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¡Luz, cámara, memoria!

La exposición Cine en Chile: Historia(s) en movimiento, que se exhibe hasta el 31 de mayo en el Centro Cultural La Moneda, no solo recorre más de un siglo de imágenes, objetos y creaciones que dan cuenta del desarrollo del cine local, sino que también dialoga con un anuncio clave para el futuro del patrimonio audiovisual del país: la construcción de un nuevo edificio para la Cineteca Nacional.

Por Denisse Espinoza | Foto principal: Cyril Pérez

“Esta exposición también es una forma de imaginar la nueva Cineteca que viene”, dice Marcelo Morales, director de la Cineteca Nacional y uno de los curadores de Cine en Chile: Historia(s) en movimiento, la muestra que acaba de inaugurarse en el Centro Cultural La Moneda y que coincide con la oficialización de un anuncio largamente esperado por el equipo: la aprobación, por parte del Gobierno de Santiago, del comodato de unos terrenos en calle Matucana para la construcción de un nuevo edificio destinado a albergar la principal institución de resguardo audiovisual en el país.

No se trata únicamente de una nueva infraestructura, sino de la posibilidad concreta de pensar el cine como memoria viva, accesible y proyectada hacia el futuro. “Es un proyecto que venimos trabajando hace tiempo y que ahora empieza a tomar forma real”, explica Morales. “Permitirá contar con salas de exhibición, espacios de investigación, una mediateca, un cine al aire libre y áreas para exposiciones, algo que hasta ahora no existía de manera integrada”, agrega el director sobre el proyecto, que costará unos 22 mil millones de pesos y que se espera esté listo en cinco años.

En ese contexto, Cine en Chile: Historia(s) en movimiento aparece como un gesto anticipatorio. A través de un recorrido por 130 años de historia se revelan imágenes, objetos y relatos que dan cuenta del desarrollo que ha tenido el cine en nuestro país. La exposición propone una mirada amplia sobre ese pasado, sin entenderlo solo como una sucesión de películas y proyectos, sino como un fenómeno cultural profundamente ligado a la vida social de Chile. “Todo lo que se ve acá —desde los afiches hasta los noticieros, desde los vestuarios hasta las fotografías— da cuenta de por qué era urgente contar con un espacio permanente para conservar, mostrar y seguir estudiando este patrimonio”, señala Morales.

El resultado es una travesía por el cine como espectáculo popular, como industria a veces frustrada, como herramienta política, como espacio de encuentro comunitario y como ejercicio constante de reflexión sobre el país y sus transformaciones.

La idea de la exposición nació de manera ingenua, recuerda el director. Morales propuso al directorio del centro cultural inicialmente una muestra acotada, centrada en los 100 años de El húsar de la muerte, de Pedro Sienna, que se cumplieron en 2025. Sin embargo, el proyecto creció rápidamente hasta convertirse en una exposición de gran escala para conmemorar también los 20 años del Centro Cultural La Moneda. “Fue un desafío enorme, pero también muy estimulante, porque era la oportunidad de pensar el cine chileno no solo desde la producción, sino desde su vínculo con la sociedad”, dice el también periodista.

Para abordar ese desafío, la curatoría se amplió. A Morales se sumó María Paz Peirano, investigadora y académica que ha trabajado extensamente sobre los públicos del cine y las memorias asociadas a la experiencia de ir a ver películas. “No queríamos una historia del cine centrada solo en hitos de producción o en grandes autores”, señala Peirano. “Nos interesaba pensar cómo el cine atraviesa a las personas, cómo se vive, cómo se recuerda, cómo forma parte de la vida cotidiana”.

Esa perspectiva se traduce en una exposición que privilegia la experiencia del espectador. La museografía de Sebastián Tapia —arquitecto que estuvo tras la recreación de la desaparecida Estación Providencia para la XXIII  Bienal de Arquitectura y Urbanismo— está ideada para darle a los objetos, documentos e imágenes un lugar especial en una especie de laberinto, donde el visitante se va topando con tesoros en distintos rincones de manera muy lúdica. “Siempre pensamos cada objeto como algo que pudiera apelar a una emoción, a un recuerdo”, explica Morales. “Todo el recorrido está guiado por una alfombra roja, que no alude solo a la idea de una première, sino también a la estética de los antiguos cines de barrio, a una experiencia que era comunitaria”, agrega.

Ese uno de los ejes más potentes de la muestra: el cine como espacio de encuentro social. Las salas de barrio, los programas dobles, los noticieros que antecedían a la película principal en los años 50 y 60; la posibilidad de entrar y salir libremente, de pasar la tarde completa en el cine como quien va a una plaza o a una casa común, están presentes en distintos objetos. Hay fotografías de los muchos cines que existieron en la capital, marquesinas de neón rescatados de los cines Nilo y Mayo o el tablero manual donde se reservaban los asientos de los espectadores. “Ir al cine no era solo ver una película”, recuerda Peirano. “Era un panorama familiar, un encuentro comunitario. Muchas veces las personas recuerdan más la experiencia que la película misma”.

