La Universidad, por sobre todo un espacio de diálogo

A través de la ilustración animada sobre la línea de búsqueda que Google presenta cada día en su página principal, creada por la artista Alyssa Winans, la Universidad de Chile homenajeó el pasado 25 de junio a Eloísa Díaz Insunza en su natalicio. Ella, al graduarse de nuestra Escuela de Medicina pasó a ser la primera médica cirujana del país y América Latina. Así toda la comunidad hispanoparlante en el mundo supo de su hazaña: completar la educación universitaria siete décadas antes de que las mujeres chilenas consiguieran el voto.

El sistema universitario público también evolucionó desde el ingreso de Eloísa Díaz a nuestras aulas, en especial, su vínculo con el Estado que resultó fundamental para la construcción del espacio público. El rol gravitante cumplido por la Universidad de Chile en áreas tan diversas como salud, educación, cuestiones políticas como el voto femenino, desarrollo tecnológico, humanidades, sobrepasan con creces el aporte que convencionalmente los países esperan de sus universidades. La trayectoria profesional de la doctora Eloísa Díaz grafica ese rol a través de su participación en hitos como la creación del Servicio Médico Escolar de Chile y el establecimiento de políticas
como el desayuno escolar obligatorio.

Los cambios conceptuales y estructurales al sistema universitario impuestos en 1981 proponían reemplazar el sentido mismo de la educación superior y su enlace con el país. La voluntad de realización personal mediante el servicio público se reemplazaría por el interés pecuniario individualista; la colaboración y complementariedad entre instituciones se reemplazaría por la rivalidad y la competencia. Este nuevo sistema no sólo ha resultado contrario a nuestros valores, sino que ha fracasado en su realización práctica.

Gracias a la fuerza y tenacidad con que muchos confrontamos este sistema, desde el 5 de junio recién pasado se encuentra en vigencia la nueva Ley de Universidades Estatales. El trabajo y la unidad de las comunidades universitarias estatales permitió generar un conjunto de propuestas que lograron dialogar, convencer y vencer. El ejemplo de debate y propuesta que en unidad dieron las universidades estatales para revertir una situación injusta y nociva debe perdurar. La desconfianza y la descalificación no deben ser las actitudes predominantes en el debate político institucional, pues eso conlleva una muy peligrosa desafección por este. Las universidades estatales deberán seguir constituyendo espacios por excelencia donde se encuentra, dialoga y cohesiona la sociedad.

La causa feminista no sólo traerá justicia y atenuará la desigualdad de género hoy imperante, sino que hará que nuestra sociedad sea más plena, civilizada y democrática para todos sus ciudadanos. Debemos, sin embargo, reflexionar por qué los estudiantes de nuestras universidades, un grupo escogido de nuestra juventud, consideraron que una causa tan justa y que generaba tanto apoyo necesitaba de tomas y paros para ser aceptada.

La incorporación de la juventud a conversaciones que integren a todo el país es una necesidad impostergable. Una parte del problema es ofrecer tribunas válidas para el intercambio honesto de ideas en un clima de respeto, tolerancia y rigurosidad. Esperamos que nuestra Palabra Pública, que a partir de este número amplía su dominio de circulación, contribuya a satisfacer este anhelo.

Byung-Chul Han: dos momentos de una filosofía callejera

Un filósofo que se ha convertido en fenómeno editorial en varios idiomas ¿no parece una afirmación contradictoria en sus propios términos? Sobre todo teniendo a la vista el saber especializado en el que se ha convertido la filosofía, la mayoría de las veces tan lejos de las preocupaciones, el lenguaje y sentir públicos. Se trata de Byung-Chul Han, filósofo coreano-alemán que ha encontrado un lugar notable en la opinión pública mundial, traspasando los medios académicos y haciéndose escuchar y comentar en ámbitos más mundanos.

Por Pedro Mellado y María José López | Fotografías: Felipe Poga y Alejandra Fuenzalida

Hay elementos completamente específicos que marcan la vocación pública de este pensador y que han facilitado su llegada al ciudadano más o menos común. Una escritura directa, sencilla, bastante poco académica, que evita los lenguajes técnicos y con ello incorpora a un universo mucho mayor de lectores, que sin saber mucho cómo, terminan reflexionando sobre lo que dijo Hegel o Heidegger sin que nada de lo que dice Han se parezca ni de lejos a la elaboración y tecnicidad que estos autores alcanzan en sus propios desarrollos teóricos y que hace de sus libros probablemente los más difíciles de comprender, sobre todo para los que no somos alemanes.

Esta sencillez, que para algunos raya en la excesiva simplificación, se combina con un formato de textos de corta extensión y en un tono ensayístico, que nos permite seguir el movimiento mismo del pensar, suelto, a ratos dubitativo, no muy concluyente, con una buena carga de metáforas que resuenan como síntesis de sus propias reflexiones. No hay que olvidar que Han, además de filosofía, estudió literatura y especialmente poesía alemana, que junto a su redescubrimiento de haiku y de formas poéticas usadas por el pensamiento budista que él rescata, ayudan a pulir su prosa económica, declamativa, con un temple de ánimo en el que busca resonar, como en algún Heidegger, una simplicidad poética.

Al mismo tiempo, está la constante referencia a la experiencia cotidiana contemporánea. El cine, la televisión, internet, la publicidad, la vida en grandes ciudades, las nuevas formas de trabajo, son ejemplos del vivir en nuestro tiempo y en nuestro mundo que aparecen como completamente reconocibles para cualquiera de nosotros aunque no seamos filósofos, no seamos coreanos, ni profesores en una universidad alemana. Pero estas referencias serían completamente estériles si no tocaran problemas reales de nuestras sociedades contemporáneas. En este sentido, no es sólo el estilo de Han el que conecta con la calle y la experiencia. Son los temas de sus libros, los problemas que aborda, los que, siguiendo a Giannini, pueden calificarse de completamente callejeros y contemporáneos.

Cotidianidad y budismo zen

En los textos de su última época, que se centran en el análisis de la sociedad contemporánea y que son los más conocidos, Byung-Chul Han se aboca a la cruda crítica a la sociedad neoliberal y al sujeto que la sustenta.

Caracteriza nuestra sociedad como una sociedad de la transparencia. La transparencia es el resultado del abandono de toda negatividad, de toda diferencia, de toda oposición. La sociedad de la transparencia es un infierno de lo igual en el que, siguiendo a Lévinas, cualquier cosa equivale a cualquier cosa. Producto de esta transparencia, la espontaneidad que podría caberle a los actos humanos se difumina en operaciones calculables, dirigibles y homogéneas, como información circulante en el flujo inextinguible del capital. En esta uniformización de las singularidades se hace visible para Han el rasgo totalitario de nuestra sociedad (La sociedad de la transparencia).

De esta manera, para el autor la autoexplotación termina enfermando a estos sujetos del rendimiento. Instala de hecho una nueva época: la de las enfermedades neuronales que se hacen masivas y paradigmáticas. La depresión, trastorno de personalidad límite, déficit atencional con hiperactividad, los síndromes de desgaste ocupacional, etc. Es decir, más allá de la sociedad disciplinaria de Foucault, en la sociedad del rendimiento el exceso de positividad, la hiperatención, la histeria del trabajo, la hiperactividad, reflejan una forma superior y sofisticada de dominación y explotación: cada cual lleva consigo su propio campo de trabajos forzados, cada cual se explota a sí mismo, haciendo posible la explotación sin dominio.

Así, la tonalidad afectiva del neoliberalismo es la depresión, esta vez mediante el imperativo de la iniciativa personal. Bajo el sino del rendimiento, el sujeto sufre -de modo silente- su fracaso. Esto es lo que crea una sociedad del cansancio, un cansancio que nos aísla y separa, instalando violencias que destruyen a la comunidad, la sociedad del cansancio es también la sociedad del dopaje.

Esta anatomía de la actual y mundial sociedad del cansancio y de su sujeto autoexplotado tiene como soporte filosófico un punto de vista que si bien puede vincularse a visiones críticas contemporáneas del sujeto y la sociedad, como la que nace con Heidegger, o de otras versiones de fenomenología hermenéutica como las de Levinás o incluso Arendt, también está profundamente ligada en el pensamiento de Byung-Chul Han al conocimiento y comprensión de la tradición del budismo zen.

En su temprana obra y quizás la más interesante filosóficamente, Filosofía del budismo zen – publicada en alemán el 2002-, Han confronta derechamente las bases metafísicas y prácticas del mundo occidental, apuntando hacia la gramática ontológica desde la que comprendemos al sujeto y la sociedad en occidente. Esto lo logra confrontando a autores clásicos, incluso contemporáneos y especialmente Heidegger, que siempre está presente, al budismo zen. Aparece aquí un contraste notable y muy nítido entre oriente y occidente en las ideas de Dios, de sujeto y del habitar de ese sujeto en el mundo.

