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Una biografía transformadora

La crítica chilena Lorena Amaro y el reconocido escritor brasileño Wilson Alves-Bezerra conversaron durante la última Furia del Libro sobre El anarquista solitario, la biografía que este último dedicó al uruguayo Horacio Quiroga, una de las grandes voces de la literatura latinoamericana del siglo XX. Hubo un detalle que llamó la atención de ambos: pese a tratarse de un autor fallecido en 1937, a quien muchos suponen olvidado, llegó un público considerable al encuentro. De ese entusiasmo surgió esta nueva entrevista, en la que retomaron el diálogo, esta vez por escrito, para profundizar en la vida y la obra de un autor tan misterioso como fascinante, cuya mirada sobre el reino vegetal revela una sensibilidad que hoy puede leerse como una crítica temprana al antropocentrismo.

Por Lorena Amaro | Imagen principal: Archivo General de la Nación Argentina

“No todo necesita una explicación”. Esta es la frase con que Wilson Alves-Bezerra (São Paulo, 1977) concluye su impresionante recorrido por la vida del uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937), uno de los muchos autores y autoras de comienzos del siglo XX que, agobiados por un presente adverso, dejaron en su escritura huellas que parecen interpelarnos, como mensajes lanzados en una botella hacia el futuro que somos. Desde aquí volvemos a leer esas marcas, buscando despercudir estos textos de las canonizaciones y sus compartimentos estancos, y también de las equívocas monumentalizaciones de escritoras y escritores que nunca buscaron o quisieron ser símbolos de nada.

Alves-Bezerra es poeta, narrador y crítico literario; autor, entre otros libros, de Cuentos de zoofilia, memoria y muerte (2018, traducido por Rodrigo Millán) y Reverberaciones de la frontera en Horacio Quiroga (2021, traducido por Emilia Spahn), y compilador de Nuevos papeles íntimos. Cartas inéditas de Horacio Quiroga (2024). Su trabajo sobre el escritor rioplatense se remonta a dos décadas atrás, y la biografía es publicada, como cuenta en su epílogo, en el “Brasil de Bolsonaro y Temer, un país que arde y que se torna cada vez más excluyente, violento, anticultural y misógino”, y llega a nosotros cuando atravesamos, como Wilson y sus compatriotas antes, el impacto de las nuevas derechas y sus políticas de odio, de desprecio al libro y, con ello, a la ciencia, al intelecto y a la imaginación. En este entorno, leer sobre el pasado y, en este caso, sobre un escritor mayor de la literatura latinoamericana, de esos que, sin embargo, tuvieron vidas en tonos menores, se transforma en un ejercicio de resistencia.

Alves-Bezerra nos cuenta la vida de Quiroga en veinte capítulos y un epílogo, a los que accedemos gracias a la impecable traducción del chileno Rodrigo Millán. En algunas páginas le habla al propio Horacio, como si estuviera susurrándole: “No voy a criticarte, no pienso juzgarte. Apenas contaré algunas historias que sé de ti”. El resultado es una biografía llena de anécdotas, humanidad y ternura; un registro íntimo de quien ha leído, repasado y pensado cada hecho, cada escrito. El suyo es un texto que lidia con la figura que los franceses habrían llamado un “maldito”, imagen luciferina del escritor siempre al borde de la ruina, del exceso, de la obsesión. El escritor intratable, el incomprendido. En este caso, alguien que lleva tatuadas la muerte y el suicidio —el de él mismo, el de su padrastro, el de su primera esposa, el de sus tres hijos—, y al que Alves-Bezerra vuelve para resaltar, con otra mirada, su vitalidad de explorador. Hurga en la materialidad de su vida en Misiones, o en la oscura leyenda sexual del escritor, siempre buscando dar humanidad a la figura, más allá de todo chisme.

