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Escribir el duelo  

“¿Se puede volver a la normalidad cuando falta alguien tan fundamental? Verdugo va dando forma a esta inquietud con pinceladas muy finas. La aparente falta de emotividad se va sintiendo emocionante, con anotaciones de una ternura y verdad desbordantes por su sencillez y precisión”, escribe Lorena Amaro sobre Blusa, el diario de duelo del escritor chileno Mario Verdugo tras la muerte de su madre.

Por Lorena Amaro

Se podría hacer una pequeña biblioteca con la literatura de duelo, sobre todo aquella en que la madre es la gran ausente: Roland Barthes, Simone de Beauvoir, Romain Gary, Annie Ernaux, Richard Ford, Jamaica Kincaid, Chantal Akerman, Kate Zambreno o Vivian Gornick son solo algunos de los y las autoras que han escrito desde esta perspectiva. En Chile no son pocos los libros recientes que atraviesan la enfermedad, agonía y muerte maternas: Belén Fernández Llanos en Ella estuvo entre nosotros (2019), Nona Fernández en Voyager (2019), Cristian Geisse en Tu enfermedad será mi maestro (2024) o incluso Regalón (2026), de Cristian Hualacán, en que la ausente es una abuela y matriarca; también podemos remontarnos tiempo atrás para encontrar un poema como Réquiem (1944), de Humberto Díaz-Casanueva, para muchos su obra más importante. Mario Verdugo, uno de los grandes tejedores del contracanon literario chileno, lo cita, de hecho, con algo de ironía en su libro más reciente, de título parco y algo inesperado: Blusa.

Pocas palabras son tan opacas, poco evocadoras. Una blusa es un objeto cotidiano que podría entrar en la dificilísima categoría de palabras insignificantes. Pero aquí funciona prácticamente como una declaración de principios del autor. La muerte no se anuncia con redoble de tambores, sino con modestia: solo blusa. Todo lo contrario de un título como Réquiem en el caso de Díaz-Casanueva, o Diario de duelo o Una muerte muy dulce, por citar los libros de Barthes y Beauvoir, respectivamente. No obstante, al rato de leer lo que Verdugo tiene para decir, la palabra se va tornando cada vez más interesante, más apropiada, más icónica. ¿Qué, si no una blusa, marca la estampa, las preocupaciones, la estética e incluso la ética de una generación de mujeres en Chile? ¿Acaso no nos habla de ciertas ideas de limpieza, trabajo y decencia propias de una clase social? La metonimia de la blusa, que Verdugo inteligentemente conecta con la Huelga neoyorquina de las blusas de 1909 liderada por la obrera textil Clara Lemlich, es un símbolo incluso de la explotación laboral: “jamás se las dejaba de considerar aprendizas, con frecuencia se las molía a palos y diariamente se las revisaba de pies a cabeza para comprobar que no se hubieran robado ni un botón ni un ojal ni un trocito de blusa”, escribe sobre aquellas mujeres de principios del siglo XX.

A través de breves anotaciones, que podrían ser las de un diario, también las de una carta dirigida por un hijo a su madre (los fragmentos destinados a un “tú”), aparecen escenas de una vida compartida, imágenes del archivo materno, diálogos y sobre todo el registro obsesivo de las blusas con que se topa en la calle y que por algo busca evitar: “Indignación creciente al ver grupos de señoras de setenta para arriba caminando ágiles y cómodas y rápidas por la Veinticuatro Sur. En particular, aversión grado Kübler-Ross por el cien por ciento de las blusas estampadas que suelen preferir las demás adultas mayores interprovinciales tanto acá como en Ñuñoa”, escribe, vinculando la metonimia de estas blusas con la obra de la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, quien describió las etapas del duelo. Ver una blusa: acordarse. También, el riesgo de incumplir un compromiso: “El compromiso de no generalizar nada tuyo, de nunca adocenarte, pero ese compromiso también es generalizable: también se le autoimpone sin ir más lejos, atragantándose en un mar de lágrimas, el Dr. Barthes al quedarse sin mamá”.