Para el budismo zen, no se trata de matar a Dios, ni siquiera de los filósofos que persisten más allá de las declaraciones de Nietzsche. Sino de una religión sin Dios: no cree en un Dios sujeto o sustancia, sino en ese vacío metafísico que encarna Buda, que no es carencia ni falta, sino todo lo contrario, un modo pacífico de ser de todo lo que es, que no excluye ni violenta nada.

Hay también una experiencia humana en el budismo zen, que como en la filosofía occidental contemporánea, aunque de manera más radical, busca des-interiorizarse y desprenderse de sí mismo, perdiendo su narcisismo, activismo, centralismo. Se trata de un “nadie” más que de un “alguien” que ya no tiene, no persiste, ni tampoco quiere. La meditación zen, a diferencia de la meditación para Descartes, no redescubre y resignifica el yo, sino que se desprende de él.

Desde el recate de Han, el budismo zen afirma la confianza originaria en el aquí y en el mundo, un espíritu cotidiano que constituye un giro práctico hacia la inmanencia, la aparición de la risa. El tiempo sin preocupación, sin cuidado (versus Heidegger). El espíritu cotidiano, que parece guiar la experiencia, encuentra en este vacío el medio de la amistad. Desde un corazón que ayuna, no hay apetito, ni persistencia, ni voluntad, sólo un mundo sin sujeto, que tampoco habita, un peregrino que nunca regresa, que transita y se confunde con todo lo que es. El lenguaje de este peregrino que nunca es huésped y nunca anfitrión es la amabilidad. Una amabilidad arcaica, elemental, inútil, que no persigue nada. No se busca el enfrentamiento ni la lucha que nos lleven a la individualización o la acción, no se trata de ser un yo ante un tú, ni de avanzar, ni de conquistar. En cambio, el peregrino y su corazón que ayuna más bien observa, se ríe y sigue su camino desde una apertura a la experiencia que tiene mucho, vale la pena recordarlo, de callejera.

El feminismo no es conservador

Por Kena Lorenzini | Fotografías: Felipe Poga

Hemos denominado, con justicia, al movimiento que involucra las tomas y paros feministas como una nueva ola feminista en Chile, la tercera. Ola que ha removido las estructuras conversacionales, alejando al feminismo y sus demandas del concepto de “tema” y lo ha instalado como un problema político, como agenda política y pública, a la vez que como charla obligada en los hogares y grupos de amigos, compañerxs de trabajo y otros.

Hoy (abril, mayo, junio, julio 2018) la ola feminista es “la” agenda que no se detiene frente a otras como la del barranco por el que caen obispos junto a la iglesia católica, la corrupción de Carabineros de Chile, de las Fuerzas Armadas, la corrupción de políticos, la no tolerancia a que rostros televisivos apoyen prácticas como la tortura o la impunidad para empresarios y políticos frente al cohecho. Es más, no sólo no se detiene el feminismo sino que multiplica la visibilización de todo este malestar que ha tenido a Chile amordazado, con engaños, para no afectar nuestra endeble democracia.

Un 17 de abril de 2018 las estudiantes de la Universidad Austral de Valdivia se tomaron una de sus sedes para decir basta a la desinformación, para decir basta al rector que no daba señales sobre la acusación del acoso realizado por el académico Alejandro Yáñez contra una funcionaria. A modo de resumen, el rector optó por el traslado de Yáñez a un centro de investigación de la misma universidad, donde el 70% de quienes allí trabajan son mujeres. Cómo no traer a la memoria lo que hace la iglesia católica con los sacerdotes abusadores.

Como respuesta a esta decisión, a estas estudiantes se suman otras sedes, se hace un petitorio sobre, entre otras cosas, protocolos para encarar acusaciones de abuso sexual, el cual finalmente el rector acepta, pero Yáñez no es expulsado. Pronto vendrían elecciones de rector y Alejandro Yáñez era uno de sus aliados. Hoy se está trabajando en el petitorio de la Universidad Austral y exigiéndole al rector que escuche a las mujeres de las sedes de Puerto Montt y Aysén, cosa que éste no quiere hacer. Todo por resolverse.

El 27 de abril se inicia una toma en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile por similares razones a las de la Universidad Austral: la no respuesta clara a la demanda contra el académico y abogado Carlos Carmona, ex presidente del Tribunal Constitucional de Chile, por acoso sexual hacia una alumna. Las estudiantes deciden nombrar la acción, por primera vez en la historia, como toma feminista. De ahí en más, otras facultades entran a paro, se suman otras universidades tanto públicas como privadas, se hacen tomas y se unen colegios y liceos denominados emblemáticos, especialmente los de mujeres, como el Liceo 1 y el Liceo 7, entre otros.

El golpe más mediático de las tomas fue el de la Casa Central de la Universidad Católica, por creerse que ahí está la cuna del conservadurismo y la elite, algo retrógrado, ya que por una parte hay estudiantes con gratuidad y por otra, hoy existen varias universidades privadas donde sólo va la elite.

Igualmente interesante es que la Universidad Católica había sido tomada sólo una vez, en el año 1967, y luego, durante la dictadura de Pinochet, en 1986, estuvo tomada sólo por algunas horas. El 25 de mayo de 2018 comenzaría ahí una toma feminista. A partir de ella nace un petitorio que entrelaza el acoso y abuso sexual con demandas acerca del trato laboral de funcionarixs externalizadxs, alumnado trans y otras variables.

Se realizan tomas, paros y marchas a lo largo de Chile, que ponen al centro de la demanda la “educación no sexista” con todas las transformaciones que ello implica. Los petitorios, la mayoría de ellos ya recibidos por diferentes rectores, recogen las demandas de estudiantes, académicas y funcionarias.

Sí, se han sumado académicas, funcionarias y estudiantes varones a esta ola feminista, estos últimos poniéndose a disposición de sus compañeras, no anulando el protagonismo de ellas. En esta oportunidad se han transformado en colaboradores y los más audaces, en auto observadores, realizando jornadas de reflexión para cuestionar sus prácticas machistas y entender las demandas feministas.

La ola feminista es bien recibida por gran parte de la sociedad “no ilustrada” e incluso por la ministra de la Mujer y Equidad de Género de un gobierno que convive en su seno con la elite más conservadora del país. Sin embargo, las autoridades no logran hacerse cargo de ella, ya que al poco tiempo de iniciarse este proceso, el Presidente Sebastián Piñera anuncia una “Agenda Mujer” en la que toma básicamente tres temas: sala cuna universal en las empresas para mujeres y hombres (sólo los que están a cargo de sus hijxs), transformación de la sociedad conyugal que tiene al hombre como administrador de los bienes al interior del matrimonio, y un cambio en las Isapres, sistema privado de salud al cual sólo pertenece el 20% de la población. Esto no considera en absoluto la principal petición de las estudiantes: educación no sexista. El Presidente hace caso omiso y sigue a medias tintas con las tres demandas que desde hace años son reclamadas por el movimiento feminista y de mujeres. Esta “Agenda Mujer” intenta hablarles a jóvenes que cada día contraen menos matrimonio, que están atrasando o no queriendo tener hijxs y para quienes las Isapres hoy no son una preocupación, sobre todo porque quieren igualdad y no discriminación para todxs.

Entonces, las tomas continúan y los paros se hacen más numerosos. No hay comprensión acerca de lo que está ocurriendo, no se ha entendido el eslogan “nos han quitado todo, hasta el miedo”. Estas jóvenes no entraron en el silencio de una derrota, están activas, uniéndose a otras mujeres jóvenes de otros espacios como las que pertenecen a barras de connotados equipos de futbol, a otras no tan jóvenes como las académicas, a sus compañeros que se han quedado con las demandas del feminismo de exigir que los protocolos avancen, protocolos que no son para una elite, sino para todxs, como lo demostró el petitorio de la Universidad Católica que llegó a acuerdo en tres puntos claves que no tienen relación directa con las estudiantes: contrato para funcionarixs, utilización del nombre social de les estudiantes trans y alejamiento de un académico declarado culpable de violencia conyugal hacia una funcionaria de la universidad.

En todos los petitorios se exigen protocolos claros y expeditos para enfrentar el abuso de poder y el acoso sexual. Increíblemente, en Chile no existe una ley que penalice el acoso sexual, aunque hay un proyecto de acoso callejero que lleva cinco años durmiendo en el Parlamento. Siempre que se trata de proyectos de ley que previenen delitos hacia las mujeres, lxs parlamentarixs aplazan el trabajo. Como mujeres, somos imperecederamente sospechosas de darle un mal uso a las leyes para perjudicar a otrxs. Un ejemplo reciente de ello ha sido parte del debate acerca de la causal de violación en la ley de despenalización del aborto en tres causales.