Como diría Michael Holroyd en su libro Cómo se escribe una vida (donde este biógrafo de Lytton Strachey y Bernard Shaw aborda el género con espectacular lucidez), Alves-Bezerra es el “biógrafo fiel”, aquel que sabe darles, cito, “a nuestros amigos los muertos, la oportunidad de colaborar con nosotros los vivos”. Holroyd agrega: “todos necesitamos nuestras tergiversaciones y evasivas, nuestros sentimentalismos, silencios, mentiras (…) Pero ¿puede haber un secreto creativo, una comunicación secreta entre vivos y muertos?”. Esto supone ver en el biógrafo a alguien que oficia como un médium, capaz de tomar y ofrecer al lector aquello que habla de las desventuras y la oscuridad de una vida, pero también de lo mejor de ella. En el caso de Quiroga, el amor a sus hijos, el cariño por sus amigos de Salto (a los que nunca dejó de escribirles, como demuestra su nutrida correspondencia), las aventuras con los camaradas del grupo Anaconda, y el vínculo con la naturaleza que tanto trató de traducir en sus textos. Un mundo no solo animal sino también vegetal, como se puede constatar en las páginas que dedicó a describir, con fascinación, las plantas tropicales, y sobre lo cual esta biografía arroja nuevas luces.

¿Cuándo nace tu interés por Horacio Quiroga? ¿Cómo llegaste a su literatura?

—A diferencia de lo que sucede en el ámbito hispanoamericano, los brasileños no leemos a Quiroga en la escuela. Ese rol entre nosotros le toca a un contemporáneo y amigo suyo, el brasileño José Maria Monteiro Lobato. Así que descubrí su obra en la universidad, a fines de los noventa, cuando cursaba Letras hispánicas en la Universidad de São Paulo (USP). Me fascinó su escritura, pues se trataba de un narrador de la intensidad que trataba temas apasionantes; un escritor de las situaciones límite, como la selva, el amor, la locura, la violencia.

Antes de escribir sobre Quiroga lo tradujiste. ¿Es en ese momento que comienza tu interés por su biografía?

—La frase de Salas Subirats en el prólogo a su traducción argentina del Ulises de Joyce es mi consigna: “Traducir es el modo más atento de leer” Mientras investigaba la obra de Horacio, empecé a traducirla para comprender mejor su escritura, su estilo, su vocabulario. Además, era mi modo de empezar a compartir cuentos inéditos en portugués con mis amigas y amigos de lo literario. Así que todo empezó por la lectura, la investigación y la traducción. Confieso que saber de las muertes que formaban parte de su vida, en realidad, me alejó de ella. Decidí quedarme con la escritura y olvidarme de lo biográfico. Comprendí que por ahí no llegaría a ningún lado. Entonces, en esa primera etapa, llegué a una relectura de sus cuentos a partir del concepto de frontera —lingüística, narrativa e ideológica—. Eso constituye el libro Reverberaciones de la frontera en Horacio Quiroga, donde se discuten unos diez cuentos suyos, sin ningún aspecto biográfico.

Horacio Quiroga. El anarquista solitario, de Wilson Alves-Bezerra. Traducción de Rodrigo Millán Valdés. Lom Ediciones, 270 páginas, 2026.

¿Qué interés tienen para ti las biografías literarias? Para concretar tu biografía sobre Quiroga, ¿leíste otras biografías que te hayan marcado?

—Las cartas de escritoras y escritores siempre me han seducido. El epistolario de Kafka, las cartas de João Guimarães a sus traductores, las de Federico García Lorca y un largo etcétera. Me parece hermoso conocer lo que queda al margen de la escritura pública. Escribir sobre la vida de un escritor es un desafío tremendo. Además, me parece un riesgo inmensurable. Mi primer contacto con el discurso biográfico fue a los 15 años con un bestseller, cuando el español J. J. Benítez publicó las supuestas memorias de Jules Verne. La leí en portugués, por supuesto: Eu, Júlio Verne. Nunca lo releí, pero me resultó impresionante: la recuperación de la voz íntima de un autor desaparecido me pareció mágica, sin que yo —adolescente— tuviera elementos para decidir cuánto había de verdad y de invención. Cuando llegó mi momento, décadas después, de escribir sobre Horacio Quiroga, llegué a la conclusión (no sin dolor, pena, sufrimiento y seguidos fracasos) de que el registro literario tenía que estar presente, aunque no la ficción. Puedo mencionar cuatro biografías que me resultaron importantes: la de Lima Barreto, escrita por Lilia Schwarcz (Lima Barreto: Triste visionário, 2017), que es un tremendo estudio histórico de los últimos años del siglo XIX brasileño, pero que pierde un poco al personaje. Un trabajo monumental, mucho más histórico y de crítica literaria, digamos, pero no fue el camino que elegí seguir. Luego, la de Nicanor Parra, por Rafael Gumucio (Nicanor Parra: Rey y mendigo, 2018), que me pareció genial por incluir al biógrafo en la escena; y la de Asunción Silva, Almas en pena, chapolas negras (1995),por Fernando Vallejo, que se arriesga en la escritura. Finalmente, el libro que leí de rodillas, Trois ans avec Derrida: Les carnets d’un biographe (2010), de Benoît Peeters, el diario de su biografía sobre Derrida, que me aportó ideas y claves para pensar lo biográfico.