Es desde allí que este escritor inclasificable, a quien he destacado otras veces como uno de nuestros escritores más literarios (y relevantes), enfrenta la muerte de la madre, tratando de no “adocenarla”. De hacer que la madre y su ausencia se tornen singulares y únicas, aunque esto sea, finalmente, lo que buscan todos los huérfanos. Una forma de hacerlo es no escribir un texto que si bien está escrito en su mayoría en segunda persona, no tiene la pesadez, solemnidad o gravedad de una circunstancia en sí misma trágica. No: estamos ante un libro felizmente ligero, si la “ligereza” o la “levedad” son consideradas un valor estético. El propio Verdugo, en su indagación que mezcla doctores-médicos con doctores-autoridades literarias (como el Dr. Barthes y muchos más), tiende un puente hacia una de las figuras más execradas de la literatura, el protagonista de El extranjero, de Albert Camus, quizás la encarnación más célebre de un duelo sin emotividad: “Una de las razones por las cuales terminan condenando a Meursault es que justo el día después de la muerte de su mamá comete la impudicia de ir al cine. Era razón suficiente para que lo enjuiciaran como a un hijo desnaturalizado y, en el ítem de moral en general, como a un monstruo. Agravante número uno se consideró que entre toda la cartelera disponible eligiera una comedia”.

Guardemos las distancias: si bien acá no se asesina a nadie, como en la famosa novela existencialista, sí que aparecen todo tipo de películas (y comedias y películas de terror también), canciones y el sostenido motivo de la blusa, reiterado hasta el punto de hacerse extraño y por momentos también divertido: “Entre el departamento de Ñuñoa y La Chascona, diez blusas blancas, tan indignantes como la decena de empáticos que anoche nos urgiese a ver Coco”; “Aumento criminógeno de nuestra aversión hacia las blusas estampadas con flores. Aversión en grado Amityville que comienza a extenderse hacia las poleras de hilo a rayas blancas y azules”.

Las blusas hacen despuntar no solo el recuerdo de lo singular que odiamos adocenar, sino también el imaginario de una clase social, que en este libro desfila por distintas oficinas santiaguinas o por el Hospital de Talca (al que se dedican varias anotaciones) y que hacen del texto una inesperada arma de crítica cultural y del “georresentimiento” del que se hace graciosa mención, mostrando, como lo ha hecho Verdugo en otros textos, nuestro porfiado centralismo y nuestro radical clasismo: “Los repelentes enfermeros del piso X y el trato de cerrucos pobres que nos dieron. Nunca esa escena de tevecables donde el doctor les explica todo tranquilo a los parientes caucásicos, examen en mano, máquina ultramoderna a la vista, qué tantas esperanzas quedan”.

El lenguaje es, sin duda, la barricada fundamental: se habla de oncopoesía, de omniduelo, de palabras protegidas (por ella: “hebdomadario, espatifilium, zote”; por él: “coqueluche, ciclamen, nifedipino”; y otras: “tirria, arrejonada, natre”), de hierbas contra el cáncer, de infantiles juegos de palabras, de traducciones. Sobre todo en la segunda parte del libro, aparecen los recuerdos, las libretas de ella, las preciosas libretas de ella: “Tu cuarto año A. ‘1) Renta no tiene, el padre confecciona pisos de batro que vende para subsistir. 2) Familia de nueve hijos. Renta del padre: alrededor de cien mil escudos (sereno de jardines infantiles). 3) Familia de cuatro hijos. Renta no tiene. Padre sin trabajo…’”. Son varios los textos que el narrador subraya, tomados de estas anotaciones maternas que, al mismo tiempo, van perfilando a la madre en su responsabilidad como maestra, sus preocupaciones por otras personas, sus gustos, sus aficiones. Los aciertos se multiplican, como cuando el hijo escribe sobre las agendas, como si se tratara de una ocurrencia más: “No haberte regalado veinte por parte baja y no dos. En una antología sobre autobiografías y diarios íntimos: ‘La agenda es la promesa de que, al menos, viviremos otro año más’”.

