Las momias han sido compañeras cotidianas para algunas comunidades del desierto chileno. No son pocas las familias que cuentan con pequeñas colecciones de objetos arqueológicos en sus hogares o que han encontrado restos sepultados en sus viviendas. El resultado es la presencia constante e inesperada de una cultura prehispánica en pleno siglo XXI, una extraña fractura temporal que es importante cuidar: por más de cinco siglos, la depredación de cementerios prehispánicos ha sido una práctica común de viajeros, negociantes e incluso para niños.
Por Octavio Lagos-Flores | Ilustración: Fabián Rivas
Cerca del mediodía del sábado 8 de agosto de 1987, un fuerte sismo estremeció las delgadas paredes de las viviendas de Arica. En una zona donde la lluvia es casi un mito y los temblores son tan frecuentes como los cambios de marea, algo así solo podría haber conmocionado a un visitante. No obstante, en esa ocasión fue diferente. A unos kilómetros al norte de la ciudad, en una cantera para la extracción de áridos destinados a la construcción, un conjunto de tumbas prehispánicas cedió ante la energía del movimiento telúrico.
El hallazgo de momias y objetos arqueológicos en esta pequeña ciudad no es novedad. Las condiciones climáticas de extrema aridez y la alta salinidad de los suelos han facilitado, por milenios, la conservación de los cuerpos de cuánto ser vivo ha sido enterrado en sus arenas. Pero en esa oportunidad, la casualidad dispuso que las sepulturas quedaran a unos minutos de distancia de donde vivía mi familia. La ingenuidad propia de la infancia, sumada a una maliciosa curiosidad por la muerte, confabularon para que, junto a algunos eventuales compañeros de juego, mis dos hermanas y yo exhumáramos por lo menos una decena de cuerpos: los textiles fueron desgarrados, las cerámicas rotas y los cráneos usados como pelotas de fútbol.
Más allá de la leve reprimenda de nuestros padres, el episodio no tuvo consecuencias. Ningún tipo de autoridad tomó conocimiento de los hechos y cuando algunas de las piezas fueron llevadas al museo local, este rechazó aceptarlas pues ya contaba con una colección suficientemente generosa de todo tipo de objetos arqueológicos. Años más tarde, cuando tuve la suerte de trabajar en dicho museo, me vi en la obligación de confesar estas actividades a mis sorprendidos compañeros de trabajo.

No fue la primera vez que las momias se cruzaron en el camino de mi familia. A fines de la década de 1970, por ejemplo, durante un paseo a la playa La Lisera, mi madre tuvo el infortunio de caer sobre una momia mientras descendía por un cerro. La tumba había sido saqueada y había quedado abierta, sin señal alguna que advirtiera del peligro. Curiosamente, ese no fue el encuentro más extraño que mi madre tuvo con una momia. Años antes, durante su juventud, mientras tomaba sol en la playa Chinchorro junto a sus hermanas, encontraron el cuerpo momificado de un hombre. Alguien, con un mórbido sentido del humor, lo había dejado allí en la arena, vestido con ropa moderna y lentes de sol. Episodios como estos ya habían sido denunciados por profesionales de la arqueología, que venían alzando la voz sobre la poca valoración que mostraba la comunidad ariqueña respecto a su patrimonio. En 1943, la profesora austriaca Grete Mostny —quien más tarde sería directora del Museo Nacional de Historia Natural— advertió en su “Informe sobre excavaciones en Arica” el mal estado en el que se encontraban los cementerios indígenas de La Lisera: “la poca profundidad a la cual se encuentra la mayoría de las tumbas […] las ha expuesto desde mucho tiempo a la curiosidad de los turistas y bañistas que visitaron estas playas”, escribió.
Esta solía ser una realidad bastante extendida no solo en Arica, sino en buena parte del norte de Chile. Las momias han sido compañeras recurrentes de las historias familiares de las comunidades del desierto. No son pocas las familias que cuentan con pequeñas colecciones de objetos arqueológicos en sus hogares o han encontrado restos sepultados en sus viviendas. Sin ir más lejos, 37 cuerpos momificados de la cultura Chinchorro fueron exhumados en el año 2005 desde el patio de una casa ubicada en la calle Yungay, en pleno centro histórico de la ciudad. A unas cuadras de distancia, en el domicilio de la calle Colón 10, la Universidad de Tarapacá construyó en 2010 un museo de sitio tras el hallazgo de decenas de momias mientras se edificaba un hotel.
