Pablo Neruda a través de un lente empañado

Antinerudismo (y anticomunismo) es lo que advierte Verónica Jiménez en ciertas lecturas de la obra del poeta y de algunos rincones de su biografía. Que violador, que padre monstruoso, que adicto al estalinismo. Etiquetas basadas en recortes literales y fragmentarios de su obra, dice la escritora, y juicios no siempre ingenuos sobre los avatares de su vida. Una discusión ineludible, añade, a 50 años del Premio Nobel a Neruda.

Por Verónica Jiménez

La lectura de un fragmento literario como una noticia y del recorte de una carta como una evidencia: lecturas de resonancias mediáticas, que alientan el surgimiento de un antinerudismo que luego se opone a renombrar el aeropuerto de Santiago con el nombre del poeta; lecturas que hacen vacilar a escritoras entrevistadas en la prensa, forzándolas a ellas, lectoras con oficio, a interpretar sin método y emitir opiniones precipitadas. Cómo leer no parece una tarea tan simple como recorrer un texto y decodificarlo.

En los últimos años, he visto cómo se reiteran las invitaciones a leer literalmente o de un modo fragmentario ciertos escritos de Pablo Neruda (legalmente inscrito con ese nombre en el Registro Civil en 1946). Reconozco que no es simple arrancar una lectura desde y hacia los textos sin proyectar, simultáneamente, juicios y preconceptos —es justamente por eso que la enseñanza de lengua y literatura en todos los ciclos escolares reitera la práctica de una metodología de comprensión e interpretación de textos que consta de varias etapas—, tampoco es sencillo abstraerse de los nuevos modos de leer. Uno de ellos consiste en considerar todos los textos, sean estos literarios o no literarios, como discursos sociales. De ahí a leer un fragmento literario como una “noticia” hay un paso.

La escritora y editora Verónica Jiménez (1964). Dirige el sello Garceta Ediciones.

Hacía bien en despreciarme

La primera vez que oí la “noticia” de la violación descrita por Neruda en Confieso que he vivido fue en los momentos previos a la presentación de un libro. Me encontraba junto a una crítica literaria, y ambas levantamos las cejas e intercambiamos palabras de asombro. Para la época, los textos periodísticos ganaban preeminencia sobre los escritos literarios y, luego de que Nicanor Parra declarara que Chile era ya no un país de poetas sino uno de columnistas, en la página cultural de un diario, uno de esos columnistas, tomándose en serio la jugarreta lingüística de Parra, sostenía que la buena poesía era aquella que se podía entender (esto es, la que él podía entender).

En ese contexto fue que la lectura de la “noticia” se socializó en medios tradicionales e internet, y algunos se preguntaron por qué nadie la había descubierto antes. Una respuesta puede ser: porque antes el texto no había sido leído desde este “nuevo modo de leer”. Lo cierto es que tanto se ha redundado en la lectura noticiosa que, recientemente, Hernán Loyola la ha confrontado calificando de “pecado” al episodio narrado, entre otros. Con todo, pienso que aún es válido y oportuno proponer una experiencia de lectura más rigurosa y reflexiva.

En años siguientes al golpe noticioso, el tema fue rebotando en diferentes países, hasta que en España, donde la poesía viene dando tumbos hace tiempo, se emitió una especie de edicto para leer a Neruda como un violador. Lo dijo textualmente la poeta Elena Medel. Los españoles, que nos someten, a nosotros los hispano hablantes, a sus traducciones, puesto que somos parte de “su” mercado editorial, administran también los derechos de autor de Neruda, con bastante celo, y, por otra parte, promocionan en su prensa de derecha libros locales que cuestionan la figura del poeta, por violador, por abandonador y también por comunista. En ese país el antinerudismo alimenta, además, al siempre oportunista anticomunismo.

El antinerudismo leyó el texto de Neruda, antes que nada, como un relato veraz. No le interesó preguntarse por su función ni la intención de su autor, algo a lo que podríamos acercarnos a partir de los planteamientos del crítico Terry Eagleton. Hay que considerar que sus postulados, y en general los de la crítica literaria marxista, sobrevivieron bastante bien a la marea de la posmodernidad, tal como los grandes relatos lo hicieron en medio de la profusión de los relatos personales.

El valor de una obra que hace referencia a una realidad externa, dice Eagleton, no radica en la veracidad de la información que entrega sino en cómo la usa y articula el autor. Podemos leer que, en efecto, el texto de Neruda tematiza un acto sexual no consentido, encadenando de manera causal una serie de pulsiones y acciones —deseo, intento de seducción, sometimiento forzado, desprecio, comprensión del sentido del sometimiento y del desprecio—, y de esa tematización podemos extraer una síntesis: el acto descrito es una violación, un acto despreciable y, asumido como tal, algo que no debe repetirse. Hecho este análisis, nos preguntamos: ¿qué función cumple este texto frente al lector y cuál es la intención autoral que manifiesta? O, en otras palabras: ¿para qué escribió Neruda este texto y qué efectos quiere provocar en quienes lo leen?

En lugar de hacerse estas preguntas, el antinerudismo indica que hay que leer a Neruda como un violador, o no leerlo. Pero nada dice respecto de cómo hay que leer a los demás autores del siglo XX, y esto aunque sea bastante ingenuo pensar o sostener que si los contemporáneos de Neruda no escribieron sobre el acto de violar es porque ninguno de ellos lo cometió. El mismo razonamiento podría eventualmente ensayarse respecto de los escritores contemporáneos nuestros. En toda obra, sostenía el crítico Edward Said, interactúan literatura y realidad social, y tanto si lo dice explícitamente como si lo omite, toda obra nos informa acerca de su época.

Al parecer, Neruda no tenía una razón extra literaria para narrar este episodio. Las nociones de culpa o de pecado no parecen haber sido el motor del escrito. Lo que sí se puede afirmar es que estaba consciente de que este texto sería leído y que, aunque hay en el mismo libro pasajes oníricos o enteramente ficcionales, particularmente éste sería comprendido desde la verosimilitud de los datos entregados.

Hace muchos años, Oscar Wilde escribió que una obra no convierte en símbolo a la realidad que incorpora, sino que muestra, de forma mimética, lo que cada época representa por sí misma de manera simbólica. El simbolismo del siglo XX se asocia comúnmente con la guerra, pero también está expresado en el machismo y sus prácticas (en verdad, el siglo XX le quedó corto al machismo y, por ello, se está haciendo simbólico también, al menos en parte, en este siglo), y eso es lo que evidencia el texto de Neruda.

La comprensión de un texto, decía Said, se alcanza si se lo considera como un campo dinámico que cuenta con un rango de referencias potencialmente reales, referencias  que se extienden como tentáculos hacia el autor, hacia el lector, hacia una situación histórica, hacia el pasado y hacia el presente. Y también hacia el futuro, podríamos agregar respecto del texto de Neruda, si intentáramos responder las preguntas acerca de la intención del autor y la función que cumple frente al lector.

Quizá sea oportuno en este punto releer un pasaje de Una poesía sin pureza, texto publicado en octubre de 1935, en el número 1 de la revista Caballo verde para la poesía, dirigida por Neruda en Madrid, y que funciona como un manifiesto que propone que ninguna zona de la experiencia quede fuera de los usos posibles de la literatura: “Una poesía impura como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición, y actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilia, profecías, declaraciones de amor y de odio, bestias, sacudidas, idilios, creencias políticas, negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos”.

Recortes

Luego de la noticia de la violación, los medios comenzaron a informar que “el poeta más amado por la izquierda” había, además, repudiado y abandonado a su hija, que sufría de hidrocefalia. Para armar un relato coherente con ese juicio, los divulgadores se han valido, hasta el presente, del recurso de “sacar de contexto” sus palabras, recortando la carta que Neruda envió a su amiga Sara Tornú mientras él vivía en Madrid y ella en Buenos Aires. El recorte ha sido reproducido infinitas veces, en artículos periodísticos, en algún paper académico y en alguna biografía. El procedimiento, apartado de toda ética, no amerita quizá mayor tratamiento que la publicación de la carta completa.

De todas formas, es bueno reconstruir la línea de tiempo de la vida de Malva Marina. Pablo Neruda se había casado con María Antonieta Hagenaar en 1930. La hija de ambos nació agosto de 1934; Neruda no sólo no ocultó su existencia, sino que invitó a sus amigos a conocerla, entre ellos a los poetas Vicente Aleixandre y Federico García Lorca. Para 1936, Neruda había iniciado una relación con Delia del Carril y se había separado de su esposa. El contexto de la guerra civil hacía imposible que todos siguieran residiendo en España. Partieron entonces a París y, desde allí, María Antonieta y Malva Marina viajaron a Mónaco y, más tarde, a Holanda. Neruda vio por última vez a su hija cuando la visitó en 1939, un año antes de que ese país fuera invadido por los nazis. Finalmente, la niña falleció en 1943, con Europa aún en guerra. Según ha explicado Darío Oses, está documentado en cartas y papeles consulares que Neruda jamás dejó de enviar la mesada a su hija.

¿Qué tiempos son estos?

La pregunta es de la poeta estadounidense Adrienne Rich. La fórmula en un poema en el que habla de comunidad y revolución, empleando como pretexto a los árboles. El poema en sí es una mini clase acerca de la necesidad de preguntarse por la función del poeta en la sociedad, algo de lo que Neruda se ocupó en su obra y su actividad política.

Quisiera hacer una distinción en este punto. Desde hace un tiempo se viene cuestionando, en términos generales, la figura del poeta, no así su función. La función del poeta, un asunto medular y de reflexión honda, aunque de respuesta pausada, no parece compatible con la actual tiranía de “lo urgente”, que es también lo provisorio, lo precipitado, lo arbitrario. La retórica de lo urgente nos dice hoy que no hay poeta sino poetas, que no hay voces individuales, que los poemas los hacemos entre todos, por la vía de la reelaboración, que la poesía es más una práctica comunitaria que una producción estética particular, de tal modo que la función del poeta acaba por diluirse.

Nicanor Parra supo poner en tela de juicio la función del poeta presente en la obra de Neruda, en un ejercicio productivo y sin urgencias, pero, sobre todo, sabiendo que no podría desplazarla; a lo más, tendría que convivir con el pacto social y la estética nerudiana, mucho más universalistas. Parra se plantó desde otra posición frente a la poesía, como un catalizador del lenguaje de la tribu, pero reconoció a Neruda como el más popular de los poetas. La medida para ese escrutinio personal es bastante simple (e inequívoca): todo el mundo se sabe de memoria algún poema de Neruda, o partes de sus poemas; y “todo el mundo” quiere decir no sólo poetas, estudiantes de literatura o escolares “obligados” a leerlo, sino personas de distintos oficios, procedencias, gustos y personalidades, en español y en otras lenguas.

Plantarse desde la función del poeta es una tarea compleja y no muy ambicionada por quienes escriben poesía en estos días. Pienso que quizá esto se deba a que es más sencillo entrar al oficio desde la disolución de la figura del poeta, para formar parte de esas entelequias llamadas “los poetas” o “la poesía”. Integrar una comunidad imaginaria nos dispensa de algunas faltas y nos exime de situar nuestra voz en relación con la sociedad, paradojalmente desde la pertenencia a grupos cerrados: los poetas becarios de tales talleres, los integrantes de tales o cuales instituciones, la poesía chilena, la poesía de X lugar, etcétera. Esos grupos, incluidos los ligados a la fundación que lleva su nombre, hacen poco o nada por despejar la bruma de las lecturas literales de Neruda, que frecuentemente mimetizan a los hablantes de sus poemas con la persona del poeta.

Hay, por ejemplo, poemas que, como consecuencia del antinerudismo, son leídos hoy como alegorías machistas, sin contar para ello con apoyos textuales. Así, el verso “Me gustas cuando callas / porque estás como ausente”, perteneciente al Poema 15, que en una primera versión se tituló Poema de tu silencio, y que fue inspirado por un encuentro del poeta con Albertina Azócar, es interpretado arbitrariamente como un mandato de Neruda para que todas las mujeres nos callemos.

Más llamativo aún es que otro verso, extraído de un poema complejo, como lo es Alturas de Machu Picchu, sea leído linealmente, incluso por poetas: “Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta”. Este poema, que consta de varias etapas, admite algunas lecturas interpretativas, dentro del rango de lo razonable. Una de esas lecturas, que me parece particularmente asertiva, es la que hace Grínor Rojo, quien destaca el programa emancipador propuesto en el poema, que logra conjugar el legado indígena americano con la lucha de los pobres del continente. La poesía como un medio de conocimiento es en este poema, dice Rojo, siguiendo a Benjamin, iluminación profana al servicio de los oprimidos. Si alguna vez estuvo en el Olimpo, Neruda ya había bajado cuando escribió el Canto general.

La opción social de Neruda es puesta en tela de juicio por el anticomunismo, valiéndose de los cuestionamientos antinerudianos, aunque un Neruda clasista, cínico o fingidamente comprometido, como postulan algunos, es más bien una fabulación provocada por lecturas sesgadas o desinformadas, no sólo de su obra, sino también de su biografía, de su época y de los hechos históricos que lo rodearon. En 1972, siendo embajador en Francia, le tocó a Neruda defender la propiedad del cobre chileno frente a las amenazas de embargo por parte de capitales norteamericanos y, por ello, sus pasos fueron seguidos por el FBI y la CIA, como lo demuestran los archivos desclasificados por Estados Unidos. Asumir riesgos por otros representa un compromiso incuestionable.

El anticomunismo critica las alabanzas a la figura de Stalin en sus poemas, y hace parte al poeta del horror al que sometió a los soviéticos —que sería conocido con posterioridad—, aun cuando Neruda reconocería su equivocación en un pasaje de Confieso que he vivido. Los versos de Neruda evidencian ciertamente una idealización del modelo socialista frente al modelo capitalista, sin embargo, hay que reconocer que nunca adscribió al realismo socialista que dictara despóticamente el estalinismo, como tampoco lo hizo, por ejemplo, César Vallejo, también poeta de izquierda.