¿Se puede volver a la normalidad cuando falta alguien tan fundamental? Verdugo va dando forma a esta inquietud con pinceladas muy finas. La aparente falta de emotividad se va sintiendo emocionante, con anotaciones de una ternura y verdad desbordantes por su sencillez y precisión: “No todas las personas que admiraste de joven están muertas. No todo lo que se estaba terminando en tus agendas ha terminado de morir”; “En la foto llevas una polera a rayas blancas y azules, que se refleja en la melanina roja. Tu cuaderno, que miras con atención, es gigante, como si fuera tu libro de asistencia o un códex del Medioevo soñado con fiebre”. Podemos seguir la huella de la madre desde que salió del colegio hasta que dejó de hacer clases y también imaginarla como un ser fantástico o imaginado: “El matrimonio con Vetusto. Las escuelas rurales. Las despedidas en el terminal de autobuses. La enfermedad”.

Blusa, de Mario Verdugo
Overol, 2026
112 páginas

Son pinceladas que nos van aproximando al drama de la pérdida: “John Isner, ganador del Abierto de Miami. Vimos buena parte del torneo en tu pieza, con Vetusto. Un ejemplo, John, de gigante-pequeño, de poderoso-débil. Y, para nosotros, desde ahora marcado. ¿En qué momento exacto dejaremos de marcar todo lo que ocurre en el mundo con tu partida? ¿Cuándo volverá John Isner a ser simplemente John Isner?”. Estas anotaciones, salpicadas con anécdotas sobre el duelo y la muerte en distintos lugares del mundo o en distintas literaturas (médicas y literarias) barroquean la pérdida en lo más desnudo, en su hueso mismo: “Luego se acabará todo lo que dejaste comprado en la despensa. Todo se renovará, todo será atrozmente nuevo”, escribe parafraseando domésticamente el comienzo de “El Aleph”.

Desde sus primeros textos, Verdugo apuesta por el género apócrifo de las biografías de escritores y artistas inventados y también reales, pero que parecen inventados porque es su prosa o su poesía, finalmente, la que se divierte confundiéndonos. Sus libros ¡Arresten al santiaguino! (2018) y Pequeña enciclopedia para el final de los tiempos (2024) son abrevaderos de citas parciales en que la literatura se codea con la cultura popular (la tele, la música) y enarbola críticas feroces al empachado centralismo literario santiaguino, redactadas desde una esquina de la provincia, entre Teno, Talca y Constitución. Este libro, por ejemplo, que es sobre la madre y que explora el dolor procurando quitarle cualquier atisbo de solemnidad, se detiene en literaturas que no han sido suficientemente escrutadas, como Surazo (1962), de Marta Jara: “… una blusa. Una blusa de medio uso que la protagonista, en Chiloé, aprieta como si ‘entre sus brazos estrechase a un hombre’”. No hay más, no dice más, pero con estas anotaciones crece y crece el mundo que Verdugo propone, un mundo denso al que quizás solo se pueda hacer un comentario al margen con estas maneras infrecuentes, díscolas, irónicas e incluso divertidas.

Sobre la muerte agrego solo una idea de Simone de Beauvoir: “No existe muerte natural: nada de lo que sucede al ser humano es natural, puesto que su sola presencia cuestiona al mundo. Todas las personas son mortales: pero para todas las personas la muerte es un accidente y, aunque la conozcan y la acepten, es una violencia indebida”. Acerca de esa y otras violencias es que se atreve a hablar este libro de título sencillo, Blusa, procurando evitar la vulgaridad del arquetipo o el lugar común, y también tratando de entender lo inaceptable. Lo que pone en juego Verdugo es la posibilidad de escribir sin rendirse a la idea de la literatura como representación, para producir a través de la escritura algo parecido a un cortocircuito: en algunos segmentos del libro se plantea una distancia con los “relatos de filiación”, concepto que ha nutrido en gran medida la narrativa y la crítica literaria de los últimos quince años en nuestro país. Aquí, pareciera decir Verdugo, hay madres y hay hijos, pero también hay fugas, citas, carruseles de fragmentos que enmarañan lo representacional y expanden lo político y estético por caminos inesperados.