Rodrigo Mundaca: cambio radical o gatopardismo

El acceso al agua y su desprivatización son los objetivos diarios del vocero de Modatima, que en el último año ha alcanzado notoriedad por los premios con que ha sido distinguido en el extranjero. Sin embargo, no pierde la oportunidad de vincular esa disputa cotidiana con las exigencias de la protesta social que partió en Chile el 18 de octubre de este año. No importa si habla de la depredación del agua o de las demandas por mayor justicia que aún mantienen a miles de personas en las calles, para Rodrigo Mundaca los responsables son los mismos: la inequidad y políticos que no han estado a la altura del rol que deben cumplir.

Por Jennifer Abate C.

Desde siempre, en su casa, en La Ligua, Rodrigo Mundaca ha vivido una vida sencilla. Lava, plancha, sale a tomar un helado, recorre la plaza, vive tranquilo. Otra cosa ha sido su vida en los últimos meses. Como secretario general y vocero del Movimiento de Defensa por el Acceso al Agua, la Tierra y la Protección del Medio Ambiente (Modatima) ha puesto el tema de la depredación de los bienes naturales comunes (se rehúsa a llamarlos recursos naturales por la vocación extractivista del concepto) en el centro de la discusión internacional, una tarea que recientemente le valió ser distinguido con el Premio Internacional de Derechos Humanos de Núremberg por su lucha a favor del acceso al agua de todas las comunidades.

El costo no ha sido sólo la fama que hoy lo hace protagonizar debates y ser invitado a programas de televisión, lo que sin duda le ha quitado el carácter sencillo a sus días. Mundaca ha recibido querellas de parte de connotados políticos por injurias y calumnias, hace unos meses tuvo que encarar el horror de la circulación en redes sociales de una foto suya que simulaba un disparo en la cabeza, y recientemente tuvo que poner un recurso de amparo contra el General Director de Carabineros tras enterarse de que se había convertido, junto con otros dirigentes y figuras del mundo político y académico, en “blanco de interés” de la inteligencia policial. Más desconocido aún es que tuvo que enfrentar la amenaza de secuestro de uno de sus hijos como consecuencia directa de su activismo medioambiental.

Crédito: Alejandra Fuenzalida

¿Por qué seguir, entonces, en una senda que trazó hace 25 años, cuando llegó como ingeniero agrónomo a trabajar con los campesinos de Petorca? “Porque era un imperativo ético, moral, porque era de sentido común. Era lo que había que hacer, mi deber ético era eso, no podía hacer otra cosa, no podía asesorar a ricos a costa de dejar a la gente sin agua. Yo creo que hay un punto en la vida de las personas en que uno tiene que tomar decisiones y a veces son correctas o erradas, pero uno tiene que estar tranquilo con uno mismo. No me arrepiento en lo absoluto de lo que decidí”.

La movilización que tiene lugar hoy en Chile se ha atribuido al descontento de la ciudadanía por las condiciones de privatización de derechos básicos. ¿Cuál es tu análisis de las causas del estallido?

Una semana antes del famoso 18 de octubre, los estudiantes secundarios, particularmente aquellos estudiantes que estaban siendo fuertemente reprimidos —estoy pensando en el Instituto Nacional y la conducta criminal que ha tenido el alcalde de Santiago, Felipe Alessandri—, levantaron una consigna que se llamó “evadir, no pagar, otra forma de luchar”. Creo que esa acción fue la gota que rebalsó el vaso y que provocó que ese día miles de personas a lo largo de todo el país salieran a la calle, muy inorgánicamente, por cierto, porque son más de 30 años en que la elite política y económica se ha enriquecido a costa de las personas, se ha enriquecido a través de las privatizaciones de los trabajadores, de la privatización de la salud, de la educación, a costa de la privatización de la vivienda digna, a costa de la privatización de los bienes comunes, del agua y la tierra en particular. Creo que estamos viviendo una sublevación nacional y desde el 18 en adelante nos hemos dado cuenta de cómo se estaba incubado en la sociedad criolla un profundo descontento con el modelo de fondo.

¿Cómo evalúas el acuerdo del mundo político para iniciar un proceso constituyente?

Es un acuerdo que se toma con partidos políticos que tienen representación parlamentaria, un acuerdo que se toma a espaldas del movimiento social, un acuerdo que, en la práctica, lo que hace es darle un salvavidas al gobierno, que hasta ese momento estaba totalmente deslegitimado y que marcaba un 9% de adhesión, que tenía un record increíble en materia de violaciones a los DD.HH. Ahí hay un porcentaje de la casta que es directamente responsable del modelo de despojo que existe en nuestro territorio, una casta que ha administrado el Estado ocupando altos cargos como ministros y subsecretarios, y una vez que han salido del Estado han pasado a administrar cargos en los fondos de pensiones, en las Isapres, en las hidroeléctricas, en las forestales, una casta que se ha caracterizado por las sillas musicales, una casta que no ha dado respuesta a las demandas reales de la ciudadanía.

¿Y qué vía te parece que debería haber tomado el mundo político para intentar buscar una salida a la crisis?

Lo que hay que señalar es que quienes corrimos el cerco más allá de lo posible somos el movimiento popular. ¿Qué esperamos? Sin duda, seguir corriendo el cerco, y creo que lo que se requiere también es que el movimiento social protagonice. Porque el movimiento social, lo social y lo político, no están divorciados, el movimiento social es profundamente político. Nosotros luchamos por el agua, que es una demanda profundamente política y que tiene que ver con terminar con la Constitución política del 80.

¿Tienes expectativas en que los acuerdos alcanzados permitan cambiar las lógicas de la política que criticas?

Si bien es cierto que recuperar los fondos de pensiones de los trabajadores es tremendamente importante, así como regular la salud y la educación como derechos, aquí hay temas que no se han instalado con la fuerza suficiente, como que el origen de las desigualdades en el país tiene que ver precisamente con la apropiación de los recursos naturales comunes. Yo creo que hay un divorcio absoluto con la casta, creo que hay un segmento de la casta política que hoy definitivamente tiene que dar un paso al costado, y lo van a dar porque nosotros finalmente vamos a correr el cerco de lo posible. Ellos hoy no pueden marchar, ellos no pueden salir a las calles. A mí me daría una profunda vergüenza ufanarme de ser parte de la casta política o ser parlamentario y no poder salir a la calle. Es una contradicción absoluta porque se supone que estás en política porque estás velando por el bien común y no puedes salir a la calle porque te golpean, te escupen, porque la política está en un nivel tal de descrédito que da vergüenza. Lo voy a decir en términos populares, sencillamente: se tienen que ir a la chucha, hay un sector de la casta política que vale hongo, que vale callampa, que son los responsables de lo que sucede en nuestros territorios.

A propósito de los problemas que afectan a los territorios, hablemos sobre tu tema, el agua. ¿Por qué has planteado que lo que ocurre en comunidades como Petorca se explica por el saqueo y no por la sequía?

La provincia de Petorca es el epicentro nacional de la violación del derecho humano al agua, todo el mundo conoce lo que ocurre en esa localidad, en Núremberg, en París, en Madrid, en todas partes se dan cuenta de que en la provincia de Petorca hoy es más importante la producción de paltas que la vida de las personas. En esa provincia, a 140 km de la capital, más del 70% de la población toma agua de camiones aljibe, los ríos no existen, no hay escurrimiento superficial de los ríos hace más de 15 años. Una pléyade de políticos conspicuos y empresarios llegaron en la década del 90 a instalarse en nuestra provincia y desmontaron toda la flora y la fauna nativa de los cerros y empezaron a cultivar paltas. ¿Se puede hacer eso en Chile? Sí, porque no hay ordenamiento del uso agrícola de los suelos, por tanto, un empresario o político bien conectado a los centros neurálgicos del poder puede destruir toda la flora y la fauna nativa del cerro Santa Lucía o el San Cristóbal en Santiago y poner paltos.

A tu juicio, ¿hay algo de la actual crisis de acceso al agua que se explique por el impacto de la sequía?

Si la sequía fuera real y no motivada por el cambio climático ni la intervención del hombre, sería pareja, estaríamos todos afectados. Pero cuando tú caminas por los territorios te encuentras con grandes plantaciones de paltos, de uva de mesa, rebosantes de agua, y con predios y territorios completamente secos, depredados, principalmente de campesinos que han perdido la tierra y el agua en el último tiempo.

¿Cuál es la salida para esto? En Valparaíso estás vinculado a la Mesa de Trabajo por el Agua, que reúne a integrantes del mundo social y político, una experiencia no muy usual.

En la quinta región tenemos una experiencia que es bastante inédita. Construimos una mesa regional que ha recorrido toda la región levantando iniciativas desde los territorios para la recuperación democrática del agua. Tenemos un texto largo que diagnostica lo que sucede en todos los territorios y que levanta demandas que son lógicas, como eliminar el artículo 19, numeral 24 de la Constitución política (que consagra la propiedad privada del agua), construir un acuerdo popular de aguas, restituir la propiedad del agua en el dominio en la tierra, construir una nueva institucionalidad hídrica, establecer prioridades de uso, etc. Pero yo he llegado al convencimiento, y a lo mejor voy a correr la frontera de las declaraciones, de que si no hay una revolución en el país, un cambio cualitativo y radical del patrón de despojo que existe en el país, si no hay un cambio cualitativo o radical protagonizado por los sectores populares, por el pueblo pobre y el pueblo sencillo, vamos a caer en las mismas políticas gatopardistas de siempre en América Latina: todo va a cambiar para que todo siga igual.

José Ángel Cuevas, poeta y expoeta: “La voz de los jóvenes está recuperando la historia”

Durante 47 años, el autor de libros como Poesía de la banda posmo y Maquinaria Chile y otras escenas de poesía política nunca se durmió y por eso hoy no tuvo que despertar. Sus poemas urbanos, políticos, sociales, han recogido el habla popular durante décadas para escenificar en las calles de Chile el dolor, la impunidad, la ira, el amor, la incredulidad. Pepe Cuevas nunca se acomodó ni arrimó a nada, y quizás por esa razón hoy, cuando se ha roto el dique, sigue caminando libre entre los pliegues de un Santiago que se vuelve metáfora y esperanza de un tiempo crítico.

Por Ximena Póo Figueroa

Todo es retazo por estos días, retazos que se van uniendo a través de un hilo conjurado mediante la columna vertebral de la Alameda. Es mediodía en Santiago de Chile y hay ruido, silencio, cerrojos, ira y risas en los recovecos de las torres San Borja. Ha pasado algo más de un mes desde que se rompió el dique. Sobran los motivos para encontrarnos. José Ángel Cuevas (1944) se acuerda algo de mí, de los 90, de mis 20 años y esa pulsión por buscar las letras de una resistencia retratada en hojas roneo, clandestinas. Yo lo recuerdo como si los 90 hubiesen sido los años del miedo posterior al gran miedo; los años del escaparate y “la medida de lo posible”. Quizás por eso él nunca se durmió y de ahí que hoy, “cuando Chile despertó”, los insomnes como él y como tantos y tantas, caminantes, invitan a mirar de reojo los sueños perdidos para imaginar un futuro cuya salida demanda imaginación y tozudez.

Pepe Cuevas, premiado y seguido por una juventud emancipada, nació en Rosas 1314, recubierta de tranvías, ropa colgada, cotilleo de esquinas. Aprendió a reparar máquinas de escribir antes de tener doce años, junto a un padre estricto y “arribista” y una madre a la que recuerda ahora que vive en Puente Alto, arropado por las montañas cuando no baja a La Vega y al centro que conoce tan bien desde los años del Bar La Unión, el City, el Bosco. Su poesía es urbana, política y social. Hay que vivir para escribir y no al revés, pareciera decir.

“La mentalidad mía es la misma y trato de escribir un habla, una poesía centrada en un habla popular, porque las transformaciones que he temido yo y nuestros compañeros han sido tremendas; vamos hacia un camino popular revolucionario que es masacrado por la dictadura, asesinado, y el mar está lleno de muertos. Eso fue algo aborrecible que pasó en nuestro país al intentar hacer una revolución”, dice con la lucidez que da el tiempo invertido entre lecturas, papeles sueltos, garabatos en servilletas voladoras, volantines oscuros sobre una ciudad capturada, distraída y densa.

