La lucha por el medio ambiente es tan antigua como esta historia, pues ha estado en el centro de cada resistencia a la invasión colonialista. Esas luchas han sido y son cruciales, y no tienen nada que ver con conservacionismos a la medida de las élites progresistas, tampoco con el capitalismo verde que no soluciona nada mientras no contribuya a cuestionar los patrones mundiales de acumulación de riqueza.
Por Claudia Zapata Silva
Este año se estrena una nueva adaptación cinematográfica de Dune, la novela que el escritor estadounidense Frank Herbert publicó en 1965 y con la cual dio inicio a un universo literario alucinante, que explora todo el potencial de la ciencia ficción, ese género que propone pensar lo humano de manera profunda y crítica. Estos días volví a sus páginas a propósito de esto y de dos noticias que han marcado las últimas semanas: la conmemoración de los 76 años del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki, y el informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU, que señala la condición irreversible de este fenómeno. En Dune, los hechos ocurren 10 mil años en el futuro, cuando la humanidad se había rebelado contra las computadoras y —mostrando haber aprendido algo de sus errores— había prohibido el uso de armas nucleares. No obstante, se perpetúa en ese futuro una de las mayores tragedias de la historia: el colonialismo. Arrakis, uno de los planetas de la galaxia, ha sido arrasado por la codicia extractivista, que lo transformó en un árido desierto. Sus habitantes, los Fremen, son un pueblo oprimido por una casta foránea, cuyos integrantes trabajan pacientemente para acumular cada gota de agua que les permita sobrevivir y algún día hacer reversible la desgracia ecológica en la que fue sumido su planeta.
La novela es un amargo recuerdo de que las advertencias sobre la crisis climática se vienen realizando desde hace décadas, en este caso asumiendo la forma de una potente representación literaria que postula, a su modo, que las crisis humanitarias y ambientales, ocurran donde ocurran, son también planetarias, y que en ellas las responsabilidades no son equiparables, no al menos con la que les cabe a colonialistas, capitalistas e imperialistas.
Es que algo queda cojo cuando se habla de crisis ecológica sin atender a sus causas profundas y sin identificar a los principales responsables: esas castas coloniales que no han tenido reparo a lo largo de la historia en arrasar territorios y dominar a los pueblos que los habitaban con tal de crear fortunas, amasarlas y heredarlas en una espiral sin fin. Así desforestaron e impusieron modos de producción que sellaron el destino de algunos países para siempre. Cómo no recordar a Haití, marcado a fuego por el colonialismo francés y el monocultivo de la caña de azúcar, que significó la casi total extinción de la vegetación nativa, un factor que es clave para explicar los efectos devastadores que alcanzan allí fenómenos naturales como los terremotos y los huracanes. A esa profundidad histórica apuntó Fidel Castro cuando en 1992, año sensible para la historia del colonialismo, intervino en la Conferencia de la ONU sobre Medio Ambiente y Desarrollo, celebrada en Río de Janeiro: “Páguese la deuda ecológica antes que la deuda externa”, dijo entonces el líder de una de las tantas revoluciones que se produjeron en el Tercer Mundo, en este caso una revolución surgida en el Caribe, esa “frontera imperial” de la que hablaba el dominicano Juan Bosch, azotada por todos los extractivismos que haya conocido la historia, desde el nefasto monocultivo del azúcar hasta la deleznable industria turística de los megacruceros.
El ecocidio siempre ha ido de la mano del genocidio y el etnocidio, y su marcha irreversible continuará mientras exista aquello que lo produce: el colonialismo y el imperialismo. No inventamos la rueda si decimos que el colonialismo está lejos de corresponder a una historia pretérita, pues su vigencia ha sido denunciada incansablemente por movimientos, activistas e intelectuales críticos durante todo el siglo XX y lo que llevamos de siglo XXI. Ese imperialismo —la fase superior del capitalismo como lo definiera Lenin— es el que ha condicionado y condiciona aún con fuerza el destino de los pueblos, en alianza con oligarquías locales cuyas fortunas se construyen con las migajas que caen de la mesa de las metrópolis. Y esto ha afectado también a nuestros proyectos emancipadores, incluidos los del siglo XXI, cuya condición de existencia ha sido hipotecar, una vez más, ecosistemas que están siendo avasallados por una nueva ola de extractivismo a gran escala.
La lucha por el medio ambiente es tan antigua como esta historia, pues ha estado en el centro de cada resistencia a la invasión colonialista. Esas luchas han sido y son cruciales, y no tienen nada que ver con conservacionismos a la medida de las élites progresistas, tampoco con el capitalismo verde que no soluciona nada mientras no contribuya a cuestionar los patrones mundiales de acumulación de riqueza (como el Green New Deal por el que aboga el ala más progresista del Partido Demócrata en Estados Unidos). Igualmente estéril es el multiculturalismo, que en sus versiones más new age sostiene que los pueblos indígenas tienen la clave del cuidado de la naturaleza y que por eso habría que transformarlos en guardaparques.
Todo eso ha mostrado su límite, y en buena hora el problema del medio ambiente tiene el lugar que se merece. Lo propio está ocurriendo en nuestra esfera pública, pues conviene recordar que la mayoría de las y los integrantes de la Convención Constitucional se reconocen en las luchas contra el extractivismo y suscriben enfoques críticos de las relaciones políticas y económicas que están en la base de la depredación de la naturaleza. En este contexto propicio crece el convencimiento de que las soluciones no pasan por acciones a pequeña escala, mucho menos se reduce a responsabilidades individuales de las personas comunes y corrientes.
Eso también desafía a otras sensibilidades de sectores que ya tenían el tema en el centro de sus preocupaciones, pero cuyos discursos suelen mostrar la misma falta de alcance a la que aludía en párrafos anteriores. Me refiero, por ejemplo, a la condena cuasi religiosa que algunos de esos sectores hacen a quienes consumen carne, omitiendo el asunto crucial de los modos de producción. Considerar aquello obliga a asumir que la producción de carne es tan devastadora como la producción de soya, de piñas y de paltas, por mencionar solo algunos de los productos que están causando graves crisis humanitarias y medio ambientales en nuestro continente, pero que sin embargo gozan de prestigio en el mercado de lo saludable.
La alarma encendida por el informe de la ONU ha dejado expuesta, más que nunca, la superficialidad de los ecologismos carentes de crítica política. No son pocos los ejemplos que se me vienen a la memoria, entre ellos el ecologismo de las escuelas, donde la necesaria modificación de nuestras prácticas individuales se enseña inculcando la culpa, omitiendo que entre el uso de la botella de plástico y el productor de la botella de plástico hay una distancia infinita. O las muestras de arte, que desde hace un tiempo se atiborran con la frase “crisis ecológica”, devenida en eslogan repetido y escasamente profundizado, donde la eventual potencia política de las obras queda reducida a un artefacto inofensivo en el entramado social e institucional que las exhibe. Pienso también en las campañas políticas de quienes se aggiornan con los temas de moda, entre ellos el del medio ambiente, en claro contraste con sus antecedentes previos en la materia, tal como se vio recientemente con Claudio Orrego y el vociferado componente ecológico de su programa para gobernador de la Región Metropolitana, mientras en gestiones políticas anteriores favoreció un proyecto ecocida como es Alto Maipo. Y ya fuera de la comarca, cómo no referir a los hipermillonarios-progresistas-influencers que se encuentran ensayando una delirante colonización del espacio en una suerte de avanzada capitalista que sucede, como ya nos ha mostrado la historia de América, a la avanzada científica.
Pienso, sobre todo, en ese ecologismo de balcón acomodado y compostaje casero, de corto alcance si es que guarda silencio frente a los responsables de la muerte animal, humana y vegetal en las zonas de sacrificio, o derechamente cómplice si al momento de alzar la voz lo hace para condenar —desde la superioridad moral que le concede reciclar cajas de leche— la violencia de los que nunca han tenido derecho a la paz. Lo mismo corre para muchos ecologismos de las metrópolis, incapaces de denunciar el extractivismo colonialista de sus países en el Tercer Mundo, pero que reciben alegres el apoyo de casas reales arcaicas que todavía practican la cacería en África.
La lucha por frenar la crisis climática es decisiva para el planeta en su conjunto y no puede entenderse sino como la síntesis de todas las luchas por la emancipación, las pasadas y las presentes. Por cierto, en la novela de Herbert, los Fremen se rebelan.
La velocidad de la conquista de Kabul y las escenas transmitidas parecían menos la de un “socio” con el que se había llegado a un acuerdo y más a las de un invasor derrotado que salía en sus helicópteros con la cola entre las piernas —advierte Rodrigo Karmy sobre la retirada estadounidense de Afganistán—. Asistimos al momento en que el imperium desfallece y se retira del mundo. Pero la huida de Kabul no trata solo de Estados Unidos, sino del carácter nómico del liberalismo: expone su agotamiento y la imposibilidad de ofrecer una lectura del presente.
Por Rodrigo Karmy Bolton
1.- Abandono.
El 19 de febrero del año 2021, el recién electo presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, asistía junto a sus pares de la OTAN a la Conferencia virtual sobre Seguridad de Munich. En su discurso, Biden dijo: “And two years ago, as you pointed out, when I last spoke at Munich, I was a private citizen; I was a professor, not an elected official. But I said at that time, ‘We will be back’. And I’m a man of my word. America is back.” Toda la apuesta del nuevo gobierno de Biden se condensa en la fórmula con la que termina este párrafo: “America is back”. No solo el regreso a las instancias internacionales sino, sobre todo, la apuesta de la nueva administración por restituir el lugar imperial estadounidense. Frente a la marchita fórmula de Trump, “Make America great again”, que instauraba un imaginario que miraba hacia dentro, “America is back” de Biden deviene el exacto reverso de la fórmula trumpista al lanzar a Estados Unidos hacia afuera. Biden cumple su palabra y la contrasta con la falsa palabra de Trump: la militarización del país con la que terminó el período trumpista (hacia dentro) podía disolverse en la nueva administración que, como era costumbre, podía militarizar al resto del planeta (hacia afuera) bajo la pastoral premisa de la supuesta salvación.
Pero precisamente porque la primera fórmula evoca el interés securitario por el interior y la segunda por el exterior, Trump y Biden constituyen su mutuo reverso especular, pertenencia conjunta a la misma maquinaria imperial que, dependiendo de los intereses en juego, intensifica sus formas hacia dentro o hacia fuera produciendo ese dentro y ese afuera, e incluso constituyendo “afueras” en su propio “interior” (afroamericanos, migrantes, latinos, japoneses, cheyenne, etc.) e “interiores” en su despliegue “exterior” (las bases militares repartidas por el planeta, sus corporaciones trasnacionales y el dominio de las instituciones supranacionales más importantes). Producción de interior y de exterior, Trump y Biden devienen así dos polos de una misma máquina que hoy acusa un retiro, un abandono del mundo que por años dominó.
En 1966, Carl Schmitt podía decir que la única política imperial pasaba hoy por la apuesta de una policía como dispositivo de administración global. Y recalcaba que la policía no significa el despliegue de una simple “técnica”, sino de una nueva formulación propiamente “política” que opone a la humanidad contra la in-humanidad del terrorismo internacional: quien dice “humanidad” miente, decía Schmitt.
Como policía del mundo, los Estados Unidos han catalizado al capitalismo mundializado a través de una maquinaria doble que comporta la articulación de un interior y un exterior radicalmente intercambiables: el concepto de “seguridad nacional” estadounidense es, al igual que su Constitución que no especifica los límites territoriales del país, un término ubicuo que puede operar tanto hacia el “interior” como hacia el “exterior”. Todo territorio exterior es plausible de integrarse al interior (Vietnam, Iraq, Afganistán, etc.) y, a su vez, toda forma interior puede devenir exterior (los ciudadanos afroamericanos, japoneses, latinos, etc.).
Un soldado estadounidense en Afganistán. Crédito: The U.S. Army
La máquina imperial estadounidense tiene su genealogía. Los procesos de colonización desplegados luego de la llegada del Mayflower en 1620 a las costas norteamericanas, pasando por la independencia, por su transformación en superpotencia global desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y su predominio absoluto en la escena mundial después de la caída de la URSS, expresan un continuum por el que la teología política que erige la idea del “destino manifiesto” se torna una constante. El analista Robert Kaplan destaca cómo la jerga militar estadounidense sintomatiza dicho continuum cuando, más allá del país que se “intervenga”, el vocabulario militar no deja de hablar de “tierra india” para referirse al espacio enemigo. Podrán ser árabes, japoneses o vietnamitas; latinoamericanos, afganos o iraquíes. Para ellos, siempre serán “indios”.
2.- Bestia
El 6 de enero del año 2021, una multitud de partidarios del expresidente Donald Trump ingresó a las dependencias del Capitolio para anular el conteo electoral que pretendía certificar la victoria de Joe Biden. Una multitud fascista que la jerga “demócrata” no tardó en calificar de “insurrección”. Los manifestantes traspasaron una seguridad bastante obsecuente con los “insurrectos” e ingresaron al Capitolio y llegaron al Senado. El asalto devino una performance: manifestantes disfrazados o no, ingresaban como los antiguos bárbaros (el afuera) que pervivían en el seno de una desgastada civilización (el adentro), al punto de abrir disparos en los que una manifestante fue herida y luego murió en el hospital. Sangre y bestialidad: Jake Angeli —también conocido como Q– shaman— irrumpe con la masa, premunido de un disfraz de pieles, un gorro con cuernos y a torso desnudo, exhibiendo múltiples tatuajes. Pero más relevante: su rostro estaba pintado enteramente con la bandera estadounidense. Ni animal ni humano, ni puramente bárbaro ni civilizado, el extraño sujeto devenía monstruo en el seno del palacio que, por siglos, había estado destinado a conjurarlo.
Más que monstruos, se trata del término “bestia”: en sus seminarios de 2002 y 2003, Jacques Derrida subraya el carácter de “bestia” que porta consigo toda soberanía. No se trata del “animal” a secas ni menos de lo “humano” en su refinamiento último de buenas costumbres y moral, sino de una soberanía que ha decidido la excepción y ha hecho implosionar el orden precisamente para conservarse como tal. La “bestia” excede al animal y al humano, no es simplemente un bárbaro, pero tampoco un civilizado. La “bestia” deviene nombre de la misma soberanía, dirá Derrida. Como un exterior en el seno de lo interior, un resto del salvajismo animal en medio de un orden humano siniestrado que pugna por conservarse, la fuerza-de-ley que toda soberanía abraza trae consigo el impulso bestial inmanente a la autoridad que funda, al simulacro que despliega. En el seno del Capitolio, donde ha de reinar la palabra, irrumpió la sangre, el asesinato de manifestantes, el devenir bestia del hombre. Momento de implosión de la República, agotamiento de su máquina: cuando no puede producir más el interior y el exterior, ambos se confunden en la “bestia” que puebla los pasillos de la “democracia” y que exhibe sus pieles bajo el pilum de sus cuernos.
