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El ruido de la ciudad

En Diligencia, la segunda novela de Pablo Toro, “hay personajes autodestructivos, misterios, violencia de muchos tipos y muertes, pero sobre todo hay algo muy vital que late con fuerza, algo que tiene que ver con el impulso de una escritura que nos atrapa, nos lleva sin tregua a un mundo construido desde la ficción y la literatura (…) del que es muy difícil salir”, escribe Juana Inés Casas, quien en agosto presentó el libro, un neopolicial que se adentra en las tramas ocultas del poder.

Por Juana Inés Casas

Un cross a la mandíbula. Esa es la imagen famosa que usa el escritor argentino Roberto Arlt en el prólogo a Los lanzallamas para hablar de su búsqueda literaria, de lo que quiere que provoquen sus libros. Durante muchos años esa imagen me deslumbró y durante muchos años también la olvidé, o se desdibujó entre otro tipo de lecturas, pero por varios motivos apareció con fuerza cuando empecé a leer Diligencia, la segunda novela de Pablo Toro, un libro que sin dudas tiene algo de ese impacto, el de un golpe, algo que nos sacude desde la primera página.

“Tienes dos opciones: disparar o salir corriendo. Si disparas, podrás entrar. Si corres,
nunca sabrás lo que hay detrás de la cortina.
Fue tu padre quien te lo advirtió: Para ser libre, evita dar o recibir órdenes. No le hiciste caso.
Ahora asume las consecuencias”.

Así empieza este recorrido, el de la novela y el de sus protagonistas, la cabo Jennifer Mansilla y el sargento César Dracos, quienes se desplazan en un día caluroso por las calles de Santiago para cumplir, en principio, con las indicaciones de una organización llamada La Reunión. Un recorrido que es rápido, eufórico, jalado, sostenido en la escritura por un trabajo de montaje y de diálogos que nos mantienen alerta. A un golpe le sigue otro golpe, a una orden le sigue otra orden. 

Desde el inicio, sabemos que Dracos y Mansilla están del lado de quienes deben ejecutarlas. Son los encargados de cumplir con eso que todos llaman una “diligencia”: llevar cocaína, interrogar, moverse, actuar y esperar nuevas órdenes. Sin preguntar ni dudar. Luego sabremos de otras piezas de esta trama: el capitán Baza, que maneja lo que sucede en La Reunión y quizás cuántas cosas más; la escritora Lidia Pozo, que busca razones para explicar la muerte de su hija; Luis Toledo, un estudiante desaparecido; y las supuestas identidades de un asesino serial que mata en los puentes de la ciudad.

Diligencia, de Pablo Toro. Tusquets, 2026. 296 páginas

La búsqueda de Toledo, el deseo de saber de Pozo, la indagación sobre el asesino de los puentes y la necesidad de cumplir con las demandas de La Reunión orientan las acciones de los protagonistas, poniendo a prueba sus límites, revelando engaños, corrupción, abusos y un entramado de lo ilegal que atraviesa el Estado, la Justicia, las fuerzas policiales.

Estos elementos hacen de Diligencia una novela ligada al género neopolicial, al noir. Pero a su vez, y en esto quiero detenerme, es una novela que desborda el género y se construye desde una escritura y una mirada muy singular en la que aparecen elementos que ya estaban en su primer libro, Hombres maravillosos y vulnerables (Calabaza del diablo, 2010), y también en Safari (Montacerdos, 2021), su anterior novela.

En este libro, hay seres atrapados entre la derrota y sus obsesiones, hay personajes como Kid Capone, un rapero que usa una “sudadera de Tupac” y echa humo por la boca en la calle Cochrane, hay un gurú místico africano que es un guía espiritual para el sargento Dracos, hay guardias que se parecen al gordo Porcel o a Mario Baracus. Está el sonido de la voz omnipresente y exaltada de Cachito Ortega en la radio, la jerga de las calles del centro y la de la clase alta, porque en Diligencia también hay príncipes de Sanhattan, tiburones de la bolsa que van a ver a Jordan Belfort, el Lobo de Wall Street, en Casa Piedra, y estudiantes que siguen al filósofo impulsor del aceleracionismo, Nick Land, como Juan Carlos, Juanca y Jotacé Solar, que maneja el holding S&R y otros hilos del poder, pero que cada noche sueña con un sol que explota en el cielo.