Otra de las cosas que ha quedado palpitando y que ha develado la ola feminista es la resistencia de hombres y también de algunas mujeres al movimiento y a algunas de sus demandas. Se trata de conservadores que no entienden las performances donde las estudiantes se expresan a través de sus cuerpos, la desnudez de sus cuerpos, la sangre menstrual. No lo van a comprender. ¿Por qué? Porque no, sencillamente, porque no hay capacidad para ello. Están quienes, autodenominándose intelectuales, han ninguneado al movimiento alegando que las estudiantes no representan a todas las mujeres porque son una elite, desconociendo con estos decires la historia de los movimientos de transformación social.

Como esbocé anteriormente, parte de los acuerdos que consiguió la toma de la Casa Central de la Universidad Católica fue la consideración de trabajadores haitianxs que la universidad tenía externalizadxs y a quienes se les engañaba por no saber hablar chileno. Es decir, estas mujeres fueron conscientes de su posibilidad de expresar sus demandas, pero también las de otras. Centrada esta resistencia también en la propuesta para una nueva malla curricular, muchxs académicxs lo encuentran risible “porque tendré que sacar a Platón”. Parece mal intencionado, la verdad, porque ellas no han pedido eso sino que aspiran a que también se impartan conocimientos de pensadoras, creadoras, científicas, humanistas y más mujeres.

Otra resistencia, ¡oh!, quieren cambiar la lengua de Cervantes, pecado mortal, como si alguien aún escribiera o hablara como Cervantes o Sor Juana Inés de la Cruz. Una profesora argumentaba que los cambios en la lengua antes no habían sido ideológicos. ¿Cuál es el problema con que una lengua dinámica cambie a través de la ideología, en especial si busca incluir a todas las personas cambiando ese único y universal “todos” por “todes”? Ese “todos” que nos nombra a todas desde el hombre.

En un desalentador estado de ánimo, algunos hombres jóvenes (y varios mayores, tal vez demasiados) se oponen a dejar de piropear y se sienten desorientados porque “ahora no se les va a poder decir nada”. “Depende”, les han contestado ellas. Sin embargo, se aferran a la idea de que se ha ido demasiado lejos. Reconocemos que todos los movimientos que pretenden realizar transformaciones tienen un efecto pendular y es por ello que a veces van demasiado rápido, y que quienes quieran comprenderlo deberán ir en paralelo intentando conocerlo, aun a pesar del caos que éste pueda llevar.

Llama la atención la resistencia de los adultos varones, que desde el principio nos llenaron de columnas de opinión cuyos contenidos fueron morigerando, pero siempre tratando de explicar el movimiento, pasando por alto la voz de las protagonistas. Intérpretes de la ola feminista.

Una resistencia que corresponde a los dos mil años de patriarcado y que afecta también a mujeres que no saben qué hacer de sus vidas si no son validadas por uno o varios hombres. Así hemos sido educadas desde nuestra sexualidad hasta nuestro campo laboral, a ser valoradas y despertadas por el beso del príncipe encantado. Por eso ellas también se resisten, tienen miedo.

Por otra parte, si sólo un 42% de las mujeres en Chile trabajan fuera del hogar, hay quizás un 52% que vive bajo las condiciones impuestas por el patriarcado en el mundo privado, el mundo del trabajo doméstico, y si no fuera porque se ven expuestas a la violencia machista sobre ellas o sus amigas, probablemente se quedarían huérfanas en un mundo nuevo donde tuvieran la posibilidad de decidir qué hacer con sus vidas si no logramos antes traspasar hacia ellas la significancia de una sociedad feminista.

Sí, vamos hacia una sociedad feminista porque parece ser la única promesa que nos está dando esperanza; bajo el paraguas del feminismo caben todas las luchas sociales. Las feministas hemos estado en todas ellas y en las que vendrán porque el feminismo es dinámico como lo son los derechos humanos, como lo son las personas. Es por eso que hoy todos los partidos políticos se están declarando feministas. Algunos lo vieron venir y propusieron el primer gobierno feminista sin que sus integrantes supieran de qué se trataba un gobierno feminista, qué implicaba un gobierno feminista.

Pero, ¡oh!, también se declara feminista el partido de ultraderecha y ahí contemplamos la capacidad de cooptación de las elites para así desdibujar este movimiento que surge con fuerza. Un partido ultraconservador no puede ser feminista. El feminismo tiene muchas manifestaciones, pero por sobre todo tiene un respeto irrestricto por el derecho de las mujeres a decidir sobre sus vidas, sobre todos y cada uno de los aspectos de sus vidas, y bien sabemos que el conservadurismo se propone como pivote de su quehacer encerrarnos en cuadrados donde nadie se salga de las (sus) normas, de lo que el conservadurismo estima como normal.

Curiosamente, ese conservadurismo que se quiere autodenominar feminista considera normal la aporofobia, la xenofobia, la misoginia, la codicia por obtención de riqueza, la desigualdad, la depredación medioambiental, la privatización de playas, lagos, bosques, el no respeto a la tierra de los pueblos originarios. No, no, el feminismo no es conservador. El feminismo aboga por la justicia social en todo ámbito.

El feminismo no es conservador.

El «2011 feminista» (o gracias, cabras, por denunciar que el género es otra lucha de clases)

Por Arelis Uribe / Fotografía: Alejandra Fuenzalida

Si tuviera que decir una sola cosa de esta primavera feminista, diría: gracias, cabras. Ojalá supieran cuánto las admiro, cuánto las quiero, cuánto las banco. Se les ocurrió algo que a ninguna de nosotras se nos había ocurrido. Cuando yo estudiaba Periodismo en la Usach, en 2006, igual que ahora, la revolución tenía un lugar y era la sala de clases. Intuíamos que lo personal es político, pero con un enfoque economicista. De la sala de clases, donde están mis mejores amigos, mis profes preferidas, donde me enamoro y me frustro, donde aprendo y me equivoco, nace mi destino social. Y ustedes, mujeres estudiantes, dijeron sí, ahí nace el destino social, pero la pobreza no es el único destino, la desigualdad económica no es el único dolor. Abran los ojos: el género es otra lucha de clases.

Con ese giro hicieron del feminismo una causa del movimiento estudiantil completo.

Ser de izquierda en mis tiempos sólo era enfrentarse al capital, rechazar el mercado, sufrir por la injusticia económica que genera desigualdad política. Allí estaba la rabia traducida en discurso político. La rabia contra el machismo no se politizaba. Sólo era la vida. Había mucho que no cuestionábamos. No cuestionábamos que la mayoría de los textos que leíamos era de autores hombres. No me cuestioné la vez que organizamos un concurso de cuentos eróticos y nos llamaron de La Cuarta para una nota y el periodista pidió hablar con mis compañeros hombres, o que cuando fue el fotógrafo a la universidad a tomarnos la foto para la nota pidió que posáramos: los hombres de pie con las manos detrás de la nuca punteando a las mujeres agachadas delante de ellos. No me cuestioné que cuando recibimos cuentos y llegó la hora de leerlos, los hombres no dejaron que ninguna mujer fuera jurado. Mi rabia nacía por su capacidad infinita de acabronarse con los puestos de toma de decisión. Pero me quedaba sólo en eso, en la rabia.

En mis tiempos, la anarquía era sinónimo de revolución. Qué lindo que anarquía se escriba con tantas letras A. Me suena a rebelión feminista. Pero la anarquía de mi época era machista. Hace dos años, un compañero que era del FEL me escribió para que nos tomáramos un café y conversáramos de un proyecto audiovisual contra el acoso sexual callejero. Dijo que yo podría orientarlo como integrante del OCAC. Nos juntamos en un café. Intercambiamos algunas ideas y luego, de a poco, empezó a introducirme hacia una confesión. Dijo que le daba vergüenza, que estaba arrepentido, que no sabía cómo llegó a eso. Y yo, mierda, qué hizo este hueón. En el fondo me decía: necesito que tú, mujer feminista, escuches este testimonio de mi masculinidad y me evalúes, me redimas y me perdones en nombre de la justicia universal. OK, dije, cuéntame. Y sacó un cuadernito con un relato. Contaba que el segundo semestre de 2009 había llegado una chica de intercambio desde La Serena. Me acuerdo de ella perfectamente, le dije. A él le gustaba, ella era coqueta, pero a la hora de consumar se iba con otros. En su tira y afloja mi compañero nunca recibía lo que quería y eso le hacía hervir la sangre. Una noche estaban carreteando y ella fue al baño y él la siguió. La apretó contra un muro, la inmovilizó, le metió la lengua a la boca y le dijo: por qué con ellos y conmigo no. Ella se separó y lo escupió. Salió corriendo y llorando. Mientras mi compañero me lo contaba, también lloró.