“Mi poesía está totalmente mezclada con la vivencia del empuje popular y por el crimen y asesinato, y después de 17 años de dictadura horrible, de sapos por todas partes, de horror, que jamás había ocurrido en nuestra historia, esa poesía se vuelca al olvido, los autos, los malls, que tienen a la gente engatusada. Hoy es una maravilla saber que los cabros chicos están recogiendo el origen, el fundamento, que es el pueblo de Chile”. Esos adolescentes le han mostrado a Chile la ruta para madurar un proyecto en el que se pretende que el Estado se haga responsable, la vida se abra paso en libertad, los feminismos muestren el sentido de un lugar común de códigos solidarios y libertarios. Esos “cabros y cabras chicas” saltaron torniquetes y se cayó un muro fraguado hace tanto, justo 30 años después de los amarres de una transición que para Pepe Cuevas significó ni perdón ni olvido, y justo 30 años después de la caída de los bloques de cemento en un Berlín lejano.

“Más poesía, menos yuta”, leemos en una pared de esas que van desde la Plaza de la Dignidad hasta La Moneda. Nicomedes Guzmán transformó en literatura “la sangre y la esperanza” y eso pareciera cubrir hoy el paisaje del “acontecimiento”. “La poesía está en la kalle” cuelga sobre tela roja desde los muros cerrados de la Biblioteca Nacional, y “La Revolución será feminista o no será” toma el pulso de la calle desde el frontis del GAM. Se ha acabado para siempre esa idea de la vida que se limpia a diario con aguarrás. Esos retazos sorprenden a Pepe mientras se pone su sombrero para capear el sol, cargando preguntas en hojas sueltas esparcidas en un maletín de cuero que cuelga de su hombro. Se saca la chaqueta café y caminamos despacito. Promete que irá a esa Plaza de la que se habla, que se cuidará del guanaco, las lacrimógenas, los balines, las molotov, el fuego. Tiene calle desde sus años en el Pedagógico de la Universidad de Chile, hasta donde llegó luego de un paso sin sentido por la Facultad de Derecho. Ahí pasó “años inolvidables”, llenos de una revolución intentada entre lecturas de una filosofía que siempre se ha negado a abandonar, ya sea a ras de suelo, por los tejados europeos o en una América Latina que, como él, tributa a la existencia insomne, sobre todo en Buenos Aires, acota.

En el “exilio interno” vivió de la escritura, la música, el taller, y por eso, hoy sus ojos brillan al pensar en la lucha de la juventud cansada de la bancarización de la vida, los abusos, el abandono; una juventud cansada de ver a sus abuelos, abuelas, madres y padres no llegar a fin de mes. De ahí que para resistir la desesperanza también cuajada hasta estos días, se ha develado que son buenos tiempos para la lírica. El quiere creer que este es sólo el comienzo en medio de una posmodernidad que nos empujó a formas fragmentadas que no dejaban ver esos hilos discursivos apuntalados en la gran historia. Hilos que hoy despuntan como las arpilleras hechas de hilachas: “Esto que ha ocurrido desde el 18 de octubre es un acontecimiento impagable e inesperado, que esa juventud vaya recuperando el sentido de la primera parte del 70 es una magia que nadie se esperaba, es histórica. No murieron esos tres años maravillosos, sino que viven. Si nos centramos en la derrota no llegamos muy lejos, pero al recoger de otra manera esos tres años de los trabajadores chilenos no podemos pensar en derrota”.

Un presente continuo

No hay derrota posible cuando son millones lo que repudiaron a quien un día en un mall de La Dehesa gritaba: “¡Váyanse a su población, rotos de mierda!”. Pepe abre sus ojos claros para enfatizar que ese solo grito de odio, conectado con la Colonia interminable, dio cuenta de por qué es vital enrostrar que la desigualdad perpetúa la violencia, el dolor y la impunidad. Lo dice mientras nos acercamos a las cuatro de la tarde, cuando la Alameda comienza su metamorfosis, pasando lista a las banderas que reemplazan a micros, taxis, autos, oficinistas. La escena es, para el poeta, como retomar un presente continuo bordado por una resistencia al neoliberalismo y las condiciones objetivas de un sistema que parecía impenetrable para quienes prefirieron los salones y el terciopelo del simulacro, la cocina.

Crédito: Alejandra Fuenzalida

“Los partidos políticos no están a la altura. Deben trabajar desde abajo. Nosotros hicimos eso en las poblaciones y es algo que aprendí a partir de largas conversaciones, cuando viví siendo adolescente en Las Condes, y nos juntábamos con personas tan inteligentes como mi amigo Ricardo Pincheira, que era estudiante de Medicina, socialista y del GAP, y que cuando tenía 26 lo sacaron de La Moneda y nunca más se supo de su paradero”, recuerda. Por eso, insiste, hay quienes se han quedado fuera de los acomodos desde siempre, como él o Enrique Lihn, Jorge Teillier —su gran amigo—, Rodrigo Lira, Pablo de Rokha, Juan Luis Martínez o Rosabetty Muñoz, recordada por Pepe cada tanto mientras busca la crónica de estos días en que la sangre ha estado teñida de torturas, ojos cegados, muertes, y la esperanza se ha pintado en carteles, grafitis, bailes: “No son 30 pesos, son 30 años”, “Lucha como Marta Brunet”, “Falsa calma”, “Con bastidor y aguja, con cacerola y cuchara, seguiré luchando”, “No + Sename”, “Piedra contra la bala”, “Milico asesino, tu hijo es mi compañero de clase”, “Recuperamos la palabra pueblo”.

Desde la publicación Treinta poemas del ex-poeta José Ángel Cuevas, de comienzos de los 90, ha pasado mucho y, sin embargo, este expoeta no ha dejado de escribir para que nada pase de largo. “Estoy escribiendo un libro sobre lo que está pasando; mira, te leo algo: Vivo en una pieza mugrienta, con un chal colgado en la ventana y qué, más allá se ve el cuadro de un pueblo del sur, palos parados que afirman mi cama solitaria, todo está lleno de libros viejos (…), sueño y sueño, que salgo por las cordilleras nevadas con todos mis amigos, y que vamos volando por la inmensidad”. Para seguirlo sólo basta leer algunos de sus libros, rastreando ese viaje: Efectos personales y dominios públicos (1979), Canciones rock para chilenos (1987), Cantos amorosos y patrióticos (1988), Poesía de la comisión liquidadora, (LOM, 1997), Diario de la ciudad ardiente (LOM, 1998), Autobiografía de un ex tremista, (La Calabaza del Diablo, 2009), Poesía del American Bar (Hebra Editorial, 2012), Maquinaria Chile: Y otras escenas de poesía política (LOM, 2012).

Conciencia callejera

Pepe Cuevas se aferra al lienzo rojo, marco de un retrato necesario. Pareciera que va a salir volando, como esa imagen que le da por perseguir en sus letras postoctubre. “Comencé a pensar en este libro inmediatamente, en forma inconsciente, cuando los jóvenes sacan esta voz. La voz de los jóvenes está recuperando la historia, porque la historia estaba muerta, la historia fue borrada, la taparon; toda la gente ha estado preocupada por consumir, del mall, los autos. Es complicado comprenderlo todo. Los medios manejan muy bien las noticias de los delincuentes y están los indiferentes, pero está también esa gran mayoría de hijos y nietos de los que lucharon e hicieron los años maravillosos del gobierno de la UP. Y aquí puede pasar algo muy importante, que se abra la luz. Uno pensaba que nunca iba a pasar esto, uno pensaba que el gol estaba metido y había un distanciamiento total”, dice para reírse con sus ojos y hablar de sus tres hijos.

Es en ese momento donde leemos Los desarrapados, publicado en Poesía de la comisión liquidadora (LOM, 1997), un poema para el final de un tiempo: “Viajan los desarrapados del capitalismo salvaje/a la luz de los grandes letreros/que nadie lee/ni las puertas abiertas/de los Shopping Mall/como nichos del Mal/el mundo revirtió acá/nuestro mundo/cordillerano/guarnición zapato de hierro/Ey,/No pregunten nada”. Y es que, reconoce,“creo que he sido uno de los pocos poetas que ha luchado por mantener en la conciencia nacional la conciencia de los trabajadores, el crimen y el asesinato tremendo de nuestro sector, a pesar de que luego vino la modernidad y la posmodernidad. ‘Pepe sigue con la misma, me tiene cabreado’, decían muchos, pero no callé”.

Crédito: Alejandra Fuenzalida

Y no lo hizo nunca, como en el poema «El hijo de puta Mondaca», en Poesía de la banda posmo (La Calabaza del Diablo, 2019): Oye, ¿qué le pasó al mundo? Nada. Solo que la URSS cayó definitivamente, sí, sí/y el proletariado/con Lelin/Stalin/Zinoviev./La Invencible Revolución de Octubre/que le decían./Obrero/Campesina: Unión Soviética. ¡Ey! Cayó./Sin pena ni gloria. Hoz y martillo rojos como la sangre./¡Ay qué bello es el mundo/Con sus calamidades/ y desastres!/ Chile que está en la línea de las Altas Montañas,/cayéndose al Pacífico y también le pasó, lo que le pasó…,/querían socialismo los perlas, estatitizar la Banca y los 91/monopolios al Estado/1/2 litro de leche. Quitar fundos a los ricos/del Sur. Disolver los Grupos Económicos Matte/Vial/Yarur/Cruzat/Edwards/Larraín./¡Ay, ay, ay!/Los ricos les sacaron la cresta y media, colgados/de unos fierros/metiéndoles corriente en los testículos,/y los soldados de la Patria/casi veinte años, hicieron/el trabajito sucio”.

Son las cinco y en la Plaza de la Dignidad se anticipa la escena para un Chile de incertidumbre, de tanto, tanto ruido, que alcanza un país entero. Lo alcanza para que no se duerma y para que cuando acabe el piqueteo de latas y cemento no se pierda la huella que ha dejado. La ciudad es una metáfora, coincidimos. José Ángel Cuevas baja las escalinatas de la Biblioteca Nacional y el lienzo rojo se detiene un segundo; ahí es cuando nos cruza un viento extraño, uno que él agradece para así poder seguir, dice, su camino, sin rendición posible, hacia la plaza de la historia.

Ricardo Ffrench-Davis: “Cuidado con seguir abusando de la paciencia de la gente”

Las últimas semanas han inquietado al economista, Chicago boy disidente y Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad de Chile. No sólo lo ha impresionado la creatividad de la protesta y lo ha conmocionado la violencia, sino que también lo ha interpelado la respuesta de la política, que hasta ahora mantiene la inercia que le ha “sacado los choros del canasto” a ciudadanos y ciudadanas que hoy claman por el cambio del modelo económico. ¿Se pueden hacer reformas estructurales al neoliberalismo? Es perfectamente posible, dice el Doctor en Economía.

Por Jennifer Abate C.

—¿Cuáles son sus reflexiones tras estas semanas de estallido social en Chile?

Primero, estoy impactado por la intensidad y la variedad de las manifestaciones y de las profundas virtudes que tienen para que Chile mejore en el futuro, e impresionado por la cara negra de la destrucción, que está dañando a la mayoría de los chilenos y mucho más a los vulnerables. La segunda reflexión es que veníamos acumulando insatisfacciones, con varios colegas estábamos advirtiendo hace tiempo que hay que acelerar ciertos ritmos para que Chile avance hacia el desarrollo, que implica un buen empleo, buena situación en el hogar, mejoras persistentes a través del tiempo. Esto había sucedido en alguna proporción muy positiva en algunos años desde el retorno a la democracia, pero después se había ido debilitando y hemos ido perdiendo fuerza.

El jueves 28 de noviembre, un grupo de economistas, entre los que está Roberto Zahler, Carlos Ominami, Claudia Sanhueza, Andras Utthof y usted, entregó una serie de propuestas para potenciar la agenda social en Chile. ¿A qué tipo de medidas apunta este texto, que pone el acento en pensiones, salud y empleo?

Somos un grupo de economistas de centroizquierda decididos a aportar para ayudar a que mejoremos el futuro en vez de empeorarlo. Nos hemos centrado en el crecimiento. ¿Qué significa crecimiento? Es mejorar situaciones de empleo, posibilitar el aumento de los salarios. Es un tremendo error pensar que sólo los neoliberales quieren crecimiento. Los neoliberales han sido malazos en el crecimiento, la dictadura no dio crecimiento para la mayoría de los chilenos, dio poquito; poco concentrado en pocos, lo que significó enriquecimiento de unos y empobrecimiento de la mayoría del país.

O sea, buscan que la idea del crecimiento económico no sea sólo patrimonio de la derecha.

Es patrimonio de la centroizquierda: los primeros nueve años de democracia crecimos a más del doble de la velocidad de la dictadura, mejoraron los salarios, las cifras de pobreza se redujeron a la mitad. Nosotros sabemos hacer eso mucho mejor que la derecha, pero en estos últimos veinte años hemos perdido velocidad. Ampliamos el espacio de lo posible y no lo estamos aprovechando. Estamos entregando ciertas herramientas que debería usar la autoridad económica y que han sido entregadas al mercado. La autoridad no puede ser un súbdito de los caprichos del mercado, sobre todo cuando se trata del mercado especulativo. Un buen país no puede vivir, no puede mantenerse si está en las manos de la especulación financiera.

