Durante años, el sociólogo francoargentino ha estudiado cómo personas de distintas edades, estratos sociales y países imaginan su porvenir y el de la humanidad. “Hace setenta años vivíamos en un mundo donde el presente y lo que vendría eran la continuación del pasado”, explica. Pero la crisis ecológica quebró ese equilibrio: hoy atravesamos una transición irreversible, en la que lo que viene será, literalmente, algo nunca visto.
Por Juan Elman
Tomas Legon trabaja, entre otras cosas, de preguntarle a la gente cómo imagina el futuro. No es difícil aventurar las respuestas: mal, pésimo, catastrófico. Pero cuando esos mismos interlocutores le cuentan sobre sus planes en ese futuro —su proyección en él—, el tono de la conversación cambia y se vuelve familiar, con brisas amenas. Sus entrevistados piensan en cambiar el auto, mudarse, aplicar a un nuevo trabajo, juntar plata para un viaje.
Para Legon, doctor por la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París e investigador en el Instituto para la Transición Ambiental de la Universidad de la Sorbona, esta disonancia se explica por la existencia de distintos contextos para pensar el futuro. En el general y colectivo, vemos los contornos de una tragedia, incluso de manera exagerada. Somos pesimistas. En el otro, de carácter práctico y personal, somos optimistas: planificamos la vida dando por sentado que el entorno material seguirá igual. “Tenemos un problema para pensar bien un futuro que está cambiando a una velocidad nueva”, explica el sociólogo, que nació en Argentina pero ha vivido casi toda su vida en Francia, donde ha realizado la mayor parte de su trabajo de campo, aunque también ha hecho entrevistas en países latinoamericanos.
Esa velocidad en la que se manifiesta el futuro es parte de la novedad de esta época, cuando la crisis ecológica está llegando a un punto de no retorno. Por primera vez en la historia, dice, no podemos apelar al pasado para entender cómo va a lucir el futuro.
En esta conversación, Legon comparte algunos de sus hallazgos. “El punto es poner el foco en lo que la gente siente que es importante, para poder renunciar a lo que colectivamente creemos menos importante. Si no organizamos eso, no hay forma de salvarnos”, dice el académico.
Mirando hacia atrás, ¿hubo otro momento donde imaginar el futuro nos diera tanto miedo?
—Siempre existieron tradiciones de pensamiento apocalíptico con fuentes religiosas y espirituales, que ven el futuro como algo que acabará repentinamente. Pero con el desarrollo de la energía nuclear, y después de las bombas nucleares, se empieza a pensar que los seres humanos pueden hacer que la historia se acabe. Es un momento que choca con la idea moderna del progreso, donde las cosas solo pueden mejorar. Ahí es cuando aparece el concepto de riesgo. Lo que vemos ahora continúa ese pensamiento de riesgo. Debido al desarrollo tecnológico, militar y económico, y su capacidad para alterar el sistema biológico y geológico, vuelve a pensarse en la posibilidad del fin de las civilizaciones.
¿Qué es lo particular de este momento?
—La gran diferencia ahora, sobre todo en el plano ecológico, es que cambiamos para siempre el estado de equilibrio en el que crecieron las sociedades humanas como las conocemos. El futuro va a ser algo que nunca conocimos. Eso quiere decir que mirar hacia atrás para imaginar el futuro es imposible, porque lo que viene nunca existió. Eso es nuevo. Desde la mitad del siglo XX estamos abandonando el estado de equilibrio de nuestro ecosistema, del ciclo del fósforo, del carbón; del funcionamiento del agua. Hace setenta años vivíamos en un mundo donde el presente y el futuro eran la continuación del pasado. Eso ya no está. Y para algunas cosas ya no hay vuelta atrás.
Esa imposibilidad para pensar el futuro a través del presente y el pasado, ¿no es algo que sucedió en otros momentos de grandes cambios tecnológicos, donde se transformaron los modos de producción y organización social de manera radical?
