La artista, tejedora, investigadora y hablante de quechua y aymara estuvo en Santiago, invitada por la Universidad de Chile para participar en el Quinto Congreso de Investigación y Educación Superior Interdisciplinaria (IEI). Su visita coincide con el lanzamiento de su segundo libro en el país, Uraqin Ajayupa. El alma de la tierra (Kikuyo Editorial), donde profundiza, en tres ensayos en el concepto de “crianza mutua”.
Por Victoria Ramírez
Por primera vez en Chile se realizó el Congreso de Investigación y Educación Superior Interdisciplinaria (IEI), que en su quinta versión tuvo como anfitriona a la Universidad de Chile. En él investigadores y representantes de las distintas instituciones debatieron sobre los desafíos de la interdisciplina y la transdisciplina en América Latina y el Caribe. Una de las invitadas fue la artista, tejedora, investigadora y narradora Elvira Espejo Ayca, hablante de quechua y aymara, que ha dedicado gran parte de su vida a la investigación y difusión de tradiciones orales y textiles de las culturas indígenas.
Nacida en la comunidad del ayllu Qaqachaka, en Oruro, esta artista egresó de la Academia Nacional de Bellas Artes en Bolivia, y es autora de varios libros, entre los que destacan Kaypi Jaqhaypi. Por aquí por allá (2017) y Kirki Qhañi (2022). Además de su trabajo como investigadora, fue directora del Museo Nacional de Etnografía y Folklore de Bolivia (MUSEF) entre 2013 y 2026 (distribuidos en dos gestiones), convirtiéndose en la primera mujer indígena en dirigir esta institución, y en 2020 fue premiada con la condecoración oficial de la República Federal de Alemania, la Medalla Goethe, por su ardua e incansable labor cultural, que se suma a otros galardones que ha obtenido como poeta y artista.
En 2024 Elvira publicó en Chile, a través de Kikuyo Editorial, Yanak Uywaña: La crianza mutua de las artes, donde reflexiona sobre el concepto de “crianza mutua” a partir de su trabajo con las comunidades textileras de Oruro, en los Andes bolivianos. Allí la autora apuesta por lo que denomina “cuidados máximos” entre humanos, animales, plantas y textiles, pues para ella no se trata de domesticar, sino de cuidar.
Su participación en el congreso en Chile coincidió con el lanzamiento de su nuevo libro, Uraqin Ajayupa. El alma de la tierra, también editado por Kikuyo, y coescrito con Nicolasa Ayca, Salvador Arano Romero y Martín Espejo Quispe. Fue presentado por las escritoras e investigadoras mapuche Daniela Catrileo y Victoria Maliqueo en el Museo Precolombino, y en él se reúnen tres ensayos: una iluminadora reflexión sobre el sonido, la música y el silencio para las comunidades indígenas; un repaso por la relación entre vida, crianza mutua y agua; y, por último, un ensayo sobre el territorio, el paisaje y la importancia de los cerros para la comunidad de Qaqachaka.

Has desarrollado una carrera que pone en diálogo los saberes indígenas y la academia. ¿Cómo ha sido tu experiencia reuniendo estos saberes? ¿Cuáles han sido las dificultades y qué potencialidades existen al cruzar estos mundos, pensando justamente en la interdisciplinariedad, uno de los temas del congreso?
—Creo que hay una conectividad muy interesante. Venir de una comunidad indígena es muy importante para mí, porque tienes lógicas de pensamiento y conocimiento que siempre fueron negadas en las verticalidades del sistema académico. Empiezas a tener susceptibilidad de que tu conocimiento de la comunidad “no sirve para nada”, pero llega un académico, hace su doctorado o maestría y extrae la información. Nos hemos dado cuenta de los grandes errores, como el extractivismo del pensamiento. La comunidad indígena tiene una estructura y la academia tiene su propia forma de comprender sus vertientes. Eso tiene que ver con la educación vertical, y creo que decirlo ha sido uno de los desafíos más grandes. Hay muchos indígenas con doctorados y maestrías que no han podido autocuestionarse. En lo positivo, se han abierto campos para entender y conectarse con otras comunidades indígenas —aymaras, quechuas y guaraníes—. La complejidad es cómo la clase media alta pierde sus espacios y empieza a decirte “no puedes entrar a la universidad a trabajar porque no tienes un título”. Justo me estoy topando con eso en el MUSEF, con la llegada de un gobierno de derecha. Esos son los problemas grandes de los estereotipos.