El anticomunismo nada dice sobre la donación de la Antología popularque hizo Neruda a la Unidad Popular, para que entregara gratuitamente al pueblo un millón de ejemplares, en 1972, pero rechaza los últimos versos que publicó en vida, bajo un título provocador: Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena. Se acusa en este libro combativo la ausencia de la imaginación nerudiana, o los sentidos desplegados en imágenes, o la hondura metafísica, y se repudia, sobre todo, su contenido, que acusa las maniobras norteamericas en contra de Chile y la actuación de algunos entes locales. Julio Cortázar cuenta que cuando lo visitó en Isla Negra en febrero de 1973, Neruda no podía ya levantarse de la cama. Le mostró el libro y le explicó cuál fue su intención al escribirlo: “Ya que no puedo ir a las manifestaciones ni hablarle al pueblo, quiero estar presente con estos versos que escribí en tres días”. Si Víctor Jara compuso canciones contingentes, y les reconoció una función distinta a las de su trabajo propiamente artístico, Neruda escribió, por su parte, poesía también contingente y explicó la función de ese gesto.

En 2020, un año en que muchas ideas entraron en conflicto, se publicaron artículos en periódicos de distintos países de América a propósito de los cincuenta años de la edición mexicana del Canto general, una obra importante, que en octubre fue leída completa en una lectura colectiva en Francia durante dos días. En Chile, a nivel mediático, nada se dijo. ¿Qué tiempos son estos?, nos preguntamos frente a ese silencio. La pregunta es válida y tiene varias matrices de interpretación; el antinerudismo y el anticomunismo parecen ser las principales.

En 2021 celebraremos (¿celebraremos?) el cincuentenario del Premio Nobel a Pablo Neruda. Haríamos bien en generar desde ya discusiones para intentar responder todas las preguntas acerca del poeta formuladas en la última década, las bien y las mal intencionadas, las mismas que en los últimos años se han despachado en una o dos líneas irreflexivas a través de columnas periodísticas, entrevistas, artículos, papers, carteles y redes sociales.

Este texto surgió de las discusiones generadas en el taller “Cómo leer a Neruda y por qué”, convocado por la escritora y editora Verónica Jiménez. Las sesiones se realizaron de manera virtual entre el 11 y el 25 de noviembre de 2020, con participantes de Chile, Perú, Honduras y México. En el taller, se revisaron algunos poemas y prosas literarias de Pablo Neruda, así como textos periodísticos, testimonios y artículos provenientes del ámbito académico. El objetivo fue generar una reflexión a partir de ciertas lecturas literales que se hacen en la actualidad de parte de la obra del poeta y de algunas zonas de su biografía.

Armando Uribe, el legado de un poeta lúcido y malhumorado

El abogado y Premio Nacional de Literatura 2004, falleció la madrugada del 23 de enero a los 86 años debido a una falla cardíaca. Desde hace más de una década que vivía recluido en su departamento de Parque Forestal, esperando la muerte y despotricando contra el devenir de Chile. Revista Palabra Pública le rinde un homenaje al incansable e irascible escritor de Odio lo que odio, rabio como rabio.
Por Denisse Espinoza

La muerte lo rondaba o quizás era él quien la rondaba a ella desde hace demasiado tiempo. Nacido en 1933, Armando Uribe Arce construyó desde sus inicios como escritor en los 50 una obra poética en torno al dolor, la persistencia de la desaparición y el asombro ante lo divino. En 2001 su esposa Cecilia Echeverría Eguiguren -con quien se casó en 1957 y tuvo 5 hijos- falleció, dejándolo desolado. Desde entonces, el poeta abandonó la vida pública y su llamada a la muerte se intensificó más que nunca. Se recluyó en su departamento en Parque Forestal y aceptaba cada vez menos entrevistas en persona. A quien lo visitaba le expresaba su frustración por esta vida tan larga que le había tocado. Se decía que hace años que pasaba la mayor parte del tiempo en cama, vestido de impecable traje -como lo hizo toda la vida-, probablemente alistándose para la llegada de su hora.

La noche del miércoles 22 de enero, finalmente Armando Uribe dejó este mundo debido a una falla cardíaca. Tenía 86 años y una enorme y única producción literaria que incluyó poemas y ensayos, los que hace sólo cuatro años fueron compilados en Antología errante (1954-2016) por Editorial Lumen, que también reeditó Memorias para Cecilia (original de 2002) y la continuación de ésta; Vida viuda (2018), donde contaba: “En 1998 se produjo, en nuestro departamento del Parque Forestal, la muerte de mi hijo Francisco y pasé, después del luto por la muerte de mi padre en 1970, al luto que he continuado hasta el presente y que pienso llevar hasta mi muerte”.

Uribe se formó como abogado en la Universidad de Chile, fue militante de la Izquierda Cristiana y también ejerció la diplomacia: fue ministro consejero del Ministerio de Relaciones Exteriores (1967), encabezó la delegación a la Asamblea Extraordinaria de Naciones Unidas en la que se aprobó el Tratado de No Proliferación Nuclear, tema en el que era especialista, entre 1968 y 1970 trabajó en la embajada chilena en Estados Unidos y el Gobierno de Salvador Allende lo nombró embajador en China. Tras el golpe de Estado de 1973, Uribe se exilió con su familia en Francia.  

En 1990 regresó con una mirada lúcida de lo que había pasado en el país y convencido de las brutales consecuencias que traería la pactada vuelta a la democracia. Con su pluma mordaz se convirtió en una especie de vigía de la conciencia nacional, disparando contra la hipocresía y criticando, siempre intolerante, las injusticias que hasta hoy campean en Chile. Reconocidas, en esos años, fueron sus cartas abiertas donde pone en tela de juicio a personajes públicos como Patricio Aylwin y Agustín Edwards, el dueño del Mercurio.

Su capacidad para indignarse ante el estado de las cosas tiene sus puntos álgidos en libros como Odio lo que odio, rabio como rabio de 1998 donde en el prólogo escribe : “Este libro es como si fuera póstumo. Es como si. Que en paz no descansemos. Son trozos de un espejo quebrado en más de mil partes. Quedaron unos ciento cincuenta hechas pedazos irregularísimos y montones de polvo cortante de vidrio molido. Demolición de un humano. (…) El libro dice No más y nada y nadie. Basta ya. La muerte gesticula. La poesía se arranca los cabellos a puñadas. La rabia levanta al cielo su garrote. El odio se come las uñas de raíz. El vino atora y se trapica”. 

Ese mismo año, cuando se intentó procesar a Augusto Pinochet en Londres, Uribe desplegó todo su conocimiento jurídico para evidenciar el despropósito que sería traerlo de vuelta a Chile. Junto al filósofo Miguel Vicuña escribió El accidente Pinochet, un libro en el que intenta explicar qué simboliza la figura del dictador como fenómeno psicológico y social en el Chile actual. «Esto no es el juicio final. Pero los enjuiciamientos indefinidos que penden sobre la cabeza física del señor Pinochet -y espiritualmente sobre todas las chilenas, no como espadas de Damocles sino cual piñata rellena de un regalo desagradable- tienen más pesadez que cualquiera inmediata decisión de los Lores», anotó Uribe.

“En Chile todos somos brutos/ pero hay los nobles brutos y los/ bestiales que cortan los hilos de sangre y producen el luto de las familias/ Hay las bestias torpes y tontas que se embisten como cornudos/ y desvisten a las doncellas que duermen la siesta”, escribió en Verso bruto de 2002.

Otros de sus libros imprescindibles son su ópera prima Transeúnte Pálido, Las críticas de Chile, Pound, Léautaud y Te amo y te odio. Mientras que  de sus escritos jurídicos e históricos destaca El libro negro de la intervención norteamericana en Chile (1974), publicado originalmente durante su exilio en Francia y que estuvo durante años prohibido en nuestro país.

Fumador empedernido, el poeta dejó el vicio en 2015, luego de que se le diagnosticó una insuficiencia respiratoria por fumar cerca de 40 cigarrillos al día desde que tenía 34 años.

En una entrevista en 2002 explicaba su postura frente a la vida y su forma de ser aireada y sarcástica. «Hay que tener pesimismo de la inteligencia y optimismo de la voluntad. El optimismo de la voluntad consiste en seguir siendo, en mi caso, un intelectual o chileno letrado crítico a las realidades del mundo en que vivimos. Servir a la conciencia crítica colectiva. En eso tengo optimismo de la voluntad que llaman algunos voluntarismo o utopismo, pero que es también una posición humana racional, porque se sabe que las grandes conciencias colectivas se forman a partir de las personas que observan las realidades. Que tengo pesimismo de la inteligencia efectivamente lo tengo y me puedo dar el lujo de tenerlo por la edad a que he llegado, porque no creo que la gente joven se pueda dar el lujo de ser pesimista”.

Fumador empedernido, el poeta dejó el vicio en 2015, luego de que se le diagnosticó una insuficiencia respiratoria por fumar cerca de 40 cigarrillos al día desde que tenía 34 años.

En una entrevista en 2002 explicaba su postura frente a la vida y su forma de ser aireada y sarcástica. «Hay que tener pesimismo de la inteligencia y optimismo de la voluntad. El optimismo de la voluntad consiste en seguir siendo, en mi caso, un intelectual o chileno letrado crítico a las realidades del mundo en que vivimos. Servir a la conciencia crítica colectiva. En eso tengo optimismo de la voluntad que llaman algunos voluntarismo o utopismo, pero que es también una posición humana racional, porque se sabe que las grandes conciencias colectivas se forman a partir de las personas que observan las realidades. Que tengo pesimismo de la inteligencia efectivamente lo tengo y me puedo dar el lujo de tenerlo por la edad a que he llegado, porque no creo que la gente joven se pueda dar el lujo de ser pesimista”.

No te amo…

 No te amo, amo los celos que te tengo,

son lo único tuyo que me queda,

los celos y la rabia que te tengo,

hidrófobo de ti  me ahogo en vino.

No te amo, amo mis celos, esos celos

son lo único tuyo que me queda.

Cuando desaparezca en esos cielos

de odio te ladraré porque no vienes.

 de No hay lugar. Editorial Universitaria.Santiago,1970.

Las Críticas de Chile

3/La dictadura

no fue un error, tiene apellidos,

como colas de rata o lagartija,

y su elenco de honor para asesinos

los regocíja todaví y dura

indefinidamente; no fue un malentendido

sino la voluntad de pasar una lija

de hierro por encima de los niños.

(Críticas de la Vida Política)

1/ ¿Y qué fue del chileno

viril, culto, vernáculo,

señor de alguna tierra,

que sabe algo de leyes,

tranquilo? Se acabó, estará enterrado:

ya no corren los trenes,

las cortinas de fierro ya se cierran,

la ciudad y los campos son como cementerio.

(Críticas de la Vida Social)

2/Ciudades complicadas y secretas

y los terceros pisos en penumbra!

Libros de estampas japonesas,

Grabados en los muros, y abanicos,

Borlas de terciopelo y correas de seda,

Espejo grande oblicuo.

Amarrada a los pulsos, de los pies amarrada.

Sonrisa dolorosa con rouge color violeta.

Y la grupa es un grupo de amores que retozan

Con suaves movimientos de caballo las crines al aire del aliento.

Crimen de la virtud y delicia del vicio,

Anchas manchas violáceas, moretones

Dulcísimos, saliva como jugo

De agua marina, joyas en anillos

plateados, instrumentos de torturas

vehementes, el sol nos deja ciegos

con su relámpago y su rayo que desnuca.

(Críticas de la Vida Sexual)

Del libro «Las críticas de Chile

Be-uve drais Editores, Santiago, 1999

Karin Friedli, soprano y parte del Requiem por Chile: “Hay una necesidad de que la música clásica se acerque a todas las comunas”

Tras el estallido del 18 de octubre y en pleno Estado de Emergencia, 500 músicos se reunieron de forma voluntaria e interpretaron el Requiem de Mozart frente a la Iglesia de los Sacramentinos, en Santiago Centro. Lo que sería un acto único en apoyo a las víctimas de la represión estatal por las manifestaciones sociales, terminó replicándose en distintas plazas y poblaciones dentro y fuera de Santiago. Karin Friedli, soprano y directora de diversos coros, ha sido parte del Requiem por Chile y en esta entrevista comenta el impacto que ha tenido en la gente y qué se entiende por “sacar la cultura a la calle”.

Por Florencia La Mura

El 27 de octubre se vivían los primeros días de las manifestaciones que partieron el 18 de ese mes, aún regía el Estado de Emergencia y ese domingo, mientras 500 músicos tocaban en la plaza Bernardo Leighton, a las afueras de la Iglesia de los Sacramentinos, un helicóptero sobrevolaba el sector. La convocatoria partió días antes con unas llamadas entre amigos músicos: la idea tocar el Requiem de Mozart en el espacio público como apoyo a la revuelta social. Una de las intérpretes que atendió el llamado fue Karin Friedli (46), licenciada en Teoría de la Música y directora en coros de distintas universidades, quien se ha dedicado a explorar y difundir la música clásica a tiempo completo. Para ella, el Réquiem de Mozart es una pieza infaltable en el repertorio de cualquier intérprete.

El mito dice que un misterioso hombre vestido de negro llegó un día la casa de Mozart para encargarle componer un réquiem, pieza musical que se interpreta en misas fúnebres, sin darle mayores detalles. Poco más de un mes después, Mozart ya había avanzado en su encargo, pero tras caer enfermo dejó de componer y solo se dedicó a darle instrucciones a su discípulo, Franz Xaver Süssmayr, quien la terminaría para estrenarla nada menos que en el funeral del propio Mozart, en 1792. Más de doscientos años después, la obra fue escogida como el primer homenaje musical a las víctimas que sufrieron represión policial -algunas de ellas murieron- en medio de las protestas que hasta hoy exigen un Chile más digno. Este domingo 19 de enero, la pieza volverá a sonar en la Plaza Victoria de Valparaíso y en marzo se planean más conciertos ciudadanos. Según Karin Friedli actos como “El réquiem por Chile” dan luces de que cómo debería vivirse la cultura en nuestro país.