Crédito: Alejandra Fuenzalida

¿De qué manera se relaciona la especulación financiera de la que habla con las crisis del modelo neoliberal?

La globalización pasa por las exportaciones, la inversión extranjera crece mucho cruzando fronteras, y en los últimos 20 años lo que creció abrumadoramente fueron los flujos financieros. ¿Qué es esto? Plata de algunos entes inversionistas en Nueva York, California o Londres que se comienzan a invertir en la bolsa chilena, en la bolsa argentina, etc., y entran a comprar acciones, les prestan plata a las empresas de distintos países y le compran bonos. Eso se llama flujo financiero internacional. El problema es que esas platas son muy volátiles, llegan a veces con mucho entusiasmo y de repente se van para otro lado. Si uno se acostumbró a esa plata, ¿qué sucede cuando no llega? El dólar se abarata porque llega la moneda extranjera, hay más importaciones de bienes de consumo (las platas financieras no van a la inversión productiva, van al consumo de lo importado) y lo importado no lo producimos nosotros, lo producen otros. Si uno empieza a comprar muchos productos importados está castigando a los productores chilenos, se empieza a reemplazar una cosa por otra y se va produciendo este fenómeno que nos deja con escasez de algo a lo que nos habíamos acostumbrado. Eso produce desempleo, baja de salario y ha sucedido muy frecuentemente. En los últimos 20 años ha ocurrido cuatro, cinco veces en América Latina y en Chile.

“Los neoliberales han sido malazos en el crecimiento, la dictadura no dio crecimiento para la mayoría de los chilenos, dio poquito; poco concentrado en pocos, lo que significó enriquecimiento de unos y empobrecimiento de la mayoría del país”

De alguna manera deberíamos salir del paradigma de que el mercado “sabe” y que puede decidir por cuenta propia. Lo que hemos visto en los últimos años es precisamente eso, que la política dejó de tomar decisiones que quedaron sólo en manos del mercado. En ese contexto, ¿qué posibilidades reales tenemos hoy de que se instale con fuerza la disputa por el modelo económico que nos rige?

Bueno, el tema no sólo está en Chile, todos estamos pensando con qué se reemplaza el neoliberalismo. La decisión no es entre “mercado y no mercado”, sino sobre qué mercado y quién manda en lo estratégico, y ahí están las políticas públicas, un conjunto de políticas públicas que deben empujar una transformación productiva. Tenemos una torta chica y hay que agrandarla creciendo en los sectores bajos y medios y reduciendo la volatilidad y la informalidad. ¿Son estas cosas posibles? Claro que es posible. Lo hicieron en su época los europeos en la posguerra con una economía destruida. Reconstruyeron un sistema de manera inclusiva, con participación muy importante de los trabajadores. Son cosas posibles y no hay que creer eso de que “en estos tiempos no se puede porque está la globalización”.

O sea, ¿no se trata de un camino sin salida?

Tenemos que corregir la globalización. No podemos cambiar la globalización del mundo, pero podemos manejar lo que entra a nuestro mercado interno; no podemos manejar qué les pasa a nuestras exportaciones afuera, va a depender de lo que pase en el mercado de demanda del cobre, qué se yo, pero adentro podemos hacerlo, lo hicimos entre el 90 y el 96.

Y en términos concretos, ¿cómo se cambia un modelo político y económico?

Tenemos que corregir la Constitución, que daba algunos espacios, pero quitaba otros. Pudimos avanzar en los 90 con esa Constitución, pero te ponía trabas. La nueva Constitución no debería poner esas trabas, debería abrir espacios.

Usted suele hablar de gradualidad y respecto a la consigna “no son 30 pesos, son 30 años” ha dicho que las últimas tres décadas no han sido homogéneas en nuestro país, que ha habido avances y retrocesos, pero que definitivamente no enfrentamos el mismo panorama que teníamos cuando se derrocó la dictadura.

Sí, decir que no pasó nada en 30 años es un profundo desconocimiento de la realidad y cuando uno desconoce la realidad se dispara a los pies, es un suicidio. De partida, los 30 años perdonan a la dictadura, y los 17 años de la dictadura dejaron profundas huellas regresivas y una torta mediocre, lo que se llama el PIB, el Producto Interno Bruto. Durante los primeros años de la democracia crecimos, la torta se agrandó, aumentó el empleo, la desocupación disminuyó y se acortó la brecha de salarios entre hombres y mujeres. En los 90 controlamos los mercados financieros, el Banco Central puso barreras a los flujos especulativos, subió los impuestos, les puso impuestos a las empresas, pero tuvimos que esperar otros 20 años para la reforma que hizo la presidenta Bachelet. Tuvimos que esperar 24 largos años y deberíamos haber hecho reformas tributarias cada diez años, razonables, graduales, que van preparando el terreno. Hacer eso en el momento oportuno hace una gran, gran diferencia.

“(Sobre la crisis)Creo que lo que sucedió es que se iban detectando problemas y se iban tirando para adelante. Hubo inercia en educación, inercia en el Sename, inercia en lo tributario, inercia en la capacitación laboral, inercia en las pensiones”.

¿Cree que lo que estamos viendo actualmente tiene que ver con una acumulación de insatisfacción producida por todas esas medidas que no se tomaron a tiempo?

Creo que lo que sucedió es que se iban detectando problemas y se iban tirando para adelante. Hubo inercia en educación, inercia en el Sename, inercia en lo tributario, inercia en la capacitación laboral, inercia en las pensiones. Recién en 2008 tuvimos una gran reforma con la presidenta Bachelet y eso fue un salto cuántico, significativo, pero no llegó a la meta, la meta estaba más adelante.

Ha mencionado en varias ocasiones a la presidenta Bachelet y hace algunos meses se refirió a las críticas que ella recibió por su manejo económico a pesar de que sus cifras no habían sido tan escuálidas. ¿Cree que el actual estallido pudo haberle ocurrido a la presidenta Bachelet o a otro presidente antes que ella o tiene que ver con las características del gobierno del presidente Piñera?

Me saca mucho de mi ámbito de entrenamiento. Creo que ha habido un cúmulo de errores en los proyectos de reforma, partieron mal, varios de ellos sacaron los choros del canasto y después hubo inercia para responder oportunamente. Como he repetido en los años 96 y 97, “cuidado con seguir abusando de la paciencia de la gente”. Todos los gobiernos, desde el actual hasta finales de los 90, fueron deficientes en el manejo macroeconómico, no tomaron medidas suficientemente adecuadas para librarnos de estas fluctuaciones, de esta especulación proveniente del exterior. Nos abrimos de brazos frente a eso.  

Esta entrevista es una breve síntesis de la que se realizó el 29 de noviembre de 2019 en el programa radial Palabra Pública de Radio Universidad de Chile, 102.5.

Violencia política sexual y la reivindicación del foro público para las mujeres

Por Silvana del Valle Bustos

La etapa postdictatorial chilena se ha caracterizado por un continuo de violación a los derechos humanos de mujeres y niñas, lo que se refleja en dos situaciones constantes y sistemáticas. Por un lado, la violencia política sexual (VPS) y, por otro, la impunidad en crímenes cometidos en contra nuestra. Ambas realidades se retroalimentan en una ordenación neoliberal y patriarcal que sólo puede ser desestructurada por nuestra propia acción.

La VPS ha sido definida como aquella acción violenta de carácter sexual o sexista, dirigida contra las mujeres por el hecho de serlo, y que busca desanimarnos de participar en política, como señaló en 2016 el National Democratic Institute, menoscabando o anulando nuestros derechos. Al extender el análisis, podemos señalar que la VPS cumple un doble objetivo: castigar a las mujeres, jóvenes, niñes y disidentes sexuales por su participación pública, eliminándoles de la misma, y permitir con ello que los grupos privilegiados dominen a los pueblos, con un especial ataque a las etnias, razas y clases consideradas peligrosas, y en específico a las mujeres pertenecientes a tales identidades. Como consecuencia de esta agresión, no sólo se logran tales objetivos, sino que además se impide que mujeres y niñas podamos influir en el foro público y que aportemos con nuestras propuestas políticas a la eliminación de las estructuras de dominación y opresión.

“Si ante el temor que nos genera la violación nos protegemos restándonos de los espacios en que puede ocurrir, ¿cómo podremos participar en el debate y las acciones sobre nuestro futuro como sociedad?”

Las razones por las que el castigo político durante conflictos armados ha sido dirigido hacia el cuerpo-mujer se encuentra en la significación que se le da a nuestra sexualidad y nuestra posición como género en la sociedad (Catherine MacKinnon). Es el peligro que representamos como extensión de la vida y resistencia a la muerte lo que se intenta anular. Y es por ello también que la VPS puede abarcar a cuerpos identificados con aquello que difiere del cuerpo-varón hegemónico (blanco, heterosexual y rico), a fin de castigarles por su feminización, o bien feminizarlos para otorgarles el menor valor que el patriarcado asigna al cuerpo femenino. Así, la VPS en conflictos con alto grado de violencia, como el que estamos viviendo desde el 18 de octubre en Chile, se realiza a través de actos colectivos, públicos y no aislados, muchas veces asociados a otras humillaciones específicas dirigidas contra aquella otra identidad desvalorada que la persona agredida posee. La VPS revela, entonces, un modus operandi en su masividad y asociación a otras formas de violencia. Por eso no es de extrañar que en Chile los ya al menos 70 casos de VPS denunciados al Indh vayan aparejados de ya más de 250 mutilaciones oculares a manos de Carabineros.

Crédito: Amanda Aravena – Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres

No obstante, lo más complejo para mujeres y niñas no es que la VPS se trate de una estrategia dirigida en nuestra contra. Se ha documentado que en acciones de guerra, como las ocurridas en Vietnam, los soldados, tras violar y asesinar a mujeres, al ser interrogados indicaban que habían recibido órdenes de matar pero no de violar. Esto implicaría que la VPS como tipo penal internacional puede cometerse como estrategia (bajo órdenes) o como una práctica tolerada por el contexto social (Elizabeth Jean Wood). Pero más allá de los tipos penales, lo preocupante es que, siendo la VPS una práctica tolerada por la estructura social, lo sea en cualquier tiempo y no sólo en tiempos de guerra o crisis. He ahí el carácter político per se de la violación sexual, “un proceso consciente de intimidación por medio del cual todos los hombres mantienen a todas las mujeres en un estado de temor” (Susan Brownmiller). Si ante el temor que nos genera la violación nos protegemos restándonos de los espacios en que puede ocurrir, ¿cómo podremos participar en el debate y las acciones sobre nuestro futuro como sociedad? Por ello, que la VPS ocurra permanentemente en tiempos de la llamada “paz”, como demuestran las 284 denuncias de violencia sexual cometidas contra mujeres pertenecientes a las Fuerzas Armadas y de Orden chilenas entre 2010 y 2018 (El Desconcierto), y el 44,4% de parlamentarias a nivel mundial que han recibido amenazas de muerte, violación o palizas (Unión Interparlamentaria), es altamente peligroso. La impunidad, así, está asegurada.

«La persistencia en nuestra lucha, que nos ha permitido nombrar la VPS cometida por el Estado, hoy más preocupado de la destrucción del capital que de la vida, nos permitirá seguir saliendo a las calles a mujeres y niñas»

Finalmente, el ciclo de impunidad se cierra en VPS cuando hombres del mismo grupo atacado participan en las violaciones, como se documentó respecto de Sendero Luminoso y Tupac Amaru en tiempos de Fujimori en Perú. Si la basurización de nuestros cuerpos (Rocío Santiesteban) es confirmada por nuestros propios “aliados”, la expulsión de nuestras vidas del debate político se sella. Entonces, que no sepamos las cantidades exactas de agresiones sexuales en conflictos como el de Guatemala (1.400 a 9.400) o Yugoslavia (14.600 a 60.000) o que sólo se haya llegado a una miserable condena en Chile por tortura “con connotación sexual” durante la dictadura de Pinochet, es parte de la misma VPS como práctica socialmente tolerada.