El 16 de agosto de 2021, una escena similar, pero a escala internacional, tiene lugar en Kabul: 80 mil talibanes enfrentados a 300 mil miembros activos del ejército afgano preparados por las fuerzas estadounidenses que habían ocupado Afganistán desde hace veinte años, terminan por tomarse Kabul y, con ello, ponen fin a la ocupación estadounidense del país. Si bien en febrero de este mismo año la administración Trump había negociado en Doha con los talibanes para preparar la salida de Estados Unidos, lo cierto es que la velocidad de la conquista de Kabul y las escenas transmitidas parecían menos la de un “socio” con el que se había llegado a un acuerdo y más a las de un invasor derrotado que salía en sus helicópteros con la cola entre las piernas. La evocación de Saigón en 1975 inundó la memoria y los talibanes —guerrilleros islamistas reaccionarios formados por la CIA en las madrasas paquistaníes— se erigían como los protagonistas de una nueva derrota después de la de Vietnam. Las fotos de Saigón se yuxtapusieron a las de Kabul, en particular las de los helicópteros. Verdaderos ángeles que anuncian la muerte, ahora despegaban para llevar a cabo la huida. De pronto, el ojo mediático ingresó al palacio presidencial de Kabul enfocando a los talibanes recién llegados. Trajes limpios, bien planchados, barbas recortadas, fusiles brillantes y relojes de oro eran parte de la folklórica escena familiar dispuesta en el escritorio presidencial. No hubo tiroteos ni sangre.
De hecho, la cámara alcanza a capturar un pequeño sofá blanco vacío con una mesa de madera a su lado y una botella de agua. Se trata de una escena enteramente antinómica respecto de la del Capitolio: los bárbaros ingresan al palacio, pero arreglados, pronunciando palabras de tranquilidad, abogando al respeto que irán a tener por las mujeres y la amnistía dada a los funcionarios públicos. A Kabul entra el orden, pero a su vez, la limpieza: imagen de blancura en contra de la corrupción del Ancien Régime liderado por los ex-amigos ahora ocupantes. La performance talibán deviene inversa a la de Q-Shaman: la “bestia” ha huído en sus helicópteros, ahora vienen los hombres para refundar un país bajo el epíteto de “emirato” y así pertenecer a la familia real de las petromonarquías. Los que asesinaban a mansalva ahora llaman a la paz. Sus barbas siguen de pie, sus rifles también, pero no para mostrar las garras de la guerra, sino para invitar a la paz. La ocupación estadounidense devino corrupta, el nuevo gobierno talibán completamente puro: la ocupación no sería más que desorden, la nueva administración promete orden.
Dos escenas contrapuestas, pero sin embargo enteramente solidarias. En la primera, la “bestia” soberana despunta en el lugar en el que reina la palabra y se hace la Ley; en la segunda, esa “bestia” huye en sus helicópteros para dar lugar a la llegada del orden, la Ley (sharía, le llaman), la pureza. Los talibanes fueron como Q-shaman; Q- shaman fue como son ahora los talibanes. Dos escenas inversas: una al “interior”, otra al “exterior”; al interior (Capitolio) irrumpe el exterior (bárbaro) y en el exterior (Afganistán) el interior (el civilizado). La intersección de las dos escenas marca un asunto decisivo: la máquina imperial estadounidense experimenta su implosión.
Niños sobre un tanque abandonado en Kabul. Crédito: swiss.frog
Asistimos al momento en que el imperium desfallece y se retira del mundo. Como la antigua teoría de la Cábala, según la cual el momento de creación (tzim tzum) consiste en la contracción de Dios sobre el mundo, en su abandono, la “retirada” del policía de la tierra trae consigo un momento propiamente stasiológico —es decir, de una alteración del orden establecido—, donde las formas de vida inician un ciclo de resistencia feroz contra las múltiples formas del capitalismo mundializado que ha quedado sin su gendarme preferido. Al día siguiente de la huida estadounidense de Afganistán, miles de mujeres comenzaron a protestar en las calles contra el nuevo régimen. La deriva stasiológica abre conflictos nómicos entre potencias que se disputan la posición de gendarme que, a pesar de China, los Estados Unidos junto a la OTAN aún pueden reivindicar. La retirada estadounidense y la transfiguración de la escena nómica clásica por la irrupción stasiológica, me parece, marcan los ritmos de la época.
A la fórmula “America is back” promulgada por Biden, habría que introducirle un paréntesis con la palabra “going”: a pesar de Biden, la realidad stasiológica muestra que el back de America no es un retorno en gloria y majestad, sino una vuelta siniestrada, una verdadera experiencia en la que America is (going) back (está “retrocediendo”, literalmente del inglés).
3.- Fraternidad.
El 11 de septiembre de 2001, dos aviones de líneas aéreas estadounidenses se estrellan contra las Torres Gemelas y otro más contra el Pentágono. El humo y las llamas aparecen rápidamente. Las cadenas mediáticas aún no saben bien qué es lo que ha ocurrido. Se elucubra la posibilidad de un “accidente”, hasta que el segundo avión se estrella completamente contra la segunda torre. El nuevo titular irrumpe: “America under attack”. Se trata de un ataque, de una guerra y de unos enemigos que están lanzándose sacrificialmente contra los monumentos más importantes del poder estadounidense (el dinero con las Torres y las armas con el Pentágono). Las imágenes se administran con precisión: solo se transmite el inusual ataque a las Torres, pero no al Pentágono, porque aún surcan diversas teorías. Antes de su derrumbe, mientras el humo y las llamas comienzan a consumirlas, muchas personas logran bajar, pero otras que yacían en los pisos superiores quedan atrapadas entre el fuego y la altura. Muchas terminaron por perecer en el derrumbe ulterior, pero otras se lanzaron al vacío en medio de la desesperación por ser alcanzadas por las llamas.
El 16 de agosto de 2021, las imágenes no se concentran en Nueva York, sino en Kabul. Pero los cuerpos que se caían al vacío no eran de ciudadanos estadounidenses, sino afganos que habían intentado huir del terror talibán llegando al aeropuerto y aferrándose a los cargueros de la US Air Force. Los aviones estaban atestados. Su grisáceo color acaso daba el tono de la época en la que interior y exterior devienen indistinguibles. Los afganos corren alrededor de los aviones para agarrarse de algo, y algunos, en pleno despegue, caen a la sequedad del sombrío territorio. La prensa ajusta la noticia subrayando los “restos humanos” encontrados más tarde, producto de aquellos que cayeron mientras el avión estadounidense se elevaba. No es irrelevante el vector colonial en juego: como los belgas huyendo de Ruanda ad portas de la masacre entre tutsis y hutus en plenos años 90, los cargueros estadounidenses intentaban salvar a los “suyos” antes que a los nativos, a quienes intentaron gobernar durante largos veinte años sin lograrlo. Los “suyos” son esa categoría de ciudadanos blancos —aunque sean afroamericanos, latinos, asiáticos o indios— que deben ser salvados de la horda primitiva que comienza a arrasar con el país. Solo ellos pueden salvarse, los demás apenas se aferran a algún hueco que clandestinamente sobra de la carcasa metálica.
Los afganos —mujeres, sobre todo— devienen así, cuerpos que caen al vacío, abandonados enteramente por el poder estadounidense que había prometido su protección.
Dos escenas transmitidas en vivo y en directo que exponen a los cuerpos cayendo al vacío, sea por la desesperación ante las llamas o por la desesperación ante los talibanes. En cualquier caso, se trata de la posibilidad de quemarse vivo en un mundo que estalló por un atentado talibán en Estados Unidos y, a su vez, por una intervención estadounidense en Afganistán. Nueva York y Kabul son dos bordes de la misma intensidad nómica que expele cuerpos y los lanza decididamente al vacío. Dos escenas en que los cuerpos caen, se aplastan en el olvido de una cámara que los enfoca, anónimos, huyendo. Como si el despliegue nómico del poder implicara la supura de cuerpos, de pueblos cayendo al vacío.
Digámoslo radicalmente: el talibanismo deviene un americanismo desplegado por otros medios. De sus ramificaciones perviven Al Qaeda y el Estado Islámico, dos “hijos” de una misma familia, de una misma fraternidad que ha radicalizado al evangelismo wahabí utilizando el término takfir (infiel) para designar al enemigo absoluto. Justamente takfir es la traducción taliban del “terrorista” declarado por Estados Unidos. Simetría imaginaria que sintomatiza la fraternidad.
Soldados estadounidenses en Kabul. Crédito: The U.S. Army
En su libro One Nation Under God: How Corporate America Invented Christian America (2015), el historiador Kevin Kruse ha mostrado cómo la política estadounidense desde los años 50 se orientó a potenciar a los grupos religiosos fundamentalistas en todas partes del mundo. Desde la secta Moon en Corea del Sur hasta los talibanes en Afganistán, la política estadounidense dio a estos grupos financiamiento, armas y respaldo político. Su lógica de funcionamiento reproduce el dispositivo partisano compuesto por evangelismo y armas, pero refundido en versión musulmana gracias al wahabismo saudí, que les dio formación ideológica en las madrasas paquistaníes para luchar contra el “infiel” soviético. Lejos de ser una “cultura ancestral”, como diría un sobrevalorado columnista chileno, los talibanes fueron producidos durante la Guerra Fría y devinieron la vanguardia del capitalismo mundializado.
“America is (going) back” implica, a la vez, la implosión del nomos y la irrupción stasiológica de cuerpos que, al estar compelidos a caer al vacío, buscan otras vías más allá de la maquinaria nómica y su catástrofe. En Iraq y en otros sitios, esos cuerpos han abierto el desgarro a través de revueltas que proliferan por el planeta. Porque “America is (going) back” no solo significa dejar que los cuerpos caigan al silencioso vacío, sino también que irrumpan como stasis global, con sus múltiples formas de vida que impugnan la cruenta dinámica del capital, que ya no tiene gendarme privilegiado, sino uno completamente en retirada. Cada vez con mayor armamento, pero con menos astucia, estrategia y visión. Sin lectura. Pues la huida de Kabul no trata solo de Estados Unidos, sino del carácter nómico del liberalismo: expone su agotamiento y la imposibilidad de ofrecer una lectura del presente.
En su retiro, los cuerpos caen al vacío. Sea en las Torres Gemelas incendiadas o en un carguero de la US Air Force despegando de Kabul. Los talibanes, miembros de la fratría imperial y engendrada por ella, devinieron, finalmente, la refutación práctica del liberalismo. Con la emergencia china, anuncian la posibilidad de un capitalismo iliberal (el Imperio) que, sin embargo, seguirá lanzando cuerpos al vacío.
La reciente polémica en torno al legado de Alejandro Sieveking y Bélgica Castro ha puesto en evidencia la falta de una institucionalidad estatal encargada del resguardo de esta memoria escénica que no solo proteja los archivos de los y las artistas que fallecen, sino que promueva la práctica archivística en las comunidades creativas activas, difunda el valor de la documentación y propicie trabajos colaborativos que permitan potenciar las iniciativas particulares y universitarias.
Por Constanza Alvarado, Pía Gutiérrez, Javiera Larraín, Marcia Martínez y Viviana Pinochet(*)
La riqueza de las Artes Escénicas (AAEE) se ve reflejada en su patrimonio documental, pero al mismo tiempo, la precariedad de las artes en Chile también se muestra en las dificultades que enfrentan las iniciativas desarrolladas en el ámbito de los archivos de teatro, danza, circo, performance y narración oral. Como académicas e investigadoras en el campo de los archivos de teatro chileno, queremos plantear la urgencia de buscar medidas a corto y largo plazo en torno a la salvaguarda, conservación, resguardo y difusión del patrimonio documental de las Artes Escénicas. Pensamos que es central la coordinación y el trabajo en red, que existan políticas de custodia y normalización de criterios, acceso abierto (digital y físico) a los documentos, estabilidad en el financiamiento y apoyo para los archivos de AAEE en proyectos que favorezcan la capacitación en el sector y la educación en torno al patrimonio en nuestro campo cultural.
Con este objetivo en mente, proponemos una serie de reflexiones y medidas para promover la valoración y el desarrollo de iniciativas archivísticas en la comunidad de artistas, y la creación de un Archivo Nacional de Artes Escénicas que apoye dichas iniciativas y vele por su resguardo y continuidad. Para esto, como primera acción, tomamos contacto con el Archivo Nacional de Chile, quienes han acogido nuestra interpelación y con quienes actualmente avanzamos colaborativamente; en segunda instancia, iniciamos un Catastro Nacional de archivos de AAEE que avanzará este año gracias al Fondo de Emergencia del Ministerio de las Artes, las Culturas y el Patrimonio. Esperamos que además de propiciar un diálogo, este documento motive a toda la comunidad a participar en él.
La superposición de precariedades en los archivos de artes escénicas en Chile
Distinguimos, inicialmente, tres factores generales que determinan el estado actual de los archivos de las AAEE, los que se vinculan estrechamente con los desafíos que enfrentan la archivística y el trabajo creativo escénico, ya que en este ámbito las precariedades que enfrentan ambas disciplinas se ven superpuestas en todas estas dimensiones. En primer lugar, observamos que la precarización del trabajo de las AAEE en Chile incide directamente en sus archivos. Como han denunciado varias agrupaciones por décadas y con mayor urgencia durante la crisis sanitaria, los y las trabajadoras tienen ingresos inestables, carecen de seguridad social, y los grupos y espacios no tienen garantías de continuidad, lo que repercute radicalmente en los procesos creativos de los y las artistas. Este contexto dificulta sumar la preocupación sobre el patrimonio, lo que lleva a que la labor de organizar y clasificar sus archivos sea relegado a un futuro hipotético o derechamente descartado, puesto que ni siquiera se dan las condiciones para almacenar los documentos.
