“Los textos reunidos en este número de Palabra Pública recorren perspectivas muy diversas para mostrar que el rumor es mucho más que una distorsión de la verdad. Puede ser un mecanismo de manipulación, una forma de resistencia o de cohesión, un síntoma de incertidumbre, una tecnología del poder o una expresión de la imaginación colectiva”, escribe en el editorial del número 38 Pilar Barba, vicerrectora de Extensión y Comunicaciones y directora de la revista cultural de la Universidad de Chile.
Por Pilar Barba
Hay cosas que transforman el mundo porque viajan. Las ideas viajan. También las lenguas, las creencias, las tecnologías, las epidemias y las imágenes. Algunas recorren siglos; otras apenas unas horas. Cambian de forma mientras circulan, encuentran nuevos intérpretes, despiertan adhesiones o resistencias. Lo que las hace decisivas no es únicamente su contenido, sino la capacidad de encontrar una comunidad que las reciba, las transforme y las haga seguir su camino.
El rumor pertenece a esa misma familia de fenómenos. Puede, incluso, que sea uno de los medios de comunicación más antiguos del mundo. Acostumbramos a pensarlo como información dudosa o como una versión incompleta de un hecho. Sin embargo, su verdadero interés no reside solo en preguntarnos si es cierto o falso. Mucho más revelador es observar cómo nace, por dónde circula, qué emociones moviliza y por qué algunos rumores desaparecen rápidamente, mientras otros perduran en la memoria colectiva. Comprender un rumor es, en buena medida, comprender la sociedad que lo hace posible.
Quizás por eso Edgar Morin convirtió el célebre rumor de Orleans —esa historia falsa sobre comerciantes judíos que secuestraban a mujeres en los probadores de sus tiendas— en una de las investigaciones más originales de la sociología contemporánea. No le interesaba únicamente desmontar una falsedad. Quería entender qué condiciones culturales, históricas y afectivas habían permitido que una ciudad moderna creyera y propagara un relato que nunca había ocurrido. El rumor, escribió, había sacudido “cada hoja y cada rama del árbol social”. Su desafío consistía en mirar las raíces.
Hoy esa pregunta parece aún más vigente. Vivimos rodeados de plataformas digitales, algoritmos e inteligencia artificial capaces de multiplicar la velocidad de circulación de cualquier información. Nunca un rumor había encontrado una infraestructura tan poderosa para expandirse. Sin embargo, la tecnología no explica por sí sola el fenómeno. Como muestran las matemáticas de las redes, las ideas, las innovaciones, las epidemias y los rumores comparten una misma condición: existen porque circulan. Su fuerza depende menos de su origen que de las conexiones que encuentran para propagarse. Pensar el rumor desde la circulación abre una perspectiva distinta. Nos obliga a dejar de verlo como un hecho aislado para reconocerlo como parte de un sistema de relaciones: cada uno dibuja un mapa invisible de vínculos, afinidades, desconfianzas y expectativas. Allí no solo se desplaza información; también viajan prejuicios, memorias, esperanzas, miedos y deseos, como lo muestra la portada que hizo para este número el ilustrador Mathias Sielfeld.
Tal vez por eso el rumor construye paisaje. Un paisaje entendido como geografía, escenario, como la trama de significados que hace habitable un territorio. Hay barrios cuya reputación nació de relatos repetidos durante generaciones; monumentos rodeados de historias difíciles de verificar; lugares que inspiran confianza o temor mucho antes de que conozcamos su historia. Los paisajes no están hechos solamente de materia. También se forman con aquello que una comunidad recuerda, imagina y transmite. Algo semejante ocurre con el patrimonio. Buena parte de lo que una sociedad decide conservar ha llegado hasta nosotros porque alguien lo siguió contando. Antes que documentos o decretos, existieron relatos compartidos. La memoria colectiva también circula.
Los textos reunidos en este número de Palabra Pública recorren ese territorio desde perspectivas muy diversas. La historia, la antropología, la filosofía, las matemáticas, el periodismo, la literatura y las artes dialogan aquí para mostrar que el rumor es mucho más que una distorsión de la verdad. Puede ser un mecanismo de manipulación, un síntoma de incertidumbre, una forma de resistencia o cohesión, una tecnología del poder o una expresión de la imaginación colectiva. No es casual que sean tantas las disciplinas convocadas. Pocos fenómenos revelan con tanta claridad la complejidad de la vida social. En él convergen la comunicación y la política, la memoria y la emoción, la tecnología y la cultura. Ninguna mirada, por sí sola, consigue agotarlo.
Quizás esa sea, finalmente, la invitación de estas páginas: cartografiar las corrientes visibles e invisibles por las que circulan nuestras ideas, prejuicios, certezas y dudas. Porque comprender cómo viajan los rumores termina siendo también una forma de comprender cómo una sociedad imagina el mundo, interpreta su pasado y construye su futuro. Y, tal vez, de reconocer que los paisajes más decisivos no siempre son los que vemos, sino los que, silenciosamente, habitamos.