Crédito: Amanda Aravena – Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres

En este escenario, sin embargo, la politicidad de las mujeres ha sido fundamental para denunciar la impunidad, que impide tanto castigar a todos los violadores de DD.HH. tras 1973 como conocer las razones de las muertes de muchísimas mujeres catalogadas por el Estado como “hallazgo de cadáver” o incluso suicidio, pese a ser encontradas flotando en ríos, con bolsas plásticas en su cabeza, quemadas o envenenadas (Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres). La persistencia en nuestra lucha, que nos ha permitido nombrar la VPS cometida por el Estado, hoy más preocupado de la destrucción del capital que de la vida, nos permitirá seguir saliendo a las calles a mujeres y niñas. Nos permitirá encontrar los cuerpos de Tanya Aciares de Copiapó y Paola Alvarado de Curacautín, asesinadas por violadores y femicidas antes del estallido social, y que el Estado de Chile se niega a buscar. Nos permitirá, en definitiva, seguir construyendo nuestra propia justicia.

Proceso constituyente y educación: abramos el futuro

Por Víctor Orellana C.

A menudo se piensa que la contradicción fundamental del debate constituyente en educación está entre Estado y mercado. Sin embargo, la verdadera contradicción es entre mercado educativo (Estado subsidiario) y democracia educativa (Estado garante). Sólo entonces podemos imaginar una nueva educación pública. Veamos.

Durante el siglo XX Chile optó por un Estado Docente que nos dio un merecido prestigio. Sin embargo, nunca fue universal ni igualitario. Tuvo un desarrollo incompleto, segregado e inorgánico. Además, como escribió Gabriela Mistral, sufrió de vicios de centralismo y falta de democracia.

Por ello el cultivo de la vida individual y social se dio principalmente en instituciones no democráticas. La familia patriarcal (muchas veces monoparental) o el inquilinaje en el agro formaron a la mayor parte del pueblo chileno hasta mediados del siglo XX.

Por eso, en los sesenta, la sociedad chilena estaba disconforme. No es casualidad entonces la Reforma Agraria o la planificación familiar. Menos que recién con la reforma escolar del 65, la ENU de la UP —que no era un proyecto de adoctrinamiento marxista, como se dijo— y la reforma universitaria del 67, se discutieran seriamente las bases de una educación pública, moderna y democrática.

Chile empezaba de verdad a ser una República. Al mismo tiempo que el familismo patriarcial era cuestionado, se planteó la necesidad de abrir la educación estatal a la nueva sociedad que surgía en esa convulsa década. Fue el inicio de una interesante democracia docente.

Como se sabe, este proceso fue interrumpido en 1973, y los avances descritos serían revertidos con la idea de subsidiariedad: las “familias” tendrían que elegir opciones en el mercado educativo. De un lado, esto permitía reponer el control de la familia patriarcal; y de otro, abriría un mercado educativo bajo la promesa de más calidad —por la competencia— e igualdad —por el acceso.

Bajo este arreglo, que profundizaron los gobiernos civiles, el mercado expandió la educación formal incluso más rápido de lo previsto. Pero el precio a pagar fue la construcción de un sistema segregado, caro y de baja calidad promedio. La educación funcionaría más como explotación rentista que como enseñanza-aprendizaje. De ahí la ironía de una sociedad sobre-escolarizada y sub-educada.

“El mercado expandió la educación formal incluso más rápido de lo previsto. Pero el precio a pagar fue la construcción de un sistema segregado, caro y de baja calidad promedio”

Si se mira el problema globalmente, el agotamiento del Estado Docente en los sesenta pudo haber sido dirigido tanto a proyectos de expansión de la democracia —reformas de los sesenta— como de mercado —reforma dictatorial. El Estado puede ser base de procesos de mercantilización o servir a procesos de democratización. Estado no se opone a mercado, necesariamente.

Lejos de sus ideologismos, la educación privada en Chile sólo ha sido viable gracias al Estado: universidades de transnacionales reclaman dineros estatales por su “rol público” pues atienden a públicos “focalizados” y “vulnerables”. Este es el Estado subsidiario del que tenemos que salir, incluida su maraña de justificaciones tecnocráticas y loas al management como falsa base científica de política pública.

Dicho esto, resulta impracticable un retorno al viejo Estado Docente, dado que sus supuestos socioculturales —el pacto familia/escuela— ya han sido superados. Hay que ir más allá, apropiándonos hoy de la discusión de los sesenta.

Caminamos a una época en que muchas funciones individuales de la parentalidad y maternidad tenderán a socializarse como responsabilidad colectiva por las nuevas generaciones. Emergen nuevas formas de familia, así como también nuevas formas de amor y de creación de la vida. Enhorabuena que así sea.

También es cada vez es más difícil diferenciar aula y sociedad. La cooperación humana que permiten las nuevas tecnologías, el acopio y uso directo de los saberes humanos —de lo que Marx llamara intelecto social han cambiado para siempre la relación entre individuo y cultura. Hoy la sociedad completa es el aula.

Crédito: Felipe PoGa

La tarea de la educación pública en el siglo XXI no es volver atrás: es liderar estas tendencias para que sean espacio de libertad y no el simple “extractivismo de humanidad” que ha hecho el neoliberalismo. No es casualidad que coincidan lucha feminista y lucha por la educación: en ambas se anuncia un concepto más universal de libertad humana. Una nueva relación entre individuo, familia y sociedad.

Hay que repensar desde su núcleo el hecho pedagógico y el sentido de la universidad. Salir de la jaula tecnocrática del management para entender que no se trata de aislar el “contexto escolar” del “efecto escuela” para producir más Simce, sino que es precisamente en ese “contexto escolar” donde se produce el aprendizaje y la vida. Ese contexto escolar se llama “sociedad” y allí debe enfocarse una nueva pedagogía para una nueva democracia.

Hemos de inventar un nuevo concepto de educación pública: uno que desborde el aula y atraviese de punta a cabo la vida social, en estrecha relación con un nuevo proyecto de desarrollo país. Que articule salud, educación y tiempo libre en instituciones abiertas y que nos acompañen a lo largo de toda la vida. Sólo entonces el actual apartheid educativo será superado por una vida en común más rica.

En Chile no existe la educación pública, malamente podríamos “fortalecerla”. Existe educación estatal subvencionada. La educación pública debe ser fundada y qué mejor oportunidad para hacerlo que la nueva constituyente.

El Estado subsidiario debe dar lugar a un Estado garante. Los edificios de la nueva educación pública deberán ser patrimonio de todos al mismo tiempo que sus trabajadores deberán ser funcionarios públicos. El financiamiento a la demanda debe ser reemplazado por aportes basales.

Pero, con todo, no reside en el Estado el carácter público de la educación, sino sólo su condición de posibilidad. Democracia docente implica entender la democracia como una característica de la sociedad más que del Estado y, por lo mismo, asumir la educación pública como un proceso libre de autoconstrucción social y cultural.

En definitiva, las principales páginas en la historia de la educación pública chilena no están en el pasado, están en el futuro. Chile ha sido tierra de experimentos. Llegó la hora de que el pueblo chileno inicie uno nuevo: el del fin del neoliberalismo y la construcción de una idea más avanzada de democracia.

Proceso constituyente. ¿Y ahora, qué?

El 15 de noviembre el mundo político celebró: finalmente existía un acuerdo para un proceso que discutiría desde cero una nueva Constitución. Pero casi enseguida comenzaron las dudas. ¿Qué significa la hoja en blanco? ¿Qué ocurrirá cuando la convención constituyente o mixta no llegue a acuerdos que abarquen a dos tercios de sus integrantes? ¿Cuál será el rol de la comisión técnica? ¿Cómo deberían enfrentar esto los ciudadanos y ciudadanas? Bárbara Sepúlveda, abogada, profesora de Derecho Constitucional y directora ejecutiva de Abofem (Asociación de Abogadas Feministas), y Javier Contesse, abogado, académico del Departamento de Ciencias Penales de la Facultad de Derecho de la U. de Chile y uno de los coordinadores de la Defensoría Jurídica de la Casa de Bello, responden estas y otras dudas, pero también manifiestan su preocupación por las señales del gobierno respecto a los informes internacionales que hablan de violaciones a los derechos humanos.

Por Jennifer Abate C.

Javier, quisiera partir por lo más contingente. Eres uno de los coordinadores de la Defensoría Jurídica de la U. de Chile, fuiste a Quito a la audiencia pública de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que analizó las violaciones a los derechos humanos en Chile. ¿Cómo evalúas la respuesta de las Fuerzas Armadas y del gobierno al informe de Amnistía Internacional, que señala “que los derechos humanos se están violando en Chile a través de ataques generalizados, usando la fuerza de manera innecesaria y excesiva con la intención de dañar y castigar a la población que se manifiesta?”

Primero, quisiera puntualizar que la Defensoría Jurídica de la U. de Chile es, ante todo y desde un inicio, una iniciativa estudiantil. Respecto a lo ocurrido con el informe de Amnistía Internacional y las diversas reacciones del mundo político y castrense, creo que la situación es bien preocupante por distintas razones. Uno puede discutir el mérito, el contenido del informe o si se formuló de manera apresurada, pero es fundamental entender que proviene de una organización internacional que tiene una legitimidad en el mundo de la protección de los DD.HH. que es irrefutable. Entonces, que la actitud sea, de inmediato, prácticamente de denostación del informe, es por ese solo hecho, grave.

Además, las Fuerzas Armadas se manifestaron públicamente, deliberando.

Javier: exacto, es bien inédito lo que acabamos de ver.

—¿Cuáles son los riesgos de la negación inmediata del contenido de este tipo de informes? Ya ocurrió una vez en nuestra historia que la institucionalidad política no reaccionó a tiempo ante la ocurrencia de violaciones a los derechos humanos, lo que forzó a las familias de las víctimas de la dictadura a buscar justicia por su cuenta.

Javier: En este tipo de circunstancias siempre aparece el riesgo de impunidad. Ese riesgo es menor, claramente, que en el periodo de la dictadura. Además, existe un riesgo inverso para el propio gobierno. Con los compromisos internacionales asumidos por el Estado de Chile y sobre todo con el compromiso asumido a nivel de derecho penal internacional, mientras el gobierno se mantenga en esta política de dificultamiento de la obtención de información por parte de organizaciones internacionales, cada vez se acerca más a la posibilidad de cumplir una eventual responsabilidad penal, y eso vale para quienes están a cargo de las fuerzas de seguridad y de orden, pero también vale para la autoridad política.

Bárbara: hay que decir que esta es una irresponsabilidad bastante grave de parte del gobierno, ya que es un deber internacional adquirido por la ratificación de todos los tratados que ya hemos firmado en Chile sobre DD.HH. Hace un par de semanas vimos cuál fue la presentación del Estado de Chile ante la CIDH y bueno, fue un papel bastante vergonzoso.

Entrando en el proceso constituyente anunciado por el mundo político, ¿podrían decirnos qué significa la aprobación del texto constitucional con acuerdos de dos tercios y hoja en blanco? Se los pregunto porque inicialmente nos convencimos de que esto implicaba partir desde cero, lo que esta semana ha sido refutado por, entre otros, el senador Andrés Allamand.

Javier: Los dos tercios tienen mala prensa para los dos lados porque, como quórum para una reforma constitucional, operan efectivamente como un cerrojo. Pero eso cambia radicalmente cuando se trabaja sobre una hoja en blanco, porque cuando esto ocurre, y eso es lo que Allamand está tratando de desfigurar, por así decirlo, aquello que no alcanza los dos tercios, no entra a la Constitución. La trampa de Allamand es decir que ahí permanece lo estipulado en la Constitución anterior. Pero si uno lee el acuerdo completo se da cuenta de que no es necesario que exista una regla que diga expresamente que si no se alcanzan los dos tercios el desacuerdo no queda en la Constitución, porque cuando se analiza sistemáticamente el cuerpo del texto, es claro que si no se alcanza el quórum, lo que resulta no forma parte del texto constitucional.

Bárbara: mira, yo creo que de todas maneras hay que hacer varios matices sobre lo que dice Javier, en particular, porque si bien el quórum de dos tercios ha sido utilizado en otros procesos constituyentes, hay otros tipos de acuerdo que cumplen con los mismos requisitos, como los tres quintos. Siento que hoy se da una suerte de blanqueamiento de los dos tercios. Estuvimos toda la vida criticándolo y parece que ahora no es tan malo. Pienso que es mucho más saludable tener un quórum de tres quintos, ya hemos visto ejemplos a nivel internacional de que funciona y hoy su aplicación significaría tener un equilibrio de las fuerzas políticas.

Javier: un sector de la derecha va a iniciar una campaña por tratar de desconocer el acuerdo por todas partes, pero el punto es que ese paso se dio y ahora hay que defender la consagración de la hoja en blanco.

