Las precursoras invisibles del feminismo en Chile

Lejos de ser un ‘fenómeno’ casual, el movimiento de estudiantes feministas que estalló con fuerza en universidades y se tomó las calles a inicios de este año es parte de una trayectoria de lucha continua e invisibilizada a través de la historia, cuyos primeros atisbos se vislumbran en las organizaciones de mujeres a inicios del siglo XX, cuando trabajadoras alzaron la voz contra las distintas formas de opresión que vivían al interior de sus hogares, en fábricas y sindicatos. Todas ellas reforzadas por un discurso conservador y patriarcal proveniente del Estado, la Iglesia y de sus propios compañeros de lucha.

Por Bárbara Barrera Morales | Fotografías Memoria Chilena / mujeresenelsigloxx.ol

1884. Chile consolida por la vía diplomática su triunfo en la Guerra del Pacífico y las provincias de Tarapacá y Antofagasta son incorporadas como parte del territorio nacional. Un gran e imponente Desierto de Atacama se asoma en ojos del Estado y privados como el futuro de las abultadas arcas del país debido a su especial riqueza minera. La inmediata explotación del salitre convierte a Chile en el principal productor mundial de este mineral, permitiendo reactivar la economía y dar inicio a un ciclo de expansión, aunque volátil, que finalizaría cincuenta años después con la Gran Depresión.

El auge salitrero en el Norte Grande logra reconfigurar a un país completo: gracias al desarrollo económico alcanzado por la explotación de este abono natural, manifestado en la expansión del comercio, la industria, la minería y el aparato estatal, comienzan las migraciones campo – ciudad que propician el rápido crecimiento de los centros urbanos, gracias a la llegada de miles de hombres y mujeres a la pampa salitrera, a los puertos y caletas, en busca de mejores oportunidades laborales y de vida.

Los hombres se dedican principalmente a la producción salitrera, las actividades portuarias y a la expansión del ferrocarril, mientras que las mujeres llegan a las ciudades a trabajar en la manufactura de textiles, alimentos y vestuarios, todos empleos considerados de menor calificación y complementarios al de los hombres, lo que se traduce en salarios más bajos y largas jornadas laborales.

Son los inicios del siglo XX y la clase trabajadora chilena enfrenta difíciles condiciones de vida: hacinamiento, precarización laboral, enfermedades, analfabetismo, altas tasas de mortalidad infantil y alcoholismo. La Iglesia y el Estado observan con malos ojos la llegada de las mujeres a las fábricas y en su intento por relegarlas al trabajo doméstico y al cuidado de los hijos se fortalece el discurso conservador que vincula su inserción laboral con la cuestión social y la crisis moral de la República, caracterizada por la desintegración familiar, el vicio y la inmoralidad.

En este escenario, un sector de mujeres trabajadoras levanta espacios de organización y acción política, inspiradas por ideas anarquistas y socialistas, con el objetivo de luchar contra la explotación y el apremio de sus derechos y libertades como obreras, proletarias y mujeres.

Un nuevo escenario político: irrumpe la mujer obrera

El surgimiento del movimiento obrero a inicios del siglo XX trajo consigo una fuerte participación de las mujeres en la industria chilena y en organizaciones obreras activas políticamente. Las mujeres, relegadas hasta ese entonces al espacio doméstico, comenzaron a organizarse regularmente en sociedades de resistencia y socorro, mancomunales y filarmónicas, e incorporarse en organizaciones políticas progresistas.

Las primeras organizaciones de mujeres trabajadoras surgieron bajo la lógica del apoyo mutuo y la solidaridad con el movimiento obrero, en un contexto donde todavía no existían leyes laborales e instancias de organización de las y los trabajadores. En ese sentido, la participación laboral de las mujeres a inicios del siglo XX configuró un nuevo sujeto político: la mujer obrera, que llegó a transformar la lógica del movimiento obrero que se piensa exclusivamente masculino, y que impactó en la sociedad de la época que veía a las mujeres como administradoras innatas del orden doméstico, del hogar y de la familia.

El trabajo asalariado de las mujeres, además de ser menos calificado y considerado inferior, develó una contradicción: por un lado era sancionado por la Iglesia y el Estado por los supuestos “peligros” que conllevaba la salida de sus hogares y, por otro, era alentado por los empresarios que veían su potencial como mano de obra.

La historiadora Ana López Dietz explica que a medida que comenzaron a elaborarse las primeras leyes laborales, el Estado aplicó reformas parciales al trabajo de las mujeres basadas “en leyes de resguardo dirigidas hacia la mujer y su cuerpo”, como la prohibición o limitación del trabajo nocturno y derecho de pre y post natal. El problema, sin embargo, radicó en que la aplicación de la mayor parte de estas leyes quedó a libre arbitrio de los empresarios.

El accionar y las prácticas de las mujeres trabajadoras se encontraban en la mira del Estado y la Iglesia en tanto eran “objetos del discurso público, católico y patriarcal sobre la familia y la imagen de la mujer-madre, que las sancionaba en su lugar de esposa y dueña de casa, en la represión de su cuerpo y control de su sexualidad, en trabajos mal pagados y precarios, de la compasión de las damas de la elite, que con sus obras piadosas junto a la Iglesia intenta frenar los llamados males de la modernización”, señala López en su artículo “Feminismo y emancipación en la prensa obrera femenina Chile, 1890 – 1915”.

A medida que las trabajadoras identificaron que sus problemas eran comunes, fueron reconociéndose como parte de una clase trabajadora y también como mujeres oprimidas por el Estado, la Iglesia y por sus propios compañeros obreros, que consideraban una amenaza la presencia de las mujeres en el trabajo no sólo porque era utilizado para disminuir los de ellos, “sino también porque de alguna manera la presencia de la mujer en el mundo del trabajo cuestiona el modelo de masculinidad construido socialmente, que atribuye a los varones la función de jefes de hogar y proveedores”, explica López.

Adopción y práctica de ideas revolucionarias

Las ideas socialistas y anarquistas comenzaron a permear la clase obrera chilena a inicios del siglo XX. Si bien no existió un movimiento anarquista consolidado, historiadores e historiadoras coinciden en que estas ideas llegaron a los sectores populares por medio de hombres y mujeres anarquistas que participaron en paros y protestas de la época.

La historiadora Adriana Palomera asegura en su artículo “La mujer anarquista. Discursos en torno a la construcción de sujeto femenino revolucionario en los albores de la “idea””, que el anarquismo buscó “configurar una subjetividad e identidad política, social y cultural de las mujeres, reconociéndolas como parte constitutiva de un sujeto histórico de cambio social, capaz de emanciparse integralmente en lo público y en lo privado”.

Un grupo de mujeres obreras chilenas adoptó estas ideas gracias al proceso de formación del sindicalismo revolucionario con tendencias antiestatales y al atractivo de su discurso, que critica fuertemente al matrimonio, a la Iglesia Católica y al Estado, impulsa la emancipación de las mujeres y ve la educación como la herramienta principal para romper la barrera ético – moral instalada en la sociedad.

Una de las críticas más importantes de las obreras anarquistas chilenas estuvo dirigida hacia las organizaciones de mujeres de clase alta e incluso a tendencias feministas de la época. “Se encontraba una crítica desde la posición de clase que pretendía que estas mujeres no se asemejaran a las burguesas, teniendo por tanto el carácter de una afirmación de la identidad de clase”, señala Palomera.

No obstante, para la historiadora lo más atractivo y revolucionario del discurso anarquista tiene relación con la sexualidad. “Ahí ellos logran un equilibrio, al decir que las mujeres y los hombres tienen derecho al goce sexual, ya no sólo al amor libre, sino también al goce. Eso sí que es de avanzada”, asegura.