La exposición recorre, a través de más de 500 piezas, desde los orígenes del cine en Chile —que llega en 1896, solo ocho meses después de la primera proyección que hicieron los hermanos Lumière en París— hasta las últimas producciones del cine local, como Denominación de origen (2024). En los albores de esa historia destacan figuras como Luis Oddó, pionero que realizó los primeros cortos documentales filmados en Iquique y Valparaíso; Pedro Sienna, uno de los primeros actores y directores de cine mudo chileno; o José Bohr, reconocido director y productor que en los años 20 trabó amistad con Cantinflas, Jorge Negrete o Luis Buñuel. Morales cuenta que, por ejemplo, uno de los hallazgos más significativos de la investigación fue una fotografía original de Pedro Sienna cuando era niño, tomada en Iquique por el propio Luis Oddó. “Pensar que ese objeto pasó por las manos de ambos es impresionante”, dice. “Ellos nunca se enteraron de esa casualidad, y hoy esa imagen está aquí, rescatada, dialogando con toda una historia”.

En esa misma línea, la muestra también hace un esfuerzo consciente por visibilizar el trabajo de las mujeres en la historia del cine chileno, sin forzar el relato, pero corrigiendo omisiones. Así, aparecen figuras como Gabriela Bussenius, la primera mujer en dirigir un largometraje, titulado La agonía de Arauco o El olvido de los muertos (1917) —del que en la exposición está el cartel original— y que durante años fue invisibilizada, atribuyéndole el trabajo a su marido. “La idea es seguir siendo fieles a la historia, pero hacerlo con menos ceguera”, señala Peirano.

En ese sentido, la exposición no se fija solo en los “grandes nombres”. “Ninguna cédula ampliada es sobre un autor”, subraya Morales. “Siempre es sobre una época, un momento, un fenómeno”. Para Peirano, esa decisión permite entender el cine como una gran red que también incluye a los cineclubes, las universidades, los festivales —el Festival de Cine de Viña del Mar y su rol fundamental en el surgimiento del Nuevo Cine Chileno y del Nuevo Cine Latinoamericano—, las revistas, los públicos y los realizadores que se cruzan y se influyen mutuamente. “La producción cinematográfica solo es posible porque existen muchas y distintas personas que piensan el cine, que lo discuten, que lo viven”, afirma.

Imagen de la exposición. Crédito: Cyril Pérez

La exposición también se hace cargo de los momentos más complejos, como el quiebre que significó el golpe cívico-militar para el Nuevo Cine Chileno —con figuras como Raúl Ruiz, Patricio Guzmán o Álvaro Covacevich, quienes salieron al exilio—, la intervención de Chile Films durante esa época o la producción cinematográfica durante la dictadura, incluida la de carácter propagandístico. “Queríamos mostrar que hubo distintas miradas y que en los primeros años de dictadura también hubo producciones”, explica Morales. “El régimen también entendió el cine como una herramienta de comunicación y propaganda. Se hicieron noticieros oficiales, documentales institucionales y materiales en color que dan cuenta de una época en que el cine también fue campo de disputa simbólica”.

El periodo es recreado en la museografía por un túnel oscuro antecedido por el afiche de A la sombra del sol, la película dirigida por Silvio Caiozzi y Pablo Perelman estrenada el 28 de noviembre de 1974. Fue la última vez en que fueron vistos con vida Carmen Bueno y Jorge Müller, continuista y camarógrafo del filme, respectivamente, quienes al día siguiente fueron detenidos y desaparecidos por agentes de la dictadura. Hoy, en esa fecha —el 29 de noviembre— se conmemora el día del cine chileno. A Carmen Bueno se le rinde un homenaje especial en la exposición, con un video que compila todas las imágenes existentes en las que ella hace el corte de claqueta durante el rodaje. Ya dentro del túnel, se puede ver a través de unas especies de ventanas horizontales el vuelo de los Hawker Hunters atacando La Moneda —grabados por Pedro Chaskel— y una serie de afiches de películas chilenas icónicas de la época, como Imagen latente, de Pablo Perelman, estrenada en el Festival de Cine de La Habana en 1983, o el documental Como me da la gana (1986), de Ignacio Agüero, quien recorrió los rodajes de distintas películas filmadas durante esos años en Chile para recoger la mirada inquieta y perpleja de sus directores.

Al final del túnel, se despliega un gran muro de dibujos hechos por los niños y niñas que asistieron a los talleres de Alicia Vega. “Su labor de formación cinematográfica con niños, sintetiza el espíritu de la muestra. Dibujos, materiales y registros dan cuenta de un cine entendido como herramienta de sensibilidad, reflexión y encuentro. Alicia encarna ese amor profundo por el cine y por compartirlo”, dice Peirano.

El recorrido final se centra en el cine chileno contemporáneo, que se presenta como una constelación diversa, lejos de los prejuicios que suelen acompañarlo. Vestuarios, guiones y objetos de películas —entre ellos, premios internacionales, como los Oscar recibidos por Historia de un oso en 2014 y Una mujer fantástica en 2017; la bicicleta y vestuario de Machuca, la escafandra de La frontera o el corpóreo de longaniza de Denominación de origen— invitan a reconocer una producción variada y profundamente conectada con las distintas realidades del país. “Hay una gran injusticia en cómo se juzga al cine chileno. Siempre se dice que gira en torno a la dictadura y no es así. Sobre todo en los últimos años se nota que hay un trabajo por tocar otras temáticas”, dice Morales. Y agrega: “Esta exposición demuestra el valor técnico, estético y, sobre todo, la capacidad de pensar Chile que ha tenido el cine local desde diferentes miradas. Raúl Ruiz decía que cada película chilena intentaba inventar Chile desde cero, y que eso podía ser bueno y malo al mismo tiempo”.