Ese día de la confesión, mi molestia se quedó en la anécdota. No fui capaz de aplicar la consigna elemental: lo personal es político. No vi que el relato de mi compañero no es particular, le pasa a más, le pasa a otras, le pasa a otros. Cuando hablamos de violencia (y por lo tanto, de política) es una buena idea generalizar. Es demasiado probable que un hito se repita como patrón porque somos un fractal de toda la violencia macroestructural.

Tampoco me cuestioné que si son personas, eso que les pasó les va a acompañar siempre, va a estar presente en su práctica periodística, en sus decisiones familiares, en su sentir amoroso. Es obvio, nos conformamos a partir de las personas que nos rodean y las experiencias que nos brindan. Su presencia forma nuestra identidad, igual que un líquido en su recipiente. Ese minuto de violencia entre compañeros de universidad es algo que les constituye, vive en el recuerdo y en la posibilidad de esa fuerza.

Las estudiantes de esta generación fueron más hábiles, más lúcidas, más osadas y dijeron: eso que pasa entre compañeros no está bien. Le sucede a más de una, es un problema colectivo. (Y por lo tanto, político). Me pregunto cómo habrá sido el despertar. ¿Habrá sido como el del acoso sexual callejero? ¿Una molestia antigua que de pronto se comparte con otras hasta reconocer que es masivo? Recuerdo a un hombre adulto que me tocó el calzón en la micro y a viejos que me susurraron al oído “le llenaría el choro de moco” o “chúpame la pichulita”. Detrás de esa frase ridícula descansa una imposición: tengo que bancarme el deseo sexual de otro con quien ni siquiera he establecido un vínculo. Eran completos desconocidos que me tiraron el pene en la boca. Es asqueroso e invasivo, sobre todo invasivo. ¿Por qué me obligas a sentir lo que tú sientes? Para compartir un sentir debe haber confianza y consenso. Sólo ahí nace el consentimiento, que es la palabra que los violadores no conocen.

El consentimiento es sólo otra forma de llamar la igualdad. Lo que nos hace iguales es que sentimos lo mismo, que cualquier ser humano en la tierra siente las mismas emociones. Todas las personas sabemos qué es el miedo, qué es el calor, qué es el frío. No necesito describirlo para que me entiendas. Eso es lo que nos iguala, que al entender lo mismo, conectamos. La libertad es la conexión voluntaria a un sentir. Por eso libertad e igualdad son clave en el consentimiento y en la discusión que han iniciado las estudiantes hoy. Lo que está en tensión es una frontera que quizá sea protagonista en la discusión eterna sobre el deseo: cuándo dejo de ser sujeto para convertirme en objeto. Lo ideal es que sea una decisión, no una imposición. El grito feminista es nuestra reafirmación como sujetas de deseo: yo decido dónde, cómo, cuándo y con quién tirar. No porque tú, ser autoritario, sientas deseo por mí significa que yo debo saciarlo. Es un tema de obediencia y, por lo tanto, de poder.

El consentimiento no sólo aplica en la voluntad en un encuentro sexual, es la palabra ausente detrás de toda violencia. Todas las historias de académicos que humillan a sus colegas mujeres, de profes violadores o abusadores, de compañeros que subestiman a la disidencia sexual están atravesadas por una imposición. El rol de la subversión es aplicar fuerza de vuelta a la violencia recibida. Es agarrar la frontera y desplazarla. Es decir: la violencia no empieza allá, donde tú dices, sino acá, donde yo la siento.

Alguien dijo que la creatividad es lo que viene después de la crisis. Estamos en crisis porque estamos padeciendo un conflicto, la lucha entre el feminismo y el patriarcado, el gallito que tensiona la relación de poder en base al género. Y esa lucha no es nueva ni acaba acá. Toda revolución tiene un componente generacional. Este es el mensaje de las estudiantes de hoy, el mapa que dibujan y que heredarán para gente más nueva que, en su momento, también desdibujará para volver a construir.

Participo de las tomas universitarias y de las marchas estudiantiles como testigo. Ya no soy tan joven, no estoy en el aula. Pero igual existe el diálogo. Sigo a las chicas en Instagram, reviso sus petitorios, leo las noticias que las nombran, converso con mi hermana que entró a estudiar Trabajo Social este año a la UTEM. Gracias a ella fui a la toma. También me invitaron a Juan Gómez Millas. Acepté al tiro, qué placer intercambiar lo que sentimos, nuestras experiencias, porque el feminismo no es un invento mío ni de ustedes, es una fuerza interior de desobediencia, de rabia, de frustración, de solidaridad, de afecto. Una pulsión que estuvo antes en Elena Caffarena, en las sufragettes o en mi abuela. Una voz que nos empuja a crear con las manos, la cabeza y el corazón una forma de relacionarnos en la que las personas no seamos depredadoras de otras personas. Es la pelea por la igualdad y la libertad más radical.

Me llena de orgullo ver a las encapuchadas con las pechugas al aire, en una versión poderosa y elegante del haka maorí. Me dio gusto llevar comida a la toma de la Católica. Me encantó escuchar de primera fuente cómo otras encapuchadas se tomaron el ICEI de la Chile y cómo al salón José Carrasco Tapia ahora le dicen “la Pepa”. Amé saber que las chicas están todo el día encerradas conversando, dialogando, inventando formas, armando petitorios, tomando acciones. Qué lujo poder pensar una sociedad distinta no a partir de los trabajos académicos que les exigen en sus ramos, sino movilizadas por el daño cotidiano inscrito en su cuerpo. Es hacer política en la práctica: enfrentar al orden, revolverlo al poner la voluntad personal en la idea de igualdad.

Por ahí dije que éste es el “2011 feminista” y lo sostengo. Es una historia donde estudiantes, jóvenes, universitarias se paran un día y dicen: esto que me pasa a mí o a quienes quiero (tener una deuda por estudiar o que tu profe te subestime por mujer) no está bien, ¿por qué tenemos que aguantarlo? ¿Seré a la única que le molesta? Y algo sucede y la rabia se expande como diente de dragón. Cuando nos damos cuenta de que no estamos solas nos convertirnos en colectivo. Empiezan las movilizaciones, los paros, las tomas, las marchas. Eso atrae otras demandas y se activa el engranaje de los movimientos sociales. Se parece tanto una revuelta a otra, sobre todo en la sensación, en este gustito, este calorcito en el pecho, este placer que da saber que una verdad escondida por fin está siendo escuchada.

Mayo feminista

La revuelta estudiantil que se inició en las universidades francesas hace medio siglo y que se enmarca en lo que Hobsbawm denomina el cambio cultural, en tanto la reivindicación que estalló con fuerza en las calles primero de París y luego en gran parte de Europa y América Latina, no sólo planteaba una impugnación de la autoridad acusando falta de democracia en las estructuras universitarias, sino por sobre todo interpelaba a una sociedad jerárquica y conservadora, desafiando su impronta patriarcal.

En ese contexto desfilaron las demandas, bajo consignas para el bronce como “prohibido prohibir”, “la imaginación al poder” o “seamos realistas, pidamos lo imposible”, entre muchas que también levantaban las banderas del feminismo, en un tiempo de gloria para las principales corrientes teóricas que la sustentaban.

Hoy, a 50 años de la revuelta de mayo, en las calles y aulas de nuestro país emerge otro movimiento que esta vez apunta sus dardos a un objetivo mucho más nítido y específico: la estructura ideológica patriarcal de la sociedad chilena, con la consiguiente inequidad de género y violencia contra la mujer, expresada en el acoso sexual en la aulas de nuestras universidades, la educación sexista, el lenguaje discriminatorio y otras lacras. El correlato de estas demandas está en las masivas protestas -la más reciente fue el histórico paro general de las mujeres españolas el 8 de marzo- hasta las manifestaciones de “Ni una Menos”, o “#MeToo”, que refieren no sólo la alarmante cifra de femicidios, también de acoso y violaciones impunes.