Una de las mayores inspiradoras de las tendencias revolucionarias de la época fue la feminista española anticlerical Belén de Sárraga, que visitó Chile por primera vez en 1913. Invitada por el recién fundado Partido Socialista Obrero, las ideas de la feminista encontraron buena acogida en el movimiento obrero que contaba con grandes dirigentes sindicales como Luis Emilio Recabarren y Teresa Flores, quienes creían que la lucha de los trabajadores era también la lucha por la emancipación de las mujeres.

Debido al eco de sus ideas en las mujeres trabajadoras, la española comenzó a fundar los Centros Femeninos Anticlericales Belén de Sárraga, considerados las primeras organizaciones de carácter feminista del país. Según las historiadoras Olga Ruiz y María José Correa, los objetivos de estos centros eran promover el laicicismo, denunciar los abusos del sistema de las pulperías, luchar por el derecho al descanso dominical de las trabajadoras, realizar campañas antialcohólicas e impulsar las ideas de emancipación de la mujer.

Trayectorias continuas y feminismos

Una de las expresiones más importantes del proceso histórico llevado a cabo por las mujeres obreras a comienzos de siglo XX es la prensa de mujeres y feminista.

El primer hito fue en 1905, cuando comenzó a circular en Valparaíso el periódico La Alborada, bajo la dirección de la obrera tipógrafa Carmela Jeria. Esta publicación estaba dirigida a las mujeres trabajadoras y sus temáticas abordaban las condiciones de trabajo, la denuncia de la falta de derechos de los y las trabajadoras, pero también las desigualdades de género y los problemas asociados a la familia, la maternidad, el Estado y la Iglesia.

Desde la edición número 20 La Alborada pasó de denominarse “Defensora de las clases proletarias” a “Publicación feminista”, lo que se tradujo en el aumento de artículos que trataban sobre los problemas de las mujeres y los que manifestaban críticas explícitas a sus compañeros, que permanecían mayoritariamente indiferentes a sus demandas.

En 1908 nació el periódico La Palanca, dirigido por la obrera Esther Díaz, que se constituyó como el órgano oficial de la Asociación de Costureras de Santiago. Esta publicación “continuará esta tradición de feminismo obrero, potenciando las denuncias sobre la doble condición y opresión de la mujer, insistiendo en las temáticas relacionadas con los problemas de la mujer”, asegura López.

Para la historiadora, la difusión y práctica de las ideas revolucionarias de las obreras anarquistas y feministas de comienzos de siglo marcaron un precedente que se ha sostenido en el tiempo, aún entre la diversidad de feminismos que han encarnado las mujeres chilenas. “Hay un impulso a la organización de las mujeres y se podría decir que esa tradición está muy presente en la fundación del Movimiento Pro Emancipación de la Mujer Chilena (Memch), que toma entre sus reivindicaciones las demandas de la mujer trabajadora”, señala.

Pese a que tras la lucha sufragista liderada por organizaciones como el Memch en las décadas posteriores al movimiento obrero se instaló la idea del “silencio feminista”, revisando la década del 70 es posible observar el nacimiento de las primeras organizaciones durante la dictadura, con departamentos femeninos y trabajadoras que luchan contra el empleo precario y por democracia “en el país y en la casa”.

López explica que uno de los desafíos del actual movimiento de mujeres feministas es reivindicar esta tradición “porque la realidad del país no es solamente que hay una fuerte participación de la mujer en el trabajo, sino que son trabajos precarios, con brecha salarial, que reproducen una doble o triple carga. Hay que rescatar y visibilizar los orígenes que permiten pensar la propia situación de las mujeres trabajadoras hoy”.

En esa misma línea, asegura que el denominado “mayo feminista” marca “un punto de ruptura muy progresivo”, que logra instalar otras temáticas no abordadas hasta ahora. Precisamente en este contexto, la historiadora reafirma la necesidad de revisar experiencias invisibilizadas, pero que indudablemente están inscritas en una trayectoria común de lucha por la emancipación de todos los yugos sobre los cuerpos de las mujeres.

Aura Cumes, escritora: “Un patriarcado colonial somete no sólo a las mujeres”

Reconocida como una de las voces más relevantes del movimiento indígena y de mujeres en Latinoamérica, Aura Cumes analiza las movilizaciones actuales y defiende la necesidad de que sean los pueblos quienes generen sus propias formas de pensamiento y de lucha, y de que sean las comunidades quienes reconfiguren los actuales Estados: “cualquier lucha necesita tener elaboraciones o posiciones políticas que busquen pensar una forma de vida diferente”.

Por Ana Rodríguez | Fotografías: gentileza Aura Cumes y Cristian Vergara

Nacida y criada en Chimaltenango, Guatemala, Aura Cumes (1973) añoró siempre la localidad de donde eran originarios sus padres, Comalapa. En su ensayo autobiográfico “Algunas líneas de mi vida”, Cumes rememora sus visitas a ese municipio como un lugar donde se hablaba idioma kaqchikel en todos los espacios y al que sus padres se referían como chi q’achoch (nuestra casa). Desde pequeña atrapada por las lecturas, Cumes estudió primero secretariado –y fue una de las dos únicas de su generación que se “rebelaron” y se graduaron luciendo corte y güipil, su vestimenta maya-, luego trabajó en ONGs y fue cuando estudiaba Trabajo Social que se encontró con las lecturas sobre teoría feminista. Entonces comenzó a participar de instancias de mujeres, pero fueron el racismo y la ignorancia imperantes los que la hicieron alejarse de esos espacios, quedarse con la teoría y avanzar en epistemologías desde lo indígena. Por eso, aunque es conocida y presentada como “activista feminista”, Aura Cumes no se define a sí misma de esa manera.

– No me defino feminista porque yo lucho desde las epistemologías indígenas, desde un sentido de la vida que tiene que ver con alcances más plurales. Mi posición frente a la vida es luchar contra todas las formas de dominación, pero desde una condición de libertad y de que yo soy sujeta política con capacidad de inventar formas políticas de lucha también. Cuando las mujeres indígenas nos nombramos feministas casi que se piensa que porque somos feministas es que hemos creado consciencia de lucha. Como si el feminismo nos hubiese dado a nosotras la única y posible existencia política, y eso no es así, yo no me quiero subordinar en ningún momento bajo la epistemología feminista como única forma de existencia- asegura.

En Chile, la “tercera ola feminista” ha tenido su germen en las universidades, donde las mujeres reclaman el fin a formas de exclusión, al acoso dentro de las instituciones y demandan la instalación de una educación no sexista. ¿Qué le parece esta demanda?

– Una de las formas en que se ha expandido el pensamiento y las luchas feministas tiene que ver con la conciencia de muchas mujeres sobre la necesidad de constituirse como sujetas políticas. Y esto ha llegado a lugares en donde era un tanto difícil la lucha, como entre las alumnas en las universidades, incluso en lugares como el cine y otras instituciones que normalmente no se involucran mucho en las reivindicaciones feministas. Es sumamente interesante que el malestar de las mujeres por la violencia en su contra se haga ver en todos los sentidos y en todos lados. Pero lo que también llama la atención es que muchas de estas denuncias donde se ha roto el silencio no pretenden ser radicales, en el sentido de que tienen una demanda concreta, como el movimiento #MeToo, que tiene una denuncia concreta pero no se conecta con las luchas más profundas y de más largo alcance que tendría un feminismo más radical, esto es, su cuestionamiento al patriarcado como sistema de dominio, y la imaginación y construcción de sociedades distintas; yo creo que el feminismo es radical y eso merece mi respeto porque la violencia del dominio patriarcal lo demanda. Por ejemplo, estamos viendo la expansión terrible de la trata de mujeres en todos lados. La trata de mujeres indígenas y negras en este momento es terrible. Si estos movimientos que luchan por la inclusión en un mundo patriarcal y despojante no se dan cuenta de que no solamente existe la lucha por la inclusión sino también la lucha por la vida, tienen una gran limitante. Porque ellas podrán estar pidiendo inclusión en un espacio privilegiado, pero otras mujeres están siendo despojadas de su misma vida. De ahí la necesidad de que el feminismo o las mujeres en sus luchas no necesariamente feministas estén recordando todo el tiempo la manera en que la dominación contra las mujeres camina en muchos lados y de muchas maneras.