—Si pensamos en la revolución industrial, internet o la inteligencia artificial, por supuesto que hay cambios que no podías predecir o donde recurrir al pasado no tenía sentido. Cuando cambia la producción de alimentos, por ejemplo, fijarte en cómo la gente cultivaba comida en el pasado deja de ser útil, porque la nueva manera es muy distinta. Pero, de cierta forma, todos estos cambios tecnológicos tenían lugar en un mundo que seguía siendo el mismo. Los cambios sucedían en un teatro biogeofísico que era constante. Esa base hoy está cambiando, y es algo más fundamental que las tecnologías. Es el teatro donde se juega la humanidad el que está cambiando, mientras que las tecnologías son una pieza. Ahora estamos hablando de que en ciertos lugares del mundo donde se siempre se produjo alimento hoy no vas a poder hacerlo, más allá de la tecnología.
¿Qué otras cosas que hoy damos por sentado dejarán de ser posibles?
—Estamos en una situación de déficit hidrológico: consumimos más agua de la que se llega a reponer. Todas nuestras actividades dependen de un ciclo del agua que supo ser muy estable. Si eso cambia, ¿dónde y cómo se podrá seguir haciendo agricultura? ¿Qué bosques van a poder existir en este nuevo ciclo de agua? Todos los trabajos y formas de vivir que estén conectados con estas preguntas van a cambiar. Otro ejemplo interesante: viajar lejos y rápido. Esto es algo bastante nuevo en la historia de la humanidad. Hoy sabemos que es muy difícil que los aviones mantengan su servicio con menos emisiones de carbono. Por el momento la única forma de reducir emisiones es volar menos. Y eso es algo que por el momento parece impensable. Pero si queremos o tenemos la urgencia de estar en un mundo en el cual podamos vivir, uno de los esfuerzos que tenemos que hacer es volar menos, a un nivel de hace veinticinco, treinta años, que no es parar de volar, pero sí mucho menos que ahora.

En tus investigaciones aparece una paradoja: tus entrevistados creen que el futuro será un desastre, pero imaginan su vida personal de manera bastante normal. Como si se tratara de una disonancia cognitiva.
—No le diría disonancia cognitiva. Acá está pasando otra cosa. Y es que esa disonancia no incomoda, porque se trata de dos creencias que no se cruzan, que existen en dos contextos separados. El primero, en el cual la gente dice “el futuro va a ser una mierda”, es uno donde se piensa en el futuro de manera general, sin contexto práctico: es un futuro colectivo, del planeta o del país, y un poco lejano. El segundo; en el que pensás en tu propia vida futura y en los planes que tenés a dos o tres años —cambiar de trabajo o auto, mudarte, tener hijos— es uno práctico: lo pensás solo a tu nivel y de manera acotada, quizás hasta diez años. Pero incluso cuando se pregunta por esa misma distancia de diez años, las respuestas entre esos dos contextos cognitivos son completamente distintas. Y esto no es algo que moleste a los entrevistados. Pueden querer que las cosas sean distintas al futuro desastroso que imaginan, no les gusta ese futuro y quieren cambiarlo, pero aun así no ven que vaya a impactar en los planes prácticos que tienen. No cruzan esos hilos.
Entonces, si no es un mecanismo psicológico de defensa, ¿a qué le atribuís esa disonancia? ¿Es un problema epistemológico?
—Veo ese problema desde la sociología disposicionalista y contextualista. Y la idea es que en tu pasado incorporás disposiciones. Eso hace que tengas tendencias a pensar, actuar y sentir de cierta forma. Estas disposiciones hacen que te guste más la música bailando que escuchándola en tus audífonos, por ejemplo. Parece estúpido, pero es el pasado incorporado de tu vida social —de tus papás, de tu escuela— que va entrando en tu cuerpo y construyendo una manera de pensar y actuar. Esas disposiciones se ponen en juego según el contexto. Uno aprende a hablar de ciertas formas y no utiliza la misma cuando habla con sus padres, con sus amigos o con su jefe. Esto es algo que sucede de manera natural: surge según el contexto. Como hay contextos distintos para pensar el futuro, las disposiciones para hacerlo también cambian, y no las elegimos de la misma manera. En uno somos muy pesimistas. En el otro somos muy optimistas. Pero es algo común, porque somos contradictorios y disonantes sin darnos cuenta.