Bárbara: estoy de acuerdo contigo en que es muy importante lo de la hoja, pero yo no utilizaría la expresión “ir a defender”, sino que hay que ir a exigir la hoja en blanco porque si no, de qué proceso constituyente estamos hablando. A pesar de que este es un acuerdo que está escrito, que firmó la mayoría de los partidos políticos, queda un gran actor que sigue siendo reemplazado y eso no podemos dejar de decirlo, sobre todo yo, que represento a la sociedad civil en esta instancia.

Ya fue nombrada la comisión técnica que definirá aspectos clave del proceso. ¿Qué les parecieron los nombres de las y los convocados?

Bárbara: Más los que las. Y van a definir cuestiones cruciales a pesar de que es una instancia que más o menos replica la idea del binominal, mitad y mitad, oposición y oficialismo. Cuando esto llegue al Congreso, no podemos llegar y cerrar las puertas, o sea, ahí habrá personas, representantes de la sociedad civil, representantes de la ciudadanía electos popularmente, que también tienen cosas que decir, y eso es una instancia bastante democrática para incorporar las voces que hoy en día están siendo continuamente desplazadas.

—¿Qué es lo que va a definir esa comisión técnica?

Javier: Por ejemplo, el modo. Vamos a tener que elegir constituyentes, representantes, pero hay una serie de cuestiones que hay que discutir. Por ejemplo, una cuestión de extrema relevancia es el tema de paridad. Esa pelea no la podemos dejar de dar, como el problema de representación de los pueblos indígenas. Ellos no pueden quedar fuera de la discusión pública. La comisión va a tomar decisiones muy importantes que van a confirmar o refutar las sospechas que razonablemente tiene la sociedad civil frente a este acuerdo.

¿Cuál es el rol de la sociedad civil, de las instituciones, de nosotros y nostras, en tanto ciudadanos y ciudadanas, de cara al proceso que vivirá nuestro país?

Javier: la sociedad civil tiene un rol fundamental, es EL actor. Por supuesto, la sociedad civil es un actor que no tiene una forma tan clara, se manifiesta de múltiples maneras, pero lo que ha estado pasando hasta el día de hoy, esto es, que la sociedad se movilice, que se reúna en asambleas autoconvocadas, en cabildos, que discuta, es algo que tiene que seguir pasando. Quisiera señalar, además, el tema de la impunidad. Estamos tratando de luchar contra eso y vamos a seguir inclementemente en esa tarea. Nada de lo que se decida puede inviabilizar lo que está pasando en materia de violación de los derechos humanos en nuestro país.

Bárbara: el llamado a la ciudadanía es a informarse, a seguir discutiendo, a presentar ideas y a no tener miedo de soñar un nuevo país. Eso es importante, porque estamos acostumbrados a hacerlo dentro de una cajita con límites impuestos, pero hoy tenemos la oportunidad histórica de poder definir las propias reglas del juego que nos vamos a dar, con nuestros principios, nuestros valores, con los derechos sociales y todo lo que queremos incorporar en la nueva Constitución, así que a seguir avanzando con alegría y con esperanza, que esto no se ha terminado.

Bárbara Sepúlveda, directora ejecutiva de Abofem
Javier Contesse, académico de la Facultad de Derecho de la U. de Chile

Esta entrevista es una breve síntesis de la que se realizó el 22 de noviembre de 2019 en el programa radial Palabra Pública de Radio Universidad de Chile, 102.5.

La crisis desde la mirada larga de la Historia

Con distintos énfasis, Azun Candina y Fernando Pairican, doctores en Historia y académicos de la U. de Chile y la Usach, respectivamente, parecen coincidir en una de las consignas con las que inició el movimiento social el 18 de octubre de este año: “no son 30 pesos, son 30 años”. Y quizás más, muchos más. La especialista en historia de las clases medias y el investigador del Centro de Estudios Interculturales e Indígenas se refieren en esta entrevista a los detonantes y a potenciales salidas para la crisis.

Por Jennifer Abate y Evelyn Erlij

Varios representantes del mundo político han dicho que nadie fue capaz de ver que esta crisis venía. Sin embargo, en 2017 Azun entrevistaba, para la revista Palabra Pública, al Premio Nacional de Historia Julio Pinto, quien advirtió: “hay una noción de que para que un Estado pueda existir y seguir funcionando debe contar, al menos, con el consentimiento de aquellos a quienes gobierna. Cuando la población o la sociedad deja de sentir que eso está ocurriendo, el Estado, el régimen político pierde legitimidad y creo que eso es lo que estamos experimentando hoy en Chile”. ¿Por qué creen que los tomadores de decisiones eligieron no ver lo que venía?

Azun: los estallidos sociales no tienen fecha agendada, pero lo que está ocurriendo no es ni inexplicable ni irracional ni imposible de prever. Si uno ve la gran movilización por la educación pública, la de los pueblos originarios, la del movimiento No+AFP, la del movimiento Andha Chile, se podría decir que todas involucraban una crítica de fondo a un modelo individualista, agobiante, subsidiario y no solidario, y todas apuntaban a lo que vemos ahora como la gran propuesta de esta movilización: un nuevo marco constitucional, un pacto diferente con el Estado y políticas públicas solidarias y redistributivas.

Fernando: uno no podía señalar cuándo iba a ocurrir esto, pero sí podía darse cuenta de que algo no estaba siendo normal, había síntomas de descontento. Para mí, lo más interesante de esto es la capacidad de las personas de autogobernarse inmediatamente y organizarse en sectores barriales, estudiantiles o del trabajo, lo que habla de una experiencia social acumulada y la capacidad de organizarse rápidamente para poder afrontar lo que está sucediendo. Lo que uno puede ver es que hay un cambio de lógica política: vas a la Plaza Italia y ya no vas a ver los escenarios con los líderes, eso ha cambiado.

—En esta lógica de movilización que no responde a una articulación tradicional, ¿quién canaliza las demandas?

Azun: una de las cosas que más me conmueve, que en lo personal me hace sentir parte de este movimiento y que me encanta de él es que no es de líderes personalistas, líderes carismáticos, líderes que encarnan todas las aspiraciones del pueblo. ¿Dónde está el líder acá? Somos todos líderes. Esta es una movilización que demuestra que la sociedad civil y sus organizaciones, tanto a nivel local, regional, de los distintos segmentos de la sociedad, estudiantes, barrios, la gente que se reúne en los municipios, no necesitan un padre que les dé órdenes.

Fernando: agregaría que esto se relaciona con la experiencia política del movimiento mapuche en su lógica de autonomía, que era una de las críticas que normalmente se le hacía. ¿Con quién dialogo? ¿Con quién hablo? Y uno tenía que explicar que había una forma política distinta de llevar adelante una movilización. Lo que uno ve en América Latina desde la década del 2000 es la irrupción de movimientos sociales, por lo menos en Brasil, Argentina y Bolivia, donde se van a lograr entender estas autonomías para poder conducirlas hacia una nueva forma política.

Una de las cosas que más me conmueve, que en lo personal me hace sentir parte de este movimiento y que me encanta de él es que no es de líderes personalistas, líderes carismáticos, líderes que encarnan todas las aspiraciones del pueblo” (Azun Candina)

Los estallidos sociales no son aislados en la historia de Chile y varios de ellos tuvieron como gatillo el alza de la tarifa de transporte. ¿Creen que esta crisis se parece a otras del pasado? Y si es así, ¿cómo se resolvieron en esos casos?

Azun: frente a un tipo de Estado que pone en primer lugar el control y el orden antes que el bienestar de los ciudadanos y la justicia social, no es de extrañar que en algún momento las sociedades estallen como ocurrió en las décadas de 1920, 1940 y 1950, sólo para hablar del siglo XX. Lo que parece no entender el gobierno actual es que esa estrategia represiva no le está funcionando. Si ustedes hablan con cualquier especialista en conflicto, violencia social, control, delincuencia, les va a decir que más mano dura, más cárceles y más policías no solucionan la conflictividad social, lo único que hacen es controlarla en el momento, pero hacen que el conflicto o la violencia se vuelvan más grandes.

Fernando: la experiencia de Bolivia, de las revueltas de 2001 y después de 2003, desembocaron en una asamblea constituyente y una nueva Constitución, y se abrieron las puertas para que llegara un gobierno con rostro indígena, que es la figura de Evo Morales. Hay una frase que a mí me gusta mucho, que es “de transitar de una República propietaria a una República comunitaria”. Me parece que eso le falta a Chile porque no hay horizonte. La clase política no tiene un relato, no hay un futuro, no sabe lo que quiere construir, te hablan del tema del trabajo, de la producción económica, las cifras, pero no hay un horizonte, y en ese sentido, lo de Bolivia me parece atractivo.

—La bandera mapuche ha estado muy presente en las movilizaciones. ¿A qué creen que se debe?

Fernando: yo creo que los jóvenes en este país han sido muy golpeados desde el 2011 por el Estado chileno, que ha ocupado la violencia contra los estudiantes secundarios en forma permanente, y por lo tanto tienen una niñez que ha sido violentada. Esa misma niñez o adolescencia en 2011 mostró que la bandera mapuche los representaba en distintos aspectos, porque hay un símil: el movimiento mapuche vivió unos diez años de dura represión, cárcel política y resistencia. La bandera de los mapuche parece un emblema que tal vez unifica las distintas negaciones de parte del Estado chileno. Investigué el siglo XIX para mi tesis doctoral y ahí ves a los militares que estaban a cargo de la ocupación de La Araucanía muy en el inicio, en el año 50, cuya violencia se reproduce posteriormente en la sociedad chilena. El Estado chileno es racista y luego se convierte en un Estado antiplebeyo y, por tanto, reprime de la misma manera al bajo pueblo.

Azun: es interesante, porque uno analiza los disturbios desde el estallido actual, pero el discurso estaba desde antes. Me refiero a esa estrategia discursiva que es muy propia de los gobiernos autoritarios, que es tratar de dividir a la población: están los buenos ciudadanos o buenos chilenos, y eso se parece mucho al discurso pinochetista. Esos chilenos, que son los buenos chilenos, están escandalizados, dolidos y afectados con todo esto que está pasando. Y están los malos chilenos, que son los vándalos y delincuentes. Una de las cosas que me sorprende es la valentía de la gente de este país, el valor; yo crecí en dictadura, le tengo miedo a los militares con metralleta, lo reconozco: cuando leí en las noticias que iban a sacar a los militares se me encogió el corazón, pero hoy las personas se enfrentan a los militares con una cacerola y una cuchara de palo y realmente me emociona hasta las lágrimas.

¿Cuáles son las posibles salidas para esta crisis social? ¿Cómo debería encausarse una potencial solución en un contexto de ausencia de líderes tradicionales?

Fernando: los historiadores nunca le atinan a la salida, hacemos buenos diagnósticos, somos buenos doctores, pero no tenemos la inyección. Los movimientos sociales tienen líderes colectivos que los representan en algún momento y creo que a lo mejor, como en Bolivia en la crisis del 2000 y 2003, habría que convocarlos y convocarlas a la conversación. Si uno escucha al movimiento estudiantil, tiene soluciones; el movimiento mapuche viene proponiendo soluciones a la crisis desde hace 20 años, el movimiento feminista también, entonces creo que hay que convocar a los múltiples liderazgos para conversar sobre esto.

Azun: estoy de acuerdo con Fernando, no es que no haya liderazgos o no haya proyectos, sino que son liderazgos colectivos. Tengo muy pocas esperanzas en este gobierno, lo único que espero es que disminuya los niveles de represión y que sea capaz de abrirse a este Chile que tenemos que construir. Sabemos que no lo van a hacer ellos porque a la derecha no le interesa construir este Chile, pero me importa que paren de reprimir y que abran una puerta para quienes queremos —que somos muchos, la mayoría— un país más justo y solidario.

Esta entrevista es una breve síntesis de la conversación que se realizó el 8 de noviembre de 2019 en el programa radial Palabra Pública de Radio Universidad de Chile, 102.5.

Svenska Arensburg, psicóloga: “El malestar ha mostrado que no es posible vivir en una sociedad que se mantiene en la inseguridad social”

El problema de la salud mental de los chilenos se instaló con fuerza este año, tras el reclamo de estudiantes universitarios frente a la carga académica y al aumento de casos de depresión y ansiedad. Las movilizaciones que estallaron en octubre pusieron otra vez este tema sobre la mesa: más allá de cómo lidiar con la incertidumbre de un país inestable, la psicóloga y académica de la Facultad de Ciencias Sociales, Svenska Arensburg, advierte cuán necesario es pensar un nuevo Chile donde la salud mental sea prioridad.