¿De qué manera se puede evitar esta simplificación de las luchas feministas? ¿Cómo podría ser un feminismo que no dejara de lado los aspectos que normalmente son invisibilizados, que incluya otras luchas?

– A mí me parece que la pregunta es al revés, la pregunta misma refleja la posición de dominio que se pretende con el feminismo. Un ismo no va a ser incluyente de nada. Las aspiraciones del feminismo deben nacer de múltiples lugares. Y cuando un feminismo o cualquier movimiento nace de múltiples lugares, va teniendo las características de los distintos o distintas actoras implicadas. Si una lucha pretende incluir es desde ya elitista. Ese es uno de los graves problemas que tenemos con el feminismo blanco o el feminismo colonial, que considera que sus aspiraciones son las de las mujeres de todo el planeta o que recoge la problemática de todas las mujeres del planeta, y en eso piensan incluir a las demás. Una lucha así va a ser necesariamente reducida e impositiva. Lo importante es darnos cuenta de que no somos ninguna lucha que debe incluir sino una que todo el tiempo se conforme con las voces de las múltiples sujetas. Es un quehacer político de todas y para todas. Yo no concibo un feminismo que busque incluir. No, yo a ese no me quiero incluir.

¿Usted cree que el feminismo en Latinoamérica se ha podido o no hacer cargo de esas interseccionalidades, o más bien es un feminismo que ha estado siempre mirando hacia el norte, hacia Occidente?

– A mí me parece que sí, efectivamente el feminismo en Latinoamérica es el feminismo de la igualdad de cara a la desigualdad que existe entre hombres y mujeres. Es un feminismo que cobra mucho sentido para muchas mujeres en Latinoamérica, principalmente para aquellas que no son indígenas y tampoco son negras, ni tampoco empobrecidas. Porque su condición se parece mucho a la de las mujeres europeas y sus luchas también. Ellas no están luchando por una condición de subordinación racial o étnica que las despoja junto a sus pueblos, están luchando por una condición de inclusión, de igualdad. Y estas feministas latinoamericanas que han tenido mucha relación con las europeas y las norteamericanas han pensado, igual que ellas, que sus emancipaciones son para todas las mujeres. En principio de lo que no se dan cuenta, o no se quieren dar cuenta, es que no todas las mujeres tenemos las mismas luchas. Y cuando se dan cuenta, algunas sí toman consciencia de la problemática y buscan replantear una nueva forma de hacer feminismo. Pero otras no. Porque consideran que su posición de vanguardia es la que debe regir a todas las mujeres y en esa medida es un feminismo colonial. Entonces mucho del feminismo de vanguardia en Latinoamérica es un feminismo colonial.

Patriarcado colonial

Para entender el concepto de patriarcado colonial, dice Aura Cumes, hay que remitirse a su recorrido histórico. Con la colonización de América, asegura, arriba a estas latitudes la forma de patriarcado establecida en Europa, producto de 300 siglos de persecución a las mujeres, con la caza de brujas, la Inquisición, la persecución de los acusados de herejes; al mismo tiempo que se da la expulsión de moros y judíos, los campesinos son expulsados de sus tierras y los negros son esclavizados. Lo que se forma ahí es un patriarcado que se va a concentrar en la categoría de hombre blanco = ser humano, dice Cumes, y que llega a Latinoamérica para regir las relaciones sociales posterior a la época colonial, porque es el estilo de organización política que se impone.

– Un patriarcado colonial es aquel que se establece en el sometimiento no solamente de las mujeres sino de la población indígena y negra, pero además reconfigura las relaciones sociales. No es lo mismo en la configuración de las sociedades colonizadas ser mujer blanca que ser mujer indígena; ser hombre blanco que ser hombre indígena. Ese patriarcado colonial que piensa la naturaleza como mujer sometida y despojable es el que va a configurar las sociedades hasta ahora. Ese lugar que las mujeres blancas habían adquirido en Europa con la Inquisición, ese lugar de subordinación por ser mujer va a transformarse en tierras indias, porque aquí va a tener un lugar de superioridad racial en tanto blanca. Es decir, que la humanidad perdida durante la Inquisición se va a recuperar cuando encuentre otros más “inferiores”. Y de cuyo sometimiento, ella resulte privilegiada.

Estas especificidades son también las que van configurando estas nuevas formas de articular el feminismo desde Latinoamérica, ¿Cómo surge esta respuesta?

– Yo creo que el feminismo en Latinoamérica no logra entender eso. Me parece que hay que salir un poco del feminismo colonial para poder entender ese tipo de configuraciones. Lo que pasa es que cuando estamos dirigidas por una sola lucha, en muchos casos nuestro mirar no es muy amplio. La posición político ideológica desde múltiples lugares es lo que nos permite una visión más plural de la realidad. Lo digo porque me parece muy curioso que las feministas hablen muy poco de otras formas de dominio como el colonial, o sobre lo que ha implicado la esclavitud para las sociedades que hemos heredado, o el racismo actual entre mujeres. Lo mismo digo de los movimientos indígenas o de los movimientos negros: cuando sólo se habla desde un solo lugar es muy difícil ver la pluralidad y las formas de dominación. Sí, pareciera que en Latinoamérica nuevamente se está dejando de lado el tema indígena, el tema racial. Se empieza a priorizar el feminismo sin esos matices que tiene esta región y quedan nuevamente postergados estos temas en la agenda. -Yo no sé si esos temas debieran ser parte de su agenda. En realidad creo que si un movimiento político se articula de verdad viendo la realidad compleja que nos ha dado forma, “naturalmente” así será el contenido de nuestras luchas. Pero si no, yo sospecho que esas luchas tienen detrás el privilegio de la comodidad, de disfrutar de lo que esta forma de vida colonial nos ha dejado. Por otro lado, yo no parto de la idea de que el feminismo deba luchar solamente con el Estado y contra el Estado. Me parece que cualquier lucha necesita tener elaboraciones o posiciones políticas que busquen pensar una forma de vida diferente. La vida no solamente se establece pidiéndole cosas al Estado, aunque podríamos decir que el Estado somos nosotras, pero es una institución que en el caso de Latinoamérica no es para los indígenas. Las luchas que solamente se articulan frente al Estado son muy limitadas. Porque estas agendas no permiten crear ese marco político más revolucionario que nos permitiría hacer o buscar otras formas de hacer política, de relacionarnos, de pensar la vida entre todas y todos.

Pareciera que la única forma que tenemos concebido articularnos es en oposición al Estado y no tomando conciencia de comunidad

– Hay muchas comunidades que han articulado desde siempre formas de vida, de gobierno, de justicia y que no han necesitado para vivir del Estado. El Estado llega hasta ellas, por ejemplo en Guatemala, en formas de violencia. Pero estas comunidades han vivido siempre con sus propias formas, cultivan su propia comida, hacen y tejen su propia ropa. ¿Qué están esperando estas comunidades del Estado? Nada, ¿qué se le puede pedir a un Estado colonial? ¿Cómo vamos a crear y mantener formas organizativas para regir nuestras propias vidas?. Esa es una pregunta que me parece que debiéramos hacernos las comunidades, los movimientos. Porque el Estado, ¿en algún momento representó nuestros intereses?. Me parece que nunca lo ha hecho. Entonces es mucho más importante pensar de qué manera vamos a defender la vida. Me parece que hasta que no haya una reconfiguración organizativa, política, de las sociedades que somos, para crear una nueva cosa, se llame Estado o como sea, yo a este Estado, así como está, definitivamente no le apuesto.