Siguiendo esa idea, ¿crees que hace falta un shock para cerrar esa brecha? ¿Que si empezamos a vivir efectos negativos en nuestros contextos prácticos vamos a cambiar esta tendencia?
—Es una hipótesis posible. Pero lo que estamos viendo es que no funciona de forma muy automática. No está claro que gente que padeció catástrofes climáticas, por ejemplo, tenga más en cuenta ese futuro. Lo que puede pasar es que aparezcan leyes y organizaciones políticas que te obliguen a proyectarte de otra manera. Por ejemplo, en Europa va a ser imposible tener un auto nuevo que no sea eléctrico después de 2035. Si pensás en cómo va a ser tu nuevo auto, tenés que considerar que va a ser eléctrico.
¿Qué podemos hacer para lidiar mejor con el futuro?
—Lo primero es validar que la responsabilidad individual no es una escala que permite lograr los cambios que queremos. La sociedad no es un conjunto de individuos que deben cambiar para que la estructura cambie. No funciona así. Y es muy poco eficiente e injusto pensarlo así, porque no podés exigirle eso a alguien que no tiene los medios para cambiar su posición. Pero hay otra forma de verlo. En vez de preguntarse quién es el responsable de los problemas, una pregunta importante es: ¿en qué condiciones y formas puede existir mi vida mañana? Si querés que tu vida continúe como es ahora, aunque no sea tu responsabilidad, tenés que cambiar tus planes: no podés seguir dándolo todo por asegurado.
Has planteado en entrevistas la necesidad de redefinir qué entendemos por éxito y buen vivir. Dentro de los ecologismos hay una discusión sobre cómo ofrecer un futuro sustentable que, al mismo tiempo, sea deseable.
—Si la pregunta es bajo qué formas y condiciones pueden existir las vidas de mañana, entonces políticamente tenés que pensar cuáles serían las vidas que la gente sí quiere y puede vivir en ese futuro, no las de ayer, que ya desaparecieron para siempre. Hay que pensar qué es lo que les da sentido a sus vidas. Porque hay muchas cosas a las que hoy les damos valor que pueden seguir existiendo mañana: pasar tiempo con tus hijos, jugar con amigos, tener tiempo libre. Hay un montón de cosas que hacen que la vida valga la pena. Entonces, hay que empezar por lo que a la gente le importa y, desde ahí, ver qué puede seguir existiendo. Y pensar: para que eso no desaparezca —porque el riesgo es justamente que eso pase—, tenemos que hacer cambios para salvar lo que sí tiene valor para nosotros. Eso también lo podés hacer a nivel personal: preguntarte qué hace que tu vida valga la pena. Y ahí te das cuenta de que estar todo el día en TikTok, por ejemplo, no aparece en el resultado final. Hay cosas que podemos aceptar sacrificar para salvar lo que realmente importa. El punto es poner el foco en lo que la gente siente que es importante, para poder renunciar a lo que colectivamente creemos menos importante. Si no organizamos eso, no hay forma de salvarnos.
Es una buena manera de darle un ángulo positivo a esta charla: el fin del mundo como una excusa para pensar qué vida queremos tener.
—Imaginate que, para alguien que vive en el norte de Argentina, lo que considera una vida digna o normal podría parecerles una vida indigna a muchos franceses, incluso a los más humildes. Eso muestra que muchas cosas que creemos indispensables son construcciones recientes. Viajar lejos y rápido, por ejemplo, para el 10% de la población mundial hoy parece un derecho, pero es algo que no existe para la gran mayoría. Entonces, en muchos casos, estamos hablando de renunciar a privilegios recientes y muy poco compartidos. Pero insisto: no es solo una excusa. Estamos en el último momento en el que todavía se puede hacer algo. Tenemos menos de un siglo para hacerlo.