No todas las experiencias con momias y objetos arqueológicos han sido casuales, claro. Conocidos son los casos de saqueo con motivaciones económicas, comúnmente llamados huaqueo. El 12 de junio de 2000, el diario La Estrella de Arica publicó una noticia sobre la detención de un pescador artesanal. El delito que se le imputaba era justamente ser huaquero. Según informaba el medio, en su humilde vivienda se encontraron 1200 piezas arqueológicas avaluadas en 5 mil millones de pesos. Al ser consultado, el pescador —que desarrolló esta actividad por 35 años— manifestó altivamente que solo habían confiscado “la grasa; lo mejor, el filete, fue vendido”.
Motivaciones similares podrían haber guiado a quienes, tras conocerse que las momias Chinchorro eran las más antiguas del mundo, intentaron saquear el sitio arqueológico Morro 1 en 1985. Según lo informado por el diario La Defensa de Arica, fueron los mismos vecinos del sector quienes alertaron a las autoridades luego de observar movimientos inusuales durante la noche y notar la presencia de individuos que buscaban excavar clandestinamente en las calles del barrio. De acuerdo con el medio, estos hechos habrían sido protagonizados por comerciantes inescrupulosos que, desde tiempo atrás, se dedicaban a la profanación de antiguos cementerios indígenas del valle de Azapa, con el fin de obtener beneficios económicos mediante la venta ilícita de restos momificados, textiles, cerámica y otros materiales arqueológicos.
Una infinidad de tumbas
Testimonios como estos últimos se han venido registrando desde prácticamente la llegada de los conquistadores españoles. Relatos sobre la exhumación de momias y objetos han sido encontrados tanto en algunas crónicas coloniales como en la literatura de viajes de los siglos XVIII y XIX.
Desde el periodo colonial la villa de Arica fue reconocida por la presencia de antiguos cementerios prehispánicos, los que fueron saqueados de forma muy temprana, al igual que otros lugares de adoración a lo largo de los Andes. Para la Corona, estos cementerios eran vistos como potenciales fuentes de riqueza, por ello incentivó su exploración y estableció impuestos sobre los objetos encontrados. Esto queda de manifiesto en la Recopilación de Leyes de Indias, donde se establece que “El que hallare sepulturas, o adoratorios de indios, antes de sacar el oro, plata y otras cosas que hubiere, parezca ante los oficiales de nuestra Real Hacienda de la Provincia, o sus tenientes, donde los hubiera, y allí lo manifieste, y registre cuanto antes sea posible”. Siglos más tarde, los navegantes que recorrían la costa occidental de Sudamérica reconocían al puerto de Arica por la presencia de extensos cementerios prehispánicos, especialmente en las cercanías del promontorio rocoso conocido como El Morro. Estos antiguos entierros, visibles desde el mar, despertaron el interés de quienes arribaban a la zona. Uno de ellos fue el navegante y cartógrafo francés Amédée François Frézier, quien a comienzos del siglo XVIII ancló su navío en el entonces puerto peruano de Arica. Durante su estadía, dejó constancia escrita de la gran cantidad de restos humanos y objetos funerarios visibles sobre las arenas: “a lo largo de toda la costa, […] se ven huellas […] de una infinidad de tumbas […]; de allí que al excavar, aún hoy se encuentran cuerpos casi completos, con sus vestimentas y, a menudo, con vasos de oro y plata”. Es en el siglo XIX donde se concentra la mayor cantidad de relatos de viaje que documentan no solo los constantes saqueos de tumbas, sino también la existencia de un activo mercado de antigüedades, con coleccionistas establecidos en Arica y en Tacna. Estos individuos se dedicaban al comercio de antigüedades, especialmente momias, muchas veces en colaboración con marinos, viajeros o residentes locales. Algunos navegantes, incluso, describen encuentros con estos coleccionistas en busca de información para futuras excavaciones. De los muchos testimonios, mencionaremos solo dos.