En segundo lugar, creemos que pese al significativo aumento en trabajo de conservación y rescate de archivos de las AAEE en nuestro país, hay una escasa conciencia del valor patrimonial de los archivos. Reconocemos que hay investigadores, investigadoras e instituciones que han tenido una permanente preocupación al respecto, pero nos queda mucho por avanzar, puesto que como sociedad estamos lejos de apropiarnos de nuestra responsabilidad y potencia documental. Con esto nos referimos no solo al trabajo por realizar con los mismos archivos, sino a la difusión dentro de las esferas artísticas y ciudadanas de la importancia que tiene el resguardo de los procesos creativos y su recepción. La promoción del valor patrimonial de los archivos es una herramienta para reconocer la importancia de las AAEE a lo largo de nuestro territorio. La responsabilidad de preservar los documentos, a modo de huella de una práctica, ofrece comprender sus condiciones de producción, estéticas, poéticas y vínculos con sus comunidades, posicionando a las AAEE como un hecho cultural.
Obra Esto (no) es un testamento (2017). Crédito: GAM
Por último, constatamos la falta de una institucionalidad que difunda el valor patrimonial de los archivos de AAEE y promueva su conservación y difusión en el área, lo que ha perjudicado las posibilidades de colaboración entre proyectos y la valorización de los archivos por parte de los artistas y sus familias, quienes muchas veces desconocen la importancia patrimonial de sus fondos. Actualmente existen muy pocos proyectos de archivos de AAEE en Chile y responden a esfuerzos más bien personales que programáticos, mayoritariamente asentados en Santiago. A diferencia de otras disciplinas artísticas —como las artes visuales, audiovisuales, la música y la literatura, que cuentan con espacios culturales y centros de documentación especializados y públicos— no hay una institución con financiamiento estatal ni estable que tenga entre sus funciones el resguardo y la valoración del patrimonio documental escénico a nivel nacional. Como consecuencia, todas las iniciativas existentes se financian de manera particular o por medio de fondos que solo cubren un año de continuidad del proyecto y no pueden garantizar su mantenimiento o vínculo con las comunidades, lo que propicia la precariedad y la falta de valoración de ese patrimonio. Si bien los esfuerzos de algunas universidades por sostener archivos es muy valorable, la discusión sobre las políticas de acceso, visibilidad y resguardo sigue siendo en el espacio privado y sin una regulación o mediación de un órgano público especializado que ayude, por ejemplo, en términos archivísticos a encontrar un lenguaje común de descripción y recuperación de metadatos (como elementos descriptores comunes, medidas de conservación especializadas, etc.). Las iniciativas individuales y particulares en torno a los archivos de AAEE en nuestro país evidencian la necesidad de contribuir a la posibilidad de conocimiento, colaboración, acceso, estandarización de los procedimientos archivísticos y apertura a la comunidad.
Los archivos y las Artes Escénicas como derechos culturales
Es importante enmarcar estas reflexiones y propuestas en la discusión sobre los derechos culturales y la normativa vigente de nuestro campo, en específico, la Ley de Artes Escénicas y la Política Nacional de Artes Escénicas elaborada por el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio para el periodo 2017-2022. Reconocemos que la precarización extendida a la que hemos aludido es un factor que incide en la postergación de los derechos culturales que deben ser garantizados por las instituciones del Estado. Tenemos la necesidad cultural de poner en valor prácticas artísticas de sectores menos atendidos y se ha puesto en evidencia en los movimientos sociales y las demandas de la comunidad por una normativa en estas áreas (Ley de Artes Escénicas/ Lineamientos de cultura por parte del gobierno/ Ley General de Archivos).
Así como se espera que los archivos del Estado den cuenta de la diversidad de agentes de la cultura, nuestra expectativa es que la administración pública se preocupe de guardar los archivos institucionales para que garanticen el respeto a la integridad y dignidad del sector de las AAEE y que, frente a cualquier conflicto, sean evidencia de procesos tanto culturales como, eventualmente, judiciales y políticos. A su vez, consideramos que el Estado debe promover la protección de nuestro patrimonio cultural como una forma de garantizar el acceso a la cultura. De acuerdo a la Declaración de Friburgo (2007), elaborada por un grupo de destacados académicos e intelectuales de las ciencias sociales, existen seis categorías de derechos culturales, todos los cuales nos parecen relevantes para el ámbito de los archivos de las AAEE. En primer lugar, se consigna el derecho a la identidad y al patrimonio cultural y las AAEE son una instancia de construcción y de reflexión sobre la identidad y parte del patrimonio cultural, por lo que deben ser preservadas para que sean accesibles por la ciudadanía. En segundo lugar, se plantea el derecho a la autodeterminación cultural, las AAEE, y por extensión sus archivos, desde la diversidad de representaciones y materialidades, fomentan la reflexión en torno a cómo se ejerce ese derecho de autodeterminación y pone en evidencia los elementos que obstaculizan o promueven la conciencia de dicha autonomía. En tercer lugar, se define el derecho de acceso y participación en la vida cultural de toda persona, de manera libre y sin restricciones, el que es relevante para poder comprender los archivos como espacios de participación activa, por lo que el desarrollo de los archivos de AAEE generaría una instancia para compartir la creación cultural y favorecer una reflexión respecto de qué es lo que se protege con la propiedad intelectual y cuánto control se puede tener sobre las relecturas de una obra. En cuarto y quinto lugar se declaran el derecho a la educación y formación, y a la información y comunicación, que debemos promover facilitando el acceso a una diversidad de materiales que permitan desarrollar las diferentes identidades, por lo que un trabajo desplegado por todo el territorio es la mejor manera de dar cuenta de la diversidad. Por último, destacamos el derecho a la cooperación cultural, que resulta central para esta propuesta, puesto que esperamos que los archivos se construyan de manera cooperativa y pongan en evidencia el trabajo colectivo y vinculado a las comunidades que las Artes Escénicas promueven.
La Política Nacional de Artes Escénicas 2017-2022 suscribe entre sus principios el reconocimiento del patrimonio cultural y la memoria histórica de las AAEE como bien público. Por su parte, la Ley de Artes Escénicas contempla la creación del Consejo Nacional de las Artes Escénicas, organismo que tiene entre sus principales funciones y atribuciones promover y colaborar en la salvaguardia y difusión del patrimonio de las Artes Escénicas (art. 3). Asimismo, la creación del Fondo Nacional de Fomento y Desarrollo de las Artes Escénicas (art.7), que considera entre sus líneas el financiamiento parcial o total de programas, proyectos, medidas y acciones de conservación y salvaguardia de las AAEE, buscando expresamente apoyar la investigación, identificación, recuperación, resguardo, puesta en valor, conservación, protección y difusión del patrimonio artístico escénico chileno (art.8). Observamos con preocupación que la ley tiende a garantizar el resguardo y la difusión del patrimonio de las AAEE a través del mecanismo de la concursabilidad, que es precisamente uno de los factores que han incidido en la precarización del sector. Por lo mismo, reforzamos que es urgente que se conforme una instancia estatal permanente que acoja las iniciativas en este ámbito, que permita mayor estabilidad y continuidad a los proyectos, que promueva la colaboración entre estos y la estandarización de criterios de trabajo.
¿Desde dónde podríamos empezar a discutir el rol de un Archivo Nacional de AAEE?
Comprendemos el trabajo archivístico como uno que debe realizarse en comunidad, vinculado a los territorios y a la ciudadanía. El archivista canadiense Terry Cook[1] identifica cuatro fases en los 150 años de evolución de la archivística como disciplina: de un legado judicial (el archivo como evidencia), a la memoria cultural (el archivo como memoria), al compromiso social (el archivo como identidad) y a la archivística comunitaria (el archivo como comunidad). A partir del momento fundacional de la disciplina, en el que se busca objetividad e imparcialidad para presentar los documentos y su contexto de producción, el desplazamiento ha ido gradualmente a una mayor conciencia de que la subjetividad permea todo el proceso y que la identidad, vinculada a las posibilidades de representación de la memoria colectiva del archivo, es fluida.
Para Cook, estas cuatro fases coinciden con cuatro perspectivas de trabajo archivístico que se van superponiendo, y que representan nuestras motivaciones para consolidar el trabajo con archivos de AAEE. En primer lugar, nos motiva preservar los archivos porque son evidencia de cada momento histórico; las AAEE dan cuenta de su época y sus archivos, por tanto, nos permitirán escribir la historia del país desde la perspectiva que ofrece la mirada crítica de la creación artística y, al mismo tiempo, conocer mejor la historia y desarrollo de las AAEE desde nuevas perspectivas, menos centralizadas, más atentas a las labores de interpretación y técnicas, menos logocéntricas y patriarcales.
En segundo lugar, nos impulsa el promover la reflexión en torno a qué, cómo y para quiénes archivamos; ya que entender el archivo como memoria implica concebirlo no como un repositorio de información, sino como un terreno en disputa en el que construimos imaginarios a partir de aquello que se recuerda y aquello que se olvida, lo que se consagra y lo que se invisibiliza, apostamos por reflexionar constantemente sobre cuál es el lugar desde el que se archiva; en tercer lugar, creemos que tanto las AAEE como los archivos son espacios de construcción de la identidad cultural, social y política de Chile, por lo que, así como toda la ciudadanía debería tener acceso a la cultura y al arte, también deberíamos promover que los archivos reflejen los procesos escénicos que han participado de la construcción de nuestra identidad a lo largo de todo el territorio.
Por último, nos importa construir archivos de manera comunitaria, donde sean las mismas personas quienes de manera activa participen de la construcción de nuestra historia, memoria e identidad.
Obra Cuerpo pretérito (2018), dirigida por Samantha Manzur. Crédito: GAM
Bajo esta lógica, afirmamos que la visibilización de los archivos de AAEE desde ejes territoriales nos permitirá fortalecer la comunidad que ellos representan y convocan, invitando a preguntarnos sobre aquello que ha sido menos puesto en valor, como la articulación en territorios no centrales, la actividad de mujeres y disidencias o la práctica artística no oficial, por nombrar algunos. Arjun Appadurai señala que “en la imaginación humanista, el archivo no es más que una herramienta social para el trabajo colectivo”[2] (15), por lo tanto, hacerse cargo o ver en un grupo la “aspiración” al archivo, es también prueba en sí misma de la necesidad de organización y visibilización, ambos objetivos que esperamos abordar con esta iniciativa.
Al mismo tiempo, las herramientas tecnológicas colaboran en el posicionamiento más estable sobre las posibilidades de archivar y el impacto que esto tiene en el tejido de un grupo. Esta nueva disposición técnica genera preguntas sobre la responsabilidad centralizada del archivo en esferas puramente estatales o institucionales alejadas de los contextos de producción documental y de las y los usuarios, lo que propicia nuevas dinámicas de trabajo y acuerdo para la conformación de archivos. Desde este lugar nos situamos con el objetivo de trabajar en colaboración con redes de organizaciones y artistas, así como en vínculo con las instituciones u órganos del Estado como el Archivo Nacional, para articular diferentes necesidades, técnicas y expectativas.
En este sentido, también nos parece importante relevar la relación entre patrimonio cultural y archivos; considerando que el patrimonio cultural, etimológicamente, establece el traspaso del saber por línea masculina de aquello que conforma nuestra identidad. Principalmente entendido desde la creación del Estado moderno, hablamos de patrimonio nacional en términos de fronteras que nos diferencian y cohesionan, pero dicha patrimonialización es un tema estanco si no se transforma en un contexto que pueda ser releído por otros. Desde esta perspectiva, podemos concebir el archivo como un hecho social, en tanto es algo que se va construyendo de manera colaborativa, que no existe per se. Este proceso de construcción tiene una arista política, ya que qué, quién y cómo se archiva, son ejes variables que determinan la definición de la memoria representada en el archivo. Este cambio de paradigma se hace más sólido con la expansión de internet y su uso en la vida cotidiana de los sujetos pues deja a la vista que los archivos, que están a la base del almacenamiento de la información en la producción digital, son un aparato en estado de cambio constante, inestables y modificables.
Situamos al propio teatro como unarchivo vivo y pensamos que esto es extendible a todas las AAEE. Sabemos que cada una de las disciplinas de las AAEE tiene especificidades que requieren ser atendidas, por lo que nos parece relevante buscar espacios para compartir reflexiones y discutir hasta qué punto las propuestas en torno a los archivos de teatro (que tanto en Chile como en el extranjero han recibido más atención de la academia y la archivística) pueden compartirse por otras disciplinas de las AAEE como la danza, la ópera, el circo, los títeres y la narración oral.
Por otro lado, postulamos que si desde la perspectiva de la archivística actual, se comprenden los archivos como espacios donde se construye la memoria y la identidad, es en esos elementos en donde se juega el vínculo sustancial con la práctica escénica contemporánea. Algunas de las propuestas teóricas recientes dan cuenta de una importante dimensión performática del archivo, que se vincula con las comunidades de modos comparables a los que podemos observar en las AAEE. En este sentido, estas dialogarían con los archivos nacionales, ya sea desmontándolos, subvirtiéndolos o creándolos. El uso de documentos es una base para algunas obras de teatro y a la vez el teatro mismo es un ejercicio de documentación, organización y disputa de la memoria.
Esa tensión queda muy clara en, por ejemplo, “Los que van quedando en el camino” (1969) de Isidora Aguirre, que trabaja sobre la matanza de Ranquil y sus testimonios pero como herramientas para posicionar el proceso de Reforma Agraria e incorporación del campesinado al proyecto político de Allende; más recientemente, podemos verlo en los trabajos de la compañía La Laura Palmer, en especial los realizados junto a la compañía Ictus “Esto (no) es un testamento” (2017) y junto al equipo técnico y artístico del Teatro Nacional “Animales invisibles” (2019), ambas obras/documento de la historia teatral; o en “Galvarino” (2012) de Paula González y gran parte de la línea documental de su trabajo con la compañía Kimvn, como un ejercicio de descripción y posicionamiento de un archivo del pueblo Mapuche insistentemente omitido; por último, es interesante la propuesta de Samantha Manzur con la obra “Cuerpo pretérito” (2018) que no solo se construye a partir del trabajo del archivo, con los materiales del montaje de La Negra Ester de Andrés Pérez, sino que cuestiona el estatuto del documento en la escena y la performatividad de los acervos.
Creemos que la consciencia de archivo no consiste simplemente en la sistematización de materiales escénicos bajo la forma de documentos, sino que es una forma de relacionarse con el teatro en sí mismo, un prisma particular desde donde observarlo. La estabilidad del archivo, intensamente cuestionada en las últimas décadas, es puesta en cuestión desde esta perspectiva que también introduce el conocimiento corporalizado como documento que se usa y reinterpreta constantemente. De este modo, al entender el teatro como archivo se propicia una reflexión de la performatividad que, extensiva de las formas escénicas, permea el quehacer de los sujetos de una cultura.
