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Artesanos para el futuro

En un mundo de redes frágiles y desastres encadenados, es interesante pensar en ciudades que dependan menos de lo remoto y más de lo que las manos de sus ciudadanos saben hacer. Los artesanos y los oficios tradicionales no son custodios de un pasado inmóvil; tienen autoridad técnica y ética para liderar una transición urbana descarbonizada, reparable y justa.

Por Amalia Castro San Carlos | Foto principal: Azudas de Larmahue, declaradas Monumento Histórico Nacional en 1998. ©Consejo de Monumentos Nacionales de Chile.

Propongo un concepto tanto para el debate público como para la acción: tecnología urbana ancestral. No hablo de folclor urbano ni de nostalgia museística. Hablo de sistemas técnicos —probados por siglos, de baja energía, alta eficiencia social y ecológica— que nacen de oficios y saberes comunitarios y que hoy pueden contribuir a diseñar una ciudad con más resiliencia en lugar de soluciones hiperdigitalizadas. Son tecnologías offline de gran impacto, modulares, reparables, gobernadas por manos y no por licencias (y por tanto, fácilmente replicables); saberes capaces de construir futuro con sabor a pasado, sin renunciar al presente.

Algunos ejemplos lo pueden explicar mejor que mil palabras. Lima, una megalópolis desértica, retoma las amunas como respuesta contemporánea a su escasez hídrica. Estos canales de infiltración preincaicos “siembran” el agua desde las quebradas en temporada de lluvias, para que emerja en manantiales aguas abajo y pueda ser utilizada en el verano, durante la época seca. Su recuperación nació como respuesta a la crisis hídrica, para conservar, proteger y restaurar las cuencas de los ríos Chillón, Rímac y Lurín. Su restauración reciente —liderada por comunidades andinas con apoyo de organizaciones locales— ha mostrado resultados medibles: kilómetros de canales recuperados, recarga de acuíferos y abastecimiento complementario para sectores urbanos, a muy bajo costo. 

Otro caso es el de la ciudad lacustre que antecedió a la Ciudad de México. Allí se conserva otra pieza de antiguos sistemas de aprovechamiento acuífero: las chinampas de Xochimilco. Estas islas agrícolas elevadas, insertas en el lago, ancladas en árboles y rodeadas de canales, integran manejo de agua, captura de nutrientes, biodiversidad y producción intensiva de alimentos frescos, incluso con múltiples cosechas anuales. Más que reliquias, hoy son agenda de resiliencia urbana, con iniciativas de restauración agroecológica y modelos de “chinampa-refugio” que articulan patrimonio biocultural, bienestar campesino y servicios ecosistémicos para la metrópoli.

En América del sur, la quincha —entramado ligero de madera y caña, enlucido con tierra— dialoga con el adobe para reducir masa y disipar energía. La investigación aplicada y los ensayos de mesa vibratoria han documentado el comportamiento más dúctil de segundas plantas en quincha sobre primeros pisos de tierra, abriendo rutas de refuerzo sismorresistente compatibles con la arquitectura histórica y con economías locales de oficio. No es romanticismo: es ingeniería con materiales disponibles, una opción constructiva de bajo impacto ambiental y económico.

A nivel local, podemos mirar a la vecina Mendoza. Al otro lado de la cordillera, se ha mantenido un sistema hídrico de canales y acequias heredado de los huarpes y luego perfeccionado por los incas, que lograron convertir a la ciudad en un oasis en medio del desierto. Ese sistema hoy riega más de 615.000 árboles y 179 especies diferentes. La red de riego cuenta con 5.400 kilómetros y cada árbol se encuentra georreferenciado, lo que permite mantener datos actualizados y sostener, al mismo tiempo, todos los beneficios ecosistémicos de un bosque urbano.

Un ejemplo en Chile es la carpintería de ribera del archipiélago de Chiloé, que trasladó saberes de los astilleros a los templos sagrados. Las iglesias de madera —hoy Patrimonio Mundial— muestran un dominio estructural del ensamble y del empalme, así como de la protección frente a la intemperie que convirtió a los carpinteros en ingenieros del territorio. Su conservación actual reposa, de nuevo, en comunidades y oficios que sostienen un paisaje religioso vivo. También en Chile encontramos las ruedas azudas en Larmahue (Región del Libertador Bernardo O’Higgins), ingeniosas ruedas hidráulicas que elevan agua para riego en tierras de secano, patrimonio vivo que sigue girando gracias a artesanos reconocidos como Tesoros Humanos Vivos. También hay implementación de paisajismo con especies de bajo consumo hídrico: comunas como Providencia, Las Condes y Vitacura han reemplazado césped por arbustos nativos y cubresuelos resistentes, reduciendo hasta un 70% el consumo de agua. Programas como Plantemos Futuro y Brotar buscan utilizar la fuerza de los árboles nativos en la Región Metropolitana.