Tú eres poeta y narrador, ¿te imaginaste que serías también un biógrafo? ¿Cómo se vinculan esos géneros con una narración biográfica?

—Ser biógrafo nunca estuvo en mi horizonte. Decidí lanzarme a la biografía cuando encontré el archivo de Horacio Quiroga. Sin embargo, no había encontrado aún el registro. Me había quedado en el académico, digamos. Mi recién fallecida tutora del posdoctorado, Claudia Lemos, con quien no tenía relación personal, un día miró una entrevista mía en la tele como novelista. En esa etapa ella estaba leyendo una de las versiones anteriores de la biografía y me dijo en un correo: “Se te ve tan a gusto discutiendo tu obra literaria, pero ¿dónde está el Wilson escritor en los capítulos de la biografía que me has enviado? ¿No llega aún o ya se fue?”. Esa frase, dicha de ese modo, en ese momento, me hizo comprenderlo todo y ponerme a reescribir el libro.

¿No pensaste en traducir tú mismo al español? ¿Cómo fue el proceso de traducción con Rodrigo Millán? Entiendo que se conocían desde antes, ¿nos puedes contar un poco más cómo fue ese trabajo?

—Autotraducirme nunca fue una posibilidad. Sería una locura. Me reescribiría y tendría una versión distinta de la biografía en castellano, eso me llevaría a corregir y cambiar la versión en portugués, y luego hacer unos cambios más en la versión castellana. Desde el primer momento, decidí que otra persona tendría que hacer el trabajo. A Rodrigo lo conocí en un taller virtual pandémico que impartimos la traductora mexicano-brasileña Paula Abramo y yo. El taller se llamaba “Anti-Tordesillas”. Rodrigo es un excelente lector, maneja muy bien los dos idiomas, vivió un periodo en Brasil, conocía bien a Quiroga y pudo captar la dimensión literaria presente en la biografía. Discutimos muchas de nuestras inquietudes lingüísticas y de traducción a lo largo del proceso. Rodrigo Millán honra el oficio del traductor literario y debería empujar al suicidio a las inteligencias artificiales que se atreven a ejercerlo.

Uno de los aspectos que más me interesan de las biografías tiene que ver con la búsqueda, “la parte del archivo” o la “quest”, que está presente en el epílogo de tu texto, cuando cuentas cómo llegaron a ti unas cajas con objetos y documentos de Quiroga. ¿Cómo fue tu encuentro con ese material y qué destino pudiste darle?

­—Me topé con el archivo de Horacio Quiroga —fotos, cartas, tarjetas personales, objetos, libros— que había sido de su viuda, María Elena Bravo. Estaba disponible en un sitio de libros viejos. Fue muy emocionante, pues fue un encuentro con la dimensión física del muerto. Lo primero fue convertir todo eso en escritura: la biografía, ahora publicada en cuatro idiomas —portugués, inglés, turco y castellano—; lo segundo fue editar las cartas que estaban ahí y recoger otras que andaban dispersas o eran desconocidas: eso resultó en el libro Nuevos papeles íntimos. Cartas inéditas de Horacio Quiroga. El archivo sigue conmigo, pero luego encontrará su destino en una universidad en algún lado, para que esté accesible a la investigación.