-Los primeros días de manifestaciones fueron muy violentos y confusos ¿qué te motivó a ser parte de este proyecto?

La indignación y la desesperación de lo que estaba pasando en esos momentos, que era muy crítico. Estábamos en pleno toque de queda y luego empezamos a ver los asesinatos, las denuncias por tortura, las mutilaciones de ojos, cosas que aún siguen después de estos dos meses y medio. 

La soprano y director de coro Karin Friedli es parte del Requiem por Chile. Crédito foto: Patricia Rivera.

-¿Cómo fue el origen del Requiem por Chile?

La invitación la recibí de Igor Osses, violinista y director de orquesta, y Carolina Muñoz, soprano, ellos son los creadores de este réquiem que partió como una manifestación que sería por vez única en la plaza Bernardo Leighton, afuera de la Iglesia de los Sacramentinos. Ellos decidieron hacerlo como forma de manifestación en contra de la violencia de Estado que se estaba viviendo en las primeras semanas de la crisis social, en octubre. Entonces ellos llamaron a varios directores de orquestas y coros, entre esos a mí. La instancia se replicó muchas veces más, unas diez veces y yo participé en siete de ellas. Entremedio falté a alguna porque yo misma monté la Cantata de los Derechos Caín y Abel, del compositor chileno Alejandro Guarello del Grupo Ortiga, también como forma de manifestación.

-En la primera convocatoria participaron más de 500 músicos ¿cómo ha sido preparar una presentación tan masiva?

Como han sido diez versiones, la primera tuvo 500 músicos y luego ha ido fluctuando entre 200 y 300. Esto es una manifestación en forma de concierto, no es un concierto en sí, con las características que tiene, su formalidad. La idea es hacer partícipe a la gente como ciudadanía, pero también es la forma que los músicos tienen para manifestarse, quienes también somos parte de la ciudadanía. Cada uno está moviéndose desde su trinchera y se eligió el Requiem de Mozart porque es un canto para una ceremonia de difuntos y porque es una obra que se va repitiendo a través de la vida para los músicos clásicos. Muchos la han tocado y no hay forma de hacer ensayo en este caso, como sería en un concierto tradicional. Acá llegamos, tocamos y muchas veces no hay tarima para el coro, ni siquiera sillas y debemos tocar hora y media de pie. Sí hemos ido pidiendo cosas mínimas necesarias como que haya sombra. También nos han ayudado sonidistas, porque al principio no teníamos ni micrófonos. Hay gente que ha solidarizado desde lo que sabe para poder llevar este réquiem a las comunas.

-El réquiem de Mozart es una pieza clásica, una misa cargada de simbolismos ¿Cuál ha sido tu experiencia particular al interpretarla en días de manifestaciones y en Estado de emergencia?  

Pese a que todos conocemos la obra y la hemos cantado varias veces, ha sido muy impactante el darle este sentido de angustia por la muerte y por la tortura de los compatriotas en plena democracia. Algunos de nosotros, los que tenemos más de 40, vivimos la dictadura, entonces es angustiante volver a traer ese recuerdo que pensamos totalmente olvidado. Esta sensación de que si te manifiestas puedes terminar herido, desaparecido o muerto, toda esa angustia se plasma en la música. Se ve en los asistentes y en los colegas mientras tocan o cantan, se convierte en una comunión dentro del dolor, que es muy fuerte.

-La música docta tiende a estar reservada a espacios cerrados y algunos bastante elitistas ¿cómo ha sido la recepción de este público más popular?

Creo que la parte linda de esto ha sido el hacer comunidad con los colegas músicos y con la gente de las poblaciones. Hemos estado en Santiago Centro, Quilicura, Maipú, La Florida, Lo Hermida, La Legua y la recepción siempre es de mucho agradecimiento y muy sentida. No estamos celebrando la alegría de que llegó una orquesta a tocarnos algo bello, aunque de alguna forma si fue así, pero el fondo es mucho más duro. Ha sido una mezcla de emociones, igualmente la gente lo agradece muchísimo y para nosotros es un honor y un privilegio entrar en el centro de las comunidades, en sus plazas, sus canchas. Mucha gente de estas personas no habían visto nunca una orquesta ni habían escuchado en vivo un coro tan grande. Ha sido muy emotivo.

El primer Requiem por Chile reunió a cerca de 500 músicos en el frontis de la Iglesia de los Sacramentinos. Crédito de foto: Marco Montenegro.

-¿Crees que debiesen existir más políticas públicas que ayuden a hacer itinerar la música clásica?

El llevar nosotros la música debiera ser parte importante y vital de la misión del músico. Sería maravilloso que en un breve tiempo más haya fondos para que este gran coro y orquesta viaje a regiones y a más comunas. Sería maravilloso saber que existen los fondos para pagarle a los músicos y tener las condiciones óptimas de tarima, iluminación, techo para músicos y público. Nos hemos dado cuenta que todos nosotros como músicos clásicos queremos ir, queremos hacer música y cantar, tocar y compartir con la gente. Después de tocar siempre nos invitan a sus casas, a una olla común, eso es hacer comunidad. Pero claro, ahora se hace todo desde la motivación personal, desde la rabia, el dolor y la necesidad de manifestarse. Efectivamente las políticas públicas, de la mano con los fondos públicos, una vez más no han estado a la altura de la necesidad. Hay que decidir, pensar y crear cómo después que termine este movimiento, vamos a seguir llevando la música, porque es algo vital, la gente tiene que oír orquestas y coros en vivo, porque algo pasa, algo se remueve en todos nosotros, no solo el público. Las presentaciones las hemos terminado con canciones de música chilena y la gente también se hace partícipe. No hay esa formalidad de las salas de teatro, donde después de cada movimiento hay que mantener el silencio, por ejemplo. Esta es una manifestación y eso se dio naturalmente así, no hay nombre de la orquesta ni de los solistas, ni directores. Esta es una orquesta y coro de gente que vino a manifestarse.

-¿Qué lecciones les ha dejado el Requiem por Chile?

Esta experiencia nos ha marcado como músicos y ha evidenciado la necesidad y la importancia de que la música se acerque a las comunas. Las comunas lejanas al centro no tienen por lo general teatro, un buen piano, ni los espacios ni la costumbre de ir al concierto. Entonces, hay que fomentar de alguna manera la música. En este caso es una manifestación, nace desde una necesidad como músicos el acercarnos a las personas desde nuestro hacer, pero deben haber políticas públicas a cargo. Los fondos de la música ya no dan abasto, son muy pocos y cada año disminuyen, por ende van ganando proyectos que requieren mucha menos plata. Sabemos que llevar a 300 músicos a cualquier parte es muy caro, si cobramos lo que corresponde. Acá en Chile pasa algo bien impactante, en general los músicos clásicos bajan sus honorarios en enero y febrero, muchos colegas no están recibiendo sueldo dos meses y sin embargo, hay gasto de igual manera para ir a tocar. Es una necesidad real del público y de los músicos el poder acercarnos y terminar con el elitismo de la música clásica, pero para eso no solo necesitamos voluntad, porque ya está, se necesitan también políticas eficientes.

Los indios de Chile

Por Rodrigo Karmy

En El Fantasma de la sin razón, Armando Uribe Arce cuenta que: “Poco después del Golpe de Estado de 1973, el Presidente Frei Montalva, que lo fue hasta 1970, lo explicó así el 74 en Nueva York a un ex ministro suyo que era alto funcionario de Naciones Unidas: ‘Toda la historia de Chile consiste en evitar que los indios atraviesen el Bío Bío (…) con el gobierno de Allende y la Unidad Popular, los indios lo atravesaron; ¡por eso se produjo el Golpe!’. Naturalmente —prosigue Uribe— se trata de una metáfora; muy interesante porque el hijo de suizo señor Frei, calificaba así de indio al pueblo chileno que representaba el Presidente Allende y la izquierda (…)”.El comentario de Uribe expresa el anudamiento mítico sobre el que se juega el devenir histórico y político de Chile. La máquina mitológica de una oligarquía blanca e hispánica que despreció a los indios durante la colonia, no ha dejado de despreciar al pueblo en su fase republicana. Indio y pueblo yuxtapuestos en una intensidad irreductible que habita los bordes del orden y que, de vez en cuando, irrumpe en las superficies: la asonada popular —la indiada— que llevó a Allende al poder vuelve a emerger después de varios desgarros iniciados desde el “eslabón más débil” que se cristaliza en los estudiantes secundarios.

Los indios —toda esa potencia popular— están de regreso. “Indios”, ese nombre puesto por equívoco que se aferra a la “indi-gencia” en que vive un pueblo durante la República, da la medida para pensar esa irrupción tan infinita y múltiple como es la imaginación popular. Siendo equívoco, el término “indio” implica una exclusión del sistema de verdad, la “indi-gencia” del indio traza un lugar sin lugar que puebla los bordes del orden, sus fronteras, sus límites –tras el Bío Bío. La indi-gencia del indio, la indiada indi-gente no es más que porosidad en la que los muros se han disuelto y las identidades se intersectaron en la apuesta de un mundo común. La indi-gencia del mundo se abalanza contra su entera destrucción propiciada por la oligarquía financiera que hoy domina el planeta y que en Chile encuentra en su Constitución (la de 1980) el texto que legaliza su infinito saqueo.   

Para el 18 de octubre el error indio mostró la indi-gencia de la República al “atravesar el Bío Bío” y tomarse un país por más de un mes. La indiada se refugia en las calles, se parapeta en árboles frente al ojo policial, ataca y se fuga, abraza la ciudad como si fuera suya, no teme más que lo que festeja. Irrumpe en la singular “normalidad” de los poderosos y acampa en sus bordes para “despertar”. Porque la indiada no habita, sino  acampa. Ha llegado el momento de cognoscibilidad donde los “abusos” parciales contra los que se opuso con fuerza, se anudan en la imagen de un sistema completo: el pueblo quiere la caída del régimen —gritan desde el mundo árabe; todo el pueblo quiere un nuevo régimen, claman desde las “grandes alamedas” que otra vez abiertas en medio del país.

“La asonada popular —la indiada— que llevó a Allende al poder vuelve a emerger después de varios desgarros iniciados desde el ‘eslabón más débil’ que se cristaliza en los estudiantes secundarios”

La indiada recorrió las calles, expuso su vida a la violencia de militares y policías que defendían la “frontera” y, en el instante en que sus representantes del Congreso suscribieron el “Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución”, el primer significante obliterado fue el de “asamblea constituyente”, que fue imperceptiblemente sustituido por el de “convención constitucional” (o mixta, en caso que así lo dirima el plebiscito). Recordemos que la indiada de Chile ha expresado que la “asamblea constituyente” sería el lugar en el que el intelecto común puede cristalizar una forma precisa de deliberación política. La indiada es apabullante potencia de un deseo sin dirección ni liderazgo que, sin embargo, ha destituido al orden de las cosas. Porque, en tanto cristalización del intelecto común, el pueblo quiere sentarse en el vacío dejado por parlamentarios y gobierno. Pero no para investirse de su autoridad oligárquica y reproducir la soberanía que él mismo ha destituido, sino para abrazar una “democracia popular” que no habrá que entenderse  por un específico “régimen” de gobierno, sino por una “potencia igualitaria” capaz de destituir el ensamble militar-empresarial sobre el que se ha fundado el pacto oligárquico de Chile.

Crédito: Fabián Rivas

Que los parlamentarios de turno —por presión del capital financiero y presunta digitación expresa de Washington— hayan sustituido el significante “asamblea” por el de “convención” no puede ser algo casual. Ante todo, los juristas se han apresurado a subrayar que el asunto de nombres no importa porque, en el fondo, el dispositivo será el mismo. ¿Será el mismo? Y si es el mismo, ¿entonces por qué no recurrir al término “asamblea constituyente”? La sustitución de “asamblea” por “convención” es una operación que sustituye el vocabulario popular por el de la oligarquía en su versión parlamentaria, obliterando la posibilidad de un simple “agenciamiento” que emerge desde la propia potencia popular, en favor de la “aristocratización” promovida por el paradigma parlamentario. En ese plexo, el “acuerdo” se erige desde una primera derrota popular, pero, a la vez, nos abre a un segundo tiempo por disputar.

Sin política no habrá disputa y hoy, más que nunca, a pesar de todo, la indiada nuevamente tendrá que asaltar los elegantes palacios y abrir su lugar en la futura Carta Fundamental. Porque la indiada ha ganado demasiado para bajar los brazos frente al “acuerdo” y dejarle el nuevo artefacto a los de siempre: más bien, no tendrá que restarse ni sumarse, sino que tendrá que actuar políticamente para transformarlo. A pesar de que el Estado la sigue acribillando y hace pasar todo como si la violencia sistemática ejecutada por militares y policía hubieran sido “hechos aislados”, todos sabemos que se trata de una política que, permeada del mito colonial, pretende que la indiada retroceda de las calles y vuelva al Bio Bío. Pero, como se ha visto, ella no volverá, sino que ingresará a las calles para destituir lo que sea necesario del nuevo artefacto (el “acuerdo”) y no renunciar a su imaginación popular. Su disputa ya ha comenzado desde el instante en que después del anuncio del “acuerdo” el pueblo se ha volcado a las calles.

“Sin política no habrá disputa y hoy, más que nunca, a pesar de todo, la indiada nuevamente tendrá que asaltar los elegantes palacios y abrir su lugar en la futura Carta Fundamental”

Los indios de Chile no descansarán. La presencia simultánea de banderas mapuche y chilena en las marchas expresa la intempestividad de la potencia popular. La indiada es el punto de intersección entre ambas banderas, el lugar sin lugar en que acampa el sitio baldío, más allá de toda representación. Porque la indiada no es más que el sobrante –el resto- del pacto oligárquico de Chile, aquel que se ha restituido demasiadas veces (1833-1925-1980) y que no ha consistido más que en el atrincheramiento de una oligarquía en desmedro del indio. Este sigue siendo el “error” al orden y la “indi-gencia” que no se quiere ver. Pero la indiada popular —esa multitud acéfala— se levanta y aterra a su oligarquía, deviene monstruosidad inmanente a la República, la sombra que puede ser calificada de “alienígena”: de otro mundo, de otra lengua, de otra frontera.

