A 200 años de su llegada al país, el legado del ingeniero y matemático español —fundador y primer decano de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile— sigue presente en la formación científica. Fue el artífice de la sistematización de la ingeniería y las matemáticas en el país, impulsó la enseñanza moderna de estas disciplinas y contribuyó al desarrollo de la infraestructura y la industria nacional. Hoy, en plena era de la inteligencia artificial y de la crisis climática, la visión de este “maestro invisible” de la ingeniería chilena sigue más viva que nunca.
Por Cristian Reyes Monsalve y Claudio Gutiérrez
Si uno camina por cualquier campus científico en Chile, escucha los nombres de Claudio Gay e Ignacio Domeyko. Pero hay una tercera figura de nuestra historia que la posteridad decidió silenciar: Andrés Antonio Gorbea (1792-1852). Mientras sus pares exploraban la naturaleza y los recursos naturales, él construía desde las sombras las bases de la ingeniería y las ciencias físico-matemáticas en el país. ¿Por qué la historia lo ninguneó de la forma en que lo muestra el gráfico que viene a continuación? Es un misterio sobre el que vale la pena reflexionar.

Gorbea fue un ingeniero militar español que llegó a Chile en 1826 y fue el artífice de la sistematización de la ingeniería y las matemáticas en el país. Situémonos en su época. En el primer cuarto del siglo XIX, España atravesaba tiempos convulsos por la crisis de la monarquía y la difusión de las ideas liberales y republicanas. En Chile, la independencia empujó una apertura hacia el mundo, y en el terreno científico y tecnológico se vivía un periodo de transición impulsada por las ideas de la Ilustración.
Es en ese contexto que el gobierno chileno contrata en Europa a Andrés Gorbea para impulsar los estudios matemáticos y de ingeniería en el país. Pero ¿quién era esta figura?
Andrés Gorbea nació en Menagaray, País Vasco, el 30 de noviembre de 1792, el día de San Andrés. Ingresó a temprana edad al Seminario de Nobles de Vergara, una de las instituciones españolas por entonces destacadas en matemáticas, donde tomó cursos de idiomas, arte militar, matemáticas e ingeniería. A los 23 años fue aceptado en la Academia Militar de Alcalá de Henares. Participó activamente en las milicias liberales en el trienio 1820-23, y luego de la derrota de Cádiz —cuando cayó el último bastión del gobierno liberal español— debió exiliarse en Francia e Inglaterra. Durante ese periodo perfeccionó sus estudios junto a destacados matemáticos y científicos de esos países.
El año 1825 fue contratado en Londres por el gobierno de Chile para enseñar matemáticas aplicadas a las artes, según indica la misión diplomática europea del ministro Mariano Egaña. Se embarcó en diciembre de 1825, llegó en mayo de 1826 a Valparaíso, y en menos de tres semanas empezó a dar clases en el Instituto Nacional, donde lo recibió Ambrosio Lozier, ingeniero francés y primer rector laico de la institución, quien impulsaba un programa de modernización destinado a erradicar los fuertes resabios coloniales y religiosos que aún persistían. Nombró a Gorbea vicerrector del Instituto en reemplazo del último religioso que quedaba en sus filas, momento en que pasó a quedar completamente en manos laicas. Pocos meses después, Lozier debió dejar el cargo por presiones políticas y muy pronto Gorbea renunció a la vicerrectoría, aunque siguió dando clases. Sería el primero de sus encuentros con la realidad del país.
Se concentró en la labor docente, primero enseñando matemáticas aplicadas a las mediciones de terrenos y al dibujo, donde comenzó a obtener éxitos. Creó una academia nocturna de matemáticas, cuya labor fue elogiada por el nuevo rector, el presbítero Juan Francisco Meneses. Pronto también empezó a dictar clases en el Liceo de Chile, establecimiento dirigido por José Joaquín Mora, humanista español que llegó desde Argentina en 1828. Hacia 1830,Gorbea proyectó una Academia de Agrimensura, la única profesión a la que conducían los estudios matemáticos en la época.
A comienzos de la década de 1830 se produjeron fuertes cambios políticos en el país. El partido conservador tomó el control del gobierno por la fuerza e inició una persecución contra los liberales, varios de ellos cercanos a Gorbea. El mencionado José Joaquín Mora y el médico José Pasaman, quien llegó con él en el mismo barco, fueron expulsados de Chile. Esto profundizó su distanciamiento de las actividades fuera del ámbito de la sala de clases.
Junto a la labor docente, Gorbea comenzó a ser requerido por su saber ingenieril. Se le encargaron asesorías, diseños y dirección de obras públicas y la confección de planos topográficos de diversas zonas. Entre muchas obras, lideró la ingeniería del Canal del Maipo, realizó el diseño de red subterránea de aguas de Santiago y estuvo a la cabeza de la construcción del puente sobre el río Cachapoal. También incorporó la enseñanza de temas ingenieriles en el currículum científico del Instituto Nacional en 1832, y se convirtió en el principal experto ingenieril del país. Por ello no fue sorpresa que en 1843 fuera nombrado primer director del recién creado Cuerpo de Ingenieros Civiles, a cargo de las obras públicas y la ingeniería a nivel de Estado. Allí impartió los primeros cursos para ingenieros en Chile y defendió públicamente la necesidad de desarrollar y enseñar ingeniería.