Las discusiones que debemos tener como comunidad artística
Esperamos que estas reflexiones sirvan para nutrir y convocar a más agentes a las discusiones sobre el resguardo de nuestro patrimonio escénico. Nos parece relevante abordar problemas como: qué entendemos por un documento de archivo en nuestra disciplina, qué materialidades aparecen como soportes, cuáles son los desafíos para su conservación, cuáles son los vínculos entre los procesos creativos actuales y el trabajo en soportes digitales, entre otros. Además, buscamos propiciar diálogos entre las diferentes personas que participan de la creación, conservación y organización de los archivos de Artes Escénicas, para apoyarnos y compartir nuestras estrategias, poder pensar juntos y juntas los criterios de descripción, la adhesión a las normas archivísticas y, eventualmente, trabajar de forma colectiva las taxonomías para elaborar un tesauro en conjunto. Creemos que enfrentamos problemas similares, como la dificultad para dar continuidad a los proyectos en la lógica actual de la concursabilidad de los fondos, la complejidad para garantizar la conservación de nuestros acervos (con los altos costos de los materiales especializados y la falta de espacios idóneos) y la necesidad de una mayor formación en manejo de fondos documentales.
Nos parece central que se fortalezcan las redes de colaboración dentro de la comunidad de las artes escénicas y se impulsen espacios de encuentro, idealmente con un apoyo institucional, de manera que se fortalezcan y visibilicen las iniciativas individuales. Nos parece relevante que los archivos sean de acceso público, en esta línea nos parece urgente potenciar a los archivos digitales y buscar formas de consultas simultáneas en varios fondos documentales que reconozcan el trabajo de investigación que hay detrás de cada iniciativa.
Montaje Los que van quedando en el camino (1969), de Isidora Aguirre. Crédito: Facultad de Artes UC.
También es importante que se respete la integridad de los fondos documentales, es decir, que no se fragmenten ni seleccionen los conjuntos documentales; los y las artistas suelen ser muy multifacéticos/as, por lo que en su mayoría desarrollaron carreras de gran interés en otras áreas de la cultura, como la literatura o las artes visuales (por ejemplo, los escritos periodísticos de Sergio Vodanovic o la obra narrativa de Isidora Aguirre). Asimismo, creemos que debe respetarse la dimensión territorial de los documentos, creemos que hay un gran trabajo por realizar con los grupos y espacios de las AAEE a lo largo de nuestro país, tanto en el resguardo de los documentos más antiguos como en el apoyo para la conservación de la documentación que están produciendo actualmente.
Para poder cumplir estos objetivos, creemos necesario saber dónde y en qué estado están los archivos en nuestro país, por lo que nuestro primer paso es realizar un Catastro Nacional de Archivos de Artes Escénicas a través de un trabajo directo con los territorios, para conocer y difundir la existencia y descripción de sus diversas manifestaciones, lo que nos permitirá establecer un protocolo de descripción de los archivos, conocer las existencias, formas de organización y estado de los mismos, y difundir estos resultados a través de medios nacionales y regionales, con el fin de promover el acceso a la información sobre archivos de Artes Escénicas en Chile a la comunidad y al público en general. Nos alegra contar con el apoyo del Archivo Nacional para esta iniciativa y esperamos que la comunidad de las artes escénicas pueda participar e involucrarse con el catastro.
Los archivos participan activamente de la formación de la comunidad y deben estar abiertos, no solo para consultas sino también para nuevos usos e interpretaciones. Creemos que un Archivo Nacional de Artes Escénicas debe involucrar a toda la comunidad creativa en el incesante proceso de construcción; y que su divulgación y puesta en valor nos permitirá conocer otros contextos de producción que posibilitará revisar los actuales. Esperamos que esta publicación propicie el diálogo en torno a la relevancia de nuestro patrimonio documental y motive a la participación en el Catastro como una contribución a la actividad archivística ya iniciada en este campo, favoreciendo la salvaguarda, conservación, resguardo y difusión de las artes escénicas a lo largo de nuestro territorio.
_______________________________
Bibliografía citada
Appadurai, Arjun. “Archive and Aspiration”. En Information is Alive. Brouwer, Joke y Arjen Mulder, eds. Rotterdam: 2003, pp. 14-25.
Cook, Terry. Evidence, memory, identity, and community: four shifting archival paradigms.Archival science 13.2 (2013): 95-120.
(*)
Constanza Alvarado. Magíster en artes. Proyecto Arde, Archivos de Teatros Escolares. Asociación Cultural de Teatristas de Los Ríos, ARTELOR.
Pía Gutiérrez Díaz. Doctora en literatura y académica en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Jefa del Doctorado en Artes UC. Proyecto Arde, Archivo Manuel Rojas, Archivo Isidora Aguirre, Archivo Sergio Zapata.
Javiera Larraín. Magíster en dirección teatral y académica UAI y UDD. Archivo Ateva.
Marcia Martínez C. Doctora en Literatura Latinoamericana y académica en la Universidad de Valparaíso. Proyecto Teatro y memoria en Concepción.
Viviana Pinochet Cobos. Doctora en literatura, archivera y académica Universidad Finis Terrae. Archivo Sergio Vodanovic, Archivo Jorge Díaz. Integrante de la Asamblea de archiveras y archiveros de Chile, ASARCH.
[1] Cook, Terry. Evidence, memory, identity, and community: four shifting archival paradigms. Archival science 13.2 (2013): 95-120.
[2] Appadurai, Arjun. “Archive and Aspiration”. En Information is Alive. Brouwer, Joke y Arjen Mulder, eds. Rotterdam: 2003, pp. 14-25.
La traducción es nuestra, la cita original es: “in the humanist imagination, the archive is no more than a social tool for the work of collective memory”.
“Lo del recambio generacional como motor de la historia es un cuento más viejo que andar de a pie”, explica Grínor Rojo en esta columna, en alusión al “recambio generacional” que se estaría produciendo en Chile. “Aunque es verdad que no creo en las generaciones —dice—, no puedo negar que las hay. Siempre que se las entienda como lo que son, es decir, como unos grupos acotados de individuos que, por las causas que sean, de ordinario por causas de amistad, clase social y educación, comparten respecto de ciertas cosas ciertas perspectivas en común y las que en el caso de la cultura son sobre todo perspectivas ideológicas y estéticas”.
Por Grínor Rojo
Lo del recambio generacional como motor de la historia es un cuento más viejo que andar de a pie. Tiene que ver, en primer término, con la aparición en la moderna civilización de Occidente de la conciencia del tiempo histórico y con la simultánea necesidad de explicar su funcionamiento. Agréguese a ello la decimonónica obsesión con el progreso, y la pregunta deviene no en una que interroga por cómo se mueve la historia, sino en una que aspira a saber de qué manera esta “avanza”. Y las respuestas abundan. Desde las que ponen el ojo en ciertos sujetos iluminados, conductores de pueblos, líderes mesiánicos que con su sola e incomparable musculatura empujan y mejoran el desplazamiento temporal, hasta los que, con fórmulas diferentes, hacen de ese suceso un quehacer colectivo, de una generación, de una clase, etc.
Muy favorecida, desde el romanticismo, es, por supuesto, la fórmula generacional. En la primera mitad del siglo XIX, surgieron en Europa las “jóvenes generaciones”, una invención de Giuseppe Mazzini. Este fundó en 1831 la Joven Italia y, no contento con eso, en 1834 dio origen a la Joven Europa. Su deseo era que la Joven Italia se hiciese cargo del logro de la unidad republicana de ese país y la Joven Europa de la transformación del continente en el mismo sentido hasta desembocar en su unificación. No le fue del todo mal, hay que reconocerlo. Si es verdad que no consiguió ver durante su vida el cumplimiento de ninguno de los dos objetivos que se había propuesto, no es menos verdad que esos objetivos eran válidos y que sus actuaciones pavimentaron el camino para su consecución posterior.
En América Latina, una “joven generación”, al estilo de las de Mazzini, aparece en la Argentina con el retorno de Esteban Echeverría a Buenos Aires después de sus cinco años parisienses. Echeverría, que se había embarcado en 1825 con un pasaporte que decía “comerciante”, regresa en 1830 con otro que dice “literato”. En París ha leído en los periódicos acerca de las batallas del romanticismo entonces en boga (y algo también acerca de la batallas del socialismo utópico también en boga) y descubierto a través de esas lecturas su propia identidad. De regreso, su país natal lo encuentra escindido políticamente entre los viejos unitarios y los federales mazorquistas (los que le pedían a Rosas más horca), lo que lo persuade, con el fin de resolver esa penosa situación, a introducir la fuerza renovadora de los jóvenes. Entre 1837 y 1838, en Buenos Aires, en la librería de Marcos Sastre, acordándose de las proezas de Mazzini, Echeverría le da el vamos a la Joven Generación Argentina, rebautizada más tarde como Asociación de Mayo, la que, después de todo, no traía consigo ninguna alternativa a la política liberal de los viejos unitarios sino su continuación perfeccionada.
Ni corto ni perezoso, el siempre listo José Victorino Lastarria funda en Chile la Sociedad Literaria, en 1842, la que será el albergue de la Joven Generación local.
De ahí en adelante, el chorro fue incontenible en Francisco Bilbao y sus amigos en la Sociedad de la Igualdad, en la “Generación argentina del 80”, en la de los “científicos” del porfiriato mexicano, en la “Generación española del 98”, en la “Generación” de los “arielistas” rodonianos de principios del siglo XX; habiéndolo recogido incluso el José Martí de “Nuestra América”, donde afirma que los jóvenes de América “entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear” y que “crear es la palabra de pase de esta generación”.
Y con esto nos movemos hasta fines del siglo XIX, cuando el “tema” generacional va a dar al escritorio de los filósofos europeos: al de Dilthey, al de Mannheim, al de Pinder y al de Petersen, por ejemplo, hasta llegar al de José Ortega y Gasset, tal vez el más influyente en el mundo hispanoamericano, y que es quien se explaya acerca de unos sujetos que habría nacido surtos de una misma “sensibilidad vital” y de un mismo “sistema de preferencias”, que a la manera de los clásicos viven solo sesenta años (no habían aparecido aún los milagros de la geriatría), sesenta años que estarían divididos en porciones de quince —niñez, preparación, vigencia y vejez—, y que se enredan y polemizan con sus “contemporáneos” (con sus contemporáneos y no con sus “coetáneos”), según el estadio de evolución en que se encuentran unos y otros, o sea los que están en la fase de “preparación” con los que están en la de “vigencia” e infundiéndole así un impulso continuo al carro del tiempo. Ni falta que hace insistir en el éxito incendiario que tuvo la propuesta de Ortega, sobre todo en el campo de la literatura. Cuando yo era estudiante en el Pedagógico de la Universidad de Chile, a principios de los años sesenta, todo joven que se respetara tenía su nombre inscrito en los registros de alguna “generación” y su deber era actuar en consecuencia, en tanto que las “nuevas generaciones” aparecían en los periódicos de la plaza semana por medio de la misma manera en que aparecen los hongos después de la lluvia en el jardín. Entre los escritores chilenos de esos años, la más bulliciosa fue una a la que le decían la “Generación del 50” y que había sustituido a otra que se llamaba la “Generación del 38”.
He recordado el zafarrancho anterior a propósito del “recambio generacional”, que según me cuentan se está produciendo en Chile y con el que se pretende dar razón del deseo de transformaciones que en la actual coyuntura anima a la gran mayoría de los ciudadanos. Como se sabe, nuestro país se encuentra hoy en medio de una encrucijada histórica de ramificaciones innumerables, pero que consiste esencialmente en la pérdida de legitimidad del contrato de convivencia con el que hemos existido hasta la fecha, al menos desde el golpe de Estado de 1973. Basado en ciertas premisas económicas (el modelo del capitalismo neoliberal y sus ramificaciones nefastas) sociales (un país homogéneo, ello en términos de clase, raza y género. “Monolítico”, decía Pinochet), políticas (un Estado presidencialista, oligárquico recalcitrante y administrado por entero desde la ciudad capital), ecológicas (la naturaleza es un regalo que Dios le hizo al hombre para servirlo como a éste más le convenga) y culturales (una cultura que remeda en esta punta del globo lo que hacen las más poderosas del Occidente desarrollado), ese contrato de convivencia es lo que hoy se tambalea. Por lo mismo, los chilenos sentimos que nuestra obligación es, por lo menos para dar comienzo a un debate eficaz, pensar el país de nuevo y plasmar eso que habremos pensado en una constitución que reemplace a la obsoleta y vergonzante del dictador.
Y ello estaría ocurriendo porque ha entrado en escena una nueva generación de jóvenes contestatarios, empeñados en “arrumbar” y “sustituir” cuanto les sale al paso, es lo que nos dicen los zahoríes lectores de Ortega. La “sensibilidad” y las “preferencias” iconoclastas de esos muchachos y muchachas chocan con las añejas del statu quo y demandan su reemplazo. No están contentos los/las jóvenes chilenos/as de 2021 con lo que existe y se incorporan en el espacio público con unas ideas que según aseguran pueden cambiar todo lo que no está funcionando o funciona mal. Por ejemplo, el candidato más joven a la presidencia que Chile ha conocido enfrentó hace unos pocos días su preselección en un justa de primarias a partir de tres perspectivas transversales: descentralización, medioambientalismo y feminismo. Una perspectiva política, una ecológica y una sociocultural. O, dicho más precisamente, enfrentó su preselección como candidato proponiendo que cualquiera sea el asunto que él aborde con posterioridad a su victoria definitiva, la que anticipa que obtendrá entre noviembre y diciembre del presente año, ello lo hará poniéndolo en relación con alguna de esas tres variables. Ganó la preselección, y la ganó porque, si hemos de creerles a los zahoríes, el programa que propuso interpretaba mejor los anhelos de sus coetáneos. Patéticamente, algunos políticos viejos, operadores diestros en las cocinerías de la dictadura y la postdictadura, se han apurado en subirse en el carro para repetir la receta, pero es dudoso que, dadas sus credenciales nada impolutas, a ellos se les dé con la naturalidad con que se le dio a su joven contrincante. Este encarna a la “joven generación” y promete resolver, con esa “sensibilidad· y con esas “preferencias”, el desajuste entre lo que objetivamente existe y lo que debiera existir.