La indiada deviene inactual consigo misma y, por esa misma intensidad, no puede sino temblar intempestiva. Por eso, no da lo mismo “asamblea” que “convención”: si esta última se deja regular por el régimen de representación parlamentaria, dejando de lado el vocabulario popular, reproducirá en un “segundo tiempo” la expulsión de la indiada y terminará haciendo de la nueva Constitución una nueva frontera del pacto oligárquico de Chile. Sin embargo, los indios de Chile están aquí para disputar esos dispositivos y actuar políticamente frente a la posibilidad de una nueva injusticia.

Elvira Hernández: “Lo único que puede calmar algo es la justicia”

Considerada una de las voces más relevantes de la poesía latinoamericana contemporánea, la autora de La bandera de Chile, libro paradigmático de la dictadura, reflexiona sobre la actual crisis social, sus causas y actores; defiende la necesidad de una Constitución plurinacional y evidencia la labor del escritor en estos tiempos convulsos: “Hoy es importante la escritura de registro, la escritura impresionista, que funcionan como diversas codificaciones de lo que está ocurriendo. Sobre todo es esencial reivindicar la libertad de expresión”, afirma.

Por Victoria Ramírez

La semana pasada, en el frontis de la Biblioteca Nacional se instaló un lienzo que declaraba “La poesía está en la calle”. Esa simple frase que remitía a la creatividad callejera llegó a oídos de la poeta Elvira Hernández, que como muchos, ha visto los muros de Santiago y otras ciudades de Chile llenarse de consignas. “Esa escritura es el derrame de emociones que arrojó la revuelta social”, me dice al reunirnos en la terraza de un café en un día caluroso, caldeado, acorde al ánimo del último mes.

Como una coincidencia curiosa, me muestra un ejemplar de su libro Santiago Waria (1992) en su versión cartonera, que además contiene el poema “Santiago Rabia”, escrito en 2016, en memoria de la escritora chilena Guadalupe Santa Cruz. Allí, cubiertas por papel corrugado, se reúnen múltiples versiones de Santiago, como un poema largo, agónico, una zona de combate. “Tanta cerrazón me digo tanto esmog tanto solvente/ tanta lacrimógena/ no hay donde poner pie”.

“Tenemos que buscar un lenguaje para todos, porque una Carta Fundamental es eso. La sociedad tiene muchas necesidades, incluso contrapuestas, pero la palabra tiene que hacer evidente que hay ciertos intereses que nos deben pertenecer a todos”

Nacida en Lebu en 1951, Elvira Hernández —seudónimo de María Teresa Adriasola— es una de las poetas fundamentales de la poesía latinoamericana contemporánea, con una carrera realizada a pulso y una escritura “hecha en el ocultamiento”, como dice en su ensayo Sobre la incomodidad, parte del libro homónimo lanzado este año por Ediciones UDP, y en elque rescata parte de sus apuntes, entre ellos algunos referidos al descontento del Chile de las últimas décadas. En 2018 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Jorge Teillier y el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, reconocimientos que además se materializarán en dos libros que pronto serán publicados. Sumado a eso, fue reconocida con el Premio del Círculo de Críticos de Arte de Chile por Pájaros desde mi ventana (2018), título que se suma a una lista que incluye ¡Arre! Halley ¡Arre! (1986), Carta de viaje (1989), El orden de los días (1991), Cuaderno de deportes (2010), Actas Urbe (2013) y la antología Los trabajos y los días (2016), en el que se recopiló gran parte de su trabajo.

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La escritura de Elvira Hernández tiene una relación íntima con la memoria. Piensa sus textos casi íntegramente antes de pasarlos al papel. Y es en ese “casi” donde quedan espacios en blanco, que completa tiempo después, cuando encuentra la pieza que falta para armar el cuadro. Comenzó a escribir en su juventud, mientras estudiaba Filosofía en el Instituto Pedagógico, en pleno gobierno de la Unidad Popular.

A seis semanas de iniciado el estallido social, Elvira Hernández prefiere no hablar de su obra en esta entrevista y prioriza centrarse en la crisis actual. Estará rondando, sin embargo, La bandera de Chile (1981), ese libro paradigmático de la dictadura que circuló mecanografiado en la clandestinidad, que fue publicado por primera vez en Buenos Aires en 1991 y que recién apareció en Chile en 2010 a través de Editorial Cuneta. Su historia carga también con el hecho de que fue escrito tras la detención de la poeta en el Cuartel Borgoño, en 1979. Es un texto contingente, que incluso hoy en las manifestaciones ha tenido su espejo en algunas pancartas: “La bandera de Chile es usada de mordaza/ y por eso seguramente por eso/ nadie dice nada”.

Yo tenía una escritura secreta que nunca pude compartir en un grupo de discusión literario, porque el país se polarizó de tal manera que, aunque era para mí algo central, la desarrollé en solitario. No había tiempo, vivíamos casi sin dormir, en permanente alerta. En dictadura tampoco pude llegar a tener un período de formación como el que un escritor desea. Una dictadura te crea barreras poderosas que parten por la censura y tiene una incidencia muy fuerte en el lenguaje de un pueblo. Eso fue para mí gravitante. Lo que había escrito lo boté, porque no servía para nada. Entonces fue como empezar a alfabetizarme de nuevo, porque todo había perdido significado. En ese momento, la resistencia de la escritura consistió en no dejar avasallar la conciencia y no perder la memoria.

Pensando en la censura y la relación con el silencio que existió en dictadura, ¿qué lugar crees que tiene hoy el silencio en una democracia que hemos visto, de alguna forma, quebrada?

Hay que analizar muy finamente nuestro período posdictatorial, donde se habló de la recuperación de la democracia. Una de las causas de que esto explote es porque se llega a la conclusión de que esta recuperación ha sido una formalidad. Ha habido una falta de democratización y eso se sintió, porque hubo mucho encubrimiento. El desarrollo cultural de este período también tiene implicancias importantes: la entrada a un mundo que yo desconozco, que es el virtual y que ha jugado un rol fundamental. Creo que ha sido el hilo del movimiento, de estas manifestaciones de atroz descontento.  

Así como internet ha sido clave para la comunicación entre los manifestantes, se ha visibilizado a aquellos que están en la primera línea, arriesgando su integridad física. ¿Cómo observas la organización que ha existido en estas semanas de movilizaciones tras el 18 de octubre?

No solamente en las manifestaciones, también en las poblaciones. En todos los estallidos sociales los que le ponen el pecho a las balas son siempre los que están dispuestos a dar todo y por lo general no suelen recibir nada. Quien se pone en la primera línea es alguien que está dispuesto a entregar su vida. Pienso que esta es una sociedad que tiene que entrar en diálogo. Lo que ocurrió durante la primera semana no puede seguir ocurriendo durante cinco meses. Estoy en contra de lo que siento es el espíritu de esta época: la desintegración. Si no estuviera relacionada con la palabra quizás estaría pensando en otra cosa, pero como estoy acá y la palabra siempre es dialógica, tomo distancia.


En tiempos como estos suele hablarse de la responsabilidad del escritor bajo la idea del “sujeto público”. ¿Cuál debiese ser, a tu juicio, la labor de las escritoras y escritores en la actual crisis?

Creo que tenemos que ser más ciudadanos que nadie. Es un gran momento, en el sentido de que tenemos que buscar un lenguaje para todos, porque una Carta Fundamental es eso. La sociedad tiene muchas necesidades, incluso contrapuestas, pero la palabra tiene que hacer evidente que hay ciertos intereses que nos deben pertenecer a todos y otros que son demasiado individuales para que los carguemos.

¿Crees que el movimiento social que estamos viviendo podría afectar una escritura “política” a futuro?

Creo que es imposible pasar de largo. Para mi generación la escritura es algo que emana de un inconsciente y es oscuro. No se puede gobernar. Al momento de la escritura el inconsciente tiene que hablar y sabe de nuestras barbaries, imposturas, renuncias morales, claudicaciones políticas. Uno racionalmente puede ahogarlo. A veces vemos escrituras que son planas, porque son muy voluntarias. Han querido llevar una tesis. Hoy es importante la escritura de registro, la escritura impresionista, que son diversas codificaciones de lo que está ocurriendo. Sobre todo es esencial reivindicar la libertad de expresión.

En tu ensayo “Este país” (2009) te refieres al olvido de la identidad indígena en Chile y das cuenta del reclamo de autonomía en Wallmapu. Algo que ha llamado la atención en este estallido es que se han levantado banderas mapuche como símbolo de resistencia. ¿Crees que el proceso que se inicia en abril pudiese dar oportunidad a generar una Constitución plurinacional?

Creo que esta es la última oportunidad de reconocer ese fundamento que son los pueblos precolombinos. Esa sabiduría no-occidental puede llegar a salvarnos de la hecatombe de una economía extractiva que significa arrasar la naturaleza. En cuanto al pueblo mapuche, que ha avanzado muchísimo en organización política y cultural, que habla ya de territorialidad y autonomía, es necesario ir a un diálogo más profundo y hacer, por fin, de Chile un país plurinacional con participación activa mapuche.

“Creo que (una nueva Constitución) es la última oportunidad de reconocer ese fundamento que son los pueblos precolombinos. Esa sabiduría no-occidental puede llegar a salvarnos de la hecatombe de una economía extractiva que significa arrasar la naturaleza”

En octubre estuviste en el Festival Panza de Oro, Bolivia. Actualmente ese país atraviesa un proceso complejo tras el golpe de Estado al gobierno de Evo Morales. En Colombia actualmente tienen toque de queda. ¿Cómo observas el clima de descontento con los gobiernos latinoamericanos?

Bueno, hemos vivido todo este tiempo bajo el yugo del neoliberalismo. Es un modelo que sencillamente estalló, porque ya no puede seguir sometiendo más a las sociedades. Ayer vi un rayado que me puso la carne de gallina, con pintura roja decía «Cóndor» y me remitió al Plan Cóndor. Bolivia es un pueblo que tiene más experiencia política que el nuestro. Cuando estuve allá un chico me dijo «Has conocido Bolivia antes de». Para ellos no era ninguna sorpresa lo que iba a ocurrir, pero tenían la angustia de ver que nuevamente esa sociedad se les iba a desarmar. Saben lo que significa. Nuestra Latinoamérica está en un momento de mucho hervor y es vital poder encontrar salidas que pongan justicia. Lo único que puede calmar algo es la justicia.

Aquí, Chile: literatura neoliberal y literatura post estallido

Por Patricia Espinosa H.

Complejo resulta mirar nuestra literatura si asumimos hablar desde el interior del estallido social. Sin embargo, los signos estaban ahí evidenciando por medio de gritos o susurros las múltiples grietas y fracturas que iban opacando la brillante y monocorde atmósfera de progreso que pretendía ocultar la tragedia de vivir en el país más neoliberal del mundo. Porque desde siempre el espacio propio de la buena literatura ha sido la grieta: habitar una grieta, provocar una nueva, ignorarla, incluso rechazarla. Por eso, si la literatura decide habitar en la árida superficie que sirve de escenario para el despliegue del poder, no logrará sobrevivir.

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Durante la dictadura, la literatura nacional, realizada tanto al interior del país como en el exterior, tuvo como eje, precisamente, la dictadura. Todo texto de poesía y narrativa se orientó a la confrontación y denuncia del orden represor de manera alegórica o realista. La torsión hacia la estética neoliberal viene después, con la llegada de la democracia pactada con el poder militar y empresarial y tiene como momento fundante la década de los 90. La estética neoliberal impuso y sigue imponiendo el predominio de una voz, ya sea narrativa o lírica, privatizada, es decir ensimismada, concentrada en su individualidad e intimidad. El otro, la otredad, no aparece más que como parte de la escenografía que rodea el itinerario agónico del narrador o personaje principal. La subjetividad, por tanto, se empequeñece al punto de su cosificación, sometida a una continua anestética o pérdida de la sensibilidad, en este caso para percibir la existencia del otro o la otra; además, la memoria se debilita, se hace pequeña, insignificante, salvo para el drama familiar o sentimental. Obviamente, cualquier proyecto colectivo está ausente, ya que el sujeto ve en la alteridad un escollo para el logro de sus objetivos. Incluso la ciudad pasa a ser un territorio amenazante (que interrumpe el desplazamiento del narciso) o un espacio ridículamente idealizado, sanitizado, donde el sujeto puede armar su ruta personal no afecta a interrupciones. La ausencia de diversidad de sujetos, en consecuencia, se vuelve fundamental. Una voz predomina, la burguesa, es decir, con sus necesidades materiales más o menos resueltas. Los y las otras o no aparecen o quedan en un segundo o tercer plano. Sujeto popular, migrantes, pueblos originarios, trabajadores explotados, enfermos sin atención y ancianos empobrecidos. Pero la estética neoliberal no se detiene ahí, porque abarca también las expectativas de un sujeto que ya no tiene el refugio de una utopía, por lo tanto, sólo le queda un desencanto no trágico, algunas veces cínico, otras simplemente indiferente. Por todo esto resulta obvia la ausencia de cuestionamiento a la explotación laboral y al sistema de castas: los personajes se mueven en un orden social naturalizado. Esto implica que la literatura se retraiga sobre sí misma, orientándose a historias mínimas, sucesos cotidianos, donde los narradores, y también muchos poetas, han dejado de lado todo, salvo el yo y su despliegue incesante.

Crédito: Alejandra Fuenzalida

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La literatura chilena, a partir del 90, se produce bajo el predominio de las lógicas neoliberales, expresadas bajo la forma de la mercantilización de la cultura. En este sentido, si tomamos en cuenta lo dicho por Harvey: “No cabe duda de que la neoliberalización ha hecho retroceder los límites de lo no mercantilizable” (Madrid: Akal, 2007, p. 182) podemos preguntarnos acerca de los efectos que la mercantilización ha tenido sobre la narrativa publicada desde 1990 hasta la actualidad (2019). Las presiones mercantilizadoras sobre las producciones ficcionales se advierten al interior de los propios textos, así como en su lugar dentro de la crítica y el mercado.

