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La persistencia de los objetos

En Objetos de memoria, la antropóloga Francisca Márquez examina la agencia material de restos y fragmentos que, lejos de ser pasivos, insisten en la memoria latinoamericana. A través de piezas marcadas por la violencia, el despojo y la ruina, el libro propone una reflexión crítica sobre la materialidad y la resistencia al olvido en un régimen dominado por el descarte.

Por Paulina Faba

Objetos de memoria (Editorial Bifurcaciones), de Francisca Márquez, es un libro editado en formato de bolsillo. Por lo mismo, se trata de un libro fácil de llevar y leer en cualquier lugar, ya sea en el trayecto al trabajo o a la casa, en el metro o en la calle. 

El formato pequeño y práctico no se condice necesariamente con una pequeñez y facilidad en las reflexiones de la autora. Por el contrario, cada uno de los textos presentados en relación con materialidades de lugares diversos de Latinoamérica hace explotar la categoría de objeto, mostrando que los objetos de memoria no son pasivos y no necesariamente están subordinados al recuerdo humano. Para la autora, constituyen presencias activas, capaces de afectar, de perturbar y de insistir en una memoria latente que, aunque sea incómoda y aberrante, se resiste a ser borrada del mapa. Un anteojo roto, una pelotita de ping-pong, una cerámica corroída por el abandono, un sillón quemado y una vitrina vacía aparecen en la ciudad para afectar la pasividad humana. En este sentido, el libro encarna un inventario sensible hecho de restos, fragmentos, huellas y presencias materiales que siguen actuando e incomodando en el presente. 

Objetos de memoria se sitúa en diálogo con una larga tradición del pensamiento social y cultural que ha cuestionado la idea del objeto como mero soporte. Por ejemplo, Walter Benjamin y su noción de la mónada recuerdan esos fragmentos textuales y materiales, que aunque aparentemente mínimos, al ser observados con atención condensan una constelación histórica completa. Paralelamente, el libro dialoga con la antropología y la arqueología de la cultura material, en particular con el pensamiento de los antropólogos Arjun Appadurai e Igor Kopytoff, quienes nos invitan a pensar los objetos no como entidades fijas, sino como trayectorias de vida atravesadas por los usos, los desplazamientos, las apropiaciones y las resignificaciones de las cosas.

Ahora bien, el libro no aplica dichas teorías sin antes ponerlas a prueba frente a las historias particulares que atraviesan nuestro continente, cuyas ciudades están permeadas por la violencia política, el despojo, la desigualdad y la ruina. Lo que se propone, más bien, es interrogar estas miradas a partir de ejemplos concretos. En este escenario, los objetos no solo circulan, sino que sobreviven, insisten y resisten. En sus modos de supervivencia, se resisten especialmente a ser considerados basura, adquiriendo una densidad ética, afectiva y política.

En este sentido, uno de los ejes más potentes de Objetos de memoria es precisamente la idea de que los objetos no son neutrales, no están muertos ni en reposo. Como lo propone la filósofa estadounidense Jane Bennett, encarnan materias vibrantes. Actúan como testigos y acumuladores de memoria, como disparadores de afectos y como dispositivos que incomodan. Dicho de otra manera, los objetos interrumpen el relato dominante del progreso y del olvido.

Pensemos, por ejemplo, en la pelotita de ping-pong recuperada en un excentro clandestino de detención en Argentina. Este objeto mínimo, casi insignificante, condensa paradójicamente una experiencia de terror, de espera y de sonido en el marco de la experiencia de la tortura. Su aparición, por aberrante que sea, es finalmente una posibilidad de encontrar la verdad, una luz en medio del horror. 

Por su parte, el sillón quemado del Palacio de Justicia de Bogotá, en Colombia, no se presenta como mueble, sino como un cuerpo herido, un testigo material de una violencia que desborda cualquier relato oficial. Otro ejemplo de la capacidad de afectación  y resistencia de los objetos se encuentra en las cerámicas del Muro de la Memoria ubicado bajo el Puente Bulnes de Santiago. Corroídas, desprendidas y arrancadas, las cerámicas de este muro se niegan a desaparecer y permanecen como fantasmas abyectos del horror de la dictadura cívico-militar chilena. De forma similar, pero en otro contexto latinoamericano —el de La Escombrera, la gran fosa común de cuerpos materiales y humanos en Medellín—, la degradación de la materia vuelve la memoria aún más cruda, más visible y más insistente.

