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Las flamencas

La argentina Emilia Gutiérrez (1928-2003) fue una de esas pintoras que, en silencio y al margen de las vanguardias latinoamericanas, desarrolló una obra hipnótica y singular que solo en las últimas décadas ha comenzado a valorarse. En La flamenca (Seix Barral), la escritora y artista Ana Montes (1992) recupera su figura a través de una narradora que se obsesiona con ella y va deshilando sus ideas y su identidad en un diario fragmentado. Compartimos aquí el texto de presentación del libro, a cargo de Rafael Cippolini, curador de la primera gran muestra dedicada a Gutiérrez en Argentina, quien afirmó en esa ocasión: “Si existía un secreto en la pintura argentina, sin dudas eran estas imágenes”.

Por Rafael Cippolini | Foto: Alejandra López

Ana Montes crea dos personajes para conectar con otros dos personajes. El primero es Candela, la protagonista de un cuento que se titula “La flamenca”, y que forma parte junto a otros diez relatos de su libro Meditación madre, de 2022 (publicado en Chile por Neón en 2024). El segundo personaje es la voz de una novela, también titulada La flamenca, editada en este 2025. Es decir, tenemos dos flamencas, una en un cuento, otra en una novela.

Para los que aún no lo saben, la flamenca realmente existió y tuvo dos vidas: una como la pintora Emilia Gutiérrez, muy silenciosa, y otra todavía más silenciosa, como la flamenca: era así como la llamaban sus colegas.

Podemos decir que Emilia recobraba su memoria pintando e inventaba mundos dibujando.

Vivió entre 1928 y 2003. Ella se pintaba, pero no lo decía.

No decía casi nada.

O sí, algunas veces. Como cuando se animó a contar que su infancia no había sido feliz, pero igual la pintaba. Sus pinturas eran eso: imágenes de su infancia.

Cuando digo que Emilia se pintaba, quiero decir que se retrataba, pero jamás admitió encontrarse en ninguno de sus autorretratos, que fueron muchos.

El pocillo de café (1969), de Emilia Gutiérrez.

Los personajes que Ana crea, como dije, son dos: la ya citada Candela, y la protagonista de la novela. Ambas intentan entender mejor su relación con uno de los personajes autobiográficos de las pinturas de Emilia: me refiero a la imagen que está en la tapa del libro, un cuadro que lleva el nombre de El pocillo de café.

Digámoslo ahora: la protagonista de la novela y Emilia se asemejan demasiado —según lo veo— en una actitud: Emilia no pintaba lo que pintaba porque estaba loca, sino para poner distancias entre la locura y ella. Emilia pintaba para no enloquecer.

La protagonista de la novela va obsesionándose con la protagonista de El pocillo de café por la misma causa, para no estar loca. Es su particular punto de apoyo, así como Emilia eligió a los pintores flamencos como su tabla de salvación.

La diferencia entre Emilia y la protagonista de El pocillo de café es muy clara: la primera habla muy poco; la segunda, nada. Sin embargo, la protagonista de la novela habla mucho. Dice mucho. Para acercarse a la protagonista de El pocillo de café, que es la pintura que la conecta con su padre muerto, la narradora de la novela estudia a Emilia. Se acerca cada vez más a su otro doble, Candela, la del cuento, y coinciden ambas con sus respectivos padres a partir de una fórmula mágica que los progenitores de una y otra enuncian: «quiero ver lo que ven tus ojos».

El quid es que los ojos de Emilia, en plena sinestesia, escuchaban colores. Por eso en 1975 dejó de pintar, y también de exponer por mucho tiempo para dedicarse a dibujar. Para Emilia, dejar de pintar era dejar de recordar (porque sus pinturas eran recuerdos), y dibujaba porque el trazo de su pluma era pura invención: no se trataba de hurgar en el pasado, sino simplemente proponer otros mundos que antes no existían.

Las protagonistas del cuento y la novela hacen de El pocillo de café un mundo —que en realidad es a la vez un autorretrato y un recuerdo de Emilia—, y hablo de un mundo que se funda en la tarea, en la sugerencia o mandato de ser los ojos de sus padres. Por momentos, tengo la impresión de que ambas buscan encontrarse en la figura de esta pintura que,  como dijimos, es uno de los otros yo de Emilia.

No sé si buscan o pretenden habitarla, pero sí al menos pasar por ella, pasar por ese personaje. Una suerte de doble, de reflejo. La misma, pero en otra vida, en otra forma, en otra existencia. De hecho, la protagonista de la novela se dice: “puedo tener más de una vida. Pero no dos vidas a la vez”. Y también confiesa estar obsesionándose con un rojo: ese rojo que yo llamo rojo Emilia, que es, a la vez, un rojo flamenco. Un rojo bermellón, tan caro a los pintores argentinos del grupo de La Boca.

La flamenca, de Ana Montes. Seix Barral, 2025. 152 páginas.

La protagonista de la novela cita una coincidencia de fechas: mayo de 1965, la primera exposición individual de Emilia, en la Galería Lirolay, de la calle Esmeralda al 800, en Buenos Aires. El mismo mes, el mismo año, en el Instituto De Tella, es decir, a solo tres cuadras, Rubén Santantonin y Marta Minujín —artistas clave del arte experimental argentino— inauguran La Menesunda, esa obra esencial de la vanguardia latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX.

No pueden concebirse dos experiencias más diversas.

Me toca citar otra coincidencia de fechas: El pocillo de café fue pintada en 1969, justo cuando el Instituto Di Tella —el principal centro artístico porteño para la experimentación y las nuevas tendencias— había dejado de presentar muestras y se planeaba convertirlo en un estudio de televisión.

Hoy, el Di Tella ya no existe, pero Emilia sigue.

Vamos a una última fecha: 30 de marzo de 2023. Es el día en que inauguré en la Colección Fortabat una exposición con más de cien obras de Emilia Gutiérrez. También es el día en que conocí a Ana Montes. Cuatro años antes, en 2019, cuando ella publicaba su primera novela, Poco frecuente, yo inauguraba mi primera muestra dedicada a Emilia en la Galería Cosmocosa, que tuvo por título ni más ni menos que La flamenca.

Con la felicidad de coincidir tanto en una misma causa, solo me resta decir: brindemos por este regreso de la flamenca.