¿En qué momento de ese darnos cuenta de que debemos reconfigurarnos estamos, según usted, en Latinoamérica?

– No lo sé, no podría medir eso. Lo que sé es que los pueblos siguen luchando. Y en este momento existe un gran saqueo. Contra sus vidas, sus territorios, sus bienes. Quienes nos “gobiernan” siguen con el cinismo de siempre. Me parece que las comunidades rurales, indígenas, están todo el tiempo moviéndose. Yo no sé cuándo en la historia colonial de los pueblos indígenas no han estado luchando. Hay un sector que poco lucha cuando se trata de la expropiación de los pueblos indígenas, y son los sectores urbanos y la clase media. Se mueven para otras cosas, sí, pero no para la lucha de los pueblos indígenas. Debido a la formación colonial de nuestras sociedades, estas clases que se benefician del trabajo de las poblaciones indígenas, negras y campesinas no están siendo tocadas en esos intereses. El día en que ya no tengan comida, que no les lleguen los tomates, la carne, el pan, a sus mesas, ahí se darán cuenta de que el trabajo de los que están siendo expropiados todos los días tiene sentido. Entonces la lucha de estos colectivos o de la gente que vive en el área urbana, es otra. Buscan inclusión o la construcción de la democracia que no ha funcionado hasta el momento, pero no están luchando por lo que hace la vida y que ha estado cargado en manos de indígenas, mujeres y gente del campo. No se están dando cuenta de que las bases de su propia existencia están siendo aniquiladas, que está siendo aniquilado todo lo que posibilita la vida.

Michael Apple: “Pensar que la sociedad es menos importante que la economía ha sido una idea desastrosa”

Neoliberales y conservadores hoy entienden mejor que los progresistas que la escuela es una poderosa herramienta de transformación social, sostiene Apple. Pero el panorama no es desalentador, añade, si activistas y comunidades acuden a su propia historia para apropiarse colectiva y solidariamente de la educación. “Optimismo sin ilusiones”, le llama. Y con un conjunto de tareas urgentes para los académicos críticos.

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Presentación Dossier Nº10: La hora del feminismo

Para el 11 de julio de 2018 se habían cometido 19 femicidios en Chile y 65 intentos frustrados, según las cifras oficiales del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género. Desde el mundo de las organizaciones sociales la realidad se ve aún más dramática: la Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres contabiliza 28 femicidios en los siete meses que van de este año. El femicidio es la forma más extrema de violencia contra las mujeres, la punta visible de un iceberg que parte con micromachismos, acoso callejero en la vía pública y termina en la violencia física y, a veces, en la muerte.

En un año en que la agenda pública ha estado marcada por las movilizaciones feministas que comenzaron durante el mes de abril en las universidades de todo Chile, la realidad muestra que la violencia contra las mujeres es un problema diario para millones de chilenas que se ven enfrentadas a violencias físicas, psicológicas y sociales en los ámbitos público y privado. Al menos 32 instituciones de educación superior y ocho colegios estuvieron movilizados durante el momento más álgido de las protestas durante el mes de mayo, cuyas reivindicaciones incluían educación no sexista en todos los niveles, destitución de académicos acusados de acoso y/o abuso, mejores procesos ante denuncias en las universidades y fin a la discriminación de género en el país.

Y Chile está de acuerdo con las estudiantes: según la encuesta Cadem de mayo, el 71% de los entrevistados se declaró a favor del movimiento feminista y un 77% afirma que Chile es un país machista. En tanto, un 63% de las mujeres encuestadas declaró haber sido discriminada o violentada alguna vez por ser mujer.

Palabra Pública quiso adentrarse en esta discusión a través de diferentes perspectivas. Abre el dossier la Intendenta de la Región Metropolitana, Karla Rubilar, quien defiende las reivindicaciones feministas y aborda la necesidad de ampliar la mirada sobre diferentes “temas valóricos”; la escritora y periodista Arelis Uribe se refiere a las profundas transformaciones que han introducido en la sociedad las feministas movilizadas en los últimos meses; Valentina Saavedra y Javiera Toro, ambas dirigentas de Izquierda Autónoma, abordan la necesidad de una educación no sexista que a la vez saque al mercado del sistema educacional; la periodista Bárbara Barrera investiga sobre la muy escasa representación de las mujeres en los espacios directivos de las orquestas chilenas e internacionales; la chilena Alondra Silva, que realiza un magíster en Islandia, da cuenta a través de su experiencia de las transformaciones que son necesarias para que un país se convierta en feminista; y la fotógrafa y psicóloga Kena Lorenzini pone en entredicho la declaración de “feministas” de ciertos partidos y movimientos políticos.

Machismo en las orquestas: las mujeres pelean por la batuta

Pese a que a lo largo de la historia el desarrollo profesional de las músicas chilenas ha estado marcado por la falta de oportunidades, referentes y visibilidad, talentosas músicas comienzan a organizarse para romper las barreras históricas del machismo y posicionarse en la dirección de las orquestas, así como en diferentes espacios laborales y académicos de este ámbito que hasta hace poco eran habitados exclusivamente por hombres.

Por Bárbara Barrera Morales / Fotografías: Felipe Poga

“Hoy día siento que necesitamos un sonido más robusto. Cámbiense de voz, como ejercicio. Lo único que tenemos que lograr es no equivocarnos”. Alejandra Urrutia eleva ambas manos y los instrumentos comienzan a sonar: violines, violas, contrabajos y cellos, todos siguiendo las instrucciones de su nueva directora. Alejandra los para en seco. “No está afinado eso. Vamos a hacerlo varias veces hasta que sintamos que estamos tocando como orquesta, escuchando todos los sonidos”, les ordena a sus jóvenes músicos y músicas que ya se encuentran a la espera de la nueva señal de entrada.

Alejandra Urrutia Borlando (42) es la primera y única directora de orquesta profesional en el país, desde que en 2015 el ex ministro de Cultura del gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet, Ernesto Ottone, la nombrara directora titular de la Orquesta de Cámara de Chile (OCCH), agrupación musical nacida en la década de 1950. En junio de este año, Alejandra asumió la dirección de la Orquesta de Cámara del Municipal de Santiago, consagrándose como la primera mujer en el cargo desde su fundación en 1993.

La irrupción el pasado 18 de junio de una Orquesta de Mujeres en la Casa Central de la Universidad de Chile, que acompañó la entrega del petitorio unificado de las estudiantes feministas de la institución al Rector Ennio Vivaldi, buscaba visibilizar precisamente esto: en un ámbito más en que el género no implica ninguna diferencia, las mujeres no son consideradas a pesar de que su incursión en la música es casi tan antigua como el nacimiento de la República. Esta tuvo lugar a inicios del siglo XIX con los primeros “colejios de señoritas” establecidos en la década de 1820 y un impulso significativo bajo la figura de la compositora e intérprete madrileña Isidora Zegers, perteneciente a las cúpulas aristocráticas del Chile decimonónico. Sin embargo, su desarrollo a lo largo de la historia ha sido complejo: los roles de género, la falta de oportunidades en puestos de poder y la invisibilidad de su trabajo por la historia, los medios y la academia son las principales barreras a la hora de ser música profesional en Chile.

Invisibilizadas por la historia

La importancia de Isidora Zegers en la historia nacional de la música es indiscutible: participó en la fundación del primer Conservatorio Nacional de Música, del cual surgió la Academia Superior de Música en 1852, y contribuyó al establecimiento de la ópera en Chile gracias a la difusión que realizó del arte lírico italiano, del cual era admiradora. Sin embargo, no fue la única mujer destacada en el ámbito musical durante el periodo.