En paralelo, ejerció la docencia en el Instituto Nacional, el Liceo de Chile, la Escuela Militar y la Universidad de Chile. Introdujo las matemáticas modernas en el país, diseñando programas de estudio y traduciendo y publicando en Chile los primeros textos de matemáticas superiores modernas. Fue una figura clave en la formación de una generación de ingenieros y matemáticos en los métodos de la escuela francesa, es decir, en la algebrización del análisis y la introducción de nuevas herramientas de geometría de dos y tres dimensiones. En 1843 se convirtió en el primer decano de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la recién creada Universidad de Chile, cargo en el que fue reelegido por sus pares cuatro veces, hasta su fallecimiento en 1852. No solo lideró la facultad, sino que supervisó cursos de matemáticas realizados en otras instituciones, dirigió el Museo de Historia Natural y estableció el camino para crear los estudios de ingeniería universitarios en el país.
En un Estado en proceso de consolidación y expansión, Gorbea fue quien puso las matemáticas al servicio de la ingeniería. Esto significaba construcción de caminos y puentes, cartografía, urbanización, obras hidráulicas y preparación para la industria. En términos de contenidos, Gorbea introdujo en el ADN de la ingeniería chilena el cálculo diferencial e integral: derivadas, integrales, ecuaciones diferenciales y mecánica analítica. También incorporó una nueva forma de entender estas disciplinas: por un lado, reemplazó la intuición por el rigor en los procedimientos y en la demostración de los resultados, siguiendo la tradición inaugurada por Augustin-Louis Cauchy. Por otro, formalizó la representación diagramática mediante la introducción de la geometría descriptiva, la gran innovación desarrollada por el francés Gaspard Monge, que permitía representar objetos tridimensionales a través de proyecciones sobre un plano. Con ello, la ingeniería pasó de ser un arte intuitivo a una disciplina rigurosa, con métodos matemáticos y diagramáticos precisos.
Históricamente, la importancia de Gorbea no radica tanto en haber descubierto nuevas teorías matemáticas, sino en haber contribuido a implantar en Chile el modelo de educación científica e ingeniería que dominaría gran parte del siglo XIX. Para dimensionar en perspectiva su aporte, es bueno comparar la tradición colonial con la nueva escuela francesa introducida por Gorbea. En ese sentido, su llegada marcó un “antes y después” y provocó un choque cultural: se pasó de la especulación colonial a la ciencia aplicada; de recitar a Euclides a usar manuales modernos estandarizados; de las matemáticas básicas al cálculo avanzado; de la enseñanza dispersa al currículum sistemático; y, sobre todo, de formar letrados de escritorio en temas “universales” a formar ingenieros abocados a los problemas locales. La historia posterior de la ingeniería en Chile es un excelente caso de estudio de las tensiones entre esas dos tradiciones, que reflejan, en el ámbito de las ciencias y la tecnología, los conflictos propios de la estructura social y económica del país.
Según la información que poseemos, Gorbea concentró su actividad en el interior de Chile. A diferencia de Claudio Gay, viajero y agudo observador de nuevos territorios y naturalezas, y de Ignacio Domeyko, gran estudioso de la geología y la minería —ambos dedicados a explorar los recursos naturales locales en disciplinas de alto interés para la ciencia y los intereses expansivos de los grandes centros europeos—, Andrés Gorbea centró su trabajo en un área que interesaba, ante todo, a Chile: el desarrollo de su infraestructura y de su industria. Al contrario de sus colegas mencionados, a ojos de la elite de una sociedad hacendal, sus labores tenían un doble pecado: eran demasiado complejas para ser populares y demasiado cercanas a lo “técnico” para ser digno de caballeros. Estos dos fantasmas –el miedo a la complejidad y el desprecio clasista por lo técnico— siguen penando en las aulas y debates del Chile actual.
De carácter más bien retraído y algo débil de complexión, la personalidad de Gorbea parece algo enigmática. Siempre alejado de los espacios públicos y de los grandes eventos, dejó pocas huellas escritas, y hasta hoy lo conocemos fundamentalmente a través de sus alumnos y colegas que lo recordaban cariñosamente. Formó familia en España, y allá quedaron su esposa y dos hijos, con quienes mantuvo contacto regular, a pesar de que no volvieran a verse en persona, ya que nunca se fue de Chile. En términos de temperamento, Gorbea estuvo al parecer más cerca de la figura del maestro de carácter discreto y reservado, poco interesado en la notoriedad pública. Su legado se expresó sobre todo en la formación de generaciones de estudiantes que durante el siglo XIX sostuvieron e impulsaron la enseñanza de las matemáticas y la ingeniería. Pero, ante todo, quedó en las aulas. A dos siglos de su llegada al país, nos queda su declaración de principios de 1827: “La nación que desee progresar en la industria y por consiguiente en su felicidad, procurará dirigir la educación de su juventud hacia el conocimiento de los fenómenos y leyes de la naturaleza”. Hoy, en plena era de la inteligencia artificial y crisis climática, el consejo de este “maestro invisible” de la ingeniería chilena suena más urgente y actual que nunca.