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Una vez reinstaurada la democracia, la literatura dio un giro radical. Pienso en los 90 y la emergencia de la Nueva Narrativa y su adscripción a la promesa neoliberal: la globalización de la literatura. Entiendo esto último como la negación de todo signo de identificación territorial, en última instancia la negación de un contexto latinoamericano, el uso de un español neutro, facilitador para el lector mundial y las posibles traducciones, la cita de alta cultura y la exclusión total de toda problemática social.

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Más acá de los 90, mucha literatura neoliberalizada se ha publicado y se sigue publicando. Que la literatura mostró la crisis antes del estallido, sí, pero no toda. No puede haber aquí una defensa corporativa, gremial, que intente dejar a la literatura como un oasis de crítica, sospecha o denuncia constante. No, porque mucha narrativa ha acompañado a los discursos oficiales, plegándose acríticamente a la naturalización del modelo. Sólo basta pensar en todos esos relatos sin anclajes, con ausencia o débiles referencias a todo aquello que pueda sonar a latinoamericano y que se ofrece desde una neutralidad globalizada. Sólo ese aspecto nos habla de un sujeto/a sumiso, desmovilizado, inhabilitado para ejercer presión o intentar cambiar su estado de desesperanza.

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La ficción atada a la representación de lo real deviene de una episteme, la neoliberal, que acosa al sujeto/a, que no le da tregua, cuyo fin es su destrucción o la obediencia del sometido/a al manual neoliberal. Ante esto surge la mayor parte de las veces de manera incipiente y en otras de manera radical, una estética de la derrota, y es precisamente esta derrota la que prefigura el estallido social. Sin embargo, hay un aspecto importante que la literatura prácticamente no vio, no fue capaz: el entusiasmo, la confianza colectiva en que quizás esta sea la vez en que la infame ruleta del poder escuche las demandas del pueblo. Presenciamos la sorprendente y hasta alegre reinstalación de la utopía contra la cual los partidos políticos y su corruptela connatural ya están complotando para convertirla en anuncios de campaña que les permitan refundar su deslegitimado poder.

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Tal como plantea la posmodernidad, la estética neoliberal incluye también la falta de verdades absolutas y la fragmentación del sujeto. Pero es precisamente por ahí por donde se comienza a filtrar un excedente antihegemónico, me refiero con esto a indicios de torsión a la lógica neoliberal. En las narrativas de mujeres y homosexuales y en las de la memoria, los gestos antihegemónicos dejan de ser indicios de subversión y pasan a formar parte de su contenido fundamental. Sin embargo, es necesario hacer una salvedad, la literatura homosexual masculina burguesa emerge como una tendencia ya no marginal, sino visible y, por lo general, como un dispositivo orientado a realzar poder y clase, deslizándose hacia una banalidad autocelebratoria y una sexualidad convertida en objeto de consumo.

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Hubo que esperar hasta los 2000, fecha en que se conmemoraron los cuarenta años del golpe militar, para que nuestra narrativa diera un giro hacia la historia. La publicación de posmemorias ha significado la vuelta hacia una ficción que se nutre de no ficciones y que retoma la dictadura desde el punto de vista de los hijos. El lenguaje deja su transparencia, su consumo facilista, que se había hecho habitual, para poner en jaque la épica de los 70 y cobrar cuentas a la generación de los padres. Esta escritura sí manifiesta un explícito descontento, falta de expectativas, ausencia de proyecto y mucho resentimiento. La posmemoria corre en paralelo al surgimiento de la autoficción. Un tipo de narrativa en la cual confluye la ficción con la biografía del autor/a, donde se elimina la acción, los acontecimientos se limitan a lo cotidiano, intrascendente, y el tiempo parece detenido. Mucho yo, mucho individualismo, pero también soledad, tristeza, nuevamente mundos burgueses apresados por una lógica del consumo ligado a las relaciones afectivas. El tiempo en estas narraciones se ha condensado, los periodos son breves, no hay pasado ni futuro, sólo un presente continuo, interrumpido por crisis de sujeto/a, que alteran los ritmos de vida sin que esto signifique dramatismo o tragedia. Es más, todo lo trágico termina por diluirse en pos de la sobrevivencia automatizada de los personajes o del llamado darwinismo neoliberal.

Crédito: Felipe PoGa

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La autoficción se ha vuelto una moda o tendencia que fácilmente se podría rechazar en bloque por sus innegables parentescos con la lógica neoliberal, sin embargo, me parece necesario hurgar un poco más en ella. Se trata de una escritura sobre una intimidad en crisis, despojada de todo, donde lo único que queda en pie es el sí mismo/a. Sin épica resulta natural la introyección del sujeto/a, el privilegio de situaciones domésticas que dan cuenta del vaciamiento de expectativas, de la impotencia de no poseer algo más que al propio yo; son escrituras del después de la derrota, del momento en que surge un estado de tregua, donde sólo queda vivir en el pequeño territorio asignado y, en ciertas ocasiones, asumir cierto cinismo o ironía.

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Las escrituras de mujeres desde el 90 en adelante manifiestan mayoritariamente un giro radical. Advierto, acá, un territorio de escrituras orientadas a privilegiar a la mujer en su dimensión política. Sin edades que marquen generaciones, las escritoras abandonan los lenguajes sutiles, las retóricas oblicuas tan bien recibidas por nuestro macho campo literario, para poner en escena las operaciones patriarcales y su pedagogía orientada a subordinar a la mujer. La escritura de mujeres en sí misma se está convirtiendo en una revolución del lenguaje, amarrada a la exigencia de cambio social, donde se enfatiza la presencia de cuerpo, la diferencia de género, el abuso y la memoria como un lugar fundamental para la deconstrucción del sujeto mujer.

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La crisis tiene una presencia constante en nuestra literatura, incluso en la plenamente neoliberalizada, y no implica necesariamente una energía contrahegemónica. Aun cuando sea de Perogrullo, reiteraré que no hay literatura sin crisis y que, por tanto, si de literatura y crisis se trata, es casi imposible encontrar un texto donde se haya eliminado la crisis. He intentado derivar a un tipo particular de crisis, aquella ligada al estallido social que estamos viviendo. Pero esto no puede implicar la elaboración inoportuna, dado el contexto y este espacio, de listas con autores y autoras que hayan vaticinado la revuelta social o, en su contrario, autoras y autores que se hayan plegado al discurso hegemónico. Por supuesto que hay nombres que son más que evidentes y que ya he mencionado en otros lugares, porque son claramente una interrupción violenta en el curso del orden neoliberal o su afirmación tajante. Pero si hay algo que el estallido ha mostrado es que las chilenas y los chilenos sí leíamos y sí podíamos expresarnos. Durante años se construyó una mitología que relegaba a gran parte de la población a un estado de barbarie no lectora y por lo tanto incapacitada del derecho a hablar, esclava sumisa de la televisión y los medios. Pero entre todo lo que comenzó a arder desde el 18 de octubre también se arrojaron al fuego las ansias monologantes de las elites, el monopolio de la palabra y del discurso, sus límites, cánones y escalafones. Es difícil creer que todo eso se calcinó y quedó reducido a cenizas, más cuerdo sería pensar que apenas se chamuscó porque son estructuras viejas y poderosas, resistentes, pero aun así deberían provocarse cambios importantes. Por eso, más que celebrar los poderes predictivos de la literatura deberíamos preguntarnos de qué lado queremos que esté la literatura que viene.

Lina Meruane: Ojos abiertos

…que se sepa que en Chile nos estarán robando los ojos más no la VOZ!

Por Lina Meruane

I. Afuera preguntan qué está pasando en Chile y ha habido tantas respuestas sucesivas. 30 pesos y 30 años de descontento y 47 años seguidos de dicta-dura y dicta-blanda y de una democracia fundada en principios dictatoriales. Afuera preguntan y la respuesta va cambiando porque no se trata sólo del pasado materializado en las protestas del presente sino de la impaciencia por los años de descontento y desconfianza por delante de nosotros si las demandas de la calle no se resuelven. Si las manifestaciones no acaban por derrocar las bases del sistema abusivo que la dictadura nos implantó.

II. Afuera cuesta vislumbrar lo que la gente ha esperado, lo que ha aguantado, los sistemáticos atropellos; cuesta ver que la gente cumplió en silencio, que se levantó temprano para llegar a tiempo al trabajo, que trabajó duro, que sumó horas extra, que pagó sus impuestos mientras veía que otros que ganaban más evadían los suyos; cuesta ver que la gente se endeudó para educar a sus hijos, que los endeudados siguen pagando a plazos imposibles, que los chilenos-de-adentro viven para pagar y que de pronto comprenden que nunca terminarán de hacerlo, que envejecerán en la miseria, que se suicidarán desasistidos en sus casas porque no les alcanza ni para comer. Eso no se percibe afuera, ese no tener ya nada que perder.

III. Es el sistema lo que debe cambiar: caer con sus presidentes y sus fuerzas de orden y su tropa de empresarios evasores. El sistema debe caer con los privilegios que protege. Pero afuera cuesta entenderlo porque es allá donde nuestros presidentes han vendido unas cifras de éxitos extraordinarios sin revelar las cifras de nuestra extraordinaria desigualdad.

IV. Mentir por omisión, nos decían en casa, es igualmente mentir; si nos pillaban mintiendo nos castigaban.

V. Mentir es otra manera de censurar la información, de cegarla.

VI. En mis años escolares, que fueron los años de la dictadura, se acusaba al Mercurio de mentir y era cierto que ese diario mentía. El Mercurio ocultaba información o la distorsionaba. El Mercurio fabricaba hechos convenientes para la propaganda del gobierno golpista. Vemos ahora con toda claridad, porque hay más medios, más voces, porque hay cámaras por todas partes, lo que hoy ocultan ese y otros medios comandados por empresarios comprometidos con un sistema que les asegura sus privilegios. Sobre los muros la gente ha hecho crecer la nariz azul de Mercurio, el mitológico mensajero de los dioses.

VI. Quiero responder a quienes me preguntan por Chile pero ese primer día es confuso. Esos sospechosos incendios simultáneos, esos saqueos de supuestos delincuentes bajo las órdenes de la izquierda chilena, cubana o venezolana. La televisión suprime las imágenes de la violencia ejercida por tropas armadas, escudadas tras paneles, sus cuerpos en chalecos antibalas, sus rostros protegidos por cascos, tropas militares y policiales entrenadas para aplacar a miles de ciudadanos que aparecen en las calles por su propia voluntad para reclamar lo que les han robado. Sé, porque fui periodista, porque trabajé en esos medios productores de mentira, que hay una sobreproducción de noticias falsas difíciles de contrarrestar con las verdaderas. Porque la situación es compleja recurro a medios alternativos y a la prensa extranjera para complementar, y voy siguiendo a personas conocidas y desconocidas en sus recorridos, intentando, con ellos, descifrar qué es lo que ocurre en nuestras calles.

VIII.. La miopía que me impone la distancia no se condice con la celeridad de las noticias.

IX. No se condice con la ira y la incertidumbre, el asombro, la admiración, la angustia que me produce leer los carteles desplegados por las avenidas. Los rayados con sus quejas y peticiones: el sistema de pensiones y la salud, la educación, la constitución, la violencia desatada. es tanta la wea que no se que poner, confiesa alguien en su pancarta. Es tanto, tan repentino, tan veloz lo que sucede, que me quedo sin palabras.

X. No responder sino aullar: ¡Sacaron a los militares a la calle! ¡Nos están disparando!, digo como si yo misma estuviera ahí, entre la gente, apenas dos días después. ¡Nos declararon la guerra!, exclamo y escribo, ¡la guerra conchasumare! Como si no hubiéramos estado viviendo una larga guerra encubierta. Una guerra de baja intensidad (que para los mapuche ha sido, por siglos, de tan alto voltaje). El presidente ha pronunciado la guerra con todas sus letras, la ha hecho manifiesta.

XI. “Estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada ni a nadie, que está dispuesto a usar la violencia”. Los militares se enfrentan a un pueblo armado con piedras, los más exaltados, pero sobre todo con los históricos utensilios de la protesta: cacerolas y cucharas de palo, tal vez un tenedor.

XII. Esa declaración ha consistido en echarle leña al fuego del descontento que arde hace semanas por todo el país. Un descontento que nadie veía mientras se cocinaba por años en esas mismas ollas.

XIII. Explicar en tantas palabras lo que un cartel tirado en la calle resume en una línea ingeniosa: el huevo se veía bonito por fuera pero por dentro estaba podrido.

XIV. Esto nadie me lo pregunta pero esa frase me remite a los huevos que tirábamos en el colegio en los supuestos finales de la dictadura. Cuando nos prometieron que la alegría ya venía. Cuando parecía que las cosas iban a cambiar. Cuando no sabíamos qué esperar, porque en ese colegio privado nadie tenía de qué preocuparse. Sólo el rector se preocupaba por la imagen de su prestigiosa institución: nos correteaba exigiendo que regresáramos a las aulas porque si no nos iba a castigar. ¿Castigar? Cientos de huevos frescos reventando sobre el pavimento.

XV. Qué podían importarnos sus amenazas. No era a nosotros a quienes el sistema iba a reventar.

XVI. En estos días convulsos he dicho afuera que a los chilenos nos están reventando los ojos con balines disparados a la cara en vez de a las piernas, donde no provocarían un daño tan feroz, tan irreversible. Es a la cara donde apuntan sus armas. Dos centenares de ojos rotos que no volverán a ver. Dos centenares de jóvenes tuertos y uno que en plena movilización fue baleado a corta distancia en ambos ojos.

Crédito: Lina Meruane

XVII. “Regalé mis ojos para que la gente despierte” es lo que dijo ese joven cegado por la policía. “Por favor sigan luchando”. Eso nos mandó a decir desde la clínica.