Pese a que durante la primera mitad del siglo XIX la composición estuvo dominada principalmente por hombres, el académico y musicólogo Luis Merino destaca en Los inicios de la circulación pública de la creación musical escrita por mujeres en Chile que si bien la figura de Zegers ha sido imponente, no ha sido la única, pues entre 1856 y 1869 hubo 39 obras musicales publicadas por mujeres, que el autor atribuye a la educación sistemática de aquellas pertenecientes a las cúpulas aristocráticas, el desarrollo de la edición impresa y la distribución pública de la música en Chile.

El licenciado en Filosofía de la Universidad de Chile y magíster en Estudios de Género, Leonardo Arce, sostiene en Compositoras en Chile: una historia recortada que parte de la invisibilidad de las compositoras durante el siglo XIX tiene relación con el abordaje realizado por historiadores, quienes presentan a las músicas y compositoras como “alumnas de”, “mujeres de” e “hijas de”, “invisibilizando la historia propia y relegándola meramente a su genealogía biológica, eludiendo de esta forma dar cuenta de autonomía creativa o productiva más allá de los lineamientos que el parentesco permite atisbar”, señala Arce.

Un estudio realizado en enero de este año por Bachtrack, sitio web dedicado a la música clásica, arrojó que de los cien compositores más tocados del mundo sólo tres son mujeres. Al respecto, la compositora y jefa de Extensión del Instituto de Música de la Universidad Católica de Valparaíso, Valeria Valle (39), asegura que dentro de la composición “siempre tildan que la mujer compone como cositas simples, más sentimental, que la mujer no es para componer, es para investigar y hacer clases”.

Valle explica que en la docencia las mujeres compositoras están sometidas a una serie de cuestionamientos que se traducen en, por ejemplo, la obligatoriedad de dar exámenes de conocimientos que sus colegas hombres no tienen que rendir. “A mis colegas no los evalúan o los clasifican para hacer la clase. A mí me ha tocado llorar, porque te da rabia, porque a mí me evalúan y ¿por qué al resto no? ¿Por qué a mí me ponen tantas condicionantes y al resto no?”, se pregunta.

La ausencia de profesoras en la enseñanza universitaria es otro de los principales problemas: en la actualidad no existe ninguna mujer que imparta cátedras de composición o de análisis orquestal de música contemporánea. “Yo hice una postulación a la Universidad Católica de Chile el año pasado aludiendo que era necesaria una presencia femenina en un ámbito en el que hay que hacer una equidad de género y no me fue bien. Yo creo que pasa porque me he ganado el eslogan de ser la ‘feminazi’ de la composición, que yo voy a derrotar a los hombres y no entienden que el tema es equilibrar la formación, que tenga una mirada tanto masculina como femenina”, explica Valeria.

Músicas contra el machismo

Los cánticos de mujeres estudiantes que marchan por la Alameda se escuchan de a poco en las oficinas de la Casa Central de la Universidad de Chile. Trabajadores y trabajadoras corren la voz por las oficinas: “¡vienen llegando las chiquillas!”, e inmediatamente se vacían. En los pasillos suenan tacones, todos en dirección al patio Andrés Bello que se viste poco a poco de morado con lienzos, banderines y pañoletas sujetadas al cuello de las estudiantes.

Es 18 de junio de 2018, apogeo del movimiento feminista en las universidades y en el patio de la Casa Central hay alrededor de 40 sillas dispuestas en forma coral con una tarima al centro. Cuerdas, vientos y percusiones se acomodan en sus respectivos puestos para iniciar el repertorio liderado por el Himno de la Universidad de Chile. La obra de Julio Barrenechea y René Amengual comienza a sonar a manos de mujeres cuando la directora de la orquesta, Ninoska Medel, da la primera señal con la batuta. Diez segundos de instrumental y el coro de mujeres irrumpe: “Egresada, maestra, estudiante / vibre entera la Universidad” cantan las estudiantes que finalmente han logrado un petitorio conjunto que desean entregar a las autoridades.

La formación de una Orquesta de Mujeres nació por iniciativa de Ninoska Medel Suazo (26), licenciada en Artes mención Teoría de la Música de la U. de Chile, en una asamblea de mujeres en el marco de la movilización feminista de los últimos meses, donde se habló de generar cambios transversales fuera y dentro de la Casa de Estudios. Además de ser la impulsora de este proyecto, Ninoska es la directora de la Orquesta Regional de Aysén creada por la Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles (Foji), organización del Estado que promueve el movimiento orquestal juvenil en el país.

Tocando en la Orquesta de la Municipalidad de Pudahuel, Ninoska se interesó en la dirección de orquesta. Ensayando violín se percató de que nunca la había dirigido una mujer; si bien había tres directoras, éstas se dedicaban exclusivamente a impartir clases a niños y niñas aprendices. Ese episodio fue crucial para que decidiera comenzar a formarse por su cuenta en dirección de orquesta: “Me dijeron que era difícil y que las mujeres no tenían casi cabida en la dirección. Por eso elegí la carrera”, cuenta.

Para ella, el machismo es una de las principales barreras de las mujeres en la música. “Es extraño, es incómodo para un gran porcentaje de músicos, machistas, que venga una mujer a decir cómo se hace la música, que más encima escribió otro hombre en la mayoría de los casos”, asegura. En más de alguna ocasión le dijeron que tocaba como niña cuando, por ejemplo, no lo hacía tan fuerte. “Estás dirigiendo como mujer”, le criticaron años más tarde cuando iniciaba su carrera como directora durante un ensayo en el que lo hizo mal. “Una vez, como elogio, después de que dirigí, supongo que bien, me dijeron que ya nadie iba a poder decir que dirigía como mujer”, recuerda.

Ninoska y Valeria concuerdan en que todos los referentes que se estudian en las universidades, tanto en composición como en dirección, son hombres. Ninoska, por ejemplo, cursó dos años de literatura musical y en ninguna de las sesiones el profesor mencionó a una compositora. “Me dijo ‘pucha, lo siento, es que no hay. O sea, deben haber, pero es que no son las que marcaron la historia’. Y fue triste, porque en realidad no se esfuerzan mucho en buscar y en visibilizar”, afirma.

Nuevas referentes

El mismo estudio de Bachtrack reveló que de los cien directores más ocupados del mundo sólo cinco son mujeres, un leve aumento considerando que la misma investigación en 2013 arrojó que sólo una mujer integraba este Top 100. Sin embargo, actualmente existen talentosas directoras de orquesta alrededor del mundo que han hecho historia en diferentes agrupaciones profesionales por ser las primeras mujeres a cargo.

Entre ellas destacan la mexicana Alondra de la Parra, actualmente directora de la Orquesta Sinfónica de Queensland; la estadounidense Marin Alsop, titular de la Orquesta Sinfónica de Baltimore; la brasilera Ligia Amadio de la Orquesta Filarmónica de Montevideo; y la chilena Alejandra Urrutia, directora de la Orquesta de Cámara del Teatro Municipal.

Con un oído excepcional cultivado desde pequeña por su padre, a quien habitualmente acompañaba a sus ensayos de contrabajista, Alejandra supo a los 12 años que quería ser violinista. Producto de su talento, a los 16 se ganó una beca para estudiar violín en el Columbus College –actual Columbus State University– y ahí obtuvo su primer título. Cinco años más tarde, con tan sólo 24 años, egresó de la Universidad de Michigan con un master y un doctorado en violín en la mano.

La directora asegura no haber vivido episodios explícitos de discriminación, sin embargo, en pequeñas sutilezas ha sentido diferencias. “Yo era firme y decidida como directora y había cosas que no se hacían”, relata. También recuerda un encuentro de directoras mujeres en Sao Paulo en el que la trataron de “mijita” y no lo podía creer. “Yo no soy ‘mijita’, soy la directora de la orquesta”, pensó en ese momento.