Si en mayo del ‘68 las mujeres levantaron sus demandas en un contexto general y de la mano de las teorías feministas en boga, hoy se apunta al corazón de la sociedad chilena, asumiendo en muchos casos que el feminismo además de una ideología resulta una pulsión, un sentimiento, un gesto; marcando así un punto de inflexión con diferentes vertientes de pensamiento que constituyen las moradas donde hoy habitan los feminismos. Porque en las inéditas y masivas asambleas de mujeres realizadas en distintos campus de la Universidad de Chile y en otras universidades del país, en el apoyo transversal a sus demandas provenientes de sus profesoras, funcionarias y de distintos sectores de la sociedad; más allá de protocolos y políticas sobre acoso que si bien son un avance, claramente resultan insuficientes ante la magnitud del problema, incluso en la heterogeneidad de los petitorios y discursos, podemos leer signos de cambio cultural y de un movimiento que sin duda está haciendo historia. Y ello se evidencia además en la fuerza que adquiere el cuestionamiento contra el patriarcado y la reproducción de los roles de género, así como a otros aspectos que apuntan a las bases del neoliberalismo. Un ejemplo es la demanda a la calidad de una educación pública, asumida no sólo como un derecho, sino alejada de las lógicas mercantiles y sexistas, desde donde pensar e impulsar el necesario cambio cultural que está en curso.

Ello permite leer también en la epidermis de este movimiento en que, más allá de su propia heterogeneidad, existe un continuo en el que las históricas reivindicaciones de mayor democracia, libertad e igualdad, dialogan no sólo con parte de los feminismos actuales sino con una tradición de lucha de las precursoras feministas de siglos anteriores. Por ejemplo, la que nos remite a inicios del siglo XX, concretamente al año 1915, cuando Inés Echeverría formaba el Club de Señoras y Amanda Labarca el Círculo de Lectura. O mucho antes, porque el feminismo en Chile tuvo su cuna en el norte salitrero, en las numerosas mutuales femeninas de fines del siglo XIX, a las que les sucedieron grupos de mujeres que integraron las primeras organizaciones sindicales denominadas mancomunales, siendo elegida por primera vez dirigenta nacional una mujer, Clotilde Ibaceta, delegada por Valparaíso, mientras en 1905, Carmen Jeria lanzaba su periódico feminista Alborada.

Así, mientras Belén de Sárraga ofrecía en 1913 su segunda conferencia en Iquique, titulada La mujer en nuestro siglo, y se refería al período histórico del Matriarcado concluyendo que “a éste le pudo suceder el Patriarcado solamente cuando el poder religioso tomó el dominio de la sociedad”, Carmen Jeria a la cabeza del diario Alborada, y otros periódicos de mujeres como La Palanca o El despertar de la mujer obrera nos remitían a un país que estaba en la vanguardia en materia de lucha por los derechos de la mujer y la igualdad en todos los planos. En esa tradición se inscribe este mayo feminista, que partió en los campus universitarios y que sin duda debe remecer todos y cada uno de los rincones de esta sociedad.

Un cambio cultural: igualdad para la mujer

Un gran cambio cultural representa una transformación profunda en la percepción colectiva sobre determinadas situaciones o relaciones. Nos comienza a llamar la atención algo que, hasta entonces, socialmente habíamos invisibilizado e ignorado. Una toma de conciencia para que lo normal comience a ser visto como injusto o indeseable, es el paso primero y necesario para el cambio cultural. Después, con mirada retrospectiva, quienes viven en el nuevo contexto cultural se preguntarán cómo era posible que se toleraran tales situaciones.

Algunos ejemplos patéticos son la esclavitud, el voto censitario, o que carreras como Medicina tuvieran limitación de cupos para mujeres. Hoy la Universidad de Chile sigue cumpliendo un rol protagónico en la lucha por los derechos de la mujer. Recordemos el decreto Amuná- tegui en 1877, que permitió el ingreso de mujeres a cursar estudios universitarios. Recordemos también el rol crucial de personajes como Amanda Labarca, Eloísa Díaz, Elena Caffarena y Julieta Kirkwood, en promover cambios estructurales para la inserción de la mujer en la sociedad.

Ese liderazgo vuelve a hacerse presente en esta década a nivel estudiantil, con cuatro presidentas de la FECH: Camila Vallejo, Melissa Sepúlveda, Valentina Saavedra y Camila Rojas. Nuestra Universidad fue pionera en crear centros para estudios de gé- nero en los años noventa; en implementar programas de postgrado en estudios de género y en feminizar los títulos profesionales.

También ha creado una Oficina de Género que pasó a ser una Dirección de Género; programas de ingreso prioritario; una política de corresponsabilidad social en el cuidado de los hijos y normas que reconocen el nombre social a personas trans. Se debe empezar por detectar y comunicar datos que nos obliguen a ver lo que estando ahí no hemos querido ver. En la carrera académica ordinaria, la proporción de mujeres disminuye drásticamente en las categorías superiores, pasando de un 38% en el nivel Profesor Asistente a 16% en el de Profesor Titular. En la carrera académica docente ese descenso es de 65% a 20%. Como referencia, en Estados Unidos las mujeres constituyen un tercio de los Profesores Titulares y en el Reino Unido, la mitad.

Por otra parte, esta es una de las causas que hace que sus remuneraciones sean menores, alcanzándose una brecha de 19% para las académicas jornada completa. Hace cuatro años, la Universidad hizo un estudio pionero sobre desigualdad de género al interior de la institución que permitió también dimensionar la incidencia de casos de violencia sexual. Mesas de trabajo triestamentales han generado políticas y protocolos cuyo objetivo último es erradicar toda forma de violencia de género.

Las universidades del Estado en su conjunto han avanzado considerablemente tanto en materia de estudios de género como en la implementación de políticas de equidad. Se debe iniciar a la brevedad un proceso de certificación con auditoría externa, como el sello del PNUD, que permita abordar institucionalmente y en su conjunto los problemas mencionados. El procedimiento de investigación actualmente definido en la ley, el sumario administrativo, es una herramienta insuficiente e inadecuada para abordar la violencia sexual. Conscientes de ello, en la ley de universidades estatales propusimos e incorporamos una indicación que mejora sustantivamente estos procedimientos, equilibrando los derechos de las víctimas y los inculpados.

También por iniciativa nuestra se propusieron indicaciones al proyecto de ley sobre el derecho de las mujeres a una vida libre de violencia, actualmente en primer trámite constitucional en la Cámara de Diputados. Los cambios culturales requieren problematizar lo que se ha asumido como incuestionablemente natural. Las expectativas de padres y profesores suelen reforzar inconscientemente ideas que asignan estereotipos culturales de género. Estudios han mostrado que, por ejemplo, las expectativas sobre rendimiento futuro difieren en función del género del estudiante, o que los docentes consideran que los hombres tendrían mejor desempeño en matemáticas; o que los profesores preguntan más, retroalimentan más frecuentemente y hacen preguntas que requieren procesos cognitivos más complejos a los alumnos varones que a las mujeres.

Deberán también incluirse contenidos en los programas educativos mismos que develen los prejuicios instalados, impulsando una educación con mirada crítica capaz de interpelar los prejuicios instalados. Un sistema de educación pública gravitante es una herramienta privilegiada para incidir en este cambio cultural. Para las universidades estatales constituye un deber el proyectar este cambio y hacer propuestas al conjunto de la sociedad. Eso es lo que el país espera y confía que hagan nuestras instituciones. Sostenemos firmemente que un país con políticas de igualdad de género en todos sus niveles y con una educación no sexista, es un país más democrático, libre e igualitario.

La emancipación de un sector de la sociedad no sólo hace más libres a los emancipados, y en este caso las emancipadas conforman una “minoría” que constituye más de la mitad de la población, sino que nos hace más libres a todos.

El sueño amerikkkano

Por Claudia Lagos

El 18 de marzo pasado, Stephon Clark, de 22 años, fue acribillado por policías en el patio de su casa en Sacramento, California. Los oficiales pensaron que era el sospechoso que buscaban, el que había quebrado vidrios de autos y de propiedades en el barrio, según la denuncia recibida al número de emergencias 911. Clark recibió 20 balazos. Los videos liberados por la policía grabados por cámaras que portaban los efectivos y el helicóptero que sobrevolaba la zona, muestran los múltiples disparos en la espalda, a corta distancia, y la nula oportunidad de Clark de haber zafado de su ejecución. Clark, afroamericano, estaba desarmado. Los policías aseguran que confundieron el teléfono móvil de Clark con un arma.

El asesinato a mansalva ha desatado protestas callejeras de la comunidad de Sacramento que aún no se apagan, tal como sucedió antes en Ferguson, Baltimore, Baton Rouge, Charlotte, New York y otras incontables comunidades donde ser joven y afroamericano implica un riesgo vital si la policía se cruza en tu camino. De hecho, datos de distintas fuentes concuerdan en que los afroamericanos tienen más posibilidades de ser baleados por la policía que los blancos.

