La escritora chilena reflexiona sobre el poder del lenguaje y las tensiones del mundo contemporáneo en Las otras, una colección de ensayos en la que, a partir de lecturas y recuerdos personales, explora las relaciones entre palabra, poder y violencia. “La literatura es un espacio para pensar otros mundos posibles”, afirma.
Por José Núñez | Crédito de foto: © Lorena Palavecino/Penguin Random House
Cuando la escritora Alia Trabucco Zerán (1983) trabajaba en un libro que llevaría como título Descaro, en la Biblioteca Británica —una de las más grandes del mundo, con una colección que supera los 170 millones de volúmenes—, se vio obligada a dar marcha atrás. Un hecho ocurrido un año antes cambió el destino de su proyecto. En 2023, una organización de origen ruso atacó los sistemas de información en línea de la biblioteca, borrando gran parte de su catálogo, en uno de los ciberataques más graves que ha sufrido el Reino Unido.
La autora, que estaba allí gracias a la beca Eccles-Hay Festival, no solo vio dificultado su acceso a los libros, sino también el impulso inicial de un proyecto que poco a poco comenzó a convertirse en otra cosa. Porque suele ser así: un tema lleva a otro, el material se desplaza y la escritura explora un nuevo derrotero, guiada por el azar y la curiosidad. Lo que en un principio iba a ser una investigación sobre la cara y sus máscaras se volvió una crónica sobre la búsqueda fallida de títulos, un texto sobre las bibliotecas que han marcado su vida y que terminó formando parte de Las otras, la colección de ensayos que acaba de publicar por Lumen.
“Solo cuando vi ciertos hilos que unían a los distintos ensayos, obsesiones que se reiteraban y que urdían un arco o un tenue sentido, entendí que tenía el manuscrito de un libro entre manos y que nuevamente lo rondaba un tema que ha sido un desvelo desde que escribo: las palabras y su poder” , cuenta Trabucco sobre el origen de su libro, donde explora las tensiones del mundo contemporáneo, desde la cuestión palestina, lo queer, el auge de la extrema derecha y los dilemas del feminismo. Pero si hay un protagonista en los diferentes textos reunidos en Las otras, un denominador común, es, como dice la autora, el lenguaje y sus disputas. No en balde Trabucco se detiene en el uso de metáforas bélicas cuando relata su experiencia pandémica, en las palabras árabes que sobreviven en la memoria familiar al evocar la historia de sus bisabuelos, en el uso de la “e” para designar a personas no binarias o en la incomodidad que generó la referencia al genocidio palestino en su discurso de recepción del Premio Fémina, en París. “El lenguaje concentra algunos de los conflictos fundamentales de nuestra época”, escribe en un ensayo sobre los trigger warnings, los avisos que acompañan ciertas publicaciones para alertar sobre contenidos potencialmente perturbadores o traumáticos.

Lumen, 2026.
224 páginas.
“El lenguaje produce mundos o acaso la palabra más precisa es que los ‘ve’ o los ‘descubre’ o los ‘urde’ a través del delicado andamiaje del lenguaje y el silencio. Vemos con las palabras, no solo con los ojos. Y esto que puede sonar abstracto no lo es”, dice la autora, quien antes había publicado libros como Limpia (2022) y Las homicidas (2019), donde ya exploraba las relaciones entre lenguaje, poder y violencia, y que la consolidaron como una de las voces más singulares de la literatura latinoamericana contemporánea.
En Las otras, sin embargo, esa preocupación se desplaza hacia un terreno más personal. A través de una escritura digresiva y fragmentaria, Trabucco utiliza su biografía para construir un punto de vista desde donde analiza diferentes fenómenos, como el fracaso del proceso constituyente, la relación entre literatura y justicia, el lenguaje de los derechos humanos o la circulación de imágenes en el mundo virtual. Más que ofrecer respuestas taxativas, el libro abre interrogantes sobre cómo nombramos el presente, cómo se configuran los discursos que lo atraviesan y qué posibilidades existen de imaginar otros horizontes.