Por Florencia La Mura

En abril de este año, estudiantes de Arquitectura de la Universidad de Chile protestaron por lasobrecarga académica de sus carreras, denunciando casos extremos de estrés e incluso intentos de suicidio. A esto le siguió la Primera Encuesta Nacional Sobre Salud Mental Universitaria, donde se reveló que cerca de un 54% de los estudiantes chilenos ha sufrido de estrés y un 46% de ansiedad o depresión, datos que detonaron una conversación pendiente sobre la deuda de distintas instituciones en materias de salud mental, incluyendo al Estado

El enfoque sobre el tema durante estos días ha sido cómo sobrellevar las consecuencias psicológicas de la crisis política y social, y si bien el 81,4% de los trabajadores asevera tener problemas anímicos —de acuerdo a una encuesta de Laborum.com en la que participaron 1.476 personas—, los daños a la salud mental de los chilenos vienen acarreándose desde antes del 18 de octubre y se relacionan directamente con muchas de las demandas en seguridad social que la gente está pidiendo en las calles. Para la psicóloga y académica Svenka Arensburg esto siempre estuvo claro: el problema de la salud mental, dice, “lo arrastramos hace tiempo, y siempre ha sido el pariente pobre en las políticas de salud”.

—Además de las nuevas generaciones que se enfrentan a esta crisis, muchos sienten ecos de la experiencia emocional de los años de la dictadura, lo que lleva a una reaparición del trauma emocional. ¿Cómo se puede entender esta crisis, desde el punto de vista psicológico, entre quienes han vivido experiencias similares antes?

Cuando hablamos de traumas extremos en dictadura, son personas que vivieron situaciones de violencia, muertes, atropellos a los derechos humanos y pérdidas graves de vidas y modos de vida. Todo eso acarrea una memoria psíquica y también social. Esto afecta la manera en que nos relacionamos, en cómo confiamos en un otro, y en cómo depositamos nuestra palabra en un lugar colectivo. En el caso de la traumatización, el problema es que quienes hemos vivido una experiencia de violencia colectiva somos parte de generaciones completas que han estado sumidas en esa experiencia de trauma psicosocial. Por ende, en situaciones de estallido social, nos envuelve una emocionalidad ligada al imaginario catastrófico más que esperanzador. Hay un rompimiento de un cierto orden que permitía una predictibilidad de la vida. Experimentamos una situación crítica donde lo que entendemos como explicaciones válidas para resolver conflictos cotidianos ya no sirven, y empezamos a tener experiencias que creemos anormales, cuando en rigor son normales dentro del caos. Cuando alguien arrastra una memoria de trauma social comienza a revivir experiencias y el conjunto de secuelas psicológicas y emocionales que me acarrea esa experiencia se actualizan, esto altera la toma de decisiones y construccion de vida cotidiana. La ayuda va en distintos planos, lo primero es asumir que todos y todas estamos en situación de crisis, viviendo esa violencia, directa o indirectamente. Para las generaciones que vivieron la dictadura, esa emocionalidad vuelve a estar presente, sin olvidar que  los jóvenes también sienten temor. La diferencia es cómo actuamos, si nos encerramos o salimos al espacio público, si confiamos en él.

—¿Y como, de manera general, se puede enfrentar mejor el día a dia en este contexto?

La ayuda tiene que ver con propiciar espacios de diálogo, de conversación, para ponerle palabras a los sucesos que vivimos y que muchas veces nos dejan sin lugar, sin palabras, sin posibilidad de encontrarnos o como espectadores impotentes de una devastación. El apoyo debe venir de personas específicas en el espacio privado, pero también en espacios laborales, educativos, institucionales y desde lo colectivo. Asimismo, es importante el rol de los medios de comunicación, en cuanto a cómo trabajan en contra de la lógica del rumor, en contra de propiciar el pánico y cómo van reconstruyendo un discurso que va tejiendo un sentido que nos permita entender el lugar de cada una de las violencias. No es lo mismo la violencia que emana del conflicto social a una que emana del Estado o de las movilizaciones colectivas.

—Dentro de las luchas está la exigencia de darle una mayor importancia a la salud mental, discusión que viene desde hace meses, sobre todo a partir de las manifestaciones de estudiantes frente a la carga académica. Eso abrió un debate en torno al estado mental de estudiantes y trabajadores. ¿Cómo evoluciona esa discusión hasta el momento crítico que estamos vivimos hoy?

Nuestro bienestar y calidad de vida es parte integral de lo que tenemos que pensar como sociedad, porque nuestra seguridad e integridad se juega en este registro. Cuando hablamos de salud mental el espectro es amplio y complejo, y se plantea como un área de trabajo de política pública en distintos aspectos. La salud mental tiene que ver con las consecuencias que tiene nuestra forma de vida, con la lógica competitiva que nos tuvo saturados estos últimos 30 años. Tiene que ver con cómo soportamos el trabajo, el estudio, la familia y las presiones que eso significa, y tiene consecuencias en lo psicológico y a nivel de vínculo con los otros. En ese sentido, parece bien interesante que no nos hayamos olvidado de la salud mental ahora que estamos poniendo las distintas dimensiones que la desigualdad nos ha impuesto. Requerimos urgente un proceso de levantamiento, análisis y discusión al respecto.

—Derechos sociales como salud, vivienda y trabajo son la base de una sociedad estable, no solo en términos económicos, sino mentales. ¿Cómo puede ayudar la psicología, no sólo desde la psicoterapia individual, a hacer entender su importancia?

Es importante pensar la contribución de la psicología, entendiendo que no es sólo un dispositivo clínico focalizado en la atención terapéutica individual. Desde su origen, el mismo Freud dice que la psicología es una pregunta individual, psíquica y a la vez social. Cada vez que nos preguntamos por quiénes somos, qué es lo que nos hace sufrir y cómo transformamos las condiciones para que ese sufrimiento cese, lo hacemos tanto en lo interno como también en lo que envuelve el conjunto de las relaciones con las que se vincula esa persona y el modo en que una época, una sociedad, nos deja situados en ciertos nichos, que muchas veces tienen que ver con lógicas de segregación que en sí mismas producen sufrimiento, y eso ya lo sabemos con las disidencias sexuales. Cuando se hacen los estudios sobre sus formas de sufrimiento, se llega a la conclusión de que esa persona sufre porque su identidad es causa de un conjunto de estigmas que le dan una forma de vida insegura, donde tiene que enfrentar situaciones de peligro e incluso crímenes de odio. El padecimiento psicológico de esa persona es resultado de un proceso social y cultural que ha cerrado las puertas a una forma de vida vivible bajo su orientación sexual. También lo vemos en las mujeres con las dobles o triples jornadas que tenemos que experimentar, tanto para cautelar el espacio privado familiar como el laboral y público, y cómo eso nos deja en un lugar de sufrimiento frente a lo que significa ser mujer en esta sociedad. Frente a eso, lo que se llama la «psicología de los pueblos» también es un área importante a recuperar hoy día como reflexión. También la psicología social y comunitaria, que surgen de esta anterior, y que se preguntan por los procesos psicológicos colectivos. A veces desaparece ese “colectivo” cuando hemos estado en sociedades altamente individualizadas como en Chile.

—¿Cómo regresa lo colectivo en medio de este estallido social?

Lo que produce este estallido es que pone en el espacio público a esa colectividad, que quiere pensar y reflexionar sobre sus propios sufrimientos de forma colectiva. Qué estamos demandando colectivamente, hasta qué punto llegamos soportamos el sufrimiento que producía esta desigualdad y frente a la que hoy dijimos «basta»; cómo se hizo posible ese proceso y qué es lo que ahora podemos ser capaces de leer para elaborar un nuevo tejido social. Me parece que la psicología es una herramienta para pensar ese proceso mental colectivo, para poder conectar. El malestar social nos ha mostrado que no es posible vivir en una sociedad que se mantiene en la inseguridad social. Requerimos un piso básico, una vivienda, salud integral y educación.

—En la prensa han aparecido artículos que demuestran preocupación por la salud mental en medio del estallido social. Ya que la deuda de Chile con este tema tiene larga data, ¿cómo podemos observar este fenómeno sin aislarlo de la precaria atención a la salud mental que existe desde antes de las protestas?

El problema de la salud mental lo arrastramos hace tiempo. Siempre ha sido el pariente pobre en las políticas de salud y ha estado precarizada, con una falta de recursos inmensa y altamente restringida. Sólo pueden acceder a planes de salud mental aquellos más afectados, por sus patologías y por no tener acceso a salud privada. El resto debe velar por sí mismo porque no hay una política integral de salud que abarque a todos, por lo que este tema no es visto desde una política integral. La expectativa es que ojalá la salud mental fuera un foco que abordado desde todos los ámbitos: en la calidad de vida, en el modo en que los directivos y autoridades institucionales protegen las relaciones hacia sus trabajadores con un enfoque de salud mental. Un enfoque que valide las emociones y los procesos emocionales como elementos básicos para poder trabajar y coordinar actividades. Cómo la salud mental atraviesa las distintas prácticas y modos de relación que las distintas instituciones van reproduciendo. Cada institución tiene sus propias dinámicas de poder, que se justifican por las exigencias de productividad y de competitividad, y que varían dependiendo de la institución: familia, escuela, gobierno, etc. Ahí debemos hacer transversal la pregunta por la calidad de vida, por un bienestar mínimo que nos permita comunicación, encuentro y respeto por los procesos diferentes de cada uno de los actores involucrados.

—Un concepto muy manoseado es el autocuidado, que pareciera ser la respuesta individual a la salud mental. Las movilizaciones han servido para entender que se trata de un tema colectivo. ¿En qué ayuda esta protesta social para entenderla más allá de un problema aislado y personal?

Cuando se trabaja en situaciones límites y críticas, la pregunta es la misma que las recomendaciones de seguridad cuando estamos en un avión. Nos dicen que si caen las máscaras y estás con alguien que depende de ti, primero tú tienes que ponerte la mascarilla, garantizar estar seguro de que puedes respirar bien y luego de eso apoyar a un otro. No es posible hacerlo si uno está afectado o sobrepasado. Si uno no trabaja en esas condiciones, lo primero que ocurre es que se ve amenazada tu tarea y comienzas a hacerla mal. En segundo grado, va a haber dificultades para coordinarse y adecuarse con tu equipo de trabajo y se van a empezar a sentir conflictos internos. En tercer grado, y esto es lo más peligroso, es cuando trabajadores y equipos sobrepasados comienzan a maltratar a las personas que atienden. Lejos de ayudarlas, reproducen formas de violencia, maltrato y abuso. Cuando se habla de la relación entre autocuidado y salud mental, viene desde ese lugar. Hoy día esto está en debate y tiene que ver con preguntarnos individualmente por el autocuidado, además del cuidado entre otros. La sociedad pone en la mesa la valoración del cuidado como algo que siempre estuvo en segunda línea, como una dimensión secundaria y accesoria. «Cuidar» como algo femenino, respecto de otras cosas que pueden ser relevantes, como la producción o el combate.

—¿Cómo debería entenderse el cuidado, entonces?

Lo que produce este estallido es que pone en el espacio público a esa colectividad, que quiere pensar y reflexionar sobre sus propios sufrimientos de forma colectiva. Qué estamos demandando colectivamente, hasta qué punto llegamos soportamos el sufrimiento que producía esta desigualdad y frente a la que hoy dijimos «basta»; cómo se hizo posible ese proceso y qué es lo que ahora podemos ser capaces de leer para elaborar un nuevo tejido social. Me parece que la psicología es una herramienta para pensar ese proceso mental colectivo, para poder conectar. El malestar social nos ha mostrado que no es posible vivir en una sociedad que se mantiene en la inseguridad social. Requerimos un piso básico, una vivienda, salud integral y educación.

—En la prensa han aparecido artículos que demuestran preocupación por la salud mental en medio del estallido social. Ya que la deuda de Chile con este tema tiene larga data, ¿cómo podemos observar este fenómeno sin aislarlo de la precaria atención a la salud mental que existe desde antes de las protestas?

El problema de la salud mental lo arrastramos hace tiempo. Siempre ha sido el pariente pobre en las políticas de salud y ha estado precarizada, con una falta de recursos inmensa y altamente restringida. Sólo pueden acceder a planes de salud mental aquellos más afectados, por sus patologías y por no tener acceso a salud privada. El resto debe velar por sí mismo porque no hay una política integral de salud que abarque a todos, por lo que este tema no es visto desde una política integral. La expectativa es que ojalá la salud mental fuera un foco que abordado desde todos los ámbitos: en la calidad de vida, en el modo en que los directivos y autoridades institucionales protegen las relaciones hacia sus trabajadores con un enfoque de salud mental. Un enfoque que valide las emociones y los procesos emocionales como elementos básicos para poder trabajar y coordinar actividades. Cómo la salud mental atraviesa las distintas prácticas y modos de relación que las distintas instituciones van reproduciendo. Cada institución tiene sus propias dinámicas de poder, que se justifican por las exigencias de productividad y de competitividad, y que varían dependiendo de la institución: familia, escuela, gobierno, etc. Ahí debemos hacer transversal la pregunta por la calidad de vida, por un bienestar mínimo que nos permita comunicación, encuentro y respeto por los procesos diferentes de cada uno de los actores involucrados.