La brutalidad policial, entre otras manifestaciones del racismo en Estados Unidos, ha gatillado el movimiento #BlackLivesMatter y la adhesión de connotadas figuras públicas. Numerosos deportistas, por ejemplo, llevan varios años manifestándose públicamente contra las víctimas de la brutalidad policial y del racismo, donando a activistas y organizaciones que luchan por una mayor justicia racial o disputando, en la esfera pública, en sus cuentas de Twitter, en las entrevistas en canales de televisión o radio los discursos de supremacistas blancos. Varios connotados jugadores de las ligas profesionales de básquetbol femenino y masculino, así como también del fútbol americano, entre otros, han devenido activistas.

Pero la brutalidad policial es sólo una de las manifestaciones de la discriminación racial en Estados Unidos. El país tiene las peores tasas de muerte materna del mundo industrializado pero las mujeres afroamericanas tienen más posibilidades de morir después del parto producto de negligencias médicas o falta de cuidados de parte de los equipos médicos debido a prejuicios raciales. Los mismos prejuicios que explican la alta tasa de rechazo de solicitudes de créditos hipotecarios a estadounidenses afroamericanos o latinos, por ejemplo.

La retórica instalada por el actual presidente, Donald Trump, desde su campaña en 2016, no ha hecho sino empeorar las cosas: En el lanzamiento de su campaña dijo que los mexicanos son “criminales” y “violadores” y ha insistido en que construirá una muralla en la frontera con México. El año pasado dijo que todos los inmigrantes provenientes de Haití tienen SIDA, que 40 mil nigerianos nunca volverían a sus “cabañas” una vez que vean Estados Unidos y que por qué en vez de recibir migrantes haitianos o africanos no recibían más noruegos. Además, ha dicho reiteradamente que ciudades con población mayoritariamente afroamericana o latina son “zonas de guerra distópicas” y calificó a los puertorriqueños que criticaron la lentitud y escasez de la ayuda federal después del Huracán María como “ingratos”. Las críticas de los boricuas al abandono del gobierno federal son más que justificadas: varios meses después de que el huracán golpeara la isla, hay vastos sectores sin luz o agua potable.

Por el contrario, Trump ha sido condescendiente con los líderes supremacistas blancos y no se inmutó en rechazar el apoyo público a su campaña de parte de quien había sido uno de los máximos líderes del Ku Klux Klan. The New York Times, por ejemplo, rastreó dichos y acciones racistas de Trump en su trayectoria empresarial y pública bien temprano en los 1970s.

Esta retórica se ha materializado en políticas impulsadas por el gobierno federal en el último año y medio tendientes a impedir el ingreso de ciudadanos de algunos países mayoritariamente musulmanes, a recrudecer la deportación de inmigrantes indocumentados, y en desmantelar las políticas actualmente vigentes que protegen a hijos de inmigrantes indocumentados que fueron traídos a Estados Unidos por sus padres siendo niños, como son la Development, Relief and Education for Alien Minors Act (Ley de Fomento Para el Progreso, Alivio y Educación para Menores Extranjeros), conocida como DREAM, y la Deferred Action for Childhood Arrivals (la Acción Diferida para los Llegados en la Infancia), conocida como DACA, por mencionar sólo algunos ejemplos.

Esto ha implicado, además, una guerra verbal y administrativa entre el gobierno federal y algunos estados y gobiernos locales (condados) que han adoptado políticas más proactivas en la protección de migrantes y que son conocidas como ciudades o estados santuarios. El ánimo anti-migrantes es palpable, por ejemplo, en el aumento de ataques a musulmanes, sobrepasando incluso los registrados el 2001, el año del atentado a las Torres Gemelas. Y eso que estas cifras consideran sólo los casos que fueron reportados al FBI. Buena parte de las víctimas son mujeres que usan hiyab y que enfrentan desde insultos hasta agresiones físicas en intentos por arrancarles el velo.

Ese fue el caso de mi amiga Shughla, musulmana, que usa hiyab. Después de unos meses sin vernos, la encontré sin su velo. Me contó que había decidido usarlo sólo en espacios privados y protegidos después del último de varios incidentes callejeros: un hombre en el metro la inslultó a viva voz por llevar su hiyab, sin que nadie dijera o hiciera nada.

De primera mano

La ciudad donde vivo con mi esposo y mis dos hijos mientras curso mi doctorado es pequeña y la presencia de una universidad con una numerosa población de estudiantes internacionales de prácticamente todos los rincones del mundo influye en que la comunidad sea relativamente más abierta a la diversidad. Sin embargo, ha habido varios incidentes contra hispanos, musulmanes y afroamericanos. Por ejemplo, en la universidad hay centros de investigación y docencia especializados en temáticas sobre latinos, latinoamericanos, afroamericanos y asiáticos, que en los dos últimos años han sido rayados con insultos en sus paredes.

Mis hijos asisten a una escuela bilingüe español-inglés y la comunidad hispana y latina es numerosa, incluyendo algunos indocumentados. Por lo tanto, las autoridades escolares y el personal de la escuela han sido muy activos en proveer información, apoyo social y recomendaciones sobre qué hacer en caso de que las personas se enfrenten a redadas de la migra (que es un organismo federal y no local).

En este contexto, quienes se encuentran sin sus documentos migratorios en regla están comprensiblemente preocupados y han modificadoalgunas prácticas cotidianas con el objetivo de disminuir cualquier riesgo de enfrentar a la policía, lo que incluye enseñarle a sus hijos qué hacer y qué decir en caso de que la migra toque a su puerta, así como también han firmado un poder legal a nombre de amigos estadounidenses que, generosamente, quedarían al cuidado de los niños si es que sus padres son detenidos y/o deportados.

Algunos migrantes han dejado de recurrir a ciertos servicios sociales con el objetivo de evitar cualquier riesgo potencial, ya sea real o aparente. Las deportaciones en Estados Unidos no son nuevas ni han sido esporádicas o a pequeña escala. Barack Obama, por ejemplo, expulsó a más de 2 millones y medio de personas durante sus ocho años de mandato. Sin embargo, en su primer año de gobierno, Trump arrestó más indocumentados que los que había realizado la administración de Obama el año anterior. Es decir, hay más redadas y, por lo tanto, también más temor.

Pero la furia y la discriminación no distinguen si el estatus migratorio de una persona está en regla o no. Sólo identifican pieles, acentos y lenguaje. Y eso basta para que el gringo en la sala de espera del hospital murmure molesto que “por qué no hablan inglés, si en este país se habla inglés”; o que otro baje la ventanilla y le grite de su camioneta andando a una mujer en otro auto, en la carretera, que “por qué no te vas de vuelta a tu país”, a pesar de que Estados Unidos es su país de residencia, según sus documentos en regla. O cuando a mi marido le han preguntado, con cara de pocos amigos, si es del Medio Oriente o de qué parte de México viene. La denominación legal para los inmigrantes en Estados Unidos, la de aquellos con su documentación de estadía en regla, es “alien”.

En estos pocos años viviendo acá, creo que el vocablo captura muy bien la conflictiva relación de la sociedad estadounidense con su población migrante. Con o sin documentos, trabaja, contribuye a sus escuelas, a sus comunidades, a la cultura local y nacional.

Ciberseguridad en Chile

Por Daniel Álvarez

Desde la invención de Internet y su masificación, a comienzos de este siglo, la seguridad digital se ha transformado en una de las principales preocupaciones de la comunidad relacionada con el desarrollo de las tecnologías digitales.

Esta preocupación se manifestó, en un primer momento, en la generación de estándares y normas técnicas para hacer de los procesos vinculados a la transmisión de datos a través de redes digitales, un proceso que garantizara la confidencialidad, integridad y disponibilidad de la información.

Luego, cuando el alcance de las tecnologías digitales fue mucho mayor, cubriendo múltiples dimensiones de la vida cotidiana de las personas, la mirada meramente técnica resultó insuficiente y diversos gobiernos comenzaron a discutir cómo hacerse cargo de los nuevos riesgos y amenazas que suponen estas tecnologías para las personas, la sociedad civil, las empresas y los gobiernos.

Así fue como en el año 1999, la Asamblea General de las Naciones Unidas comenzó un proceso de aprobación de resoluciones anuales que instaban a los Estados Miembros a hacerse cargo de los avances en la informatización y las telecomunicaciones en el contexto de la seguridad internacional, teniendo especialmente presente los riesgos que las entonces nuevas tecnologías de redes digitales podrían suponer para la mantención de la paz y la seguridad internacional.

A nivel regional, por su parte, cabe destacar los procesos realizados en diversos países de América Latina para contar con documentos de política pública que orienten la acción del Estado, del gobierno, de las empresas y sus organizaciones gremiales, de la sociedad civil y los ciudadanos en materias de ciberseguridad. Así, Colombia, Chile, Paraguay, Costa Rica, y México ya han lanzado sus propias políticas o estrategias nacionales de ciberseguridad.