“Hoy, como en otros momentos históricos, asistimos a la proscripción de ciertas palabras y lo que busca esa proscripción es borrar. Trump es el ejemplo obvio porque su gobierno abiertamente ha dictado resoluciones prohibiendo el uso de palabras como crisis climática, transexualidad, aborto, clima, racismo, género. Milei, por su parte, prohibió el uso del lenguaje inclusivo. Y está por verse qué hará Kast”, dice Trabucco. “Y a la vez, mientras niegan algunas palabras, insisten en otras: patria, seguridad, orden, soberanía, emergencia. En el libro abordo cómo ese discurso encuentra una filiación en el fascismo del siglo XX y a la vez me pregunto si las izquierdas no han asumido, acríticamente, ese mismo lenguaje en lugar de insistir en su propio campo discursivo y urdir así una visión de mundo alternativa a la que atronadoramente impone la derecha con su inmenso poder comunicacional”.
En el texto que abre el conjunto, dices que hemos abandonado el ejercicio de imaginar otro futuro. ¿Cómo podríamos recuperar esa capacidad? ¿Qué rol tiene la literatura en esta tarea?
—El presente nos apabulla con su carrusel de noticias catastróficas e imágenes desoladoras de destrucción, violencia y crueldad. Esas imágenes, que debieran ser las inimaginables, han copado nuestra imaginación hasta saturarla de muerte, de clausura. El lenguaje puede resquebrajar esa cerrazón y urdir otras imágenes, las imágenes negadas. En ese sentido, no creo que la escritura sea una zona de impotencia, por el contrario. Que un ser humano se quede ante una página y no ante su teléfono es ya una forma de resquebrajar el mundo. Leer implica parar, salir del frenesí, salirse incluso de una misma para habitar la voz de otro u otra e incluso escenarios que no existen más que en el delgado hilo que nos une a la página. Leer es dejarse atravesar o permear. Y si pensamos más allá, la literatura es tal vez el espacio que ha anticipado de maneras más precisas escenarios futuros y en ese sentido puede ser también una zona para imaginar, aunque sea en la letra, otros futuros posibles.
A propósito de los trigger warnings, señalas que hoy en día “la ambigüedad, la opacidad o la complejidad se han vuelto insoportables”. ¿Por qué crees que ocurre esto?
—En este mundo polarizado y marcado por respuestas dicotómicas y atronadoras, detenerse a pensar es un desafío, sobre todo en preguntas complejas como las que subyacen al conflicto en torno a los trigger warnings: si el lenguaje nos hiere y qué hacer con esa herida. Y pensar con delicadeza y en profundidad, tomando el peso de la postura antagónica para repensar la propia y salir tal vez con nuevas preguntas, parece muchas veces un ejercicio inútil, rara vez valorado. El arte, la literatura, la filosofía, las humanidades están bajo ataque hace años precisamente porque transitan en esos terrenos movedizos, no cuantificables, subjetivos, extraños al lenguaje de las cifras, potencialmente incómodos y por lo mismo peligrosos para quienes temen al pensamiento crítico.
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“Hoy más que nunca confiamos en que escribir sobre la propia experiencia será más sencillo o más verdadero que narrar la de los demás. (…) Como si decir ‘yo’ no fuese lo más extravagante del mundo”, escribe Alia Trabucco en “La imagen negada”, el texto que abre Las otras, donde define la escritura como un ejercicio de recobrar el poder de la imaginación en un contexto saturado de violencia. En diálogo con una constelación de ensayistas chilenas contemporáneas que trabajan la autobiografía como forma de indagación, como Paz López, Paula Arrieta, Macarena García Moggia, Catalina Porzio y Constanza Michelson, el libro se articula a partir de los recuerdos y vivencias de la autora. Pero, al mismo tiempo, aborda la memoria familiar y la memoria histórica —como ocurre en el texto dedicado a los cincuenta años del golpe de Estado—, cruzando lo íntimo con lo colectivo.
“La primera persona siempre me había resultado algo esquiva y en este libro aparece para narrar experiencias personales y familiares, sí, pero se trata de un ‘yo’ que no proviene de un impulso autobiográfico sino ensayístico: esas experiencias narradas no son el centro de los textos ni buscan primordialmente la construcción de una subjetividad sobre la página”, advierte Trabucco. “Se trata de un ‘yo’ descentrado, donde se encarna –se hace cuerpo– un pensamiento situado y sensible, en que lo personal emerge como una zona desde donde arrojar preguntas, ideas; una zona corporal y experiencial del pensamiento. En ocasiones esa primera persona se transforma en tercera, se desdobla, e incluso se vuelve literalmente un doble, mientras que otras veces desaparece o retrocede para dar espacio y protagonismo a las ideas. Es una forma de encarnar el pensamiento, de volverlo sensible también, y abandonar la pretensión de objetividad con que a veces se disfraza la escritura de ensayos y que suele ser un mandato en la escritura académica”.