En abril del año pasado Alejandra viajó a Amsterdam a un concierto de Ivan Fischer, director de la Budapest Festival Orchestra y de la Konzerthaus Berlín. En la presentación, la chilena conversó con Fischer y comenzaron una relación de cordialidad que más tarde se convirtió en una oportunidad laboral para Alejandra. En noviembre la directora viajó nuevamente a Europa, esta vez a trabajar como asistente del destacado músico. Este año repetirá la experiencia en ambas orquestas. “Si yo fuera un hombre, eso estaría en todos los titulares”, señala.

Mientras Alejandra consagra su carrera a nivel internacional, Ninoska busca consolidar la Orquesta de Mujeres para visibilizar y potenciar el talento femenino en la música y Valeria trabaja desde su Casa de Estudios realizando un catálogo de obras de compositoras chilenas para el estudio e investigación de estudiantes, como el existente en el Archivo Central Andrés Bello de la U. de Chile, que reúne partituras entre 1847 y 1930. Paralelamente, nuevas estudiantes, compositoras, intérpretes y directoras se desarrollan en diferentes espacios e instancias de aprendizaje para músicas con el objetivo de romper estereotipos, erradicar el machismo y luchar por la igualdad de oportunidades en sus profesiones.

Legalización del aborto en Argentina: de hijas a madres de la historia

Las conmemoraciones del centenario de la Reforma Universitaria de Córdoba coincidieron con la expectación y celebraciones ante el fallo del Congreso de la Nación Argentina que comenzaría el camino hacia la legalización del aborto en ese país. La periodista Ximena Póo, testigo de esa vigilia callejera, relata los intensos momentos y el cruce de discursos en ese momento histórico. “La conexión entre los procesos es evidente, porque las reformas estructurales obligan a cruzar conocimiento, formación social, transformaciones, clases y proyectos de futuro”, reflexiona.

Por Ximena Póo | Foto de portada: Paula Kindsvater

A cien años de la Reforma Universitaria de Córdoba, del Grito de Córdoba en las aulas, los campus, el país y América Latina, la Revolución de las Hijas se dejó ver en las aulas, los campus, las calles, la vida. De verde se tiñeron los cristales antes que la conservadora imagen de la historia se rompiera en mil pedazos esos días de junio, cuando en el Congreso de los Diputados de la Nación, en Buenos Aires, se aprobara la legalización del aborto en Argentina. No hay equipajes perdidos cuando se trata de transformaciones sociales. No hay tiempo que perder, se decía en las calles cordobesas, a una hora de viaje en avión desde Santiago de Chile. Aquí, al lado, pero tan lejos. Argumentos y afectos se cuelgan de abrazos entre mujeres que no se conocen. Las calles arden entre pañuelos verdes y fogatas a la espera de la votación allá en la capital. Las voces de las provincias, aquellas que se organizaron por meses y años en movimientos políticos, partidos, juntas de vecinas/os, viajaron a la capital. No hay ojos cansados en las calles cordobesas cuando se trata de luchar por dignidad, libertad, clase. Aquí se juega el fin de la clandestinidad, porque la clandestinidad mata.

Lo que está en juego es voltear la estructura patriarcal con discursos que dan paso a los hechos, con actos, como el simple gesto de “ser dueña de tu propio cuerpo y los destinos de tu vida”, como dice Rosario, de 19 años, mientras mira la fogata que está junto a ella y dice que “esto es para que no sigan muriendo, sobre todo las compañeras pobres; porque este derecho debe ser resguardado por el Estado y nadie tiene que impedirlo, piense lo que se piense”. A su lado, Matilde, que cruza los 20, ofrece café, abrigo y pañuelo: “¿Sabes? Es emocionante saber que mi mamá no pudo, que mi abuela no pudo, que yo sí podré si me veo oprimida; el aborto es la última opción. Nadie quiere abortar por abortar, pero si estás en una situación así de dura es bueno saber que la sociedad está contigo y no te condena; el Estado debe educar, proveer métodos anticonceptivos, pero si todo falla, no puede tirar tu vida; el Estado somos nosotras también”.

Madrugada, 14 de junio. Mientras los hombres acompañan, ellas buscan señal para los celulares, hacen turnos para apuntar los argumentos llegados desde el Congreso; cuentan y juntan fuerza para enviar, como un ethos renovado que fuera posible enviar por chat hasta Buenos Aires, donde están amigas, parientes, compañeras. De los carteles a las redes digitales que conectan al mundo todas las frases. Cordobesas y de pueblos cercanos hacen trueque de azúcar, yerba mate, y escuchan, traslapando a 2018 el tremendo capital colectivo de pertenencia que las une en movimiento: “Ese Estado ausente es un Estado femicida. Aborto legal ya”, “El aborto clandestino es femicidio de Estado”, “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para prevenir, aborto legal para no morir”, “Aborto libre y seguro”, cuelgan de carteles improvisados y de las bocas de quienes solidarizan incluso desde la vereda de quien “no me haría un aborto; daría en adopción”, como dice Florencia –de unos treinta años- mientras se apura por llegar a la cabecera de la marcha y sostener los grandes lienzos verdes que se abren paso. La convicción de Florencia no le impide pensar más allá de ella misma y eso me recuerda un texto que le menciono, aparecido por estos días en las redes. Se trata del testimonio de la ginecóloga Cecilia Ousset, quien se rebeló ante el dolor: “Por dieciocho años en la práctica ginecológica, por mujer, por católica, por trabajar permanentemente mi interior para lograr la coherencia y abandonar en la mayor medida posible la hipocresía, digo: QUIERO ABORTO LEGAL, SEGURO Y GRATUITO para todas las mujeres que se encuentren en una situación desesperante e íntima. Me repugna un país donde después de un aborto las ricas se confiesen y las pobres se mueran, donde las ricas sigan estudiando y las pobres queden con una bolsa de colostomía, donde las ricas hayan tapado la vergüenza de su embarazo en una clínica y las pobres queden expuestas en un prontuario policial. La discusión no es aborto sí o aborto no. Eso lo dejemos para las discusiones de los creyentes y para tomar nuestras decisiones personales. La discusión en el Congreso de la Nación es si esta sociedad desea que entre las mujeres que indefectiblemente se van a practicar un aborto se pueden lograr las mismas seguridades clínicas para hacerlo. Para que las pobres no sean mujeres de segunda o tercera categoría. Para que las pobres también sigan vivas para arrepentirse, confesarse, tener un hijo con una pareja continente o en una mejor situación económica o emocional. Para que la sociedad sea menos hipócrita y haya en la realidad de la muerte, un poco más de amor”. Los fragmentos dan cuenta de una América Latina colonizada por el catolicismo y el neoliberalismo, a sangre y fuego, y refugian sororidad y emancipación, restituyendo la lucha por la urgencia de alcanzar Estados garantes, no sexistas. Estado laicos, por fin, y no sólo en papel. Le leo a Florencia mientras caminamos al ritmo del grito “¡Nosotras parimos, nosotras decidimos!”. Argentina hoy dejó el celeste de lado; hoy Argentina es verde y la consigna es “que se extienda por toda América Latina”. Hoy Argentina espera.

A minutos de la votación. Despunta el frío de la mañana en Córdoba y los pañuelos verdes se acomodan sobre la nariz, se regalan o se venden a cuarenta pesos. Todas queremos uno para no olvidar este día y los que vendrán, para no tener que pintar más pancartas con letras de horror: “Sobrevivir a un aborto es privilegio de clase”. Algunas hablan de Islandia, de que en la marcha hay pocas mujeres de las villas, que no importa, que ellas saben que sus voces son las de todas aquellas que echan mano a lo que tienen para decir lo que ahora se dice y antes se negaba. Cuerpo y discurso se ven en las calles y en la tele, en los diarios y en los idearios de movimientos y partidos. Hay canas y rostros teñidos de glitter verde. Cuerpos portadores de cifras escritas en negro sobre amarillo: “En Argentina se producen 450.000 abortos por año”. Como dice otro cartel, “Ni muertas ni presas ¡Vivas y libres nos queremos!”. En el espejo de la calle todas caben y nadie puede hacerles daño.