Y aunque podríamos seguir con ejemplos en diferentes partes del mundo, la UNESCO lo dice claro: el patrimonio vivo no es un lujo cultural, es una herramienta para enfrentar el cambio climático y, entre otras cosas, garantizar la seguridad alimentaria. Sistemas agrícolas tradicionales, saberes hidráulicos y prácticas comunitarias son clave para la resiliencia urbana y la sostenibilidad. Todos ellos comparten una misma lógica: trabajar con la inteligencia del medio, no contra ella. 

Esta es, en esencia, la tecnología urbana ancestral (TUA): sistemas técnicos de bajo impacto que pueden maximizar funcionalidades urbanas (agua, alimento, refugio, movilidad, confort climático) con materiales locales, mantenimiento comunitario y control cívico. Frente a estados de catástrofe —sequías, tormentas, fallas de red— la TUA aporta autonomía. No aísla, más bien hibrida. Amunas con sensores, chinampas con monitoreo de calidad de agua, quincha con protocolos y ensayos, carpinterías con estándares de conservación. La gobernanza de riesgo internacional ya reconoce el rol de los conocimientos tradicionales como columna vertebral de la reducción de riesgos y desastres: integrarlos en marcos urbanos, más que un gesto cultural, es una estrategia de seguridad. 

¿Qué contiene una TUA? En su núcleo están los artesanos y oficios tradicionales: canteros, carpinteros, albañiles de tierra, herreros, tejedoras de fibras, canalistas, agricultores y un largo etcétera. No solo resguardan identidad, sino también operan tecnologías que pueden liderar transiciones urbanas posextractivas. Cuando una ciudad invierte en TUA, invierte en empleo local no deslocalizable, en cadenas cortas de suministro, en mantenimiento distribuido y en aprendizaje situado.

¿Cuáles son las ventajas técnicas que convierten a la TUA en candidata seria para liderar cambios? Enumero cuatro: baja energía operacional (no precisan de inyecciones de energía para funcionar, ya que utilizan pendientes, flujos, vientos, etc.); mantenibilidad, sistemas segmentados, accesibles, con piezas sustituibles y a manos del cuidado comunitario que no colapsan de golpe, sino que fallan a tiempo de ser reparados; provisión de servicios ecosistémicos; por último, gobernanza y datos. La guía Words into Action de la ONU-DRR propone integrar y coproducir conocimiento técnico con comunidades portadoras. Por otra parte, coincide con agendas multilaterales: UNESCO vincula patrimonios vivos y desarrollo sostenible —incluyendo seguridad alimentaria, agua, empleo, resiliencia y paz— en sus políticas. El patrimonio inmaterial no es “un extra”: puede estructurar soluciones urbanas si se lo incorpora a políticas, presupuestos y licitaciones. 

Acuñar un concepto no basta; hay que traducirlo en acciones. Propongo para ello tres líneas —todas con artesanos como protagonistas— para que universidades, municipios y comunidades urbanas puedan implicarse y avanzar en esta dirección. 

En primer lugar, laboratorios urbanos de TUA: viveros de prueba-y-error (donde cuadrillas de oficio, estudiantes y técnicos municipales prototipen soluciones en barrios, como drenajes permeables en calles secundarias); sombreaderos y ventilaciones pasivas en equipamientos; huertas productivas en azoteas, mezclando techos verdes, reciclaje de agua y sociabilidad; restauración de canales y norias históricas con instrumentación básica. Publicar fichas técnicas abiertas y métricas de desempeño. 

En segundo lugar, implementar compras públicas con criterio TUA: pliegos de condiciones que puntúen mantenibilidad, reparabilidad y mano de obra local; contratos que incluyan formación de aprendices con maestras y maestros del oficio; y auditorías de ciclo de vida que valoren ahorro energético operacional. Las experiencias de conservación en Chiloé y de refuerzo en adobe-quincha muestran que cuando el pliego entiende el oficio, el resultado dura. 

En tercer —y último— lugar, estudios urbanos transdisciplinarios: donde la ingeniería hidráulica dialogue con la historia ambiental; la arquitectura con la antropología del oficio; la economía con indicadores ecosistémicos. Integrar en el aula y el taller la coproducción de conocimiento y ejercicios de repair literacy alimentados por bases de datos abiertas. 

La tecnología urbana ancestral no busca reemplazar la innovación contemporánea, busca nutrirla y transformar en sostenible lo que hoy no lo es. En un mundo de redes frágiles y  desastres encadenados, es interesante pensar en ciudades que dependan menos de lo remoto y más de lo que las manos de sus ciudadanos saben hacer. Los artesanos y los oficios tradicionales no son custodios de un pasado inmóvil; tienen autoridad técnica y ética para liderar una transición urbana descarbonizada, reparable y justa. Si dejamos que su conocimiento sea coprotagonista de la planificación —y no un pie de página identitario— tendremos ciudades que, cuando falte la señal o falle la bomba, seguirán encendidas por el pulso de su propia inteligencia material.