—Un concepto muy manoseado es el autocuidado, que pareciera ser la respuesta individual a la salud mental. Las movilizaciones han servido para entender que se trata de un tema colectivo. ¿En qué ayuda esta protesta social para entenderla más allá de un problema aislado y personal?

Cuando se trabaja en situaciones límites y críticas, la pregunta es la misma que las recomendaciones de seguridad cuando estamos en un avión. Nos dicen que si caen las máscaras y estás con alguien que depende de ti, primero tú tienes que ponerte la mascarilla, garantizar estar seguro de que puedes respirar bien y luego de eso apoyar a un otro. No es posible hacerlo si uno está afectado o sobrepasado. Si uno no trabaja en esas condiciones, lo primero que ocurre es que se ve amenazada tu tarea y comienzas a hacerla mal. En segundo grado, va a haber dificultades para coordinarse y adecuarse con tu equipo de trabajo y se van a empezar a sentir conflictos internos. En tercer grado, y esto es lo más peligroso, es cuando trabajadores y equipos sobrepasados comienzan a maltratar a las personas que atienden. Lejos de ayudarlas, reproducen formas de violencia, maltrato y abuso. Cuando se habla de la relación entre autocuidado y salud mental, viene desde ese lugar. Hoy día esto está en debate y tiene que ver con preguntarnos individualmente por el autocuidado, además del cuidado entre otros. La sociedad pone en la mesa la valoración del cuidado como algo que siempre estuvo en segunda línea, como una dimensión secundaria y accesoria. «Cuidar» como algo femenino, respecto de otras cosas que pueden ser relevantes, como la producción o el combate.

—¿Cómo debería entenderse el cuidado, entonces?

El enfoque del cuidado tiene que ver con la pregunta por una relación con un otro, cómo yo puedo acompañar y cuáles son los límites para eso. Cualquier equipo que realice una tarea tiene que pensar en este enfoque del cuidado: cuál es el tiempo que yo requiero para acompañar a otro, cuál es el espacio que me estoy dando como equipo para reevaluar las prácticas que estamos implementando, cómo generamos una tarea que respete los procesos, los acuerdos, la deliberación y sobretodo la responsabilidad. El trabajo con otros tiene que ver con que yo no estoy aquí para imponerme o decidir por otro, sino que tengo que generar condiciones para generar la autonomía de los otros. Un profesor tiene que desarrollar la posibilidad de autonomía de aprendizaje de los estudiantes, un médico tiene que desarrollar la autonomía de los procesos de decisión de salud de sus pacientes y un gobierno tiene que generar las condiciones para que la ciudadanía sea capaz de avanzar por una sociedad más justa e igualitaria.

Quién vigila a quién: las redes sociales en tiempos de crisis

Las semanas de protestas en Chile vuelven a poner en discusión el uso de plataformas como Twitter y Facebook en medio del estallido social, más allá de su utilidad para organizarse o difundir información. Vladimir Garay, Director de Incidencia y Comunicaciones de la ONG Derechos Digitales, habla sobre cómo este contexto político obliga a debatir en torno al papel de las tecnologías en democracia.

Por Florencia La Mura | Fotografías: Felipe Poga

El salto de torniquetes coordinado a través de redes sociales por escolares fue la mecha que prendió el estallido social actual. Pero la discusión en torno a si estas tecnologías ayudan a articular los movimientos sociales no es nueva: las manifestaciones de 2011 de la Primavera Árabe o del Occupy Wall Street, en Nueva York, ya plantearon la discusión en torno a cuán importantes son las redes sociales en estos contextos de protesta. Para Vladimir Garay, periodista y Director de Incidencia y Comunicaciones de la ONG Derechos Digitales, esta visión responde a una mirada poco crítica sobre su uso: “Esta crisis en Chile demuestra cuáles son los márgenes ideológicos y los potenciales problemas que tienen estas tecnologías”, explica. Porque así como es posible coordinar distintos tipos de manifestaciones mediante estas plataformas, además de registrar violaciones a los derechos humanos, también pueden jugar en contra a través de ciertas censuras de contenidos y posibles riesgos de seguridad vinculados a prácticas como el reconocimiento facial o el monitoreo de redes sociales.

—El término “objetividad” tiende a usarse bastante al momento de informar, y eso también corre para hablar de internet como un “espacio neutral”, cuando en realidad detrás de toda empresa hay poderes económicos y políticos operando. ¿Cómo entender esto, específicamente en el contexto que se encuentra Chile?

Las redes sociales tienen esta idea de que son plataformas donde la información puede circular libremente, un discurso que es muy inocente. Hace unos años se decía que instauraban una horizontalidad total, que como todas las personas y entidades tenían el mismo acceso a internet y a plataformas, significaba que esos contenidos competían en igualdad de condiciones, desde una mirada muy economicista y liberal, lo que no es cierto. Hubo un discurso así en torno a la Primavera Árabe, donde se presentaba a las redes sociales como causantes de las revueltas. En el fondo, se usó para hacerle promoción a las empresas de Silicon Valley, por lo que hay que mirar con reticencia esa postura.

Si bien las redes sociales han sido una herramienta muy útil a la hora de organizarse, expresarse y también para documentar imágenes de violaciones a derechos humanos, hay que ver cómo influye la arquitectura misma de la tecnología. El mismo diseño de las plataformas y las normas que la rigen, muchas de ellas automatizadas, promueven ciertos discursos y dificultan otros. Lo vemos en cuentas de Instagram que se dedican a compartir registros de las protestas: muchos están siendo removidos o censurados porque las normas de uso impiden la divulgación de imágenes explícitas de violencia, que en términos generales me parece correcta, pero en el marco de la protesta social toman valor por ser el registro de una violencia estatal. El modo en que está pensada la plataforma no considera que una policía represora genere ese tipo de daño, y esas imágenes se vuelven no aptas, paradójico a cómo estas mismas plataformas se publicitan como grandes catalizadores de cambios sociales. Esta crisis nos demuestra cuáles son los márgenes ideológicos y potenciales problemas que tienen estas tecnologías.

—Las redes sociales han servido para viralizar y difundir información, pero a modo general los gobiernos no suelen considerar las demandas que circulan en estas plataformas. ¿Se puede entender internet como un nuevo espacio serio de discusión pública, donde se planteen temáticas que lleguen a la agenda política?

La distinción entre aquello que ocurre dentro y fuera de internet es cada vez menos clara. Las redes sociales se han convertido en un escenario más de la protesta, y se ve en cómo la gente habla sobre el tema, las imágenes que suben, ya sea en tono de denuncia o de solidaridad. Si es posible articular demandas y que puedan llegar a la agenda política, me parece que sí, pero es un espacio tan amorfo como puede serlo cualquier espacio físico en el cual ocurre una conversación o un cabildo. Es un espacio valioso, desde donde se recogen ciertas demandas, pero hay que tener cuidado, porque a diferencia de lo que ocurre en un espacio físico, son susceptibles de ser distorsionadas. Estoy pensando en ejercicios como el de Chilecracia. Frente a la fachada de una discusión abierta, democrática y horizontal, lo que puede haber es un ataque de grupos de interés que están intentando sobrerrepresentar una opción. Hacer eso en una discusión cara a cara es más complicado. Creo que sí, internet puede ser un espacio de discusión serio, pero hay que tomárselo con una serie de cuidados previos y con ánimo crítico de esas soluciones tecnocráticas que piensan que esta problemática política puede ser resuelta a través de un par de algoritmos. Chilecracia es una muestra de eso, te obliga a tomar decisiones entre cuestiones que no son dicotómicas, como el alza de un sueldo mínimo y una nueva Constitución. ¿Por qué no tener las dos?

—En ese sentido, y considerando las conversaciones que han surgido sobre una nueva Constitución: ¿crees que las redes sociales e internet podrían aportar al debate en torno a cómo articular este movimiento social?

Una de las grandes interrogantes es cómo articular las demandas, generar procesos que sean participativos y que la clase política los entienda. Es algo que la gente quiere y donde internet puede aportar. Hay que tomarlo con cuidado eso sí, porque las tecnologías no son neutrales, son falibles, están expuestas a ser explotadas, atacadas, y también influye cómo la gente se relaciona con internet, los distintos usos que hacen de ella a partir de condiciones que son socioeconómicas y culturales. No estoy tan seguro de que internet sea la respuesta: si bien podría jugar un rol, no creo que la solución sea armar cabildos por internet o algo como Chilecracia. La primera prioridad es poder generar algún acuerdo en torno a cómo se canalizará toda esta discusión. Me parece interesante el ejercicio de reunirse y discutir qué país queremos, y es importante que esos ejercicios no sean sólo de educación cívica, sino que puedan tener un cauce político real. Si eso ocurre dentro o fuera de internet, eso se verá después, pero esa opción puede ser más problemática que otra cosa.

—Varios hechos, como que se haya informado que Carabineros vigila a dirigentes sociales, que se están vigilando tuits venezolanos y rusos sobre el movimiento, sumado a que el ministro Blumel pretende “mejorar la inteligencia policial”, dan a entender que el seguimiento a través de la tecnología va en aumento, tal como pasa en el resto del mundo. ¿Qué marco legal sostiene la privacidad de las personas en un contexto donde se vuelve más difícil protegerla?

En situaciones como estas hemos visto que hay una forma de proceder de la policía que raya en un área gris del debido proceso. Se ha visto en casos de persecución a activistas mapuche y se ha repetido en las protestas de las últimas semanas, actos que tienen una legalidad bien dudosa o son completamente ilegales. No existe ninguna manera de obligar a las policías a transparentar cuáles son las actividades, las herramientas y el uso que le dan a éstas en sus investigaciones. Están monitoreando internet, pero no hay ninguna claridad respecto a lo que eso significa. Una cosa es revisar fuentes de acceso abierto, como una cuenta pública de Twitter o un grupo abierto de Facebook, y otra cosa es intentar tener acceso a información que no es pública. Sabemos que hace unos años la PDI compró la licencia del software Hacking Team. No sabemos cuántas veces se usó, en qué tipo de casos y para recolectar qué tipo de pruebas. No hay información sobre eso y es posible que existan graves vulneraciones al debido proceso y a los derechos fundamentales de las personas que no están siendo registradas porque no hay manera de saber que están ocurriendo.

El monitoreo de redes sociales con fines intimidatorios puede tener ribetes de persecución política, como en el caso de Cristóbal Yessen, boxeador y defensor de los derechos de los niños y niñas, que según él fue detenido y torturado por mensajes que ha compartido en Twitter. Otro caso que nos llegó a Derechos Digitales fue uno en que a una persona se le invitaba a declarar voluntariamente en el marco de una investigación a raíz de un mensaje que publicó en Twitter, y nuestra conclusión fue que la citación fue un intento de amedrentamiento. Además, se abren preguntas sobre cómo se establece el nexo entre cuenta y persona, su identidad y su dirección. Es un problema que no sólo ocurre en Chile. Investigando las tecnologías de reconocimiento facial en Latinoamérica, la respuesta que tienen las organizaciones que quieren saber cómo funcionan éstas es que es información clasificada, que por razones de seguridad nacional no pueden ser reveladas. En Chile pasa lo mismo.

—La persecución a través del reconocimiento facial no es nueva. En Las Condes se implementaron drones para “aumentar la seguridad”; lo mismo ocurre cuando se sube material donde son visibles las caras de los manifestantes.

Hay una reflexión interesante en torno al valor que tiene la protesta, como una forma válida de articular demandas y cuáles son las condiciones que permitan que se articule. Tener un espacio público donde no haya tecnologías de reconocimiento es parte de eso. Si hubiese algún sistema de reconocimiento facial implementado en Santiago o en el metro, como hay en el de Valparaíso, probablemente nada de lo que ha pasado en Chile —en cuanto a manifestaciones multitudinarias— hubiese ocurrido. La protesta hubiera sido reprimida y extinguida porque las identidades hubiesen sido reconocibles.