Una de tus intenciones ha sido despercudir la figura de Quiroga de cierto halo de muerte que lo rodea, para dejar lugar al creador, al solitario, al selvático que también fue. ¿Resultó difícil escribir sobre la relación de Quiroga sin dramatizar los suicidios y la fatalidad que enfrentaron tanto él como su familia?

—Tengo una relación de ética y respeto con Horacio. El drama no me seduce para nada. Traté de mostrar que esos hechos ocurrieron y tuvieron impacto sobre su escritura y algunas elecciones de vida. Ir más allá de eso habría significado hacer literatura barata, tomar caminos fáciles. Su vida y su obra son mucho más complejas y seductoras sin tener que incurrir en lo crapuloso.

El escritor brasileño Wilson Alves-Bezerra.

Mijail Bajtín, y luego Leonor Arfuch, citándolo, utilizan el concepto de “valor biográfico” para referirse a una suerte de cifra o denominador de toda una vida. Me parece que es lo que tú procuras captar con el subtítulo de tu libro, “anarquista solitario”. ¿Siempre lo pensaste así? ¿Qué otros títulos estuvieron en juego y por qué?

—El anarquista solitario es una imagen que, ya mayor, Horacio se atribuye a sí mismo. Me parece que es una imagen muy precisa y bien lograda, porque abarca mucho de su personalidad y sus contradicciones: un hombre con inquietudes políticas y preocupaciones sociales que, a la vez, no es capaz de organizarse comunitariamente. Alguien que, en desacuerdo con el mundo existente, decide crearse otro sobre bases que él mismo se inventa. Te confieso que ese título se me impuso desde muy temprano. Nunca hubo otro.

Me llama la atención lo del título, porque Quiroga, como tú bien lo muestras en la biografía, se financió durante buena parte de su vida con trabajos como funcionario público, tanto en el ámbito educacional como en el consular. ¿Cómo se manifestó el anarquismo en su vida?

—Esta es una de sus contradicciones. La idea de construir una comunidad en San Ignacio, en Misiones (región del nordeste de Argentina) refleja el anhelo de una vida alternativa. Sin embargo, cuenta con la plata que viene del Estado, envía sus relatos a las revistas burguesas de Buenos Aires. La historia de Horacio es la historia de deseos nunca cumplidos.

En tu texto, como buen biógrafo, tomas partido por Quiroga frente a los embates e ironías de personajes como Adolfo Bioy Casares o Jorge Luis Borges. De hecho, partes explicando que la primera semblanza que se hizo posterior a su muerte vino de alguien que estaba resentido con él, Elías Castelnuovo, y desglosas su necrológica. ¿Por qué Quiroga generaba cierto rechazo entre algunos autores de su tiempo? Entiendo que él mismo alimentó la idea de su soledad, ¿qué lo llevó por ese camino?

—Horacio era huraño, algo grosero. No era una figura de buen trato. Al mismo tiempo, tuvo una obra de mucho éxito en vida. En 1926, cuando publica Los desterrados, los señoritos de Martín Fierro, aunque aportan mucho al arte y a las letras porteñas, no tienen el alcance de Horacio, y lo consideran inmerecidamente exitoso. Al mismo tiempo, en ese libro, Horacio habla sobre los explotados de la región de Misiones, sin adherir al comunismo o al socialismo. La impronta de Quiroga era ser radicalmente singular, eso tenía consecuencias gremiales.

En el caso de la querella Borges-Quiroga, además de estéticas diferentes o líos amorosos que podían distanciarlos —como la rivalidad que tenían por la atención de Norah Lange—, me interesa que nos cuentes más sobre los motivos políticos. No solo se confronta el conservadurismo político borgeano con los gestos de izquierda de Quiroga, también es posible que hubiera disputas más antiguas, al ser el escritor uruguayo nieto de Facundo Quiroga, lugarteniente de Rosas, esto es, del bando federal que la familia de Borges, especialmente su madre, tanto odiaba. No mencionas este antecedente en tu libro. ¿Por qué?