El primero y uno de los más reveladores corresponde al relato del médico y marino estadounidense William S. W. Ruschenberger, quien visitó el puerto de Arica en 1832 y dejó un vívido registro de estas prácticas en el libro Three years in the Pacific; including notices of Brazil, Chile, Bolivia and Peru (1834):
A unos 1.600 metros del centro de la ciudad, en el lado sur del morro, se encuentra un viejo cementerio de antiguos peruanos. […] En la superficie se pueden ver huesos humanos blanqueados por el sol, así como restos corporales —brazos, piernas, manos o pies— con fragmentos de carne seca todavía adheridos. Muchas de estas tumbas han sido profanadas, y numerosos cuerpos han sido llevados a Europa por viajeros (…) le preguntamos a un pescador […] dónde estaban las tumbas y cómo podíamos reconocerlas. Nos dijo que no había marcas visibles, y que la única manera era caminar por el lugar y cavar donde el suelo sonara hueco. Seguimos su consejo y tuvimos muy buenos resultados.
El segundo testimonio proviene del reverendo inglés Abraham Hume, quien llegó a Arica y Tacna enviado por su congregación. Durante su estadía, mostró un marcado interés por las antiguas culturas de la región y realizó varias excavaciones. A su regreso a Europa, publicó distintos trabajos sobre sus hallazgos. De The So-called «Petrified Human Eyes,» from the Graves of the Ancient Indians, Arica, Peru (1869), el más conocido de ellos, proviene esta descripción:
En Arica y sus alrededores, las condiciones del clima árido favorecen la conservación natural de los cuerpos, que en lugar de descomponerse se desecan, dando origen a momias naturales (…) Tras un terremoto, una sección del Morro de Arica se desprendió, dejando al descubierto varios cuerpos sentados, algunos con herramientas antiguas a su lado.
Convivir con los muertos
Como ha quedado en evidencia, la depredación de cementerios prehispánicos tiene una historia que se extiende por al menos cinco siglos y que no es exclusiva de la actual región de Arica y Parinacota, sino que se remonta a la conformación misma del Virreinato del Perú. Es precisamente a partir del periodo colonial cuando comienzan a registrarse los primeros antecedentes de disputas en torno a lo que hoy entendemos como patrimonio cultural.

Durante esa época, las autoridades virreinales impusieron cambios profundos en la cotidianidad y las costumbres de los pueblos andinos. Se rompió el vínculo con sus antiguos espacios: viviendas tradicionales, lugares ceremoniales, cementerios y zonas productivas. El modo de vida prehispánico, estrechamente conectado con la naturaleza, fue reemplazado por un sistema centralizado que buscaba controlar a la población y usarla como mano de obra. Aunque hubo resistencia, con el tiempo este modelo se impuso. Tras la independencia, muchos asentamientos tradicionales yacían en ruinas tras ser saqueados por buscadores de tesoros. Los cementerios ancestrales fueron abandonados, prohibidos o profanados, y sus restos humanos vendidos como curiosidades.
Luego de la Guerra del Pacífico, cuando Chile tomó control del territorio, este proceso se intensificó con la política de chilenización. El pasado andino, indígena o peruano fue visto como un obstáculo para la construcción de una nación moderna. Así, muchas prácticas culturales locales fueron prohibidas o desplazadas por costumbres chilenas importadas desde el centro y sur del país. Para las comunidades, esto significó perder su lengua, sus fiestas, sus comidas e incluso sus muertos y lugares sagrados.
El resultado de todo esto es la presencia constante de una cultura prehispánica en pleno siglo XXI. Una extraña fractura temporal que por su cotidianidad puede pasar desapercibida, pero que es importante cuidar. Lo que para un grupo de niños fue solo una anécdota arqueológica, para un comerciante sin escrúpulos representó un negocio rentable, para un viajero una aventura y para un conquistador un tesoro. Sin embargo, para los pueblos andinos significó la destrucción de su patrimonio y, con ello, la pérdida de una historia compartida.
