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La bomba de la verdad

«El trabajo de Fernández Llanos, respetuoso e imaginativo, plantea una serie de preguntas que van más allá de su tema explícito, con ambigüedades y ramificaciones que nos recuerdan, ante todo, las amplias posibilidades de la ficción», escribe Lorena Amaro sobre el libro Tú mamá es la lluvia, de Belén Fernández Llanos.

Por Lorena Amaro

Tu mamá es la lluvia es el segundo libro de Belén Fernández Llanos, cuyo debut, Ella estuvo entre nosotros (2019), tuvo una excelente acogida crítica. El suyo es un esperado retorno literario, en el que tiene la buena intuición de salir de lo autoficcional hacia una novela, probando así su capacidad para imaginar mundos. Es una buena decisión porque se atreve a mostrar un texto de estructura más compleja, en que la creación de puntos de vista ocupa un lugar importante. La autora decide escribir sobre la apropiación ilegítima de niñas y niños desde los años de la dictadura hasta casos muy recientes, que suelen tener como víctimas a familias y sobre todo a madres de pocos recursos, engañadas por todo un sistema: funcionarios hospitalarios, asistentes sociales y otras figuras que en vez de proteger el vínculo materno-filial, oculta y vende a los hijos, decidiendo quién tiene la capacidad o el poder de criar a un niño o niña. 

Fernández Llanos utiliza información sobre estos casos, intercalando, con nombres figurados, algunos relatos testimoniales sobre criaturas arrebatadas. Crea así la profundidad suficiente para leer un relato en el borde del melodrama que, sin embargo, no lo es, porque evita caer en lugares comunes. En efecto, las historias de Marina y Melina —una mujer que decide a toda costa ser madre y una hija que crece engañada pero siente desde pequeña que hay gato encerrado en su familia—, nos permiten recorrer experiencias complejas; estos personajes son lo suficientemente humanos como para pulsar en el lector una reflexión sobre la ambigüedad ética y política que pueden revestir estos casos.

La primera parte de la novela invita a leer sin parar. Seguimos aquí a Marina en el momento en que comete el delito de secuestro. Para ocultar su robo escapa de la capital, sin un trabajo o una casa, con una niña en brazos y unos pocos billetes. Por debajo del gran tema explícito de este libro —la apropiación— está la cuestión de la fuga; la posibilidad de empezar de cero en un lugar —“Pueblo de piedra”— donde nadie te conoce y puedes llegar con una criatura en brazos e inventarle una historia. Este artilugio es un fuerte gancho literario.

Tu mamá es la lluvia
Overol, 2025
Belén Fernández Llanos 
167 páginas

El talento de la autora radica en su habilidad para construir este punto de vista, el de la apropiadora. Fuera de algunas pequeñas inconsistencias del registro realista (¿quién huye a una pensión desconocida en el sur del país llevando un camión de mudanza con una cama?), la narración en tercera persona, focalizada en el personaje de Marina, una asistente social soltera y de clase media trabajadora que sufre porque no logra conseguir que le den un niño o niña en adopción legal, permite explorar horizontes sociales más intrincados que el de la apropiación por sí sola. Marina no es totalmente una villana, tampoco una heroína, y es ese lugar opaco, difícil, el que explora Fernández Llanos, procurando no caer en obviedades, remontando las inseguridades y anhelos de una mujer dañada por su propia experiencia infantil. Sin cerrar la narración en explicaciones psicologistas, pero sugiriendo algunas, la autora nos muestra también a Rosa, madre de Marina y abuela adoptiva de Melina, cómplice del robo y protagonista de una historia desgraciada como amante de un patrón de fundo que nunca asumió su paternidad. La apropiación, en la generación siguiente, de la pequeña Melina, es un capítulo más en un drama chileno de hijos sin padres y padres sin hijos que se repite una y otra vez. La obsesión de Marina pareciera hincarse en este pasado de niña semiabandonada por su padre, sobreexigida por una madre que la obligó a ser perfecta. Marina “podía con todo: criar, trabajar, llevar las labores domésticas, ascender y darle a Melina todo lo que merecía, todo lo que ella no tuvo”. Aquí se hace presente en su dimensión más dolorosa no solo el drama del abandono en Chile, sino también nuestras fatales articulaciones de clase; la cuestión del ascenso social, con todas las heridas y fallas que este proceso puede ir dejando en el camino.

Una decisión interesante de la autora es trabajar meticulosamente esta subjetividad, para desplazar el punto de vista, en el último tercio del libro, a la hija apropiada, quien contará su historia en primera persona. Es desde esta perspectiva que se puede entender el epígrafe de la novela: “Los padres, nuestros más entrañables desconocidos”, de Leonor Arfuch. Melina narra en presente la indagación sobre la verdad de su origen, en que el hallazgo de una caja con recortes y documentos simboliza el lugar del secreto, la cripta en que yacen los silencios familiares. En la hoja de diario que cubre la tapa se puede leer: 

“…un titular destacado con lápiz azul: ‘El artefacto explosivo habría sido instalado por el MAPU Lautaro’.

La caja contiene una bomba, y esa bomba puede ser la verdad. 

La muevo suavemente para adivinar su contenido, no hay que agitar las bombas, pueden estallar…”

La alusión al MAPU o, antes, al aluvión de la Quebrada de Macul, son pequeños desvíos que confunden a Melina en su investigación. La novela no tiene como propósito desentrañar la verdad, y esta es una de las tantas cosas que diferencia esta historia, ciertamente dramática, de lo que podría ser un culebrón. Fernández Llanos consigue trazar una prosa clara, al mismo tiempo salpicada de imágenes. En un segmento de la novela que podría ser un cuento en sí mismo muestra la mirada de Marina en un cumpleaños preadolescente de Melina; se describe la organización y ejecución de esta fiesta, su tímido comienzo, con niñas y niños como petrificados, en un pueblo escondido durante los primeros años del dos mil: “Por una parte los niños querían jugar, correr, pillarse, pero al mismo tiempo algo los detenía y les hacía quedarse en las esquinas del living mirando, examinándose”. La madre descubre el enigma: “era la adolescencia, ese fantasma, ese monstruo que engulle a tu niño con energía linda y su espontaneidad, y te devuelve una réplica, un sustituto que no habla, no se mueve, no te cuenta de su día”. 

Al fantasma de la adolescencia se suma otro más pesado: el de la madre biológica, Claudia, quien le ha dejado la niña a Marina. Si bien no se sabrá más de ella, su presencia se mantendrá tanto para Marina como para las y los lectores. En las últimas páginas se puede avizorar su búsqueda, una vez que Melina, como tantos hijos apropiados, logra dar con los primeros cabos de su historia y decide seguir las huellas que la llevarán tal vez no a la felicidad, pero al menos a sincerarse y reconocerse en su historia, a riesgo de explotar una, varias bombas.

El trabajo de Fernández Llanos, respetuoso e imaginativo, plantea una serie de preguntas que van más allá de su tema explícito, con ambigüedades y ramificaciones que nos recuerdan, ante todo, las amplias posibilidades de la ficción.