Por mi parte, pienso que esta plataforma puede ser útil e inclusive necesaria para los fines electorales a los que sirvió hace poco y a los que tendrá que servir más adelante, pero dificulto que baste para una explicación suficiente de lo que pasa en Chile en realidad.
En primer lugar, porque los problemas que tiene Chile en este momento no son sólo los problemas de Chile. Quien quiera que tenga una mediana información sobre el estado de cosas en el mundo sabe que la rueda del tiempo está ahí atascada desde hace ya un rato largo, que la economía rapaz e inequitativa del capitalismo tardío no da para más; que, por lo pronto, no sólo ha sido esa economía incapaz de enfrentar la pandemia del covid-19, sino que ha agudizado sus efectos, protegiendo a los ricos y descuidando a los pobres (me refiero a las poblaciones pobres de los países pobres y también a las poblaciones pobres de los países ricos. Leo en un informe de Amnistía Internacional que “si continúan las tendencias actuales, los países más pobres del mundo no vacunarán a su población hasta 2078. Mientras tanto, los países del G7 van camino de vacunar a su población antes de enero de 2022”), sino que tampoco le da de comer a un 10 por ciento de los habitantes del planeta, a 811 millones de personas, según un informe de la ONU del 21 de julio de este año, al mismo tiempo que, para salir de la crisis en que se sabe hundida hasta el cuello, fabrica armas cada vez más sofisticadas, emprende guerras atroces, depreda los recursos naturales y con todo ello amenaza con la extinción de la vida sobre la faz de la tierra. Entre tanto, sus administradores se llenan la boca con la democracia, mientras reprimen o cooptan (esto gracias al chipe libre de la cultura chatarra) cualquier desobediencia del “pueblo soberano”.
Por otro lado, y esta vez en Chile, esa misma economía hace que el 50 por ciento de los trabajadores gane menos de $401.000 al mes, que los servicios públicos de educación, salud y demás sean un desastre, que “a diciembre de 2019, el 50% de los 984 mil jubilados que recibieron una pensión de vejez obtuvieron menos de $202 mil ($145 mil si no se incluyera el Aporte Previsional Solidario [APS] del Estado)”, según datos de la Fundación Sol, y que a los que se manifiestan en contra de este flagelo la policía los deje ciegos o los mantenga por largos períodos cautivos, sin juicio, gozando en la cárcel de los placeres de la “prisión preventiva”.
Nada de esto es obra ni de la sensibilidad vital ni de las preferencias de la generación anterior, y tampoco lo van a solucionar ni la sensibilidad vital ni la preferencias de la generación de recambio, la que está entrando ahora en la fase de su vigencia, como les gusta decir a los orteguianos. Esto es así porque en Chile sigue en funciones una máquina económica que actúa natural e inevitablemente a favor de los menos y en detrimento de los más y cuyos dispositivos tendrían que ser extirpados de raíz. La centralización extrema, el abuso de l naturaleza y las inequidades de género (y no sólo las de género, sino las concernientes a cualquier diversidad, racial, sexual, etc.) son repugnantes, qué duda cabe, y los jóvenes tienen toda la razón en denunciarlas y atacarlas, pero no son causas sino consecuencias. Ponerlas a ellas en el primer lugar de la lista es, como quien dice, tomar el rábano por las hojas.
Pero, como yo lo confesé alguna vez, aunque es verdad que no creo en la generaciones, no puedo negar que las hay. Siempre que se las entienda como lo que son, es decir, como unos grupos acotados de individuos que, por las causas que sean, de ordinario por causas de amistad, clase social y educación, comparten respecto de ciertas cosas ciertas perspectivas en común y las que en el caso de la cultura son sobre todo perspectivas ideológicas y estéticas. Tales individuos se nutren de un mismo repertorio de fuentes, padecen circunstancias biográficas análogas, escogen a los mismos héroes y protagonizan acciones animadas por objetivos que, aun cuando en el momento de consumarse nos parezcan contradictorios, vistos en retrospectiva nos resultarán armonizables. No es entonces que esos individuos hayan hecho su entrada en este mundo provistos de una «sensibilidad vital» que sabe Dios por qué razones debiera ser la misma en cada uno de ellos, sino que son ellos los que se olfatean, se reconocen y se arrebañan porque sienten que coinciden en tales o cuales vertientes de sus experiencias de vida.
La movilización estudiantil de los pingüinos de 2006 y la universitaria de 2011 reunió en Chile a un grupo muchachos y muchachas con semejantes características. Varios, entre los que hoy se aprestan a competir por el poder o que ya lo han hecho y lo han ganado —son diputados, alcaldes y, más recientemente, gobernadores—, salieron de ese horno, entre estos el precandidato al que me referí más arriba. Y, aunque no militen en un solo partido político o en ninguno, son más sus coincidencias que sus diferencias, lo que explica que se hayan convertido en líderes del cambio que los chilenos tenemos ad portas. Yo, que tengo ochenta años, confío en que no con sus “sensibilidades”, sino con un empleo aplicado de su saber, su inteligencia y su honradez convoquen al conjunto del pueblo y nos saquen así del atolladero en que nos metieron Pinochet, sus amigos y también sus enemigos de la postdictadura.
“Alguien dijo en el 68: ‘Socialismo o barbarie’. No fue un juego de palabras, sino una lúcida predicción”, se lee en La segunda venida, el último libro del filósofo italiano que, además de ser uno de los pensadores más inquietos de la izquierda europea, es uno de los pocos que ha seguido el “caso chileno”: “en Chile nació el ciclo neoliberal, en 1973, y en Chile empezó a morir con la revuelta de 2019 y el proceso constituyente”, decía un texto que hizo circular en mayo. Bifo, que lleva décadas imaginando un futuro negro pavimentado por un capitalismo depredador, se atreve a hacer un pronóstico esperanzador: un nuevo horizonte se puede abrir desde Chile al mundo.
Por Evelyn Erlij
Poco después de las elecciones contituyentes de mayo, Franco “Bifo” Berardi (Bolonia, 1949) envió un correo a sus conocidos hispanoparlantes para pedirles que difundieran una noticia: “estoy trabajando en el proyecto de una asamblea online organizada por el GRIP (Grupo de Investigación Intercontinental sobre la Pandemia) para reflexionar sobre los acontecimientos chilenos”. La idea era hacer circular una convocatoria para un encuentro internacional en vistas a pensar el nuevo horizonte que, desde el sur del mundo, se abre hacia todo el planeta. “La revuelta chilena y el modo como se viene construyendo un poder constituyente es una novedad, una invención política que la convierte en una emergente situación universal (…). Debemos hacer todo lo posible para que la información sobre Chile comience a circular, y también debemos entender que el proceso constituyente nos concierne a todos, porque es la última ventana abierta en el mundo antes de que la oscuridad sea total”.
El texto, que luego apareció en internet bajo el nombre “Tiempo de imaginar lo inimaginable”, tenía un tono reconociblemente bifeano: apocalíptico, radical; tan urgente como el que se esperaría de un sesentaiochista como él, que no dejó que el tiempo deslavara su discurso político. Como Paolo Virno, Silvia Federici o Antonio Negri, Berardi pertenece a la ola de pensadores marxistas nacidos entre las décadas de 1940 y 1950 que se desmarcaron de la corriente gramsciana del Partido Comunista italiano, y tal como explica McKenzie Wark —quien lo eligió en su lista de grandes intelectuales que están descifrando el siglo XXI—, una buena parte de su obra ha consistido en desentrañar el semiocapitalismo, ese capitalismo que “toma la mente, el lenguaje y la creatividad como sus herramientas principales para la producción de valor”.
—Necesitamos difundir globalmente el mensaje que viene de Chile. Este es un punto importante —dice el filósofo desde Bolonia, quien por décadas ha mirado hacia este rincón de América: Chile no es un lugar cualquiera, afirma, aquí empezó la contrarrevolución mundial en 1973—. Puedo asegurar que en Europa no se habla de Chile: la prensa, los intelectuales, los sindicatos, lo poco que queda de la izquierda, no han recibido el mensaje, no han entendido el sentido de la elección constituyente. Tenemos la obligación de hacer circular de inmediato la posibilidad que contiene el proceso constituyente por dos razones: antes que nada, para crear una red de solidaridad, y para denunciar amenazas y ataques contra la democracia en un país que ya conoció la violencia antidemocrática hace casi 50 años. Pero además porque el proceso chileno no es algo aislado, específico de ese país: es la única posibilidad que nos queda de romper el vínculo entre el fascismo y la agresividad capitalista y financiera.
Esta entrevista tiene lugar a raíz de la publicación de su ensayo La segunda venida. Neorreaccionarios, guerra civil global y el día después del Apocalipsis, que acaba de publicar la editorial argentina Caja Negra, pero es imposible hablar sobre este y otros de sus libros sin pensar en lo que está pasando en este lado del mundo. Bifo lleva años advirtiendo lo peor: si no salimos de la barbarie del capitalismo —que a punta de aceleración, sobreexplotación y competitividad nos tiene al borde de la extinción—, el porvenir será negro. El autoritarismo, el racismo y la violencia de los últimos años son algunos de los síntomas de una enfermedad que parece terminal: “El colapso de la democracia ha sido preparado por cuarenta años de competencia neoliberal. Alguien dijo en el 68: ‘Socialismo o barbarie’. No fue un juego de palabras, sino una lúcida predicción”, escribe en La segunda venida, un libro en el que, como en Después del futuro (2014), Fenomenología del fin (2017), Futurabilidad (2019) y El umbral (2020), vuelve a un ejercicio que lo obsesiona: especular cómo serán los tiempos venideros si no cambiamos el rumbo.
Adelantarse a lo inevitable es la primera tarea de los intelectuales, dice Berardi, pero no se trata de caer en una futurología simplona. Parafraseando a John Maynard Keynes, el filósofo explica que lo inevitable por lo general no sucede porque siempre prevalece lo impredecible, y hacia allá, dice, debe apuntar el trabajo intelectual. Basta con pensar en el coronavirus: lo lógico era que el neoliberalismo —y el mundo con él— explotara, pero llegó la pandemia y vino la implosión. Ese afán por imaginar lo inimaginable explica que sus textos suenen excesivos, pero en su último libro se defiende: a la luz de las revueltas mundiales de 2019, sus “premoniciones apocalípticas empezaron entonces a perder el tono irónico de algún profeta exaltado y se convirtieron en sentido común”, apunta.
Por esos días, Bifo se dedicó a escribir sobre lo que veía a través de las noticias: esas convulsiones que sacudieron el cuerpo planetario —desde Santiago, Hong Kong y Barcelona, hasta Quito, París y Beirut— llegaron cuando ya nadie lo esperaba, cuando la depresión y la impotencia, la soledad del individualismo y la humillación de la desigualdad tenían a medio mundo hundido en la derrota. En ese escenario, afirma, Chile se convirtió en el centro de la revuelta antineoliberal: aquí empezó el experimento de Chicago y aquí puede terminar.
—Lo que sucede en Chile tiene una importancia universal. Después de la revuelta caótica de 2019, después de la crisis pandémica y del debate que la acompañó, ahora el país se convierte en un laboratorio de la posibilidad contra la catastrófica probabilidad. Lo probable está claro: un enorme incremento de la desigualdad económica a nivel global, desempleo, frustración producida por la disciplina sanitaria, concentración del poder en las manos de corporaciones privadas que controlan logística, informática y biofarmacología. Pero lo probable no cancela lo posible: una redistribución de los recursos a través de una tasación del capital financiero y de los patrimonios; transformación frugal del consumo, organización comunitaria de la supervivencia, utilización del conocimiento técnico por la sociedad según su interés.
Luego del experimento neoliberal que estalló en Chile, ahora vendrá otro experimento inédito: reconstruir, a través de una nueva Constitución, el cuerpo social y político. ¿Cómo cree que debería ser ese experimento?
—No estamos hablando de fórmulas políticas del siglo pasado, cuando la potencia del conocimiento técnico estaba en las manos de una minoría social. Hoy, la potencia del conocimiento pertenece a una clase social de trabajadores cognitivos expropiados por las corporaciones tecnofinancieras. Tampoco estamos hablando de fórmulas políticas del pasado porque la catástrofe ecológica en curso nos obliga (y nos permite) a pensar en términos de lo concreto-útil, no en términos de acumulación y de crecimiento. Estamos hablando de una experimentación social que tiene que vincular la frugalidad de las expectativas y la reactivación de la afectividad social, el placer de vivir que el neoliberalismo ha sofocado bajo una competencia desencadenada, un individualismo agresivo y un agotamiento nervioso masivo.
Se decía que Chile era el país más estable de América Latina y, de repente, vino un caos que aún muchos no logran interpretar. ¿Qué lecciones se podrían sacar del caso chileno?
—Cuando la velocidad y la intensidad de la estimulación supera nuestra capacidad de elaboración consciente y emocional, reaccionamos con pánico, como organismos al borde del colapso. El caos es eso, la reacción de un cuerpo que ha llegado a un punto intolerable de sufrimiento. No podemos juzgarlo en términos morales o políticos, no podemos controlarlo con medidas legales. Lo que tenemos que hacer es entender el ritmo que contiene, entender los deseos que expresa. En Chile, una nueva generación de militantes políticos, sobre todo jóvenes sin experiencia de gobierno, ha sido capaz de interpretar el caos, de entender la sinrazón, y ahora está tratando de elaborar de manera compartida, democrática y realista las potencialidades que trae consigo. No será fácil, habrá errores. Y tendrán que enfrentar la reacción del sistema financiero internacional (que ya jugó un papel criminal en 1973) y la reacción de la casta militar.
El caos es la única alternativa al automatismo, a la asfixia de la vida cotidiana. ¿Qué hacer cuando explote el caos? Los que hacen guerra contra el caos serán derrotados porque el caos se alimenta de la guerra. ¿Qué tenemos que hacer? Tenemos que recordar algunas palabras de Félix Guattari, cuando en su último libro habla de chaosmosis: en el caos está la búsqueda de una nueva osmosis, de una nueva relación armónica entre la potencia de la técnica y la potencia de la naturaleza. Esta búsqueda aparece hoy en la tarea de una asamblea constituyente compuesta por jóvenes, mujeres, intelectuales que no se definen como políticos, sino como “experimentadores sociales”, en una situación muy difícil pero a la vez completamente estimulante. No es la política como ejercicio arrogante de voluntad y manipulación la que puede ayudarnos. Es la sensibilidad, es el conocimiento, es la búsqueda pragmática de soluciones lo que permitirá a la mayoría de los chilenos gozar de las potencias técnicas y del placer de encontrarse en el espacio público.