Que la gente quiera documentar lo que está ocurriendo en las calles es muy legítimo, sobre todo porque los medios tradicionales han sido muy reticentes en mostrar abusos policiales, y también para que estos crímenes no queden impunes y las responsabilidades políticas sean asumidas. Es probable que en unas semanas o meses esos videos sean usados como pruebas, pero hay una serie de condicionantes que las pruebas deben contemplar para que sean admitidas y hay que tener ojo con eso, porque en este contexto la autoridad siente un deseo intenso de encontrar responsables. Ese afán es una de las razones por las que los procesos investigativos pueden ser malos y lo hemos visto ya muchas veces.

Carmen Castillo: “El tiempo de la igualdad es el presente”

En esta entrevista hecha a dos tiempos —las dos primeras preguntas fueron hechas después del estallido social y el resto tres semanas antes, en el programa radial Palabra Pública—, la cineasta, que vive entre Chile y Francia, habla sobre cómo se recupera la fraternidad al interior de los movimientos sociales y cómo se ha ido creando un “nosotros en movimiento” en una sociedad neoliberal donde a veces ni siquiera se tiene conciencia del sufrimiento en el que se vive. “Los afectos son más fuertes que el mercado y la economía”, dice la directora de Calle Santa Fe.

Por Evelyn Erlij y Jennifer Abate

—Hace unas semanas comentabas en el programa Palabra Pública que aún no se daban los estallidos sociales y políticos que nadie puede prever y que tienen relación con lo imprevisible que es la historia. ¿Cómo has vivido los hechos que se han dado en Chile desde el pasado 18 de octubre? ¿Qué visión tienes de este movimiento social transversal que dice estar luchando “hasta que la dignidad se vuelva costumbre”?

“La imprevisibilidad de los acontecimientos, cuando suceden, es impresionante. Todo abierto a nuestra paciencia activa”, me escribía mi amigo, (el filósofo argentino) Diego Tatián, el 22 de octubre. Me he deslizado entonces, día tras día, de un lugar a otro, junto a la gente, rodeada de jóvenes, ocupando las calles, las plazas con el colectivo Escuela Popular de Cine (*); deslumbrada ante la creatividad de los grafitis, la inteligencia, la consciencia política de “los de abajo”. Abrir los ojos —que si no tienen memoria no ven nada—, escuchar las palabras: todos hablan, todos se hablan en este levantamiento popular. El miedo difuminado —el más fuerte de nuestros enemigos— libera el afecto. La fraternidad se recrea en las marchas, en las asambleas. La emancipación se experimenta. “La calle no se abandona hasta que valga la pena vivir”, escribió alguien en una pancarta. Cada día, a pesar de la represión, de los muertos, de los heridos, de la violencia feroz decidida por el gobierno; a pesar de las tentativas de quebrar el movimiento, de apaciguar la protesta repartiendo migajas, las manifestaciones continúan, reunen a los diferentes. Frente a la rebeldía, “ellos” nos hablan de concordia y paz social. Pero no han logrado dividirnos. Se hace tangible que el tiempo de la igualdad es el presente, no el porvenir; que la igualdad no se pide ni se merece: se toma conciencia de ella, se activa y se ejerce. Eso es lo que estamos experimentando. Desde cada espacio de encuentro ciudadano la línea de perspectiva de una Asamblea Constituyente crece, se dibuja con fuerza en el horizonte.

Sabemos la incertidumbre, sufrimos las embestidas de la clase política, pero en esa demanda se fortalece el trazo de ese deseo de una sociedad distinta. Tal vez el “acontecimiento” que estamos viviendo encuentra su sentido profundo en la palabra “interrupción”: suspender la repetición ampliada de lo mismo, producir una falla en el tiempo de trabajo por donde puede irrumpir un sentido imprevisto. Hacer lugar y hacer tiempo, como dice Diego Tatián.

Crédito: Javiera Medina

—Un fenómeno interesante de este movimiento es la ausencia de banderas: no hay rostros visibles ni partidos políticos ni sindicatos que lideren el estallido. Hay una horizontalidad que ya se vio entre los indignados de España o el Occupy Wall Street. Has hecho de la militancia un modo de vida: ¿cómo ves estos movimientos donde pareciera que no hay líderes que puedan articular demandas concretas o encausar estos malestares sociales?

Creo que en Chile estamos viviendo algo más amplio, mas popular que las experiencias de los indignados, de Occupy Wall Street o de los chalecos amarillos en Francia: una amalgama de juventudes, diversidad de clases sociales. Los “por qué” ya los tenemos claros. Los sujetos políticos se forman en la acción, encuentran un lugar, un rostro; encuentran amigos, afectos; se hablan, se organizan. Eso es lo fundamental. Es cierto que nos falta formación para la autonomía, que nos falta educación cívica para devenir ciudadanos ejerciendo la libertad y la democracia, cuestiones difíciles y complejas. Sin embargo, por el momento, me maravilla cómo se habita la brecha “tomada” al poder económico y al poder político, la intensidad del aprendizaje. He escuchado palabras de líderes sociales: algunos llevan mucho tiempo animando movimientos como No+AFP. No estoy apegada a una sola forma de organización: se están inventando. Lo importante es constatar que somos mucho más numerosos los que sabemos que sin organización no lograremos dar consistencia a la Asamblea Constituyente. Los días pasan y cada instante vivido nos permite ir creando ese “nosotros” en movimiento. Nada ni nadie podrá borrarlo. Y, como otras veces, es en Chile donde ahora se cristaliza para el mundo el estallido de ese “ya basta”, nuestro primer grito contra el fascismo económico que domina el planeta.

Hoy se reprime, tortura, se mata para “normalizar” la sociedad. Es un hecho: las estadísticas de los muertos, heridos y prisioneros aumentan; los guanacos y gases lacrimógenos arremeten en medio de las manifestaciones pacíficas. De nada le sirvió al poder los militares en la calle, y las ofensivas represivas de los últimos días tampoco logran paralizarnos ni separarnos a lo largo de todo el país. Sé que la incertidumbre puede inquietarnos, pero pienso que la experiencia de nuestra potencia es irreductible.

—Cada vez que vienes a Chile participas de manera activa en iniciativas políticas y sociales, como las marchas del movimiento No+AFP, la Escuela Popular de Cine y FECISO (Festival de Cine Social y Antisocial en La Pintana y La Florida). ¿Cómo es el país que te encuentras cada vez que vuelves?

Hay un largo recorrido de reencuentros con Chile. En estos últimos años la cartografía de mi vida aquí tiene espacios extraordinarios, como la Escuela Popular de Cine con Carolina Adriazola y José Luis Sepúlveda. En cada viaje siempre hay una constelación de rebeldías y de movimientos emancipatorios, siempre hay un acontecimiento. Este Chile neoliberal es una sociedad cruel, terrible, en que a veces ni siquiera las personas tienen conciencia del nivel de sufrimiento en que viven. Me doy cuenta del desastre humano y social que significa este modelo implantado por la dictadura. Eso me impulsa a querer hacer algo por la emancipación, por la creación de la unidad, del colectivo, de ir juntos. Aquí se me despierta la ira, la rabia, la indignación; sentires que son un primer motor para la acción. Veo que nada es estático, que todo está en movimiento, que no pueden —ni logran— apagar ni las llamas de la energía de la memoria de los vencidos, esa fuerza emancipadora, insolente y disruptiva que nos dice que la vida es más fuerte que la muerte, que los afectos, los deseos, son más fuertes que el mercado y la economía.

—La idea de colectividad se había perdido en Chile, y el trabajo colectivo en pos de conseguir fines sociales y de vivir juntos es un tema que has abordado en tus documentales. Alguna vez dijiste que cuando llegaste a Francia, los comités de solidaridad tenían unos 600 mil militantes y que eran más fuertes que los partidos políticos. ¿Crees que en una sociedad que hoy se define por el individualismo existen todavía estos proyectos sociales fuertes, colectivos, o se han ido diluyendo?

Sí, hay una constelación, como un cielo estrellado. Todos esos colectivos que están desparramados en territorios locales son muy potentes, y creo que la vitalidad se mantiene justamente en ellos, con formas de vida experimentales, autónomas al sistema. Pero esos colectivos no se han reunido y, por lo mismo, no ha habido a nivel global aquel estallido del que hablaban Simone Weil o Rosa Luxemburgo. Tanto individualismo conduce a la barbarie, y la fraternidad se da cuando hay un movimiento social, cuando los humanos se unen. En este tiempo histórico en que la fraternidad está dormida, tenemos que hacer ejercicio, como quien hace gimnasia todas las mañanas, para ejercitar la fraternidad. Uno puede ser muy lucida y saber que hemos perdido muchas batallas, sí, pero hay que preguntarse qué hacemos con todo aquello. Yo aprendí que se puede tener una sabiduría de la derrota, es decir, aprender a perder, a soltar lo perdido, pero con todo eso construir algo. Ese “hacia dónde vamos” es incierto, ya no existe esa utopía que veíamos claramente en mi generación. Ustedes tienen que caminar sabiendo que no les gusta lo que hay, que se puede cambiar, y la historia enseña que se puede, pero hay que saber que es una apuesta a lo incierto. Y hay que saber que la felicidad no es poder comprar y consumir mercancías en el mall, la felicidad es cuando el ser y el llegar a ser se unen en un momento de nuestras vidas, en la acción y en los deseos.

—Una definición de felicidad bastante distinta a la que estamos acostumbrados a escuchar.

Sí, pero cada vez son más los jóvenes que están cansados de esa mentira: nadie puede consumir como consume el 1% de los ricos del planeta. El planeta vive el fascismo económico; estamos todos dominados por el 1%. Todos somos prisioneros, y a partir de ahí hay que inventar un lenguaje nuevo que los carceleros, los guardianes y el 1% no puedan descifrar. Un lenguaje nuestro.

—En una entrevista dijiste: “la memoria de los vencidos de mi generación es parte del equipaje mental de la energía del futuro, la condición es que no nos repitamos, no podemos ser la caricatura de lo que fuimos”. ¿Cuáles crees que son los retos de la izquierda en vistas a imaginar un futuro que haga frente a los neofascismos, la desigualdad, la crisis climática? ¿Crees que ese lenguaje nuevo del que hablas es quizás el primer paso? ¿Falta una renovación de los discursos?

Así es. Hay que retejer ese tejido hecho a partir de los afectos y el lenguaje, porque ni el afecto ni la palabra pueden ser mercantilizadas realmente. Hay que botar a la basura todas las palabras que los medios nos meten en la cabeza, como “productividad”; incluso hay que limpiar la palabra “democracia”, porque el contenido que le dan ya es un simulacro total. Hay mucho qué hacer, pero esto de las palabras es el desafío que tenemos como creadores en el cine, en la literatura, en la poesía, en la música; cómo hacer que las palabras recobren sentido y suenen diferente. Por ejemplo, la palabra “comunismo”: saquémosla, limpiémosla del estalinismo, de la usurpación que hizo de ésta la Unión Soviética. Volvamos a Rosa Luxemburgo, a Gramsci, que hoy en día la clase dominante estudia. ¿Por qué nosotros no lo estudiamos? ¿Por qué no volver a entender que la batalla hoy día es cultural, que es una batalla por desmontar el lenguaje?

—Has mostrado tu apoyo a movimientos como No+ AFP y has dicho: “hacer la revolución es absolutamente necesario”. ¿Cuáles crees que son las revoluciones que le hacen falta a Chile en la actualidad?

Las revoluciones no son un modelo, como decía, no tenemos esa sociedad utópica e ideal que habíamos construido en mi generación. La lucha por las AFP toca de lleno al sistema, la lucha ecológica es un golpe central, la lucha feminista golpea a la sociedad patriarcal, mercantil. Si no se incorpora la dimensión social y de clase a la lucha feminista, todos se van a agarrar de ella. Si los dominantes se agarraron de nuestras palabras y usan la palabra “revolución” para vender productos de maquillaje, entonces, ¿cómo nosotros les damos otro contenido? Chile necesita luchas muy precisas, como una contra las AFP y en favor de la igualdad. La palabra “igualdad” la sacaron del vocabulario: levantémosla de nuevo. Igualdad no quiere decir que seamos uniformes. Igualdad quiere decir aunar todas las diferencias: somos todos diferentes, pero tenemos derechos. Ponerle el diente a la igualdad es revolucionario.

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Escucha aquí la conversación completa con Carmen Castillo, realizada el 27 de septiembre de 2019, en el programa radial Palabra Pública, de Radio Universidad de Chile.

(*) La Escuela Popular de Cine y FECISO realizan «pantallazos en las barricadas»: se proyectan cortometrajes grabados y editados en la urgencia y se abre el micrófono. Comenzaron el 22 de octubre y continúan. Se han realizado en lugares como el barrio Yungay, La Pintana o en la salida del metro Trinidad.