“Yo creo que mi madre, que tiene 63 años, alguna vez en su vida, mucho antes de que yo naciera, se hizo un aborto y lo pasó mal. Recién, hace unos días, me di cuenta de eso, cuando leíamos el diario y me queda mirando como queriendo contarme algo; ella no sale a manifestarse, lo hacía en dictadura, pero poco, por el miedo. Ese día me pidió mi pañuelo y me preguntó si podía ir conmigo y mi grupo. Ella se llama como yo, Juana, y creo que está orgullosa de lo que hemos hecho. Llevamos meses luchando, años otras, décadas las más. Salí a la calle con mi madre y lloramos, y se abrazó con muchas más. Ella vive sola, nunca tuvo muchas parejas y sé que antes de mí lo pasó mal, pero no habla de eso. Ese día algo entre nosotras creció. Quedamos de encontrarnos aquí, afuera de Patio Olmos; ella no se perderá la votación porque ganaremos”. Juana, de 21 años, estudia Arquitectura en la Universidad Nacional de Córdoba y ha sido parte de las estudiantes que han apoyado, como voluntaria, la organización de la III Conferencia Regional de Educación Superior para América Latina y el Caribe (CRES), a la que se inscribieron unos doce mil académicos/as y funcionarios/as de las universidades de la región, incluidos rectores como el de la Universidad de Chile, Ennio Vivaldi. Esa mañana muchos de los asistentes al CRES no querían perderse la calle y este nuevo “grito”. La conexión entre los procesos es evidente, porque las reformas estructurales obligan a cruzar conocimiento, formación social, transformaciones, clases y proyectos de futuro. Obligan a hacerse cargo.

Sobre las 10:00 horas, Avenida Vélez Sarsfield, Córdoba. En las pantallas compartidas se alcanzan a ver y escuchar a los/as congresistas hasta llegar a Silvia Lospennato (PRO), impulsora del proyecto por el aborto legal, seguro y gratuito. Lo que sucedía en el Congreso a esa hora ya estaba en las calles de todo el país, que la escuchaba atentamente. No se movía ni el viento. Lospennato cerró más de veinte horas de argumentos, aplaudida por partidarios y opositores: “Tenemos la posibilidad de modificar una ley de cien años, reflejar los avances de los derechos de las mujeres que se han producido. Ninguno de nosotros es el mismo que era antes de empezar este debate. Todos atravesamos un proceso de profundo aprendizaje, de eso no hay vuelta atrás, porque pudimos nombrar el dolor que significa el aborto en nuestro país, un dolor que se confunde con la culpa, la criminalización y la desigualdad. Cientos de mujeres se animaron a contar la soledad que vivieron de manera clandestina, hoy la sociedad argentina no es la misma. Se buscó en el debate hacernos creer que estamos discutiendo aborto sí, o aborto no. Lo único que venimos a hablar es de aborto legal o clandestino. Dijeron que quieren salvar las dos vidas. Es una falacia. Lo que quieren es forzar a una mujer a ser madre”. Calle y Congreso parecieran saber que ahora, justo ahora, se construye la historia. “En la memoria –continuó- de Carmen Argibay, de Dora Coledesky y Lohana Berkins, de Veronica Barzano. A las sororas, esta multipartidaria de mujeres que llegó para quedarse en la política argentina, unidas en las diferencias pero siempre a favor de las mujeres. A las mujeres en sus casas, a nuestras madres y nuestras hijas. Que el aborto sea legal, seguro y gratuito. Que sea ley”. Votan en Buenos Aires. Y “la media sanción de la ley” es aprobada. Será ley. Al minuto, lágrimas, gente que se suma, la cabecera se vuelve verde, los pañuelos se alzan en triángulo y sigue caminando. Argentina decide abrazar la Revolución de las Hijas. Y no sólo Argentina: el verde de las hijas comienza a teñir el continente

Las batallas de Victoria Castro

El pasado 16 de abril la profesora María Victoria Castro Rojas recibió en Washington, Estados Unidos, el Premio a la Excelencia en Arqueología de Latinoamérica y el Caribe, otorgado por la Sociedad Americana de Arqueología. Alcanzó así el galardón más importante que un profesional de la disciplina que haya trabajado en la Región podría recibir. Con una historia de más de cuarenta años en la U. de Chile, y habiendo formado a la gran mayoría de quienes hoy son sus colegas, “Vicky” Castro se sienta y recuerda. Entonces se asoma el Pedagógico en sus mejores años, la resistencia a una larga dictadura que no la arrancó de ese lugar, los hijos, la filosofía, el norte grande y la arqueología, que llegó a su vida por casualidad durante un viaje en barco.

Por Francisca Siebert | Fotografías: Alejandra Fuenzalida

“Señorita Castro, le tengo una matrícula para Filosofía”, le anunció en abril de 1964 el secretario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Chile a una, entonces, adolescente Victoria Castro. Era la enésima vez que Castro se iba a parar a esa puerta a pedir un cupo para la carrera. De batallas y resistencias sabe “Vicky” Castro, arqueóloga, académica de la Facultad de Ciencias Sociales, Profesora Titular y Emérita de la U. de Chile, Premio Amanda Labarca 2014 y hoy, la tercera latinoamericana y la primera mujer en ser reconocida por la Sociedad Americana de Arqueología por su aporte a la disciplina en Latinoamérica y el Caribe.

Castro no sólo peleó por entrar a la Chile, sino también por quedarse luego de que la dictadura militar golpeara con especial fuerza el Pedagógico, donde empezó su carrera académica con dos pequeños hijos. Lo mismo hizo cuando a temprana edad quedó huérfana y debió pasar buena parte de su vida escolar interna y luego, cuando el exilio la separó de su única hermana, quien nunca más regresó al país.

El pasado viernes 13 de abril, en Washington, Estados Unidos, ante un auditorio repleto y en presencia de colegas de todas partes del mundo, Victoria Castro recibió de manos de la presidenta de la Society for American Archeology, Susan M. Chandle, el premio que en la prensa llaman “el Óscar de la arqueología”. “Lo recibí y todavía siento harto pudor, porque encuentro que hay tanta gente laboriosa en nuestro país”, dice Castro.

Lo agradece y achina los ojos al sonreír. Le cuesta comentarlo. Repite que este premio pertenece sobre todo a las mujeres arqueólogas. “¡Mis colegas son fuera de serie!”, asegura la académica, formadora de gran parte de los arqueólogos y arqueólogas chilenos,  destacada investigadora de las culturas precolombinas de los Andes americanos, pionera en la etnoarqueología, la etnobotánica y la etnozoología en nuestro país.

Empezaste en Filosofía y al poco andar comenzaste a tomar tus primeros cursos de Arqueología en el mismo Pedagógico. ¿Cómo fue ese tránsito?

-Sigo enamorada de la filosofía hasta hoy. Estuve en una escuela de extraordinaria, además. Pero en primero o en segundo año empecé a sentirme tremendamente pedante. Éramos unos pesados los de Filosofía, encontrábamos que todo el mundo era leso, que todo el mundo no pensaba. Y yo dije, “no soy así y no puedo seguir pegada a la estratósfera con esto de estudiar catorce páginas de Hegel en un año. Me gusta, pero necesito algo más pegado a la tierra”.

Y de Arqueología, que no era ni carrera en esa época, ¿cómo te enteraste?

-Hice un viaje de estudios con mis compañeros de Filosofía en barco al sur, en tercera clase, como estudiantes de la Chile. Y salíamos a cubierta a tomar aire, a bolsear cigarros. Un día me topé con una señora que estaba ahí fumando, era una arqueó- loga muy famosa, la Annette Laming-Emperaire. Entonces, conversamos y le conté que tenía estas dudas, ella me dijo que era arqueóloga y yo llegando aquí me matriculé en esos cursos. Fue una coincidencia. Ahí dije yo, “esto me gusta”.