***
Franco Berardi dio varias vueltas por el mundo antes de volver a Italia, donde hoy es profesor de Historia social de los medios en la Academia de Brera, en Milán. En 1976, luego de cofundar la radio clandestina Alice, fue encarcelado y acusado de participar en el grupo terrorista Brigadas Rojas, cargo del que fue absuelto un mes después. Tras ser uno de los líderes de la protesta estudiantil boloñesa de 1977, partió al exilio, a París, donde conoció a Félix Guattari y Michel Foucault. Vivió en Nueva York y en California; publicó libros y ensayos en revistas de todo el mundo sobre esquizoanálisis, emociones, cyberpunk, arte y las formas en que la comunicación se convirtió en uno de los ejes del capitalismo posindustrial —fundado en el “cognitariado” y el “infotrabajo”—; hasta que en los 90 volvió a Bolonia, donde vive hoy.
La segunda venida. Neorreaccionarios, guerra civil global y el día después del Apocalipsis Caja Negra Editora, 2021 112 páginas
Desde que empezó la pandemia, Bifo lleva una suerte de diario titulado Crónica de la psicodeflación, en la que ha analizado en tiempo real las transformaciones del mundo: “En las últimas décadas, la precarización del trabajo ha fragilizado a la sociedad y ha debilitado su resistencia. El covid-19 fue el golpe final: la sociedad fue disgregada por el encierro obligatorio y el miedo, y hasta el momento no es posible resistir con la acción. Por más paradójico que parezca, es precisamente la pasividad la que vencerá al capitalismo conduciéndolo a la muerte por asfixia”, apuntó en uno de esos textos, en los que plantea que la nueva consigna ultrasubversiva es resignarse: lo revolucionario hoy es esperar que el virus desinfle la burbuja de la aceleración. Mientras tanto, dice, el capitalismo resiste volviéndose cada vez más feroz e inhumano.
—La alianza entre neoliberalismo y fascismo domina el escenario global; la oposición entre nacionalismo y globalismo capitalista es una ilusión óptica que esconde la verdad de una alianza entre los actores que han destruido la vida de la mayor parte de la población mundial— alerta el filósofo, quien En La segunda venida denuncia también un apagón de la razón; una razón universal que ha humillado a los individuos y quienes hoy, a modo de venganza, recurren al discurso de la identidad y la raza. “Así se hizo la noche más oscura”, escribe, pero aclara que sus análisis, por más alarmantes que parezcan, van más allá del pesimismo o el optimismo:
—La sombra no pertenece a la mirada, pertenece al objeto de la mirada: este objeto es la sociedad humana después de siglos de capitalismo, colonialismo y violencia.
Afirma que si bien los jóvenes están más informados, también están menos preparados para expresar opiniones críticas. La culpa, dice, sería de la reforma neoliberal al sistema educativo ocurrida tras la Declaración de Bolonia. ¿Qué piensa de dejar en manos de las nuevas generaciones este futuro que hay que reimaginar?
—Las generaciones nacidas al interior del mundo conectado, los nativos de internet educados por el neoliberalismo, han crecido en un clima de individualismo y de competencia que favoreció el dominio capitalista por décadas. Pero en la esfera íntima, afectiva de esta generación, algo está pasando. El pánico provocado por la aceleración y la depresión se difunde cada vez más en esta generación que aprendió más palabras de las máquinas que de la voz materna. Y en Chile, el efecto ha sido muy visible. El efecto es una nueva activación, una búsqueda de solidaridad afectiva y política. Esas palabras escritas en un muro de Santiago, “no es depresión, es capitalismo”, fueron leídas en todo el mundo como signo de una posible psicoterapia.
En La segunda venida escribe que “desde que Maquiavelo declaró que el poder político se basa en la sumisión violenta del lado femenino de la realidad, la historia moderna ha sido ante todo una permanente guerra masculina contra la feminidad”. ¿Cree que los movimientos feministas están redefiniendo las formas de hacer política?
—Esta es una pregunta compleja que necesita una respuesta compleja. Yo no creo que haya “un” feminismo. Hoy hay muchos, y no todos son igual de interesantes desde el punto de vista cultural y evolutivo. Hay unfeminismo institucional que se identifica con una presunta cara democrática del poder, el feminismo que exige la verdad y se la pide a la ley: el feminismo del #metoo. Este feminismo ha jugado y juega un papel útil en la denuncia de la violencia masculina, pero no cuestiona el orden antropológico moderno y patriarcal de manera profunda. También existe un feminismo de la solidaridad social que desarrolla una función esencial en la emergencia de nuevos movimientos. Pero el que más me interesa es un feminismo de tipo evolutivo y posthumano, que se encuentra en los ensayos de Luisa Muraro, por un lado, y de Donna Haraway, por el otro. El feminismo evolutivo cuestiona el orden capitalista y patriarcal desde un punto de vista que no es político, es antropológico. Este feminismo está a la altura del horizonte de la extinción, algo que se está develando cada vez más. La extinción de la civilización humana es un fenómeno ambiguo en el cual podemos ver una amenaza espantosa, pero también una línea de escape, una posibilidad.
Cuando se dice que el futuro de la política está en el feminismo, generalmente se trata de una afirmación hipócrita: cooptar a las mujeres en la gestión del poder, valorar la agresividad de las mujeres, las ganas de vencer en la competencia. Mostrar que las mujeres pueden ser como los hombres, más productivas, más cínicas. El feminismo que me interesa no está dispuesto a compartir el poder con los explotadores.
Hoy, en Chile, hay un precandidato presidencial comunista, Daniel Jadue, con posibilidades de ganar. En su libro dice que el futuro estaría en la “segunda venida del comunismo”, pero aclara que no lo entiende en su sentido ideológico. ¿Cómo se debería repensar el viejo comunismo para adaptarse al mundo de hoy?
—El comunismo histórico ha sido una forma del poder autoritario y patriarcal. Pero en todos los momentos de la historia moderna, los comunistas han sido las personas más conscientes y más solidarias. Por eso estoy orgulloso de ser comunista, aunque no me identifico en nada con la experiencia histórica del comunismo del siglo XX. A los 15 años me afilié al Partido Comunista italiano, pero a los 17 me expulsaron, acusándome de tendencias anarquistas. Creo que necesitamos un nuevo concepto: igualdad, frugalidad y amistad son palabras que definen un horizonte más allá del capitalismo del patriarcado y del consumismo. Hoy necesitamos un comunismo cognitivo, de los trabajadores del conocimiento, de los innovadores técnicos. Un comunismo que haga posible la colaboración del ingeniero y del poeta. Necesitamos liberarnos del miedo a la innovación. Es más, tenemos que sustraerla de las manos de los propietarios. Necesitamos un comunismo que no se proponga defender la composición técnica y social del trabajo, sino reducir el tiempo de trabajo, liberar a la sociedad de la obligación salarial. La actividad liberadora y útil tiene que ser tomar el tiempo del trabajo asalariado, del trabajo abstracto, sin relación con el placer del conocimiento.
Ha habido otros momentos históricos en que se ha tenido la sensación de algo parecido al apocalipsis. A pesar del tono sombrío de sus predicciones, en sus libros vuelve una y otra vez al tema del futuro, como si hubiese algo de esperanza.
—No es la primera vez en la historia humana que se enfrenta una perspectiva de extinción. Los pueblos que vivían en el continente que hoy llamamos América Latina han conocido el fin del mundo, porque “fin del mundo” significa que la experiencia cotidiana ha perdido su sentido y que las palabras que conocimos dejan de significar algo. Así es como el antropólogo Ernesto de Martino define el fin del mundo: como una ruptura de la relación entre lenguaje y mundo. Sobre esto, además, puedo decir que nos encontramos al borde de un fin del mundo. La devastación ecológica y psíquica es inherente a la explotación capitalista. No se trata de ser pesimista u optimista: se trata de reconocer que, si no salimos del cadáver del capitalismo, la supervivencia física y psíquica de los humanos se hace cada vez más azarosa.
La pandemia ha acelerado y expandido la conciencia de este peligro. Pero no ha proporcionado una visión política que nos permita salir del capitalismo, que no es un organismo viviente, sino un cadáver que se alimenta de la repetición obsesiva del acto de extracción de las energías de los seres vivientes. Lo que vemos hoy, un año y medio después del comienzo de la pandemia, es un incremento espantoso de la desigualdad, de la explotación, de la concentración de capital y de poder. La extinción de la civilización humana (y del género humano como entidad biológica) se vuelve cada vez más probable. Pero la posibilidad de salir del cadáver del capitalismo no desaparece. Hoy la encontramos en Chile.
«La Constitución que escribiremos estará contextualizada en numerosas dimensiones hoy desestimadas —escribe el rector de la Universidad de Chile en este editorial—. Entre ellas están la equidad de género, el respeto a los pueblos indígenas, la descentralización, la sustentabilidad, la tríada salud, previsión y educación; las artes y humanidades; el desarrollo científico y tecnológico; el cambio de la matriz productiva».
Por Ennio Vivaldi
Durante varias décadas, hemos vivido bajo la convicción de que los determinantes fundamentales del modelo de sociedad imperante en Chile no podían ser cambiados. Esta certeza parecía ser evidente por sí misma y no necesitar pruebas de su verdad. Más aún, todo lo que ocurría en el mundo se interpretaba como confirmación de que esos principios eran inevitables o, peor aún, que nuestro país había liderado un cambio a escala global. Hoy, ante la perspectiva del nuevo proceso constituyente, se nos figura por el contrario que, en realidad, aquellos habían sido simplemente principios dictados por un grupo de académicos que pertenecían a una corriente extrema del pensamiento económico. Ellos diseñaron un modelo abstracto basado en ciertos dogmas que, en concreto, fue efectiva y eficientemente impuesto e implementado por una dictadura.
Cada ciudadano chileno debería haber sentido siempre el derecho a hacerse a sí mismo y a los otros al menos dos preguntas. La primera es cuánto se identificaba él o ella con las premisas y los valores que determinan este modelo de sociedad (solo a modo de ejemplo, a mí no me gustan). La segunda es si, al margen de que a uno le guste o no, el modelo funciona o no funciona.
Las premisas en que se fundó este modelo enfatizan un ser humano individualista; consciente de que solo de él depende la solución de sus problemas, por lo que el egoísmo pasa a ser casi una necesidad; desmotivado para distinguir que existe un nivel superior de integración que es la sociedad, donde se deciden cuestiones relevantes para él o ella y para los demás; mucho más interesado en las cuestiones materiales y pecuniarias que en las humanistas y espirituales, y un largo etcétera que todos conocemos.
A este propósito, cuando era senador de la República en 1957, nuestro rector Eugenio González, en un discurso notable, confrontaba la tesis expuesta por un colega que resumía así: “las características de la naturaleza humana, entre las cuales el afán de utilidad, de ganancia y de lucro, el afán egoísta de bienestar individual, serán el motor insustituible del progreso económico”. En seguida, pasaba a sugerir que su contradictor, dada su condición, “ha hecho esta afirmación con secreta tristeza” (expresión, a mi juicio, insuperable). Eugenio González a continuación se preguntaba: “¿Existe una ‘naturaleza humana’ tan inmodificable en su primitivismo ético, ajena al devenir histórico, la misma sean cual sean las condiciones sociales y culturales?”. Estos conceptos no solo están vigentes hoy día, sino que están al centro de la reflexión sobre los valores que fundamentarán un nuevo modelo de sociedad y cuestionarán el actual.
La segunda dimensión en que ha de ser evaluado este modelo de sociedad que nos proponemos cambiar es el de sus resultados objetivables. Es decir, si en el mundo real y concreto, este modelo impuesto bajo un poder omnímodo y que se tuvo que asumir como necesario, logró efectivamente los resultados que había prometido. Debemos evaluar si esta sociedad que se constituyó bajo sus directrices permitió la satisfacción y felicidad de las y los ciudadanos, si se sintieron realizados y si valoraban altamente las oportunidades que encontraban para desarrollar sus talentos y vocaciones; si lo percibían como más o menos justo, más o menos inclusivo; si se había logrado una convivencia nacional solidaria; si los impulsaba hacia un sentido de identificación y pertenencia a un concepto de bien común.
Sin duda, la Constitución que escribiremos para el nuevo modelo de sociedad que construiremos estará contextualizada en numerosas dimensiones hoy desestimadas. Algunas, porque siempre lo estuvieron a lo largo de nuestra historia; otras, porque habiendo sido antes valoradas, el actual modelo las ignoró en las últimas décadas. Entre esas dimensiones están la equidad de género, el respeto a los pueblos indígenas, la descentralización, la sustentabilidad, la tríada salud, previsión y educación; las artes y humanidades; el desarrollo científico y tecnológico; el cambio de la matriz productiva.
En todas estas áreas habrá de primar el reencuentro con la idea de bien común representada por el ámbito público. Es en esta esfera donde todos los sistemas públicos —entre tantos otros, nos referimos a los de salud, educación, previsión, informática, cultura, comunicaciones, vivienda, industria o agro— habrán de devolvernos un sentido de solidaridad, justicia y pertenencia.
De las muchas consideraciones erróneas en que se basó el sistema que hoy ha hecho crisis, está el desestimar el rol de cohesión social y formación de ciudadanía que siempre y en todas partes ha jugado la educación pública articulada por la vertebración de sus niveles básico, medio y terciario. Esta función específica que cabe a la educación pública, en interacción con el resto del sistema público, será una cuestión principal en la gran conversación nacional que se inicia. Y la de mayor responsabilidad para nuestras universidades.
Es posible que enfrentemos otras crisis con las características de la pandemia, y esta predicción se funda en una razón concreta: la crisis climática. De acuerdo con lo que señalan las y los expertos en la materia, la posibilidad de que este fenómeno genere profundas alteraciones en nuestras vidas, tan radicales como las que hemos vivido a propósito del covid-19, no parece una exageración. El economista Nicolás Grau es enfático: no podemos retomar la vida que llevábamos antes de marzo de 2020. Este período, dice, puede ser un ensayo general de otros desafíos que vendrán.