A nivel nacional, si bien existieron esfuerzos aislados materializados en la aprobación de un par de cuerpos legales en materia de protección de datos personales y delitos informáticos, ambos textos concebidos antes de la masificación de Internet y por lo mismo, profundamente insuficientes, no es sino recién en el 2015 cuando se aborda el tema de la seguridad digital, hoy también llamada ciberseguridad, desde una perspectiva integral y de política pública.

En abril de 2015 se dictó el Decreto Nº533 que creo el Comité Interministerial sobre Ciberseguridad que tenía que cumplir con dos propósitos fundamentales. Primero, la elaboración de una propuesta de Política Nacional de Ciberseguridad, aprobada por la Presidenta de la República en abril de 2017, y, segundo, prestar asesoría especializada al gobierno en este ámbito.

La Política Nacional de Ciberseguridad es el primer instrumento del Estado de Chile que tiene por objeto resguardar la seguridad de las personas y de sus derechos en el ciberespacio, estableciendo cinco objetivos estratégicos y un conjunto de medidas que se deben adoptar para contar con un ciberespacio libre, abierto, seguro y resiliente, en un horizonte de mediano y largo plazo.

Las medidas aprobadas de la Política Nacional de Ciberseguridad tienen en especial consideración que Chile ostenta una de las mayores tasas de penetración de Internet en América Latina, con más de un 70 por ciento de su población conectada, lo que permite que cada vez más y más personas puedan desenvolver parte importante de su vida cotidiana en el ambiente digital, aprovechando las ventajas de la mensajería instantánea, la amplitud de las redes sociales y la variedad de plataformas de comercio electrónico.

Sin embargo, tal como ha venido sucediendo en buen parte del mundo, el incremento en las tasas de utilización de las tecnologías digitales implica necesariamente un aumento de la dependencia a ellas y crea nuevas vulnerabilidades, lo que hoy se expresa en la ocurrencia, cada vez más frecuente, de incidentes y ataques informáticos, algunos de los cuales tienen propósitos delictivos, de afectación de derechos de las personas o, incluso, amenazas al funcionamiento de las infraestructuras críticas del país.

En estas tres dimensiones hay medidas que nuestro país debiera asumir en el corto plazo. En materia de ciberdelitos, urge la reforma la legal que junto con implementar el Convenio de Budapest, actualiza nuestra roñosa ley de delitos informáticos que data de 1993, estableciendo tipos penales específicos para los nuevos fenómenos criminales como el phishing, el acoso sexual en redes digitales, la pornovenganza, entre otros.

En materia de protección de derechos de la personas, se debe avanzar en la aprobación de un nuevo marco regulatorio sobre protección de datos personales, que está en discusión legislativa en el Senado y que, en caso de ser despachado, podría significar un incremento considerable en el nivel de protección de la información personal, que como muchos han sostenido, se trataría del petróleo que moviliza a la sociedad de la información.

En esta misma dimensión —la protección de los derechos de las personas— se deben adoptar los resguardos necesarios, ya sea a nivel legislativo o judicial, para que no se repitan las actuaciones lamentables como el Caso Huracán, que supuso no sólo la implantación de evidencias falsas en diversas investigaciones criminales, sino que también un uso indiscriminado de las facultades que la ley de inteligencia le entrega a los cuerpos policiales.

En este sentido, urge una discusión sobre el alcance de las operaciones especiales de inteligencia y las reglas sobre control civil y judicial de su ejecución. En materia de infraestructura crítica se debe avanzar decididamente en el establecimiento de un marco normativo que regule la acción del sector público y del sector privado orientada a la protección de aquellos activos tangibles y digitales que son esenciales para el normal funcionamiento del país. Como hemos visto en la experiencia de otros países, la infraestructura crítica se ha ido transformando en un espacio especialmente crítico en los conflictos internacionales.

Este conjunto de medidas mínimas debiera bastar para elevar los estándares de seguridad digital del país, para encarar eficazmente los ciberdelitos y para garantizar a la población el ejercicio de sus derechos en el ciberespacio. Con todo, para que alcanzar un mayor nivel de madurez en materia de ciberseguridad sea posible, no podemos dejar de lado nuestras prácticas y usos personales de la tecnología.

Medidas tan simples como utilizar clave en nuestros teléfonos y computadores, no abrir correos sospechosos, no compartir información personal en redes sociales y enseñar a niños, niñas y adolescentes a usar responsablemente las tecnologías digitales podría bastar para lograr el objetivo de contar con un ciberespacio seguro.

Prólogo de Dante Contreras para la reedición de «Chile, un caso de desarrollo frustrado», de Aníbal Pinto

Fue en un curso de Historia Económica, en mis primeros años en la Universidad de Chile, cuando leí por vez primera la obra del profesor Aníbal Pinto, y aún recuerdo con mucha nitidez la impresión que me causó y cómo el autor fue capaz de transmitirme una frustración que en cierta medida me sigue acompañando. Quizás fue por eso mismo que sentí algo de vértigo al recibir la invitación a escribir un prólogo para una nueva edición del libro.

Revisitar una obra de estas características ha sido sumamente interesante, más aún cuando la discusión actual sigue siendo en torno a las posibilidades de desarrollo de Chile. El pensar en las reformas que se requieren para esto, el anticipar restricciones políticas y culturales, nos ayudan a precisar y calibrar las expectativas respecto a la factibilidad de transformar a Chile en un país desarrollado. Esta es, sin duda, la importancia de releer este texto: imaginar un futuro esplendor considerando los errores históricos que pesan sobre nosotros.

Esta invitación a una lectura crítica y prospectiva tiene al menos dos opciones. Una mirada optimista que reconoce a Chile ad portas del desarrollo. Y una más pesimista, que advierte que aquellos aspectos estructurales que limitaron nuestras posibilidades permanecen y aún condicionan nuestras opciones futuras.

Desde mi experiencia como profesor universitario creo que este material y, por consiguiente, su discusión contemporánea son requisito de primer orden para la formación en las distintas escuelas de ciencias sociales del país. Es importante para las nuevas generaciones de economistas, abogados, cientistas políticos, entre otros, enfrentarse a este relato y desafiar sus intelectos en la búsqueda de mecanismos que cambien una trayectoria que parece venir determinando nuestro desarrollo desde hace mucho tiempo.

Condiciones iniciales favorables

El autor observa que tempranamente se reconoce la importancia de contar con una matriz productiva diversificada (1847). La discusión de la época correctamente identificaba que no era posible ni razonable participar en la producción de todos los bienes. Sin embargo, reconocía que la diversificación actuaba como mecanismo de protección ante las fluctuaciones de precios de recursos naturales y también como estrategia hacia el desarrollo.

Complementariamente, el Ministro de Hacienda, Manuel Rengifo, en los años 1830 llamaba la atención sobre los inconvenientes de la elevada concentración de la propiedad agrícola, los escasos impuestos recaudados y la necesidad de costear beneficios comunes. El lector reconocerá con nitidez la vigencia de esta discusión, que es la misma desde que se retornó a la democracia hasta el presente.

Resulta interesante constatar que las diferencias ideológicas de antaño aún perduran y contribuyen a explicar parte de esta frustración. La falta de convicción de algunas medidas y el abandono de otras generó el pronto estancamiento de importantes avances registrados. La discusión aún vigente respecto a la conveniencia o no de la participación del Estado en actividades productivas y de toda regulación ha sido un tema debatido a lo largo de nuestra historia. Producto de un cambio de paradigma, que fue influido por la discusión de la élite intelectual de la época, se elimina, por ejemplo, la protección a la industria naviera reduciendo a la mínima expresión su relevancia nacional.

Otro ejemplo destacado en el texto es la situación del salitre. Pinto escribe: “nuestro país, consciente de los derechos arraigados y de lo que podía significar el salitre para una economía de exportación en descenso, va a la guerra, o sea al sacrifico supremo; logra la victoria y de inmediato toma medidas que a corto plazo virtualmente liquidan el dominio nacional de los frutos conquistados”.

¿Una élite despreocupada del desarrollo?

Aníbal Pinto no utiliza el concepto de “élite” en su libro. En efecto, a lo largo del texto se refiere a la clase política, a la oligarquía y a la burguesía. Pero bien, este grupo, de acuerdo con Pinto, jugará un rol primordial a lo largo del desarrollo económico y político de Chile, y nos conectará con una serie de aspectos y realidades que están aún vigentes en nuestro país. El retrato de este segmento de la población y sus efectos en el desarrollo frustrado del país son clave.

