad de bibliotecas que se han quemado, donde quizá la más conocida es la de Alejandría. Se pierde un conocimiento invaluable, como en la extinción de las lenguas, otro tema que tocas posteriormente. Das el dato de que cada dos semanas se extingue una lengua y es tanto o más importante que la extinción de una especie.

—Es como la ecología. Desgraciadamente no tenemos conciencia ecológica ni tenemos conciencia de la pérdida de las lenguas.


Hay una cita muy linda de George Steiner, que dice que con la desaparición de una lengua perdemos para siempre algunas negociaciones con la esperanza. ¿Puede la lectura ayudar a la revitalización de las lenguas?

—Bueno, las lenguas que más se pierden son las que no tienen escritura. Cuando estaba haciendo el libro pensé que un analfabeto, a pesar de no leer escritura, lee otras cosas. El cazador lee cuando se mueve la hoja de un árbol porque puede haber un animal detrás. Ahora hay organizaciones que están tratando de poner algunas lenguas orales por escrito. Para muchas ya es muy tarde, pero vale la pena que se hablen y se difundan. En el libro hay varios ejemplos interesantes. Me interesaba mucho el idioma ladino de los judíos sefarditas por su historia, ya que los judíos fueron expulsados de España el mismo año que los españoles llegaron a América, así que se me hace más dramático que el español de ese entonces se pierda. Margarita Labarca compara el castellano de los chilenos en el exilio con el ladino, porque el idioma que se hablaba hace cincuenta años, antes del golpe, no es el mismo de hoy.

En el libro recuerdas ciertos momentos lectores de la historia. En el caso de Chile siempre se dice que leemos poco, aunque las personas vayan leyendo en el metro. ¿En qué momento crees que estamos los lectores chilenos?

—Bueno, desgraciadamente hay estadísticas. Leí el otro día una muy dramática sobre la comprensión lectora y otra que indicaba que por primera vez, a nivel mundial, los jóvenes de esta generación no solo entienden menos, sino que saben menos. Las redes sociales son simplificadoras, y comprender está relacionado también al nivel económico, a si tienes acceso a bibliotecas o no, a la educación. Es complicado, no es blanco y negro. No se trata de cortar y que no haya más celulares, sino de mezclar, y creo que también depende mucho del gusto por la lectura y la necesidad de leer. Si el discurso oficial repite todo el tiempo que lo bueno es la sociedad de consumo, por supuesto no vas a aspirar a leer, porque lo ves como un impedimento al trabajo.

En el suplemento “Artes y letras” de El Mercurio dijiste hace poco que si hubieran inventado un boom de la poesía, habría vendido. ¿Qué lugar sientes que tiene hoy la poesía en Chile? ¿Sientes que hay una deuda?

—Habría que empezar por el principio y decir que leer poesía es más difícil que leer narrativa. La poesía chilena en general es bastante buena. En mi libro cito a Milagros Abalo, que dice que si no entiendes a la primera hay que volver a leer. Y es verdad, para mí la poesía es una explosión de sentido. Entonces, si hay una deuda no sé cómo podría remediarse. Quizá conociendo más autores. Federico Schopf decía que Chile era un país monoteísta, porque si te gustaba Parra no te podía gustar Neruda. Si te gustaba Teillier no te podía gustar Lihn. Es absurdo. Si te fijas, son ciertos autores que se publican y republican, cuando hay algunos que se han leído muchísimo menos. Habría que ir descubriendo más, con las nuevas perspectivas que da el tiempo. Siempre me acuerdo de un verso de Gabriela Mistral: “Y el amor como el espino nos traspasó de fragancia”. Y yo me preguntaba: ¿qué fragancia?, ¿de dónde sacó eso?, hasta que una vez me acerqué a un espino y me di cuenta de que es un olor maravilloso. Tú conoces el mundo con la literatura, y la poesía te lo dice en breve.