Hace unos años, a propósito de la obra de Alfredo Jaar, el teórico Georges Didi-Huberman advertía que frente a las imágenes de la barbarie operan dos técnicas: la nada y la demasía. En tu ensayo sobre Palestina retomas la pregunta sobre el poder de la representación, pero lo piensas desde el vínculo entre imagen y palabra. ¿Qué lugar le asignas al acto de nombrar en ese escenario? ¿Qué se puede hacer frente a esta “doble coacción” de la que hablaba Didi-Huberman?
—El genocidio en Palestina me confrontó a un tipo de impotencia muy profunda, y de esa impotencia surgieron preguntas: ¿Tienen las imágenes del sufrimiento palestino el poder de detener el genocidio? ¿Sirve de algo compartir esas imágenes? ¿Y qué ocurre con las palabras? ¿Y con los cuerpos que marchan, que se hacen ver? Opto por no caer en un pesimismo paralizante cuya respuesta sería: nada sirve, el genocidio sigue su curso. Prefiero continuar pensando y hacerlo incluso soslayando esa otra dicotomía entre “la nada y la demasía”. Porque si el New York Times pidió a sus colaboradores “restringir” las palabras “genocidio” y “limpieza étnica”, evitar del todo “territorios ocupados” y solo en casos excepcionales referirse a Palestina por su nombre; si las imágenes del sufrimiento son censuradas por los algoritmos y si las marchas son reprimidas con cada vez más violencia, es porque siguen teniendo poder: conmueven, horrorizan, aparecen, nombran, apuntan, acusan; es decir, ven eso que Israel y sus aliados no quieren que veamos ni nombremos. Ahora bien, también existe el peligro del vaciamiento de esas palabras y temo que algo así puede estar ocurriendo, con la gravedad que implica vivir en un mundo donde la palabra genocidio se haya gastado. Lina Meruane usa la palabra “onmicidio”, matarlo todo, dice, y creo que en ese uso arroja preguntas importantes y aterradoras sobre la pasividad del mundo ante este nivel de crueldad y destrucción transmitida en vivo.
En una entrevista con este medio, el abogado Philippe Sands advirtió sobre la distancia entre lo que la gente entiende por genocidio y lo que los tribunales consideran como tal. “La gente está muriendo en números enormes y es terrible. Y nosotros gastamos el tiempo en definir qué etiqueta ponerle al horror”, dijo. ¿Qué se juega en esa disputa por las etiquetas al momento de nombrar la violencia?
—Fui consciente de ese debate en cuanto surgió porque muchos abogados pusieron el grito en el cielo ante la masificación de la palabra “genocidio”. En ese primer momento argumentaban que no era posible probar la intencionalidad de Israel, es decir, decían que no era preciso hablar de un genocidio tal como lo definían los tratados. Sin embargo, esa intencionalidad se fue volviendo evidente y, a la vez, la palabra genocidio siguió su curso fuera de los tribunales con una fuerza cada vez mayor y que excedió esa “propiedad sobre el lenguaje” tan propia de los abogados. Y es que es la política y no su dimensión probatoria, técnica o legal lo que siempre ha dotado y seguirá dotando de potencia a las palabras.
“La historia del feminismo es una historia de transgresión”, dices, citando a la filósofa Sara Ahmed. ¿Cuáles te parecen hoy los principales desafíos pendientes del feminismo y qué conquistas crees que se están viendo amenazadas en estos tiempos, en que en distintas partes del mundo se instalan discursos neorreaccionarios?
—Diría que esos discursos son no solo reaccionarios sino de raigambre fascista, y que por ende no tienen solo un tenor reactivo y nostálgico sino también prospectivo. Usan la nostalgia de un pasado supuestamente mejor –un pasado de racismo, machismo y colonialismo– y en eso proyectan un futuro no solo racista y machista y colonial sino de hipervigilancia, homogeneidad, pérdida de libertades y pérdida de derechos que una mayoría –transitoria– parece suscribir. En ese contexto, que es no solo adverso sino peligroso, los feminismos cumplen un doble papel. El de resistir y, por ende, defender lo conquistado –desde el aborto hasta las políticas de género pasando por el acto de nombrar– hasta seguir pensando que hay futuros posibles donde otras palabras –cuidado, igualdad, justicia– vuelvan a integrar el lenguaje y el sentido común.