Es decir, a pesar de las buenas condiciones económicas y estabilidad política, el autor sostiene que no hubo incremento de productividad y que los progresos tecnológicos no fueron asimilados. Como consecuencia, y a diferencia de otros países comparados en el texto, se observa una economía que transita hacia una alta concentración de recursos, pero al mismo tiempo hacia actividades económicas con baja productividad e inversión. El examen que realiza sobre la agricultura, minería e industria demuestra lo señalado.

Adicionalmente, la clase alta o burguesía, en cambio, es descrita como aquella que defiende esquemas tributarios que le sean favorables, gravitante de forma consistente en el ejercicio del poder e influyente en la toma de decisiones en los aspectos más fundamentales de la política nacional. En comparación con otras economías, la oligarquía en Chile es descrita como rentista, con baja propensión al ahorro e inversión, envuelta en actividades económicas de baja productividad y con menores cargas tributarias respecto a países exitosos en su desarrollo. Como consecuencia de lo anterior Chile divergió de su trayectoria esperada. A modo de ejemplo, según Patricio Meller en Trayectorias Divergentes, en 1950 el producto per cápita de Chile alcanzaba a 2.536 dólares, Finlandia en igual fecha exhibía una cifra comparable de 2.758. En 1970 dichas cifras subieron a 3.687 y 6.186 respectivamente. En 1985, mientras Chile se estancaba en 3.486 dólares per cápita, la economía escandinava llegaba a 9.232. Finalmente en 2016 Chile alcanzaba los 13.792 dólares per cápita, mientras que Finlandia alcanzaba a 43.402.

Desigualdad de ingresos y opciones al desarrollo

Por otra parte, Chile no ha sido capaz de desarrollar un sistema de protección social que dé garantías de bienestar a la gran mayoría de la población. La seguridad social y tributación es soportada de forma importante por grupos de menores ingresos. Existe poco espacio para la redistribución. En suma, se señala una política fiscal con sello regresivo. Esta situación, persistente hasta el día de hoy, sigue siendo calificada como una economía de alta desigualdad. Evidencia reciente da cuenta de que los espacios de movilidad social son muy limitados.

La educación juega un rol clave en ambos aspectos: desigualdad y movilidad social. Llevar adelante reformas que busquen corregir esta situación es complejo, por cosmovisiones ideológicas arraigadas a través de la historia y que limitan la posibilidad de alcanzar acuerdos. La presencia de un desacople entre política y economía también persiste en estas dimensiones: corregir esta situación es necesario pero muy costoso. Los recursos requeridos significan una importante carga tributaria, donde los sectores más pudientes generalmente se han opuesto a reformas sustantivas y las prácticas elusivas son comunes. ¿Podrá ser Chile entonces un país desarrollado?

Los patrones descritos en este libro, las persistencias registradas, la polarización política y el bloqueo de reformas no contribuyen al objetivo señalado. Hemos carecido de una mirada colectiva de largo plazo. Nos ha faltado austeridad por un lado, y por otro nos ha penado la falta de arrojo y determinación para apostar por inversiones que nos hubieran permitido consolidar diversas oportunidades de crecimiento económico. Hoy el panorama no es muy distinto. La elevada concentración de los recursos, la baja productividad y la ausencia de una decidida y firme inversión en capital humano continúan comprometiendo nuestras opciones futuras.

Espero que esta reedición permita que Aníbal Pinto, quien fuera Profesor de la Facultad de Economía de la Universidad de Chile, ilumine a nuestros actuales estudiantes de ciencias sociales y sea insumo de un debate profundo y documentado sobre la persistencia de nuestros errores y nuestras miopías. Desde ahí podríamos imaginar que las nuevas generaciones diseñen un nuevo trazado.

La convivencia universitaria respetuosa como ejercicio de derechos humanos

Por Juan Cortés

La Universidad de Chile promueve el desarrollo integral y armónico de sus miembros y lo hace en concordancia con los principios orientadores y las prácticas específicas de la comunidad. El cumplimiento de nuestra misión constituye un compromiso permanente de funcionarios/as y estudiantes, cualquiera sea su especificidad, como demuestran los hallazgos efectuados por la Iniciativa de Convivencia Universitaria (ICU), dependiente de la Vicerrectoría de Asuntos Estudiantiles y Comunitarios VAEC.

Esta instancia constituye un elemento facilitador de las relaciones armónicas y simétricas dentro de nuestra comunidad. Este anhelo compartido, sin embargo, no ha constituido en todo momento nuestra norma social e incluso en tiempos no lejanos, rigió su inverso. ¿Acaso la simple disposición al respeto y colaboración no basta?

En pleno siglo XXI, muchas de las terribles desigualdades que vivió Chile durante su historia parecieran resueltas: régimen democrático y Estado de derecho; eliminación del hambre, mortalidad infantil y otras muertes prematuras; acceso al agua potable, alcantarillado, conectividad vial y transportes; educación, trabajo, derechos sociales y de género y una serie larga de conquistas obtenidas no sin duras batallas y ciclos de avances y retrocesos. Esto no parece haber conseguido necesariamente la instauración de relaciones armónicas entre sus ciudadanos ni comunidades.

Como Universidad pública consciente de su ser y por lo tanto de su responsabilidad en la construcción de Chile, estamos obligados a actuar, a profundizar nuestra mirada crítica institucional, social e individual. Los últimos años han demostrado que es posible avanzar en temas que hasta hace poco resultaban impensables: equidad de género; acoso y abuso sexual; creación de Centros de Aprendizaje; programas de admisión inclusivos como SIPEE, PACE o de ex-conscriptos.

Un Comité de Coordinación Institucional ha propiciado giros insospechados en la dinámica organizacional, demostrando que si hay reflexión y trabajo colaborativo, los vacíos de interacción y silencios ominosos van dando paso a la reflexión y a la cohesión institucional. En la misma línea, la VAEC ha venido desarrollando esta iniciativa, realizando un levantamiento al interior de la institución que da cuenta del estado formal de acciones, institucionalidad y programas de convivencia. La finalidad es comprender la realidad. Mediante una acción transversal y coordinadora se busca identificar interacciones virtuosas y promoverlas al interior de la comunidad.

La ICU, a través de una mesa técnica con representantes de las unidades académicas y de la Dirección de Recursos Humanos, trabaja sobre tres ejes sustantivos: sentido de comunidad y de pertenencia; respeto hacia las personas -más allá de roles y posiciones-; y convivencia. Estos ejes tributan a la formulación de estrategias concretas que subrayan a la equidad y la inclusión como partes fundamentales de la vida universitaria. Un Plan Anual de Convivencia Universitaria, elaborado por un grupo de trabajo multidisciplinario, plural y triestamental, se encargará de promover conductas respetuosas y reforzar el sentido de pertenencia a la comunidad universitaria. También corresponde a la labor de la ICU estimular y apoyar la generación de comités asesores en facultades e institutos en materias de convivencia y diálogo dentro de ellas.

En este sentido, una forma posible de avance comunitario es reconocer Áreas Estudiantiles Comunes que dispongan de infraestructura y servicios de calidad basal uniforme, configurando un “piso mínimo garantizado” estructural, análogo al desarrollado en beneficios estudiantiles por la Dirección de Bienestar Estudiantil.

Finalmente, y aunque la Universidad pueda ser vista como una institución añosa y rígida, existen otras perspectivas y dimensiones. Observando los ambientes que genera, las discusiones que se dan en ámbitos científicos, filosóficos, artísticos o humanistas, es posible reconocer redes de conversaciones vigorosas, flexibles e innovadoras, llenas de vida y de creatividad.

Es ese el ambiente que debemos fomentar y compartir, son esos espacios los que deben alimentar las respuestas y mensajes que la Universidad lleve a la sociedad y en los cuales están inmersos nuestros estudiantes. Una forma de promoverlos son nuestras declaraciones explícitas de colaboración entre los integrantes, el desarrollo de trabajo interdisciplinario y transdisciplinario y la adhesión irrestricta al diálogo constructivo e integrador. Nuestro empeño como VAEC es aportar en la formación integral de los/as estudiantes, generando igualdad de oportunidades de acceso, permanencia, egreso y titulación, incidiendo en el contexto universitario como una importante fuente de retroalimentación, aprendizaje y aporte cultural.

La Universidad es espacio físico, aunque lo que la distingue, lo que la hace irrepetible y especial para todos los que pasamos por ella, es su ambiente único y peculiar, que debemos preservar y mejorar con nuestros aportes. Al distinguir de manera explícita la equidad, la inclusión y el respeto mutuo como elementos estructurales y sustantivos de la Universidad, constantes e indisolubles de todas sus funciones, estaremos consiguiendo que la excelencia y el respeto de los derechos humanos resulte algo connatural e inevitable para quienes formamos parte de ella.