Porque el revés de estos hombres y mujeres, no tan maravillosos, pero sí vulnerables, es el fracaso, la derrota, sus incapacidades e inconsistencias, un patetismo que convive con el humor necesario para transitar lo gris, lo imposible, el delirio que se va tejiendo en el universo de la escritura, pero que a la vez se mezcla con lo real, en un ejercicio donde se desdibujan las fronteras entre el desborde de la novela y el desborde de nuestra propia época.

Y acá me gustaría referirme también a la temporalidad: el relato está narrado en un presente, todo transcurre en un día vertiginoso, pero a partir de ese corte se abren otras capas temporales que lo preceden y que van configurando los destinos de sus protagonistas, un pasado que va desde el 1800 hasta las movilizaciones sociales recientes y pasa por los primeros años de la democracia en los 90. En el pasado se gestan las pistas del presente, así como las sombras insinúan lo que sucede ante la luz. Porque Santiago, además de ser una protagonista más de la novela, está llena de sombras: sombras como “músculos tensos aferrados al pavimento”, sombras “puntiagudas” de edificios góticos, “movedizas” de colegiales que practican una “coreografía en el parque”, sombras del “cableado eléctrico [que] cruzan el pavimento como venas torcidas” o de “edificios que caen rectas sobre Sanhattan”.

Como lectores, podemos ver cada uno de estos lugares, ver cómo la ciudad se va desplegando ante nosotros con el recorrido de Dracos y Mancilla por Alameda, Baquedano, Bustamante, San Isidro, Teatinos, Matta Sur, hasta llegar a Providencia, Las Condes y La Reina en una geografía donde nada escapa a cierta oscuridad, incluso en aquellos barrios que parecen ofrecer un resguardo.

“Cruzaron barrios tranquilos y calles silenciosas, llenas de una calma que exasperaba a Dracos cada vez que la recorrían. Una calma exagerada, sospechosa, como si detrás de esas rejas, en los pasillos, en las piezas, en las cocinas y en los lavaderos, estuvieran ocurriendo delitos que no diferían en lo esencial de la calle y que incluían la venta de estupefacientes, la estafa, la extorsión, la explotación sexual, el contrabando y el homicidio. Solo que aquí, a diferencia de la calle, los crímenes se cometían bajo un velo de respetabilidad, de pulcritud, de salidas plácidas a comprar el pan, y eso le daba un escozor y un pavor inconfesable. Lo invadió una nostalgia repentina por las calles del centro, el bullicio incesante, las músicas mezcladas, los gritos encima de gritos, el festival de bocinazos y frenadas, las chuchadas que le sacaban una sonrisa, los crímenes que no venían precedidos de buenos modales. Quiso terminar lo antes posible para terminar esa diligencia para volver a las calles que lo conocían, lo miraban de frente y no pretendían ser algo más limpio de lo que eran”.

La escritura de Pablo Toro nos lleva por el territorio de lo que no es limpio y avanza impecable a un ritmo tan veloz como nuestro presente. No hay un sitio, no hay un personaje que se escape a esa capacidad que tiene de hacer una disección y mirar bajo un prisma muy propio las contradicciones y lo ridículo de nuestra existencia. En Diligencia, hay personajes autodestructivos, misterios, violencia de muchos tipos y muertes, pero sobre todo hay algo muy vital que late con fuerza, algo que tiene que ver con el impulso de una escritura que nos atrapa, nos lleva sin tregua a un mundo construido desde la ficción y la literatura, y que incluso cuando la novela se acaba, persiste en nuestra cabeza con sus voces, sus detalles, como ese ruido que tiene la ciudad, algo hipnótico y desquiciado, y del que es muy difícil salir.