Por Nicolás Grau
Lo que hemos vivido a propósito de la pandemia debe impactar nuestras miradas del mundo. Si pensáramos que este es un evento de características irrepetibles, el desafío sería simplemente sortear el chaparrón (el diluvio, para ser más precisos) y luego retomar lo que hacíamos hasta marzo de 2020. Sin embargo, sería un error pensar así: este puede ser un ensayo general de otros desafíos que viviremos en los 4/5 que quedan de siglo XXI.
¿Qué es lo que —creo— se puede repetir de esta crisis?
Desde una perspectiva social, esta crisis posee un conjunto de características particulares. En primer lugar, se ha requerido reorganizar por un período largo de tiempo las formas de producción y reproducción social. Los países han tenido capacidades muy diversas para adaptarse a estos cambios. Por ejemplo, es evidente que una respuesta sanitaria/económica óptima requiere —entre otras cosas— desacoplar fuertemente las actividades productivas en las que participa cada persona y los ingresos que ella recibe. En particular, lo ideal sería detener la producción en los sectores que favorecen la propagación del virus, pero aquello no se puede hacer a cabalidad si quienes trabajan en esos sectores se quedan sin ingresos producto de esta decisión. En otras palabras, esta es una crisis que nos exige funcionar como un cuerpo.
En segundo lugar, y relacionado con lo anterior, la crisis ha tensionado al máximo las sociedades toda vez que ha requerido esfuerzos extremos de la población, y tales esfuerzos no han sido homogéneos. Sin ir más lejos, en el caso de Chile —al menos— las tasas de mortalidad han tenido una fuerte correlación con la pobreza. Esto no solo es un problema de injusticia, sino además de la dificultad de actuar como cuerpo, de sentir que todas y todos estamos en un mismo barco y que, por ello, debemos hacer nuestro aporte para superar la crisis. Es esperable que esta dificultad de actuar unidas y unidos, con empatía y solidaridad, sea más relevante en sociedades muy desiguales y, por lo mismo, con baja cohesión social.
En tercer lugar, la crisis ha sido especialmente exigente con los liderazgos políticos y ha requerido de una acción estatal a gran escala. La otra cara de la moneda es que el mercado ha tenido un rol menor que en una situación normal. Se ha requerido de liderazgos que, en un contexto de incertidumbre extrema, den tranquilidad y transmitan con claridad el camino que debemos recorrer, aun cuando este sea un camino difícil y demandante. Cuando ese tipo de liderazgo no existe, tal como sucede en Chile, la estrategia sanitaria —que requiere del compromiso de todas y todos— se pone en jaque.
Crédito: Fabián Rivas
Por último, esta crisis ha desnudado la tremenda disparidad que existe en el mundo respecto de las capacidades colectivas que tienen los países para emprender tareas complejas. Algunos países son capaces de crear y producir vacunas, otros no. Algunos son capaces de producir ventiladores mecánicos, otros no. Algunos son capaces de organizar un proceso de vacunación del grueso de su población en un período corto de tiempo, otros no. Algo que nos recuerda esa vieja (y correcta) idea de que un país no es desarrollado por el PIB per cápita que tiene, sino por su capacidad (siempre colectiva) de hacer cosas más complejas, cosas que no todos pueden hacer.
¿En qué se basa mi predicción de que podemos enfrentar otras crisis con estas características? En una razón concreta: la crisis climática. De hecho, la crisis climática que (hoy) estamos viviendo ya está demandando este tipo de desafíos, pero a una escala menor que la resultante de la pandemia. Y de acuerdo con lo que señalan las y los expertos en la materia, la posibilidad de que este fenómeno genere profundas alteraciones en nuestras vidas, de un orden de magnitud como el que hemos vivido a propósito del covid-19, no parece una exageración.
La crisis climática va a exigir —ya está exigiendo— fuertes alteraciones de la forma en que producimos y reproducimos la vida social. La sociedad estará —ya está— fuertemente tensionada por la asimetría que se genera entre las y los “ganadores” y “perdedores” del deterioro del planeta. Tal crisis será mejor sorteada por sociedades cohesionadas, donde primen las conductas prosociales, y donde exista un nivel de igualdad que nos haga a todas y todos sentir que somos parte de un esfuerzo común. La crisis climática reclama del mundo político y del Estado un rol de liderazgo y articulación, que nos permita transitar tan rápido como sea posible a una forma de vida social que no ponga en riesgo nuestra existencia. Por último, la crisis climática requiere ciencia, innovación, emprendimiento (público y privado). Precisa de todas nuestras capacidades y creatividades colectivas para generar otra realidad. Otra forma de producir que no implique tener que elegir en el mediano plazo entre una reducción sustantiva de la calidad de vida material actual o poner en entredicho el futuro del planeta.
Chile está al debe en la mayoría de estos ámbitos y no hay tiempo que perder.
Que la ciudadanía haya hecho realidad una Convención Constitucional no consiste simplemente en la “institución de la revuelta”, sino más bien en darse la ocasión de transitar desde el derruido escenario del fin hacia un tiempo distinto, en que lo que regule el territorio de las diferencias no sean el miedo de unos y la rabia de otros, sino el diálogo y la imaginación. La tarea ahora, dice el filósofo Sergio Rojas, es imaginar cómo salir de este tiempo que abunda en formas y contenidos agotados.
Por Sergio Rojas
Inédito: por primera vez en su historia, la ciudadanía en Chile ha elegido a quienes en su representación redactarán la Constitución. Existe por ahora el clima subjetivo de encontramos ad portas de un futuro. ¿En qué consiste lo nuevo por venir? Pareciera que el presente se hizo angosto, dejándonos todavía con un pie en el pasado y el otro casi en un futuro de cuyo real inicio solo después tendremos noticia. En otros escritos he propuesto la idea de que en verdad el futuro nunca se abre “en” el presente, pues lo que ocurre más bien es que el pasado se cierra, pero no a nuestras espaldas, sino con nosotros “adentro” de ese tiempo que de pronto se fue transformando en una “época” (y toda época es siempre pasada). La tarea, entonces, es imaginar cómo salir de este tiempo que abunda en formas y contenidos agotados; es decir, habríamos llegado al fin de un tiempo marcado por el escepticismo, pero ahora hay que salir del fin.
“Realmente, aún no sé qué fue lo que pasó”, me decía un amigo historiador hace unas semanas atrás. Por otro lado, en los medios y redes digitales, el análisis político, siempre atento a desentrañar lógicas y cálculos de coyunturas, logra conjeturar en cada caso las posibles direcciones que tomarían a corto plazo los acontecimientos. Pues bien, cuando intentamos avizorar un curso de sentido cifrado entre el ruido y la humareda, dirigimos la atención hacia procesos de mediana y larga duración, y entonces, allí mismo donde hasta hace poco solo se veía ruptura y transgresión, emerge otra temporalidad en curso.
Cuatro acontecimientos —de distinta naturaleza, pero internamente relacionados—, nos habrían conducido hacia la expectante circunstancia en la que nos encontramos. Primero fue la revuelta social que se desencadenó en octubre de 2019; luego, el 15 de noviembre del mismo año, vino el Acuerdo Por la Paz Social y la Nueva Constitución; al año siguiente, en el plebiscito del 25 de octubre, con un abrumador 80% de los votos, la ciudadanía aprobó elaborar una nueva Constitución; finalmente, el 15 y 16 de mayo de 2021 se eligieron los integrantes de la Convención Constitucional (ocasión en la que se votaron también alcaldes, concejales y gobernadores). Desde una mirada retrospectiva, impresiona el orden que siguieron los sucesos, la coherencia política de su itinerario en medio de lo que fue una tempestad. Entiendo aquí por política la institucionalidad que una colectividad establece para admitir en su cotidiana existencia el conflicto que es inherente a cualquier sociedad. En este sentido, las últimas tres instancias dan cuenta de un ejercicio político, sin embargo, su origen se encuentra en la revuelta, un acontecimiento de insubordinada facticidad que desborda la política. Sabemos que las jornadas de insurrección acontecieron casi simultáneamente en muchos lugares de América Latina, Europa, África y Asia. Lo que ahora hace noticia en el mundo es esa voluntad ciudadana de institucionalidad política que surgió en Chile desde la revuelta.
La metáfora del “estallido” señala el momento en que el orden público fue impactado por el colapso del orden social imperante, producto de esa explosiva combinación de frustración, decepción, rabia e insatisfacción, que desde hace más de una década venía nombrándose como “malestar”. Todo esto resultó en un desfondamiento de la institucionalidad política. El gobierno, los partidos políticos, el Congreso, los municipios fueron desbordados por una insurrección social que, ya lo sabemos, seguirá siendo objeto de investigaciones y tesis doctorales en las siguientes décadas. Lo que reflexiono en estas apretadas líneas es la relación que podría existir entre ese acontecimiento y las tres situaciones señaladas que le siguieron. Para algunos, el acuerdo del 15 de noviembre de 2019 operó como contención de una “fuerza destituyente” que habría debido continuar; para otros, los resultados de las elecciones recién pasadas han dado lugar a lo que denominan “la institución del 18-O”.
La revuelta que se inició en octubre de 2019, desbordando la institucionalidad política, fue el violento desenlace de un progresivo cuestionamiento al régimen de la representación (haciendo eco en ello también un largo proceso de degradación de lasformas heredadas de autoridad). El orden de la política se había ido transformando, al paso de décadas, cada vez más en un orden de contención. Entonces vino el desborde, y la pregunta inmediata no fue “hacia dónde iba”, sino desde dónde venía. Aquella “fuerza destituyente” no era solo una movilización múltiple, descentrada y supuestamente ajena a la política, sino más bien una radical confrontación con la política misma. Las imágenes del desborde nos dan a entender que la revuelta no vino desde “afuera” de la política, sino que surgió desde abajo; vino precisamente desde un territorio humano y social subyacente al orden de la representación, una zona de deseos, intereses, expectativas, ganas, necesidades, etc., que no llegaban a ser representadas.
Crédito: Fabián Rivas
Cuando hizo uso de la palabra en el marco solemne de la sesión inaugural de la Convención Constitucional, Elisa realizó un ejercicio que no debemos olvidar, porque trajo una enseñanza para valorar los recursos enunciativos que facultan el pensar y decir en plural. Si bien tomó la palabra como mapuche al decir “yo-mujer indígena”, Elisa supo trasladarse de este “yo-representante de un pueblo originario” a un “nosotras-nosotros-nosotres” que abarcaba una diversidad hasta entonces no reunida de voces y expresiones. Elisa se trasladó de la primera persona del singular a una primera persona en plural hecha de una mixtura de identidades castigadas por el orden dominante: las de la explotación económica, del maltrato racial, de la opresión sexual, de la represión policial, de la segregación étnica, de la precarización social, de la violencia de género, del abandono de la niñez, del olvido de las regiones, etcétera. Elisa hizo comparecer lo mapuche como sinónimo histórico de despojo civilizatorio, pero junto con exhibir esta carga ancestral, lo mapuche irradió su poder como un “significante flotante” que le dio cabida a múltiples otras identidades rezagadas que se beneficiaron así de la cadena de asociaciones metafóricas tejida por el yo-nosotras-nosotros-nosotres.
Lo mapuche, en la voz de Elisa, hizo girar una constelación de imaginarios suficientemente amplia y diversa como para englobar a los distintos sujetos y a las distintas comunidades marcadas por el descarte, la omisión y la marginación. Sin renunciar al legado de su memoria oral ni a la materialidad de sus prácticas comunales, Elisa desencializó su identidad mapuche para que se entrecruzaran en ella distintas marcas fluctuantes de opresión racial, de precarización económica, de persecución política, de discriminación sexual, etcétera. Elisa reivindicó la categoría de lo mapuche no como un reducto identitario de exclusiva propiedad de quién lo encarna. Ocupó dicha categoría para formular una invitación —generosa, hospitalaria— a que otras identidades se reconocieran en ella en tanto identidades también “otras” que migraron así entre lo no-idéntico y lo parecido, entre lo diferencial y lo equivalente, entre lo equivalente y lo ambivalente. Lo “otro” se volvió política y poética en esta “otra forma de ser plural” —en sus propias palabras—, que supone pensar las identidades no en términos de propiedades-esencias que se autorepresentan excluyentemente a sí mismas, sino como redes variadas de identificación y pertenencia que, entrecortándose unas a otras, pueden formar conexiones inesperadas mediante la juntura de sus bordes.
***
Que Elisa presidiera la Convención ofició como un símbolo de reparación histórica que dignificó a lo mapuche. Así se entendió y se valoró públicamente. Pero, además, Elisa es una profesora de lenguas que sabe de interculturalidad y, por lo tanto, de “traducción”. Se suele hablar de la traducción en términos específicamente lingüísticos para designar el proceso que lleva las palabras a trasladarse de idioma para habilitar su comprensión de una cultura a otra. Pero la “traducción” se aplica a cualquier tipo de enunciado que se desplaza de estructura de referencia, intermediando realidades distintas y distantes. Evoco lo de la “traducción” para nombrar una de las habilidades desplegadas por Elisa en su desempeño como presidenta de la Convención: la de esforzarse en fabricar un vocabulario común entre grupos diferentes e incluso opuestos que, sin excluir el desacuerdo, ofrezca modos de procesar este desacuerdo argumentando y deliberando sobre la tensión entre lo particular y lo universal.
Bien sabemos que cualquier universalismo es desconfiable, porque en su manera de apropiarse de la lengua de lo abstracto-universal, de lo general-trascendente, lo universal tiende a ocultar las luchas hegemónicas mediante las cuales, en el interior de los sistemas de representación, lo dominante termina controlando el sentido. Desde ya, lo “universal” responde al dominio de representación de lo masculino-occidental por mucho que lo masculino-occidental busque invisibilizar las huellas de cómo impone su superioridad epistemológica a costa de reprimir o suprimir lo particular-subordinado (mujer, etnia). Sin embargo, no puede existir texto constitucional sin recurrir a una “traducción” que combine particularismos y universalismos, en la búsqueda conjunta de algún sistema de inteligibilidad compartida que le hable a todas-todos. Se trata, por un lado, de reafirmar las particularidades (étnicas, sexuales o culturales) de cada grupo e identidad que fueron ignoradas por la lengua jurídico-normativa del Estado. Y, por otro, de conectar lo particular con lo universal, evitando el encierro de cada diferencia en el bastión separatista de una sobre-afirmación de lo propio.
La “traducción”, basada en mecanismos de relevo y transferencia del sentido, impide que las palabras se sientan exclusivas depositarias de una verdad originaria. Es, por lo mismo, el único recurso capaz de evitar los sustancialismos y fundamentalismos de la identidad y de la comunidad. La traducción —cuyos mecanismos interculturales Elisa maneja mejor que nadie— sirve para ayudar a las identidades a deconstruirse unas a otras, a saberse parciales y contingentes, a no quedar atrapadas en la clausura de una representación finita y definitiva, invariable.