Podríamos afirmar que estos objetos encarnan la historia y, al hacerlo, nos obligan a detenernos, a mirar y tocar con la imaginación aquello que muchas veces preferimos no ver. Aquí aparece con fuerza la noción de agencia de los objetos. No se trata de una entendida como sustitución de la acción humana, sino como una acción distribuida, compartida entre humanos y no-humanos, una agencia relacional. Siguiendo a autores como Alfred Gell en su libro Art and agency: An anthropological theory (1998) o a Bruno Latour en Reensamblar lo social. Una introducción a la teoría del actor-red. (2008), podríamos decir que estos objetos participan en redes de acción donde humanos y no humanos se afectan mutuamente. Los objetos nos afectan, nos convocan, nos conmueven; organizan relatos, producen silencios y activan memorias.

Pero este libro adquiere una resonancia mayor cuando lo leemos en diálogo con nuestro presente, regido por las lógicas de producción y descarte de la obsolescencia programada. Vivimos en un régimen material que produce objetos destinados a fallar, a volverse rápidamente inútiles, a ser reemplazados sin duelo. Esta política de la obsolescencia produce objetos pasivos, sin biografías, huellas ni memorias. Se trata de objetos diseñados para no dejar rastro y ser reemplazados rápidamente por otros. 

Frente a ese régimen del descarte, las piezas sobre las que se detiene Objetos de memoria se comportan de manera radicalmente distinta. Son objetos rotos, quemados, corroídos, desechados, y, sin embargo, persistentes, no solo materialmente, sino que también insisten simbólica y afectivamente. Regresan a pesar de que no los queremos entre nosotros. Como el memorial que recuerda a las mujeres desaparecidas y ejecutadas durante la dictadura en Chile, instalado cerca del metro Los Héroes en Santiago, los objetos de memoria reaparecen para dar testimonio. Se resisten a ser convertidos en basura para volverse de una u otra manera presentes.

En este punto, el libro nos muestra que la ruina no es solo pérdida, también es potencia. La grieta, el fragmento, lo dañado, lo corroído, encarnan una forma de agencia. Lejos de quedar anulados, los objetos que presentan estas características se vuelven más elocuentes, más incómodos y más difíciles de integrarse a los relatos de la modernidad. Aquí, la autora dialoga, de manera muy sugerente con pensamientos contemporáneos sobre el cuidado, la reparación y la persistencia. Reparar un objeto no es solamente restaurar a su función original, es también recordar, cuidar, mantener abierta una relación. Reparar se vuelve un acto político, una forma de resistencia frente al mandato del reemplazo dictado por el régimen de la obsolescencia.

Objetos de memoria propone una atención particular a las materialidades que nos rodean y a las historias que insisten en ellas, no como una forma de nostalgia del pasado, sino como una forma de sensibilidad que reconoce que los objetos nos hablan del pasado, pero también del futuro. En este inventario aparecen elementos que funcionan como vestigios, pero también como ficciones materiales, como prototipos de mundos posibles. Objetos que, al ser reactivados, nos permiten imaginar otras formas de relación con la memoria, la historia y el presente. En este sentido, el libro se aleja de una política de la memoria entendida solo como conmemoración para acercarse a una política de la memoria como imaginación.

La velocidad, el consumo y el descarte de la obsolescencia amenazan con borrar los objetos y también las experiencias que los habitan. Leer Objetos de memoria es aceptar la invitación a mirarlos de otro modo. Nos invita a reconocer que hay objetos mínimos, dañados, rotos y olvidados, objetos “pasados por alto”, como lo refiere el historiador del arte inglés Norman Bryson, que siguen sosteniendo la posibilidad de recordar, de resistir y de imaginar mundos posibles. En un mundo que insiste en desecharlo todo, quizás esos objetos sean nuestros aliados más silenciosos y más persistentes para repensar el futuro.