XVIII. De cuando exigir justicia cuesta un ojo de la cara. De cuando manifestarse cuesta dos. Alguien debe pagar por todos esos ojos.

XIX. Acostumbrado a deslumbrar, ahora el país rompe el récord mundial de daños oculares en enfrentamientos. Al presidente y a la prensa sólo parecen importarle las pérdidas materiales y las cancelaciones de reuniones internacionales donde planeaba seducir al mundo con un oasis que creía suyo.

XX. devuélvenos los ojos, le exige al presidente un cartel de ojos ensangrentados. Hay tantas cosas que nos han robado.

XXI. ¿No se había retractado el presidente de su guerra declarada? ¿No había quitado a los milicos de las calles? Yo titubeo afuera donde me preguntan, yo asiento apenas y aclaro que quitó a los soldados pero delegó la violencia en los pacos. Digo los pacos o los policías o los carabineros que son una institución sin líderes respetables, una institución decadente y corrupta, atravesada por la deshonra y la cocaína. Una institución podrida que reúne el repudio ciudadano.

XXII. Entre las miles de frases que se escriben y se vocean por las calles, «pacos qliaos» debe ser la más repetida. Porque si los primeros lemas denunciaban los 30 pesos y los 30 años de lenta violencia económica, ahora los carteles denuncian los veintitantos muertos, los dos mil y tantos heridos en hospitales, los más de doscientos casos de graves lesiones oculares.

XXIII. El respeto de la calle es para un quiltro emblemático: desde hace mucho circulan las pintadas que conmemoran a ese perro negro de pañuelo al cuello que en las protestas estudiantiles de la pasada década atacaba a los miembros de la policía. Ya muerto de viejo, sigue vivo en carteles y murales el llamado Matapacos que nunca mató a nadie.

XXIV. ¿Cómo podría ser esto una guerra cuando los heridos son los civiles?

XXV. Sí, sí, digo con creciente impaciencia afuera. El gobierno se vio forzado a llamar a los milicos de vuelta a sus cuarteles pero entregó su guerra sin cuartel a la policía que opera alentada por una prometida impunidad.

XXVI. Circula un audio en el que el Director de Carabineros promete a los suyos “todo el apoyo y todo el respaldo” y agrega que aunque se le obligue “no dará a nadie de baja por procedimiento policial. Todo el respaldo”, repite como si no hubiera dicho lo mismo dos veces antes, “dentro del ámbito legal”. Se escuchan aplausos, se escuchan vítores. La institución confirma la veracidad de esa declaración, insistiendo en el marco legal por el cual se rige.

XXVII. ¿Es apropiado dentro de un marco legal atacar cuando no es en defensa propia? ¿Disparar balines a los ojos? ¿Disparar armas de fuego al cuerpo ciudadano? ¿Torturar? ¿Violar en comisarías? ¿Meter una luma por una vagina? ¿Toquetear y desnudar mujeres? ¿Detener y agredir a menores de edad? ¿Es ese encarnizamiento lo que el Director de Carabineros llama respetar el procedimiento policial?

XXVIII. Todas esas preguntas son retóricas. Mientras tanto, el gobierno intenta en vano que la gente deje de protestar a golpe de perdigones.

XXIX. El presidente declara por esos mismos días que mandará leyes al Congreso para fortalecer a las fuerzas policiales, a los fiscales, a los equipos ministeriales para que interpongan sus propias querellas criminales contra la calle. Anuncia un aumento de las sanciones contra quienes arman barricadas, contra los encapuchados, contra quienes “propician el desorden público”. Leyes que aumentan la seguridad ciudadana. Leyes que el Congreso se negó a aprobar en el pasado. Esto me obliga a explicar afuera que no se trata de asegurar los bienes públicos de todos los ciudadanos sino de violar los derechos humanos de los mismos, y que las formulaciones de estas leyes de seguridad, las vigentes y las por venir, dejan lugar a aún mayor desproporción en la violencia usada contra una ciudadanía en su legítimo derecho a manifestarse.

XXX. Ahora se descubre que los balines no son de goma, como se nos decía. No rebotan sino penetran. Un estudio exigido por médicos que extrajeron esos balines de tantos ojos rotos revela que sólo un 20% es caucho mientras el restante 80% es un compuesto de metales duros y tóxicos. Sílice. Sulfato de bario. Plomo.

XXXI. Más parecido a una piedra, señala el estudio de una respetada universidad chilena. Más a una piedra que a un huevo duro.

XXXII. Algo huele a podrido en Dinamarca, sugiere un personaje secundario en la tragedia shakespeareana. “Es olor a lacrimógena nomás”, responde la calle que corre entre tanquetas con los ojos cegados de gas y la cara cubierta con un trapo.

XXXIII. Algo olía mal desde hacía tanto tiempo que acabamos por acostumbrarnos. Pero la podredumbre era tanta. Provenía del palacio presidencial donde un gobierno dizque democrático se negaba a representar los intereses de su ciudadanía, a escuchar sus quejas, a negociar con ella sus demandas. “Es hedor a privilegio nomas”, murmura la calle alzando su spray y sus pancartas.

XXXIV. Ya los griegos lo habían advertido: hasta el mejor intencionado de los reyes deja de percibir lo que está pasando a su alrededor y encandilado por su poder asesina a su padre y comete incesto con su madre; cuando por fin vislumbra lo que ha hecho se quita los ojos para hacer literal su trágica ceguera. Pero esta no es una tragedia griega con reyes consecuentes. La ceguera de este presidente es de otra clase. Es una ceguera de clase alta. Una ceguera elegida para no tener que renunciar a sus prerrogativas. Una ceguera apenas metafórica: ni el presidente ni sus ministros ni sus partidarios se quitarán los ojos. Esta tragedia de avaricia no es griega sino chilena y va avivada por un coro citadino que exige que el presidente renuncie y pague por sus crímenes.

XXXV. Renunciar para el presidente sería como sacarse los ojos.

XXXVI. Así se escribe esta trágica historia: en un país de políticos ciegos sólo el ciudadano tuerto puede gobernar.

XXXVII. Ya no queda muro sin escribir por las calles de nuestro Chile: esos muros que fueron la página en blanco de nuestro silencioso sometimiento son ahora el medio más inmediato de la comunicación callejera. Los anónimos autores colectivos escriben de manera incesante y exigen que nadie borre los mensajes que le envían al mundo.

XXXVIII. El cuerpo ciudadano ha sido siempre el blanco de la violencia estatal, pero ahora, más acorde con estos tiempos visuales y especializados la violencia debe ser espectacular. El blanco ya no es el cuerpo sino el ojo ciudadano. El deseo de dejar sus ojos, abiertos, atentos, para siempre despiertos, en blanco.

XXXIX. “Los estamos grabando, pacos qliaos”, aúlla una voz en uno de los tantos videos que circulan por las redes para que ojos ajenos puedan observar el ensañamiento policial. Esas fuerzas ya no operan de invisible ni impune. Las cámaras aportan su e-videncia.

XL. “Paco qliao” es tan difícil de traducir como “paco culiao”, pienso mientras trato de explicarlo afuera. “Culeado” con todas sus letras resulta incluso difícil de pronunciar en el habla de la calle chilena.

XLI. La imagen más icónica de la represión son esos ojos rotos que aparecen por todas partes haciéndole mala prensa a un presidente-gerente que se ha vanagloriado ante el mundo de su impecable imagen-país. De su oasis ahora espejismo. De su espejo ahora roto. Qué mal se ve afuera ese descontento pero qué peor el despliegue de una fuerza policial armada contra una ciudadanía desarmada. Esos ojos hacen ver el exceso de violencia, la desproporción represiva. Esa es una de las noticias que recorre el mundo. Titulares en todos los diarios del mundo. Titulares que hacen doler la vista del presidente.

XLII. Y entonces insisto en que, contra lo que dice el gobierno en su agenda desinformativa, no hay comandos extranjeros, no es cierto que cientos de ciudadanos se hayan vuelto terroristas. Que no corresponde que se les apliquen leyes de seguridad, esas leyes que el Estado lleva aplicándoles, con todo su rigor y su fuerza, a los mapuche en su Wallmapu.

XLIII. Ha pasado exactamente un año desde que al comunero Camilo Catrillanca le dispararon a la cabeza por la espalda; por estos días, allá y acá, estamos conmemorando su asesinato y derribando las estatuas de los conquistadores españoles en las plazas. En estos días hemos conmemorado a los ciudadanos que sufrieron disparos de frente.

XLIV. Y los muros del mundo señalan este oprobio: en una misma noche de viernes, en la Serena y en Shanghái, en Berlín, Buenos Aires, Roma, Guayaquil, Madrid y por supuesto Santiago de Chile se proyectan frases escritas por artistas y activistas chilenos-de-afuera para hacerle ver a la ciudadanía global lo que está sufriendo de manera impune nuestra gente en nuestras calles. 100 missing eyes but we can still see you, es la advertencia iluminada sobre el costado del altísimo edificio de la ONU en Nueva York, ese edificio cosmopolita con sus miles de ventanas prendidas como ojos abiertos al mundo.

XLV. Y los chilenos-de-afuera que sumamos un millón de personas organizamos marchas y movilizaciones en centenares de ciudades del mundo donde vivimos, participamos en asambleas y cabildos, realizamos actos solidarios y velatones a los que asistimos con los ojos parchados. Acá y allá nuestras mejillas se cubren de lágrimas rojas, allá y acá, los ojos se cubran con parches.

XLVI. Se dice que al presidente le tiembla un párpado. Se dice que el presidente sufre de tics nerviosos. Se dice que el presidente está encerrado en su palacio presidencial sin saber qué hacer: los partidos de gobierno le exigen que imponga orden pero las Fuerzas Armadas han declarado que no volverán a salir a la calle.

XLVII. Que nadie se sorprenda, digo, estando afuera, estando lejos, a quien me quiera creer: el gobierno le ha exigido a sus embajadores en el exterior que se reúnan (y de paso pauteen) a los medios extranjeros para que estos consideren el punto de vista del presidente y sus ministros, para proponer otra mirada sobre lo que está sucediendo. Que los medios del mundo desvíen el ojo para privilegiar la postura del gobierno chileno. Y algunos medios lo desvían pero otros no desvirtuado lo que está sucediendo y no termina de suceder.

XLVIII. Se suponía que esto no iba a durar, no podía durar, la gente se iba a cansar y a volver a la normalidad. La calle responde tapando los escasos muros que quedan vacíos: no volveremos a la normalidad porque la normalidad era el problema.

XLIX. El tiempo en Chile parece haberse detenido. El tiempo en compás de espera mientras la calle exige una nueva Constitución que acabe con todos los nudos y amarres y privilegios. La calle lo exige aspirando la bruma lacrimógena como si fuera oxígeno. Y ya no son días, son semanas: no nos vamos hasta que renuncie el presidente, no nos vamos a ir sin una constitución que podamos escribir con nuestras manos. La calle clama, encapuchada, la calle avanza con cascos ciclísticos para cuidarse la cabeza, la calle empieza a conseguir lentes antibalísticos para protegerse los ojos. La calle va adquiriendo un aire galáctico.

L. Es un ambiente alienígena, el de la calle. Los manifestantes descubren que pueden encandilar a los pacos con rayos verdes de pequeños láseres comprados en la esquina. Esos rayos atraviesan la noche extraterrestre de la protesta para impedir los disparos a los ojos.

LI. Y si me preguntan afuera yo digo que la esposa del presidente tuvo una extraña alucinación cuando habló de la necesidad de “racionar la comida” y se le trabó la lengua en “racionar”, esa palabra de otro mundo para ella. Una rara inteligencia la suya cuando admitió que tendrían “que disminuir sus privilegios y compartir con los demás”. Cuento a quien no lo sepa que la más célebre línea de esa filtración telefónica realizada desde su encumbrado barrio planetario, fue la curiosa idea de que el levantamiento ciudadano era “como una invasión alienígena”.

LII. La calle furibunda flamea banderas chilenas y mapuche en avenidas humeantes de lacrimógenas y levanta teléfonos celulares entre guanacos y zorrillos para que nada, nada, nada, quede sin registro. Para que todo, todo pueda ser visto en otras pantallas. Las cámaras como armas de mano en esta revuelta. Las cámaras con sus pruebas fehacientes del excesivo accionar de los pacos.

LIII. Un muchacho sufrió un ataque al corazón mientras le seguían disparando a él y a los médicos que intentaron salvarlo. Las cámaras grabaron su muerte para la posteridad de los tribunales.

LIV. Algo tiene que cambiar, clama una mujer en un video mientras se tapa un ojo con su mano obrera. Otra mujer, tapándose el ojo con otra mano, dice estar viendo pequeños cambios. Yo sé que de todo esto algo bueno se va a lograr, insisten las voces esperanzadas de estas mujeres.

LV. Algo tiene que cambiar, algo bueno tiene que salir de todo esto, digo, afuera, haciéndome eco de esa esperanza popular pero superada por el escepticismo que cunde ante el anuncio de que los congresistas por fin despertaron y acordaron, encerrados en el Congreso y de espaldas a la calle, el cierre de la remendada normativa constitución que impuso la dictadura en 1980. Ese cambio que la calle ha venido exigiendo no sólo en estas cuatro semanas sino en las últimas cuatro décadas. El acuerdo y su procedimiento resulta dudoso, está lleno de amarres y de trucos leguleyos que hacen dudar de lo que se lee sobre el papel, de lo que se escucha decir a los abogados constitucionalistas por la radio. A lo que se discute por las redes de chilenos ansiosos e incrédulos dentro y fuera del país. Chilenos y chilenas que discuten hasta altas horas de la noche, con los ojos rojos de sueño y de cansancio sabiendo que no es hora de dormir, que esto recién comienza, que nuestros ojos chilenos, ahora, más que nunca, deben permanecer abiertos.

New York City, Noviembre 20, 2019.