Y pronto te agarró el golpe, entre hijos y carreras…

– Cuando fue el golpe de Estado yo era ayudante y ya tenía mis dos guaguas. La Facultad de Filosofía y Letras era gigantesca, con todas las pedagogías; era un mundo donde había muchos cursos comunes, una transversalidad impresionante. Así pilló a la Universidad el ‘73, siendo muy transversal y tremendamente populosa. Y yo, que era ayudante, tuve que convertirme en profesora. No me echaron, pero quedé años como profesora de la más baja categoría, porque por más que tuviera y tuviera curriculum, no me subían. Era una cuestión política, pero como yo no era de partido, era como “abúrrete y ándate”. Yo no me aburrí, ni me fui.

Luego vino el fin del Pedagógico para la Chile ¿Cómo fue ese proceso?

-El ‘81 pusieron unas listas cuando fuimos a cobrar el sueldo, que decían: “profesores tales nombres en el Pedagógico”, “profesores tales nombres, en La Reina”. Así nos dividieron, yo me fui a La Reina. Después nos cambiaron a La Placa. En un momento tuvimos la ilusión algunos profesores de llevar a Humberto Giannini de candidato a decano, pero ahí se unieron otros académicos para vencerlo, y lo vencieron. Fue entonces cuando se creó la Facultad de Ciencias Sociales y nos quedamos un grupo de profesores acá y otros se fueron a la Facultad de Filosofía y Humanidades. Después vino una época densa que fue la de Federici, pero seguimos ahí. Con mucho esfuerzo porque uno seguía aplastada de profesora asistente, lo mismo en que me había transformado el ‘73, teniendo ene méritos, pero igual. Eso duró hasta que llegó el cambio de gobierno.

Siempre el norte

-Mis primeras experiencias en terreno fueron con el profesor Mario Orellana en el Río Salado, o sea, en el pueblo de Chiu Chiu y de repente a pasear a Toconce, a ver estas ruinas extrañísimas que había, que eran unas torrecitas de piedra- recuerda Victoria Castro de sus primeros viajes a la región de Antofagasta. En enero del ’73, junto a Carlos Urrejola y Carlos Thomas, ayudantes al igual que ella, decidieron irse a estudiar a Toconce en forma independiente. Luego vino el golpe. Carlos Urrejola fue detenido, llevado a Tejas Verdes y debió partir al exilio. Entonces la arqueóloga se quedó con el proyecto que financiaba el Fondo de Investigación de la Universidad de Chile y que en adelante siguió financiando sus investigaciones en la zona hasta el surgimiento de Fondecyt.

Y te quedaste ahí en el norte…

-Siempre.

¿Por qué crees que destacaste tanto en la disciplina?

-La arqueología es una unidad, pero como todas, tiene una diversidad de corrientes teóricas, formas de hacer las cosas, etc. Tal vez por el hecho de haber estudiado filosofía, de seguir mucho en muchos aspectos el pensamiento de la importancia de los seres humanos a través de las enseñanzas de Giannini, por ejemplo, tuve una visión interdisciplinaria temprana. O he sido una dispersa.

¿De qué manera fuiste planteando esta mirada interdisciplinaria, o dispersa?

-Mi primer trabajo expresamente interdisciplinario fue uno sobre etnobotánica en el norte grande el año ‘81, que lo hice con un arqueólogo y dos botánicos. Ahí nos empezamos quedar con mi equipo en la casa de comuneros, de don Pancho Saire en Toconce, y nunca más dejamos de convivir con ellos. Llegábamos con nuestras costumbres distintas y para ellos era muy divertido y muy rico, porque compartíamos la comida; ellos ponían la carne de llama, nosotros el arroz. Y en esa convivencia cotidiana nos fuimos dando cuenta que ellos iban orientando nuestras preguntas de arqueología muy bien. De algún modo nos daban una guía para tener una interpretación en la arqueología y no solamente una cosa cuantitativa, basada en las cerámicas y en los líticos, sino una visión mucho más antropológica de las cosas. Entonces paulatinamente se fue construyendo eso que hoy día se llama etnoarqueología.

Y siguiendo esta línea interdisciplinaria, lideraste también los primeros trabajos en etnobotánica y etnozoología en Chile.

-Claro. Hice mi magíster en Etnohistoria, esa brecha entre lo que es el pasado prehispánico y el presente etnográfico, o sea, los viajeros, cronistas, la conquista española. Y fui combinando la etnografía con la etnohistoria y la arqueología. La base siempre será arqueológica, pero en la construcción interpretativa uso todo. Al mismo tiempo trabajé con la botánica, que es muy buena, y tanto a los botánicos como a mí nos cambió la percepción de las plantas en un sentido o en otro. Empiezas a considerar el valor de aquello que no es humano. Después, de esa misma manera, conversando con la gente sobre las aves que les llaman mucho la atención, los animalitos, leyendo, empecé a hacer mi etnozoología, que es cómo describen y organizan en el paisaje los pueblos originarios, que no es igual que nosotros.

La Chile y los estudiantes

Victoria Castro acaba de salir de una reunión en la Facultad de Ciencias Sociales junto a una veintena de arqueólogos. Todos fueron sus alumnos. “Yo soy una más”, afirma. Se sienta con ellos, los escucha, levanta la mano cuando quiere decir algo. Los ha defendido siempre, sin importar de dónde vengan. Cuenta incluso que cuando dio clases en la Universidad SEK algunos colegas la criticaban. “’Pa´qué le presatai ropa a la SEK’, me decían. Pero los alumnos son alumnos de arqueología igual. Ellos no son los que dirigen la universidad, tienen todo el derecho de tenerme, no tengo problema”, lanza sin culpas.

Y fueron tus mismos alumnos los que te llevaron al Colegio de Arqueólogos. Una instancia nueva, que sale un poco del orden y que fue algo resistida por los propios arqueólogos ¿Por qué te sumaste a ellos?

-Me incorporé al Colegio casi por una reacción hacia ciertos colegas que decían que, “no, no hay que meterse ahí, todavía no están titulados y aceptan gente no titulada”. Me pareció todo un pretexto, de estar como “enseñorados”. Me pareció que entrar ayudaba a darle fuerza. El Colegio se moja las patitas, lo encuentro más democrático, más interesado en educar para afuera, en asociarse con otras instancias de interés para los arqueólogos como puede ser todo el tema de la memoria. Lo encuentro súper notable. Creo que nos hacía falta y que hoy es imprescindible.

Eres Profesora Emérita de la U. de Chile, recibiste el Premio al Mérito Valentín Letelier, el Premio Amanda Labarca. ¿A qué crees que se debe tanto reconocimiento de tu universidad?

-No sé si será por mi vocación docente, por la resistencia; he sido una persona resiliente en la Universidad en el sentido de estar contra viento y marea. También porque defendí la Universidad, yo estuve con el propio Ennio Vivaldi pegando pegatinas que decían “Federici No”, arriesgando el pellejo en la calle en la época de la dictadura. Creo que tengo un reconocimiento muy grande de mis pares, que fueron también mis alumnos.

Hiciste tu vida en la Universidad y ya van más de 40 años aquí.

-Me gusta lo que hago, mucho. Ahora que estoy tan fregada de salud, lo pienso. No me siento débil mentalmente, pero el cuerpo está reclamando mucho. Los días que no tengo clases en la tarde me gusta llegar a mi casa y descansar o jugar con los perros. Mis ojos para llegar a leer un libro en la noche están súper cansados. Entonces leo mucho más lento, me quiero acostar temprano. Estoy cansada, pero hay una resistencia en mí misma. Es una cosa bien contradictoria. Puede que llegue un momento, que tal vez no está muy lejano, en que decida irme, pero no sé. Todavía no pasa.

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