En Yanak Uywaña: La crianza mutua de las artes, te refieres al concepto de crianza mutua, que puede aplicarse a animales, plantas y seres humanos, y lo expandes también a los objetos, los textiles y las artes. ¿Por qué hoy es importante hablar de crianzas mutuas?
—Su importancia es muy grande frente a la depredación. Tanto la industrial como la monoculturalizadora. Es tan fuerte que mucha gente no lo ve, porque la sociedad consume sin responsabilidad. En ese sentido, la crianza mutua te cuestiona, porque es una filosofía que viene desde las comunidades. Va en el sentido de los cuidados máximos: cómo cuidamos nuestra amistad, entorno, familia, animales y plantas. Incluso cómo cuidamos el alma, las sensibilidades que el cuerpo almacena. Es una forma de comprender y ser responsable, una propuesta muy importante para mí. Ojalá que el extractivismo no lo capture, sino que se pueda practicar.
En un mundo tan acelerado como el que vivimos, donde casi no hay espacio para el ocio, ¿de qué manera crees que podemos aplicar las crianzas mutuas en las sociedades contemporáneas?
—Creo que hay muchas formas y maneras. Esas posibilidades tienen que ver con el respeto, por ejemplo, del medioambiente. La minería, la contaminación y el extractivismo están generando muchas complejidades, pero si lo vemos desde la perspectiva de la crianza mutua podemos preguntarnos: ¿qué tanto podemos cambiar? Creo que sería una gran oportunidad para la sociedad preguntarnos cómo cuidar. Es muy cuestionador, pero a la vez es una posibilidad para pensar en los cuidados máximos y generar una relación más amigable con nuestro entorno, por ejemplo, frente al consumo, la alimentación, el aire y el agua. Esa es la multidisciplinariedad de la crianza, que va más allá de los límites que uno podría comprender.
En tu libro criticas la separación entre razón y sensibilidad, arte y ciencia, sujeto y objeto, sociedad y naturaleza, y apelas a un sentipensar, un pensamiento compartido. ¿Por qué es importante hoy tratar de incorporar ese sentipensar?
—Las terminologías lingüísticas en su estructura nos revelan que el sentir y el pensar siempre van a estar juntos. Imagina que estás haciendo un telar, una cerámica o un texto para la imprenta. Por un lado, estás pensando en la estructura del texto, cómo está armado, cuál es el hilo conductor, pero al mismo tiempo estás sintiendo cómo va a ser en el papel, qué textura va a tomar. Normalmente, cuando uno comienza a investigar al gran maestro o al gran intelectual que escribe los libros, nos damos cuenta de que viene de un escritorio, de cuatro paredes. La persona no tiene opción de oler, de pisar la tierra. Creo que es una gran dificultad que se construyó separando todas esas cosas sin darse cuenta.
Durante 12 años fuiste directora del Museo Nacional de Etnografía y Folklore (MUSEF) de Bolivia. ¿Qué enseñanzas te dejó esa experiencia? ¿Cómo te vinculas con el museo desde tu propia visión, pensando en el extractivismo que se produce muchas veces en estos espacios?
—Una de las experiencias que admiro y a la que le tengo mucho respeto es hacer una revolución al museo. Y fue gracias a las novecientas tejedoras con las que trabajo en las organizaciones, que me acompañaron a pensar y repensar, a debatir y conversar. Analizamos los problemas de las colecciones y nos dimos cuenta de los errores en términos museológicos, museográficos, de catalogación e investigación, y de cómo nos miran desde afuera y se apropian de nuestros bienes culturales. Creo que el museo, en ese sentido, ganó una producción impresionante. Ahora hay doce catálogos de quinientas páginas, con diferentes temáticas: textil, cerámica, arte plumario, metales y líticos. Además, se hizo un puente entre lo arqueológico, lo histórico, lo etnográfico y lo contemporáneo, y se mostró cómo eso se fue transformando a lo largo del tiempo. La academia se quedó en la descripción de la estética y no tomó en cuenta la esencia del acervo, de hacer, tocar y sentir. Para mí realmente ha sido muy lindo, porque en toda la gestión ha estado el debate académico, la reunión anual de etnología, los catálogos mayores y menores, el proyecto de museo portátil que viaja a las comunidades y la revista digital del museo, entre otros proyectos. También se hizo un trabajo con diferentes académicos, bajo la lógica de cómo comprender el bien cultural. Además, hemos integrado a los grandes maestros y maestras que nunca fueron reconocidos, algo que le duele a la clase media alta. Creo que es una experiencia bien planteada y cosechada. Veo que la lucha social en el ámbito académico es dura. Aun así, estoy contenta de todo lo que se logró.