Las voces del malestar (que nadie quiso escuchar)

“…Toda nuestra insignificancia se resuelve en una sola palabra: falta de alma… ¡Crisis de hombres! Una nación no es una tienda, ni un presupuesto es una Biblia… Todo lo grande que se ha hecho en América y sobre todo en Chile, lo han hecho los jóvenes. Así es que pueden reírse de la juventud. Bolívar actuó a los veintinueve años. Carrera a los veintidós; O’Higgins, a los treinta y uno, y Portales a los treinta y seis. Que se vayan los viejos y venga la juventud limpia y fuerte, con los ojos iluminados de entusiasmo y esperanza…” .

Es parte de ‘Balance Patriótico’, escrito en 1925 por Vicente Huidobro, candidato a la Presidencia de la República levantado por la Fech. Huidobro tiene 32 años y se vuelca contra sus orígenes en una rebeldía propia de quien abrazará pronto el grito de Rimbaud. El Chile de esos años ya ha dado sus frutos más insignes: Neruda, la Mistral, de Rokha, Anguita, Volodia, Díaz Casanueva, Ángel Cruchaga y otros tantos que sembrarán vientos y cosecharán tempestades, como corresponde a los talantes disidentes. Para todos ellos hubo prensa, adversa o afín, pero prensa; clandestina u oficial, pero prensa capaz de tender el puente de rosas o de púas que expresaban a través del debate cultural una parte del país real.

Por Faride Zerán

Luego del estallido del 18 de octubre último, muchos se preguntaron con sorpresa cómo no advirtieron que Chile se había transformado en una olla a presión que hizo saltar todos los relatos acerca de las bondades del modelo. Dónde estaban esos jóvenes que exigían futuro, quiénes eran esos pobres que, en multitudes y cual metáfora de la obra “Los invasores”, del dramaturgo Egon Wolff, irrumpían en la tranquilidad de sus hogares apuntándolos con el dedo acusador.

No se habían detenido el 2006, con “la marcha de los pingüinos”; ni el 2011, con la rebelión de los estudiantes universitarios; ni el 2018, con el mayo feminista y su demanda de cambio cultural. Tampoco habían prestado atención a la masiva concentración del 8 de marzo último, ni a los levantamientos sociales en Freirina, Aysén, Chiloé, entre otros puntos del país.

Salvo excepciones, los medios de comunicación proyectaron en estas décadas de posdictadura no sólo el exitismo de un modelo socioeconómico abrazado sin condiciones, sino además una sociedad homogénea, acrítica, sin debate, y a través de la cual emergía un sujeto popular asimilado en general a la figura del delincuente; un sujeto cultural reducido a la era del espectáculo o un sujeto intelectual percibido como denso y cuya palabra o aporte no sirve en tanto no puede ser banalizada.

Porque el país blanco, sin orígenes y memoria que emergió a comienzos de los 90 en la metáfora del iceberg con que Chile quiso ser representado en la Expo Sevilla, y que muy bien retratara el sociólogo Manuel Antonio Garretón en su ensayo “La faz sumergida del iceberg” (1993) no fue una construcción casual. Los medios, los discursos oficiales, el decretado consenso de inicios de la transición postergaban el necesario debate sobre nuestras diferencias, propias de un país fragmentado por el dolor y el horror, omitiendo no sólo una parte esencial de su ser, mestizo, plural, diverso y con patrimonio y memoria cultural. También, la posibilidad de enjuiciar moralmente un pasado para que efectivamente el Nunca Más no fuera sólo una consigna, sino un legado para las próximas generaciones.

La década de los 90 confirmó que el iceberg era la metáfora de la simulación. La prensa independiente, aquella capaz de dar cuenta de los conflictos y debates más ricos de nuestra sociedad, fue desapareciendo paulatinamente mientras se perfilaba con fuerza la concentración de los medios escritos a través de dos grandes conglomerados, El Mercurio y Copesa, y desde La Moneda se nos decía que era un tema de mercado.

Así, bajo la excusa del mercado desaparecieron los diarios Fortín Mapocho, La Época, las revistas Análisis, Cauce, Hoy, Pluma y Pincel, Los Tiempos, El Canelo; más tarde la Revista de Crítica Cultural dirigida por la intelectual Nelly Richard, y Rocinante, por nombrar algunas. De esta forma, gran parte de la diversidad, el debate plural, la riqueza de otras miradas, quedaban sepultados bajo el peso económico.

La agenda pública emanada de los órganos del poder político, empresarial y militar nos reflejaba un país conservador, censurado, con miedo a la libertad. El divorcio, el aborto, la diversidad sexual, los pueblos originarios, la violación de los derechos humanos, por citar algunos temas, fueron desplazados del debate público mientras la seguridad ciudadana, los índices económicos, el fútbol y el show de mal gusto se imponían en la vida cotidiana de los chilenos.

Ilustración: Fabián Rivas

La modernidad era sinónimo de consumo, de celulares de palo, de chilenos agresivos que se transformaban en los fenicios de América. “Tigres de papel, cómo me río de los tigres de papel”, exclamaba Donoso en la irritación del malestar de la cultura ante el exitismo de una sociedad complaciente. “No hay Chile contemporáneo sin una franqueza y un develamiento de cosas. Somos una mata de cardenales en el jardín, polvorienta y fea”, reiteraba José Donoso en una entrevista que le hiciera para el diario La época, donde puntualizaba: “Este Chile que está oculto y que es mentiroso es un Chile de otro tiempo, es el resabio del siglo pasado”.

Tal vez el informe del PNUD, “Las paradojas de la modernización”, se constituyó en la radiografía más severa de los 90 y dio cuenta de las cifras del desencanto en un país escindido, desconfiado, lleno de temores y desinformado.

Cooptada por el Estado o por los centros de pensamiento de universidades privadas, partidos políticos de distinto signo, la figura del intelectual público, aquel que desde la academia o desde un espacio de independencia asumía los valores libertarios, laicos y republicanos, sufría un franco descenso en nuestro país.

Debates como el que iniciara Garretón con el iceberg de Sevilla, la representación blanca, fría y sin memoria que hizo Chile de sí mismo a propósito de los 500 años de la llegada de Colón a América; el originado por Tomás Moulian con su libro Chile actual, anatomía de un mito (1997), donde evidenciaba las falencias, fracturas y traiciones de la transición, fueron haciéndose más débiles.

Nombres como Diamela Eltit, Sonia Montecino, Martín Hopenhayn, José Bengoa, Ana Pizarro, Grínor Rojo, Sofía Correa, Nelly Richard, Elicura Chihuailaf, Gabriel Salazar, Alfredo Jocelyn-Holt, entre otros que animaron el incipiente debate intelectual de las primeras décadas de la transición, empezaron a ser invisibilizados por “aguafiestas”, “densos” o “autoflagelantes” frente a discursos que llamaban al realismo político, a la gradualidad de los procesos, a la gobernabilidad y ventajas de la política de los consensos.

En este escenario irrumpía otra figura, más incómoda para una más bien aséptica y conservadora transición. Pedro Lemebel, agudo e irreverente, provocaba a la izquierda tradicional con sus crónicas que recreaban los años 80 y, de paso, fustigaba la atmósfera hipócrita del momento que, una vez más, intentaba en nombre de la reconciliación un acercamiento entre el mundo cívico y militar.

“Pareciera que sólo bastara que la derecha y los milicos dijeran ‘lo siento’ con fingido remordimiento para que el gobierno, la curia católica y la Concertación se deshicieran en alabanzas por ese gran gesto. Entonces la excusa del criminal no sólo blanquea el crimen, sino que lo eleva al rango de súper patriota. Un ejemplo de virtud que todo el país debe reconocer y admirar. ¡Dime si estas mariguancias con la justicia en este Chile actual no son repulsivas!”, declaraba Lemebel en una entrevista para Rocinante.

Paralelamente, y en el plano de la reflexión política, a inicios del nuevo milenio el sociólogo Enzo Faletto llamaba a crear una nueva ética del comportamiento, asumiendo que con el golpe de Estado hubo una retracción hacia un individualismo feroz. En esa misma línea y en una crítica a la política como “gestión de los entendidos”, Faletto, quien moriría de cáncer meses más tarde, narraba una conversación incidental con su amigo Fernando Henrique Cardoso, recogida también en Rocinante:

“‘Mira, cambio con gusto 300 mítines de plaza por cinco minutos en televisión. En Brasil, en cinco minutos llego a 60, 70 millones de personas. Con 300 mítines de plaza no llego ni a 250 mil, y esa es una diferencia enorme’. Frente a eso le respondí: ‘Pero con los mítines de plaza tú transmites ideas y con cinco minutos de TV no transmites nada’. ‘Es que la realidad hoy día es esa’, me argumentó, ‘ya la política es una política de masas y mediática, donde la gente se identifica con esa dimensión’”.

Fueron muchas las expresiones del malestar ante una transición política pactada que sin pudor traspasó al siglo XXI con temas pendientes como una nueva Constitución, los derechos de los pueblos originarios, la reconstrucción de un sistema de educación y salud públicos, de pensiones, los derechos de las mujeres y las disidencias sexuales, entre otros puntos que hoy exigen distintos sectores sociales.

Las voces del malestar siempre estuvieron presentes y se evidenciaron de distintas formas, pero sin duda fue a través de sus artistas, intelectuales y creadores que la lucidez y persistencia de la crítica se hizo más profunda.

Esas voces en diversos momentos fueron advirtiendo sobre el estallido iniciado el 18 de octubre. El punto es que a muchos no les convenía escucharlas y por ello no la vieron venir.

Frente a la potencia destituyente-instituyente, ¿qué hace la literatura? (parte 2)

Junto con la exigencia de una educación gratuita, no sexista y de calidad, debemos exigir el fortalecimiento y la apertura de espacios, tales como la cadena de centros culturales comunitarios y vecinales, para que escritorxs y artistas produzcan con los pies en las comunidades, con ánimo descentralizador y aprendiendo de sus lenguajes y saberes.

Por Mónica Ramón Ríos

La fuerza destituyente de la Plaza Dignidad ha reeducado a la sociedad chilena. Hace unos años, en el aletargamiento de la literatura sin consecuencias, Diamela Eltit, admirada amiga escritora, activa en la resistencia de los ochenta, hizo un análisis del problema de la literatura y su neoliberalización: falta circulación del underground, y eso se notaba en la reproducción de poéticas que salían de la misma fábrica de un deseo enhebrado junto al mercado, cuyo producto era una cadena de subjetividades subyugadas a la escuela de la clase exitista y sus traumas. Pero en octubre de 2019 lo que emergió desde ese subsuelo que llamamos metro es la expresión de una potencial reconfiguración de los sentidos (los signos y las sensibilidades) y un nuevo sistema de legitimación, que no pasa por el salón y sus acólitos institucionales. En esa emergencia, la potencia se compone de nuevas poéticas y de otros públicos o contrapúblicos que encuentran insuficientes elementos identificatorios en esa esfera pública dominante marcada por la raza, el género, la sexualidad, la clase y las experiencias de unos cuantos n(h)ombres. Esas otras poéticas pujan por transformar no sólo el campo literario, sino la composición de la esfera pública misma. Es decir, la revuelta, tal como se materializa en el ejercicio de la palabra y los discursos, no trata únicamente de instalar otrxs sujetxs en las estructuras de la estrecha esfera pública anterior, sino de redefinir las leyes y la función de las instituciones y la relación que tienen las disciplinas literarias (y artísticas en general) con lx cuerpx social. Tal como afirmó Carmen Berenguer en un conversatorio en noviembre del 2020, “la revolución ya sucedió. Lo que nos queda es ver cómo la [instituimos]”.

Mónica Ramón Ríos, escritora y profesora de feminismo, marxismo y estudios culturales.

La tarea implica crear una red o malla significante que vincule el trabajo literario con las experiencias de base, de tal manera que no sea mediado por el mercado que prospera junto a las instituciones que resguardan la propiedad privada y su acumulación. Porque el mercado literario y editorial no es únicamente el lugar donde se transan derechos y se promueven libros. Con su poder adquisitivo y el despliegue hacia críticxs, periodistxs y profesorxs/administradorxs universitarixs, el mercado también esculpe los deseos materializados en escritura. Ese mercado (desaforado de cifras) desplazó a la política (de los cuerpos) como pozo de sentidos y donó en vez una red significante ––reflejo y diálogo con la letra–– que modela las poéticas con la eficiencia de los números[1]. Dicho de otro modo, la malla significante con que el mercado abasteció a la literatura durante la postdictadura, con su concomitante organización del campo y su afán clasificatorio, puso límites o estándares sobre qué es literatura y qué no, quitándole densidad lingüística y potencial crítico y precarizando, con una violencia lenta[2], el mundo de la cultura.

Aquellos sentidos (neoliberales) sobre los que se rearticuló la literatura a principios de los noventa se materializaron con su lógica depredadora en contadxs cuerpxs, cuya masa se desplegó en un campo de alianza entre la literatura, editores, un sistema de agentes que funcionaban como matones de apuesta, el periodismo, la acumulación de fondos estatales y, para darle la estocada final a la literatura con los pies en los deseos populares, la educación. Con el advenimiento de los programas de creative writing a la gringa y los programas para especializar editores, esa narrativa fue capaz de referenciarse únicamente a sí misma, la poesía se marginó y los géneros de no ficción se modelaron como crónicas desconectadas con la urgencia insurgente, desplazando al ensayo como escritura que conecta literatura y trabajo intelectual. Esa literatura unida en cofradía homosocial[3] creó círculos de acceso o denegación no sólo a las poéticas sino a lxs cuerpxs diversos. Así, en el siglo XXI, nos encontramos con (ya no tan) jóvenes que encarnan con toda soltura valores todavía resistidos en los noventa y resistidos, en particular, por el (trans)feminismo local.