—Tuve que hacer elecciones para poder realizar el trabajo: una de las principales fue empezar el texto con la noción de “hacerse escritor”. No hablé de su infancia ni de sus padres. Partí del primer artículo que publicó en un diario de Salto, su ciudad natal. La biografía tampoco cierra con su muerte, va más lejos con el legado de Horacio a sus hijos mayores, Eglé y Darío. Es un texto que va más hacia adelante que atrás.

Desde una perspectiva de género y feminista, Quiroga es un autor difícil. Su primera esposa, Ana María Cirés, fue su alumna en la escuela; luego se apasionó por Ana María Palacio, que no tenía aún 18 años, y finalmente se casó con María Elena Bravo, quien era compañera de curso y amiga de su hija Eglé. Me parece que en tu libro tratas de dar una lectura más compleja a estos episodios, por ejemplo, cuando muestras hasta qué punto Cirés colaboraba con su marido, transcribiendo los cuentos y formando parte de su trabajo literario. ¿Cómo fueron apareciendo esos matices en tu investigación?

­—Esa es una pregunta importante, Lorena. Cuando leí a Benoît Peeters, el biógrafo de Derrida, una de las frases que me llamó más la atención y que más me produjo inquietudes fue una alerta en el sentido de no juzgar demasiado a un biografiado. Lo pensé mucho. Por ejemplo, cuando Horacio fue a París, con 22 años y sin plata ni planes claros, era evidente —desde una mirada adulta y contemporánea— que todo le iba a salir muy mal. Reescribí todo ese capítulo después de leer a Peeters, pues no se trataba de que yo me pusiera a narrar su vida desde una perspectiva superior, con mis conocimientos económicos y laborales de docente universitario. En el caso de su vida amorosa, pasaba lo mismo. Por décadas, los biógrafos del autor se limitaron a una mirada misógina y patriarcal, según la cual María Elena Bravo, su segunda esposa, era egoísta, vanidosa y le fue infiel, por decidir separarse y volver a Buenos Aires sin él. Con relación a sus amigas artistas, a las mujeres con las que se casó o de las que se enamoró, ni una palabra. Devolverle a Horacio sus relaciones personales, amorosas, intelectuales y sexuales bajo el signo de los supuestos contemporáneos, creo, sería muy inadecuado. De modo que busqué ofrecer a las lectoras y lectores más datos, de modo que figure en la biografía con sus contradicciones, con su complejidad, con sus gestos generosos y egoístas. Para eso, traté de darle protagonismo al archivo, a las huellas que quedaron de Horacio, Alfonsina, Emilia Bertolé, Norah Lange, Berta Singermann y María Elena Bravo.

Eso me llamó mucho la atención en tu libro: el acento en otras relaciones que Quiroga sostuvo con las mujeres, aquellas que eran sus pares en el mundo artístico y literario, y que fueron omitidas por los biógrafos anteriores. Les das un espacio importante a Emilia Bertolé y Norah Lange, pero sobre todo a Alfonsina Storni, con quien tuvo una relación de pareja sostenida en el tiempo. Otros biógrafos simplemente omiten este importante encuentro entre ambos o lo relatan como si se hubiese tratado solo de una amistad. Tú incluso le dedicas un capítulo, “Alfonsina y el salvaje”, en que la biografía de Horacio se supedita por momentos a la de la poeta argentina. ¿No te tienta la idea de hacer alguna nueva biografía sobre estas figuras a las que vas iluminando en este libro?

—¡Me pillaste! En el momento en que te contesto estas líneas, siento que robo tiempo de otro proyecto que se encuentra en estado avanzado: la biografía de Alfonsina Storni. A principios de esta década, mientras trabajaba en los estudios sobre la vida de Horacio, en el proceso de escritura de la biografía, me daba cuenta de que, primero, hacía falta que Alfonsina figurara en el relato con la importancia que tuvo, una deuda histórica que dejaron los que estudiaron la vida de Quiroga antes que yo. Segundo, tenía que escribir un libro sobre Alfonsina. El hecho de que ella y Quiroga hayan sido contemporáneos y personas de letras me aporta muchos datos y conocimientos sobre ambos. Sin embargo, lo que me parece cada vez más fascinante es la diferencia: ser mujer, ser poeta, ser madre y tener una personalidad tan distinta permite que nos acerquemos a un universo totalmente diferente. La respuesta es sí: una nueva biografía de Alfonsina Storni es fundamental y la estoy escribiendo en este momento.