En los últimos años algunos museos en Europa han devuelto piezas invaluables a diferentes pueblos indígenas de Latinoamérica. ¿Cómo se puede descolonizar el museo?
—Es una pregunta que se hace todo el mundo. Piensan que la descolonización es una tarea fácil, que es devolver y estudiar lo local, pero no se trata simplemente de eso. En realidad se trata de integrar a las comunidades indígenas en temas administrativos, al mismo nivel que los profesionales. No va a ser fácil. La parte administrativa no se ha descolonizado, y eso sucede a nivel mundial. Ojalá se puedan reconocer como doctores honoris causa a las tejedoras, tejedores o ceramistas, a los maestros y maestras, para que tengan derecho a enseñar en las universidades. Es un gran desafío.
Ya has venido varias veces a Chile, de modo que tienes una relación con este territorio. Publicas además con Kikuyo, una editorial pequeña, que es chileno-ecuatoriana. ¿Qué significa para ti volver a publicar aquí con el libro que coescribiste, Uraqin Ajayupa. El alma de la tierra?
—Bueno, es poder compartir los conocimientos con los territorios del Sur, un poco para autoconcientizarnos y acercarnos en las miradas, saber cómo pensamos. La epistemología del Sur debiese tener el mismo nivel de las epistemologías del mundo que nos ofrecieron. En ese sentido, estoy muy gustosa de poder difundirlo en diferentes territorios de América Latina.
En tu ensayo “Chuyman thakhinakapa: Caminos del pulmón del sonido”, que aparece en este libro, señalas que los sonidos son seres con agencia que interactúan con nosotros, que nacen, crecen y se reproducen. ¿Por qué es tan importante el sonido?
—Bueno, para las comunidades indígenas el sonido era tan importante que curaba el alma. La medicina justamente se realizaba a través de las sonoridades, que tiene que ver con alimentar el pulmón. En aymara se dice “Yo te quiero a todo pulmón”, no “del corazón”, pues es obvio que el aire circula primero por el pulmón y luego va al corazón para bombear la sangre. Me ha parecido tan importante. Y este habitar del aire que viene del invierno, que pasa por los instrumentos de la sonoridad, es el que alimenta al pulmón. Entonces es una terminología que te lleva, más allá de solo bailar, a la sanadora que habita en tu cuerpo.
En este ensayo escribes: “Aquellos que puedan encontrar el sonido más profundo en el silencio serán quienes entablen mejores relaciones entre la música, la naturaleza y las divinidades”. ¿Cuál es la relación que tienen las comunidades indígenas con el silencio y la música?
—Se dice que, cuando el silencio habita en tu cuerpo, lo escuchas mejor. Porque te ayuda a escuchar tu propio latido, que se puede convertir en sonoridad y habitar el espacio. Esa es la lógica de los pueblos: nunca estás solo, sino que el cuerpo está siempre con sus propias sonoridades, y esas sonoridades están en el entorno. Es una soledad compartida, entre el espacio, el tiempo y la persona.
Por último, además de artista visual, eres tejedora, cantora y escribes poesía. ¿Cómo influyen todas estas artes en tu trabajo teórico?
—Creo que es complementario. Por ejemplo, a mí me pasa mucho que puedo tejer durante el día, por la luz, pero en la noche escribo y recuerdo la interacción. Hay una complementariedad plena, porque no solo estoy pensando en escribir, sino en las acciones y las conectividades. Creo que la crianza mutua lo despliega en ese sentido, porque habla de ese mundo, de la praxis y la teoría que conecta. Cuando una persona vive la complementariedad entre la praxis y la teoría tiene una sensibilidad más amplia para sentir y pensar a la vez. Creo que eso es único. Me gusta mucho, porque puedo tejer, cantar y pintar, y de repente, en la noche, comienzo a escribir, a conectar y pensar. Como hablo con fluidez aymara y quechua y tengo la praxis, pues hasta mis quince años absorbí todo el acervo de mi comunidad, tengo una riqueza amplia para entender y conectar.