Basta abrir los libros, leer las entrevistas y repasar los ensayos de lxs escritorxs con los pies en el underground para encontrar las referencias de la actual reconfiguración de los signos y sentidos; y me pregunto por qué hoy nos estamos quedando cortos de lenguaje para asumir esa tarea en toda su potencialidad. Mientras vuelvo a ver el documental sobre Pedro Lemebel Corazón en, releo las Emergencias de Eltit y miro la página que dice “hambre” del Bobby Sands de Carmen Berenguer, pienso en lo significativo que fue que icónicos escritorxs como Pedro Lemebel y Diamela Eltit pasaran de publicar en editoriales aunadas bajo idearios feministas y de izquierda a las transnacionales. Porque si bien publicar en Seix Barral tuvo un efecto importante para la circulación de su obra, también legitimaron, a pesar de sus pasados, una forma de hacer literatura; un circuito que respondía a la pulsión extractivista, acumuladora y los concomitantes ejercicios de poder en contra de lxs sujetxs minoritarizdxs. Esos libros que aparecieron en esa antigua y prestigiosa editorial, pero propiedad del Grupo Planeta desde los ochenta, y que se sentían como un reconocimiento a un trabajo con el lenguaje enquistado en experiencias de resistencia, hizo deseable una práctica que prontamente se configuró en torno a desatadas ansiedades propias de la expansión McDonald. De a poco, esas poéticas con los pies en la klle y la organización colectiva fue limitada a unas cuantas voces (pensemos en la lógica de la representación usada por el mercado hoy) para, en vez, normalizar lógicas individualistas como única red de sentidos con la que dialoga la letra literaria hasta ahora. De hecho, fueron Eltit, Lemebel y las poetas, pensadoras y activistas que compartieron espacios de intensas afectividades con ambos quienes formularon las críticas más espesas en contra de la postdictadura y sus ejercicios disciplinadores. Se escucha en la crítica y las prácticas de Nelly Richard, en las fórmulas críticas de Eugenia Brito, en la disciplina política de Kemy Oyarzún y en el pensamiento intenso de Raquel Olea, donde se gesta un circuito de pensamiento al que las mujeres accedimos no en secreto, sino al margen.

Mientras las policías militarizadas matan menores de edad y los políticos actúan en contra de quienes representan imponiendo sus idiomas, la literatura puede hoy asumir su poder sobre la letra y el lenguaje; puede, por ejemplo, nombrar con precisión qué se quiere destituir y qué instituir. Ese nombrar con precisión, o por lo menos ensayar esos nombres, es el campo de acción propio de la literatura. Un nombre que emerja de una suma de experiencias, un barro de sentidos pisados por cuerpos en fusión acalorada, de vida en común. Por ejemplo, es tiempo de que las escrituras no se desentiendan de las prácticas de acumulación de los actores culturales que nos publican; atender, finalmente, a los rumores de dónde provienen las acaudaladas arcas de las editoriales de la transnación corporativa y hacia donde nos conducen sus estrategias ideológicas-editoriales.

En su reemplazo la literatura podría abrir espacios para abolir las estructuras que se confabulan para oprimirnos; es decir, crear una letra y un circuito literario que converse con las pulsiones populares, esas experiencias de base que dan cuerpo a otros modos de vida. Tomando los escritos de Amílcar Cabral y la consecuente sistematización que hizo Paulo Freire en un sistema pedagógico que desborda las instituciones educativas, la literatura bien podría ser parte de un proyecto de educación con carácter popular donde la experiencia en común sea un proceso de desaprender la disciplina de escritorio. Es decir, junto con la exigencia de una educación gratuita, no sexista y de calidad, debemos exigir el fortalecimiento y la apertura de espacios, tales como la cadena de centros culturales comunitarios y vecinales, para que escritorxs y artistas produzcan con los pies en las comunidades, con ánimo descentralizador y aprendiendo de sus lenguajes y saberes. Esa educación de carácter popular abriría espacios para procesos de aprendizaje constantes y no limitados a los años escolares y/o universitarios; es una forma de vida donde lxs creadorxs estarían en estrecho contacto con sus comunidades, sus territorios, la experiencia y la memoria como motores de transformación. No se trata de un espacio normalizador de poéticas, sino espacios en constante metamorfosis y que diversifique los focos de producción y las posibles circulaciones. Tal propuesta no se origina de “una página en blanco”. Se trata de fortalecer y ampliar lo que ya existe: la red de talleres literarios en provincia o las redes comunitarias de enseñanza artística son ejemplos de ello. De hecho, hemos visto aparecer aquellas redes en toda su potencia este último año.

Se trata, pues, de que en el proceso asambleísta que nos toca ahora incorporemos a la conversación sobre la cultura las múltiples prácticas existentes que desestructuran el mercado como única voz modeladora de las poéticas. Mientras repensamos cómo abolir la violencia alojada en la institución militar y la de los pacos, se hace urgente reorganizar la lenta violencia alojada en el sistema neoliberal de la cultura que, en su crisis, ha dejado a muchos masticando la palabra hambre y la palabra rabia. Ahora debemos usar esas palabras como fuente para empoderar vínculos sociales precarizados; solo así podremos asumir las consecuencias de la deseada caída del sistema neoliberal juntas.

* La parte 1 fue publicada en Antígona Feminista.


[1] Cfr., Rita Segato: Contrapedagogías de la crueldad (Prometeo, 2018) y Alejandra Castillo: Asamblea de los cuerpos (Sangría Editora, 2019).  

[2] Cfr., Rob Nixon: Slow Violence and Environmentalism of the Poor (Harvard University Press, 2011).

[3] Cfr., Rita Segato: Las estructuras elementales de la violencia (Prometeo, 2010) y Eve Kosofsky Sedgwick: Between Men: English Literature and Male Homosocial Desire (Columbia University Press, 1985).

Nona Fernández: Iriología de una revuelta

Por Nona Fernández Silanes

Despertar implica abrir los ojos. Dejar el sueño atrás, ver la realidad, el contexto presente, el escenario en el que nos encontramos, y reconocernos en él. Lo que sigue puede ser el comienzo de un nuevo día. La luz que entra por la ventana, el olor del pan tostado, la intuición del café, las señas de un futuro posible. Si Chile despertó habría que asumir entonces que abrimos los ojos en colectivo. Que ese 18 de octubre la luz ingresó en nuestro cerebro y que ahí dentro, en una explosión neuronal, toda nuestra subjetividad, nuestra memoria, nuestra experiencia, levantó una imagen que nos hizo movilizarnos.

¿Pero cuál sería esa imagen?

Quizá las largas filas de los consultorios. Las miserables pensiones de nuestros abuelos o el estado deprimente de nuestra educación pública. Quizá la ridícula concentración de privilegios para un grupo minoritario. La constante evasión de impuestos de ese mismo grupo minoritario. O el saqueo al que nos someten al adueñarse de nuestra agua, nuestros bosques, nuestros mares, nuestros minerales, y al levantar universidades, colegios, clínicas, centros comerciales que nos han endeudado de por vida. O tal vez fueron los escándalos de corrupción y desfalco de las Fuerzas Armadas y Carabineros. O los burdos montajes para incriminar al pueblo mapuche. O el asesinato a Camilo Catrillanca. O la militarización de Wallmapu. O el trato vergonzoso a nuestros inmigrantes. O la inutilización de nuestra tímida ley de aborto en tres causales, gracias a la objeción de conciencia instaurada por el gobierno para los médicos conservadores. O la Constitución redactada por la dictadura que nos rige hasta el día de hoy. O nuestros alcaldes, diputados y senadores que trabajaron para Pinochet. O nuestra seudodemocracia. O quizá todo eso y más, revuelto y guionizado en una sola pesadilla, fue lo que nos hizo salir del letargo de más de cuarenta años, abandonar la almohada e inaugurar juntos un día nuevo.

Crédito: Milagros Abalo

Lo que han visto nuestros ojos desde entonces ha sido intraducible. Instantáneas nunca antes almacenadas por nuestro hipotálamo. Marchas multitudinarias, pancartas festivas, poesía callejera, estatuas transformadas en arte moderno, creatividad desbordada en las paredes. Las plazas se llenaron de vecinos para cacerolear y conversar. Asambleas en el barrio, en los centros culturales, en las universidades, en los parques. Todas y todos hablando como si hubiésemos estado atragantados, diciendo lo que nunca dijimos o no nos atrevimos a decir. Dispuestos a asociarnos, a trabajar juntos, entendiendo que podíamos tener un rol más allá de las cuatro paredes de nuestra casa. Así colaboramos en distintos frentes, somos útiles, nos preocupamos por el resto y el resto se preocupa de nosotros. No estamos solas, no estamos solos. Sentimos la energía de los demás, nos dejamos movilizar y proteger por ella, y así permanecemos despiertos, con los ojos abiertos, pese a los golpes y al cansancio.

Más de un mes de revuelta y el cuerpo lo resiente. Las instantáneas luminosas que ingresamos a la memoria se mezclan con otras menos felices y pesan en el ánimo. Desde el día número uno, cuando el gobierno nos decretó la guerra, nuestros celulares comenzaron a registrar y traficar las imágenes más horrorosas que nuestros ojos hayan visto en años. Mediados por las pantallas o incluso en vivo vimos violencia sexual, golpes, malos tratos, tortura, vejaciones, allanamientos, perdigones acumulados en nuestros cuerpos. Nadie puede decir que no lo ha visto porque todo está registrado. No se nos perdona el reclamo y la protesta. No se nos perdona el caceroleo y las pancartas. Hasta la fecha hay aproximadamente 6.000 detenidos. 2.800 heridos. 22 muertos, de los cuales cinco son por acción directa del Estado. Han disparado a los rostros y tenemos 235 traumas oculares que han devenido en la pérdida de nuestros ojos. Despertamos juntos, dejamos el letargo atrás, y porque vimos el presente, nos han querido dejar ciegos.

En el antiguo Egipto, los curanderos ocupaban el ojo de sus pacientes para diagnosticar su salud. Según sus creencias los ojos eran las ventanas al alma de cada persona. El iris era el instrumento que, a través de sus lesiones, líneas, decoloraciones, entregaba los datos necesarios para hacer un perfil emocional, psíquico y físico de cada paciente. Con el tiempo este sistema se fue perfeccionando y se transformó en una seudociencia llamada iriología. Diagnóstico a través del iris. El ojo entonces aparece como un mapa para estudiar la salud, el interior de los cuerpos y las mentes. El ojo como una carta de navegación en la que se puede indagar en el mundo corporal, mental, emocional de cada persona. Una radiografía donde está todo resumido, su biografía, su memoria, incluso el alma, como pensaban los egipcios.

¿Pero qué pasa cuando el ojo ya no está? ¿Qué pasa cuando la presión de un proyectil y su increíble rapidez hacen que la membrana del globo ocular no resista y se desgarre violentamente? ¿Qué pasa cuando se desmantela esa esfera de nervios y músculos? ¿Qué pasa cuando se destroza su diafragma, su vitriolo, su retina, su esclerótica, su fóvea, su nervio óptico? ¿Qué ventana es la que se cierra? ¿Qué conexión es la que se pierde?

Hoy Sebastián Piñera niega las denuncias de violaciones a los derechos humanos por parte de Amnistía Internacional. Podemos ver sus ojos intactos en la pantalla del televisor, pero claramente todo el proceso neurológico que traduce la luz en imagen, en sentido, no ocurre en ese cerebro. Esos ojos no están viendo absolutamente nada.

Nos ofrecen un acuerdo de paz mientras nos están disparando.

Nos ofrecen partir un proceso constituyente en medio de la balacera.

En este mismo momento alguien está siendo herido y nadie toma responsabilidad por eso. ¿Es posible sentarse a dialogar un futuro sobre la impunidad? ¿Es posible discutir un marco legal sobre las cuencas vacías de nuestros compañeros y compañeras? ¿Es posible pasar por alto cada una de las agresiones que hemos sufrido? Ya lo hicimos en el pasado y cargamos con eso en nuestros cuerpos, en nuestras conciencias y en nuestra historia. ¿Lo volveremos a hacer? ¿Es que los ojos que hemos abierto al despertar no nos sirven para mirar hacia atrás?

Las pantallas televisivas hipnotizan las retinas incautas con imágenes de saqueos e incendios inoculando un discurso de violencia criminal para justificar todas las agresiones que nos están infligiendo. Nos culpan. Nos dicen otra vez que la responsabilidad es nuestra. Nos tachan a todos caricaturescamente de delincuentes. De narcotraficantes. Condenan la violencia como si no fueran ellos con su brutalidad sistematizada los que la han incitado desde hace décadas. Y nos castigan. Y nos golpean en nombre del orden público y la paz ciudadana. Igual que ayer. Igual que siempre. Y serán incapaces de asumir sus culpas, como han sido incapaces de ver las demandas ciudadanas expresadas por años en las calles y generar las políticas públicas que necesitamos para acabar con tanta, tanta, tanta frustración.

Cierro este texto y escucho desde afuera las cacerolas aullando por el joven Gustavo Gatica. A los 21 años recibió una ráfaga de balines que hirieron su cuerpo y sus ojos. Después de días de tratamiento y controles médicos hoy el diagnóstico es claro: Gustavo no podrá a ver nunca más.

Despertar implica abrir los ojos. Dejar el letargo atrás, ver la realidad, el escenario en el que nos encontramos, y reconocernos en él. Lo que sigue puede ser el comienzo de un nuevo y gran día. Pero también, en el peor de los casos, despertar puede ser abrir los ojos en medio de una larga y oscura noche para asumir la condena del insomnio. Clavar la vista en el techo y atender a nuestros peores fantasmas que reclamarán molestos porque no aprovechamos la oportunidad, porque no les dimos un lugar, porque los dejamos otra vez abandonados.

Edipo, el rey de Tebas, se sacó los ojos cuando comprendió quién era realmente y cuál había sido la dimensión de sus crímenes. Con el rostro ensangrentado declaró que ese par de globos oculares que llevaba colgando entre las manos nunca le habían servido para nada. Y por esas cuencas vacías que cargó hasta su muerte, por ese par de orificios que lo internaron en la oscuridad más absoluta, volvieron a ver todos los que habían perdido la visión.

Santiago de Chile, 26 de noviembre de 2019. Día 46 de la revuelta.