De ahí la importancia estratégica del concepto de “dialogismo” que Elisa emplea a menudo. Un concepto que, imagino, deriva de su formación de lingüista, ya que se le debe al teórico literario ruso Mijail Bajtin el haberlo formulado. Bajtin quiso criticar al monologismo cultural, entendido este como una forma de discurso regido por la lógica del Uno-de lo Uno, que es siempre una lógica de la centralidad y la totalidad: de la superioridad, del monopolio, de la jerarquía, del dominio, del canon, de la autoridad. Una lógica del Uno-de lo Uno que nosotras podemos caracterizar, obviamente, como masculina-patriarcal y también colonial, es una lógica que busca imponerse, verticalmente, por sobre la multiplicidad divergente de aquello que prolifera horizontalmente en los márgenes y las periferias.
El “dialogismo” incorpora como subtexto las diversas posturas de habla que emergen de una comunidad diferenciada y conflictiva, prestándose a la alternancia de posiciones y argumentos que se mueven de borde a borde. El “dialogismo” (referido a las prácticas significantes, al discurso social, a las formaciones culturales, a las políticas del discurso) nos habla de la identidad no como algo que refleja un conjunto sustancial de atributos dados, preexistentes a la representación que les da forma, sino como algo en proceso que renueva sus significados contextualmente. Hemos aprendido del psicoanálisis, de la lingüística, de las teorías del discurso, de la deconstrucción y del feminismo que las identidades (culturales, políticas, sociales) son construcciones abiertas, no terminadas: son construcciones que se van remodulando al oscilar entre la identidad y la diferencia como tensión productiva de sujetos no unificados, llenos de fisuras y recovecos, de brechas sin rellenar.
Para entrar en el juego de lo múltiple (de lo no Uno), los procesos de identidad y lenguaje deben ser porosos y flexibles, híbridos. Cuando nos encontramos, por ejemplo, con el discurso de los líderes mapuche que defienden el conflicto armado, prevalece (al menos, para mí) el tono autoritario, patriarcal, de un discurso que se apropia de la representación para conducir intransigentemente las identidades hacia un desenlace prefigurado. Lo mapuche opera ahí como fundamento absoluto de una identidad cuyo destino histórico (revolucionario) se encontraría trazado de modo rectilíneo (de la resistencia al levantamiento; del levantamiento armado a la liberación nacional), sin intersecciones ni giros de por medio, sin oportunidades para que lo múltiple desvíe el curso de lo Uno que captura el discurso del amo (de la verdad, de la razón, del poder). Me parece que el tipo de discurso fundamentalista-radicalista, de una verdad iluminada sobre el desenlace de la lucha mapuche en su versión armada, no ofrece chance para que las identidades (mapuche y no mapuche) se beneficien de los efectos de frontera que bordean, en cada cultura, la identidad y la diferencia que se encuentran siempre en tránsito. Cuando Elisa defiende la plurinacionalidad (un término clave en la redefinición del Estado que establece la propuesta de nueva Constitución), lo hace evocando lo que ella llama “un punto intermedio” para que lo indígena dialogue con lo no indígena: un “punto intermedio” que señala una vía hacia la “autodeterminación”, para que determinados sujetos y territorios deliberen y consensuen su estatuto político no como algo pretrazado, sino como algo móvil y en construcción, abierto a las coyunturas que modifican los campos de fuerza, liberando puntos y líneas que pueden interrumpir o hacer bifurcar los diagramas del poder. El “dialogismo” que reivindica Elisa se opone al esquema maniqueo del enfrentamiento absoluto: ella no busca expulsar a la Otredad hacia un afuera donde no le quede otra que ser vivida como un bastión infranqueable según una lógica dual y separatista. El “dialogismo” del lenguaje y las identidades elude la representación binaria del antagonismo para forjar estrategias del entre-medio que son la condición de una política de la multiplicidad.
Elisa ha hablado de “arremetida femenina” como una fuerza orientada a “cambiar las reglas del juego” que dominan los escenarios del poder. Ella ha usado lo mapuche y lo femenino-feminista como formas resistentes (pero no por ello endurecidas) de plantear identidades dialógicas. Ha usado el lenguaje para invitar a formular identidades que se muestren sensibles a las expresiones de lo no homogéneo, de lo plural-contradictorio, de lo disímil, de lo ambivalente, de todo lo que se resiste al encuadramiento autoritario de verdades y fundamentos irreductibles que adscriben la lógica del Uno-de lo Uno. El feminismo, en tanto vector de una nueva subjetividad política y crítica, no podría sino estar del lado de la multiplicidad como una suma hecha de cruces y travesías. Cuando a Elisa le preguntaron recientemente por el destino del plebiscito sobre la nueva Constitución, ella dijo: “Sí, el pueblo va a acompañar, los territorios van a acompañar, los jóvenes van a acompañar, las mujeres van a acompañar, porque estamos incorporando los derechos de las mujeres, estamos incorporando los derechos de los jóvenes, estamos incorporando los derechos de las regiones. Y somos más”. Así lo había ya planteado la agrupación Mujeres por la vida en los ochenta, bajo la dictadura militar: “No más porque ‘somos más’”. En el caso de nuestra actualidad, de nuestro futuro próximo, tendríamos que insistir: “No +” (No + al bloqueo neoliberal de las transformaciones democratizadoras), porque “somos más”. Y “somos más” no sólo numéricamente, sino porque desplegamos, desde la articulación feminista, una potencia de multiplicidad expresiva que desborda cualquier contenido prefijado (incluso el que le quieren dar los partidos políticos al “Apruebo”), haciendo proliferar horizontalmente las diferencias.
Esta crisis debiera ser la ocasión para idear nuevas formas de financiamiento cultural, que escapen al fomento de la competencia entre pares y sumen a los trabajadores artísticos como sujetos de tal política, y no solo como medios con los cuales se obtienen mayores índices de consumo o participación cultural. Una vez iniciado el debate constituyente, parte de la “superación” del Estado subsidiario y el neoliberalismo (si es que es posible tal cosa) pasará también por dejar de entender al primero como una simple caja pagadora de artistas y mediadores subcontratados.
Por Diego Parra Donoso
La crisis sanitaria se ha manifestado de múltiples modos en la vida cotidiana de la mayoría de las personas: algunas perdieron sus trabajos, otros aceptaron la disminución de sus sueldos y la mayoría ha debido echar mano a sus ahorros para sobrellevar este tiempo. Si bien algunos sectores de la economía “prosperaron”, hay otros que vieron imposibilitado su desarrollo y hasta hoy no han recibido apoyo alguno desde el Estado. El mundo de la cultura es uno de ellos, y desde el comienzo de esta pandemia ha demandado una política de emergencia acorde a las condiciones específicas de nuestros trabajos, cuestión que aún sigue pendiente.
Las actividades culturales fueron quizá las primeras en ser completamente canceladas sin proyecciones de pronta apertura, ya que las restricciones sanitarias se han aplicado con especial rigor a funciones teatrales, conciertos y exposiciones, las que a diferencia de sectores comercialmente relevantes como el retail, no tienen demasiada capacidad de lobby para iniciar procesos de apertura controlada (como se ha hecho en otras latitudes, donde incluso ya se están ensayando conciertos masivos). A más de un año del comienzo de la pandemia en nuestro país, probablemente ya sea tiempo de asumir que no vendrán planes sectoriales especiales y que cualquier política de asistencia debería enfocarse de manera urgente en ayudar económicamente a una ingente fuerza laboral que lleva meses rascándose con sus propias uñas. Seguramente para la mayoría de nuestro sector los ahorros en las AFP se agotaron (producto de bajas cotizaciones al carecer de contratos de trabajo), así que cualquier retiro no supone ya ayuda alguna y, asimismo, los IFE (Ingreso Familiar de Emergencia) recién hace algunas semanas han empezado a contemplar a más personas, por lo que uno desearía que se formulen ayudas sectoriales mejor enfocadas en el sector artístico, que posee un perfil laboral distinto al resto de trabajadores.
Ahora bien, este reclamo por la ausencia de políticas de apoyo a los trabajadores de las artes es de larga data, puesto que en los años que lleva instalado el Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio (Mincap), y antes el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, nunca se ha intentado estudiar cuáles son realmente las condiciones laborales del sector (sin ir más lejos, la regulación especial creada en 2003 y que contempla el Código del Trabajo, involucra fundamentalmente a los trabajadores de las artes escénicas, dejando de lado a artistas visuales, restauradores, montajistas, curadores, mediadores, etcétera). Este desconocimiento afecta directamente la creación de cualquier política de Estado dirigida al sector, que tradicionalmente se ha enfocado en la promoción del consumo cultural y el financiamiento —vía fondos concursables— de la producción artística, pero no en el reconocimiento de los agentes artísticos como trabajadores calificados. ¿Cómo podría el Estado formular una política o programa específico si realmente no conoce la realidad de los productores y mediadores?
La pandemia hace urgente ayudas a corto plazo, que no discriminen demasiado a sus beneficiarios, pero al mismo tiempo, no podemos dejar de tener en cuenta que el Mincap no ha ofrecido prácticamente ninguna ayuda a los ministerios de Desarrollo Social, Hacienda y Economía para que estos tengan algún insumo a la mano a la hora de generar ayudas económicas (las que con el paso del tiempo se han ido diversificando, llegando al punto donde se están ofreciendo bonos a feriantes, que comparten con nuestro sector una relativa desregulación en sus trabajos). Frente a esta situación, a diferencia de lo que el Mincap realizó el año pasado, se debería dar paso a un financiamiento menos burocrático y que tome como referencia, por lo menos, los datos que gremios, asociaciones y sindicatos artísticos pueden entregarle, ya que se ha oído con insistencia el reclamo gubernamental de que “carecen de la estadística específica” de los sectores de la población a los que deben ayudar (cosa curiosa para funcionarios que no llegaron a sus cargos por simple azar, sino que quisieron voluntariamente hacerse cargo del Estado, sabiendo a priori el estado de situación en el que se encontraban).
Las formas de asistencia no pueden nuevamente enfocarse en la concursabilidad, que ya en condiciones normales supone un mecanismo con incentivos perversos, porque los objetivos de una política concursable tienen como criterio la “calidad” o congruencia de lo ofrecido con lo buscado por quien convoca —ya sea un objeto o un candidato—, y no la necesidad económica en la que se encuentre el trabajador que solicita la ayuda. El año pasado se cometió este fatal error con una “Convocatoria nacional para la adquisición de obras” , que sirvió como un ejercicio de mecenazgo público inédito, pero oportunistamente fue promocionado como mecanismo de ayuda a artistas en situación precaria. Basta ver la lista de ganadores (muchos de ellos de reconocida trayectoria y participación en el circuito académico y galerístico) para entender qué tan grave fue dicho procedimiento, percibido como una burla por muchos artistas que sinceramente creyeron que serían beneficiados por una política sectorial, puesto que fondos fueron especialmente reasignados ante el reclamo de la comunidad artística para tales fines.
Esta crisis debiera ser la ocasión para idear nuevas formas de financiamiento cultural, que escapen al fomento de la competencia entre pares y sumen a los trabajadores artísticos como sujetos de tal política, y no solo como medios con los cuales se obtienen mayores índices de consumo o participación cultural. Hasta hoy no poseemos realmente un ministerio que reconozca la especificidad de nuestras labores, y que en función de ello desarrolle acciones que tiendan a dar mayor dignidad y regulación a dichos trabajos. Si bien asuntos como estos son ciertamente materia de leyes, la discusión constituyente somete a revisión todo lo que se ha hecho y, muy especialmente, lo que queremos que sea de aquí en adelante. Igualmente, el debate presidencial vuelve a poner en la atención pública los programas que cada candidat@ desea proponer al país, y la cultura siempre aparece como un punto a tomar en consideración para la comunidad. Sería muy pertinente preguntarse si los actuales candidatos realmente están proyectando una política cultural que no solo diga que “quiere más cultura” o este tipo de frases de buena crianza, sino que realmente comprenda la difícil situación en la que esta pandemia nos dejará como sector una vez la crisis decline.
Es necesario revisar cómo se puede descentralizar el financiamiento cultural, pensando en distribuir hacia los nuevos gobiernos regionales, o también a las gobernaciones y municipalidades, que son las que más cerca están de la ciudadanía. Un enfoque territorial en la distribución de fondos podría asegurar a futuro que una mayor parte de los agentes culturales pueda desarrollar sus labores con mayor libertad y, además, vinculándose más estrechamente con dichas comunidades (que pueden estar fuera de los circuitos de distribución tradicionales). Sobre esto último, no podemos olvidar que la crisis política y cultural que comenzó en octubre de 2019 aún sigue operando en la sociedad chilena, y que la Convención Constitucional no es la única vía mediante la cual dicho movimiento subterráneo tendrá su mediación. Serán también las distintas manifestaciones artísticas las que den forma a las múltiples muestras de descontento, afirmación identitaria y construcción de archivo que están y seguirán ocurriendo.
Hay candidatos que han afirmado desde ya que su intención es aumentar considerablemente —con respecto al actual escenario— el porcentaje de dineros que el Estado invierte en cultura (Gabriel Boric y Daniel Jadue), sin embargo, cualquier crecimiento presupuestario debe ir acompañado de planes y programas que realmente ameriten tal aumento y no simplemente pasen por agrandar dotaciones de funcionarios o, peor, el pozo a repartir en fondos concursables (sin la necesaria reformulación de tal herramienta). El Chile que venga luego del estallido, la pandemia y la Convención Constitucional requerirá de nuevas miradas sobre las artes y la cultura, unas que, por un lado, integren modos de relacionarse distintos (autogestión, cooperativas, asociatividad, organización territorial, cabildos, entre otros), y por otro, atiendan a trabajador@s que carecen virtualmente de reconocimiento social alguno (que se han asociado tradicionalmente al ocio y la entretención). Quiero decir aquí que, una vez iniciado el debate constituyente, parte de la “superación” del Estado subsidiario y el neoliberalismo (si es que es posible tal cosa) pasará también por dejar de entender al primero como una simple caja pagadora de artistas y mediadores subcontratados. Es decir, pasar de un Estado que nos trata como empresas, a uno que nos mire como trabajador@s y ciudadan@s.