¡Qué buena noticia, Wilson! Volviendo a tu libro sobre Quiroga, veo también un rescate de ciertos aspectos de su obra que suelen quedar de lado porque siempre se destaca la relación con el terror o la muerte, o su literatura dedicada a los animales, trabajo que también suele ser encasillado como literatura infantil (en el peor de los sentidos, peyorativamente). Te detienes, por ejemplo, en un Quiroga apasionado por la vida vegetal, un ecologista avant la lettre. Muestras la gran desazón que sintió en los años 30 ante el auge del fascismo y el nazismo en Europa y cómo se debatió entre escribir sobre esto o sobre las plantas tropicales. Finalmente optó por esto último, dedicando varios textos a lo que hoy veríamos como una postura crítica frente al Antropoceno. Citas un texto bellísimo de 1935: “Mi posición es la de un hombre que ante la naturaleza se pregunta si ha plantado lo que debe, cuando ya escribió lo que pudo”. ¿Podrías comentarme un poco más sobre esta faceta?

—Me emociona profundamente ese Quiroga enamorado del mundo vegetal, tras una vida dedicada a lo humano y lo animal. Siento que apenas rocé esa dimensión del escritor y del hombre. Fue un momento de extrema soledad en el que se le reveló la existencia de otra temporalidad: la del mundo vegetal. Se da cuenta de que hay plantas que son tan antiguas como los dinosaurios. Descubrió la permanencia de lo ancestral en ese reino tan silencioso y presente entre nosotros, y se dio cuenta de su propia finitud como hombre.

Si Quiroga no hubiese padecido de un cáncer de próstata, diagnóstico que finalmente parece pesar en su suicidio, ¿hacia dónde crees que habría ido su trabajo como escritor?

­—Los textos híbridos que publicaba en el diario Crítica en sus últimos años, que mezclaban cuento y crónica y tenían por tema el universo vegetal, seguramente habrían avanzado más. Su libro de memorias, que ensayó en su correspondencia con Ezequiel Martínez Estrada, habría tomado una forma más orgánica. También creo que habría podido avanzar con su proyecto de escribir guiones de cine, algo que su hijo Darío intentó con Ulises Petit de Murat para la película Los prisioneros de la tierra, que finalmente se estrenó en 1939. Veo a Quiroga experimentando con formas menos breves, con ese nuevo tiempo que descubrió en su madurez con las plantas y la soledad.

¿Cuáles son tus actuales proyectos literarios? Ya has publicado las cartas inéditas de Quiroga y en Chile publicaste una colección de relatos que llamaste Cuentos de zoofilia, memoria y muerte (LOM, 2018), imagino que como un guiño a los Cuentos de locura, de amor y de muerte de Quiroga. ¿Hay más sobre Quiroga? ¿O con la biografía se cierra una etapa para ti?

—En este momento me dedico a Alfonsina Storni: con la biografía y con la traducción al portugués de sus Poemas de amor, libro fundamental de 1926. Además, me preocupo de la difusión de la biografía de Horacio en otros idiomas: estoy en gestiones para que se traduzca al guaraní. El universo guaraní siempre fue muy importante para Horacio y creo que sería importante que estuviera disponible el texto en ese idioma. ¡Habrá más sobre Quiroga porque es un autor infinito!

¿Wilson Alves Bezerra es un autor muy distinto a Quiroga? ¿En qué se parecen y en qué se diferencian?

—Siento mucha admiración por Horacio, mucho respeto por su obra. El hecho de haberla leído visceralmente y de seguir leyéndola me permite conocerla, pero, a la vez, ser otro. Ese enamoramiento por la obra de un autor, de una autora, como me pasa actualmente con Alfonsina Storni, deja huellas profundas en la escritura de uno. Como puedo traducirlos, biografiarlos, creo que finalmente paso al otro lado y sigo siendo otro. Aunque nunca el mismo de antes.