Michael Apple: “Pensar que la sociedad es menos importante que la economía ha sido una idea desastrosa”

Neoliberales y conservadores hoy entienden mejor que los progresistas que la escuela es una poderosa herramienta de transformación social, sostiene Apple. Pero el panorama no es desalentador, añade, si activistas y comunidades acuden a su propia historia para apropiarse colectiva y solidariamente de la educación. “Optimismo sin ilusiones”, le llama. Y con un conjunto de tareas urgentes para los académicos críticos.

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Presentación Dossier Nº10: La hora del feminismo

Para el 11 de julio de 2018 se habían cometido 19 femicidios en Chile y 65 intentos frustrados, según las cifras oficiales del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género. Desde el mundo de las organizaciones sociales la realidad se ve aún más dramática: la Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres contabiliza 28 femicidios en los siete meses que van de este año. El femicidio es la forma más extrema de violencia contra las mujeres, la punta visible de un iceberg que parte con micromachismos, acoso callejero en la vía pública y termina en la violencia física y, a veces, en la muerte.

En un año en que la agenda pública ha estado marcada por las movilizaciones feministas que comenzaron durante el mes de abril en las universidades de todo Chile, la realidad muestra que la violencia contra las mujeres es un problema diario para millones de chilenas que se ven enfrentadas a violencias físicas, psicológicas y sociales en los ámbitos público y privado. Al menos 32 instituciones de educación superior y ocho colegios estuvieron movilizados durante el momento más álgido de las protestas durante el mes de mayo, cuyas reivindicaciones incluían educación no sexista en todos los niveles, destitución de académicos acusados de acoso y/o abuso, mejores procesos ante denuncias en las universidades y fin a la discriminación de género en el país.

Y Chile está de acuerdo con las estudiantes: según la encuesta Cadem de mayo, el 71% de los entrevistados se declaró a favor del movimiento feminista y un 77% afirma que Chile es un país machista. En tanto, un 63% de las mujeres encuestadas declaró haber sido discriminada o violentada alguna vez por ser mujer.

Palabra Pública quiso adentrarse en esta discusión a través de diferentes perspectivas. Abre el dossier la Intendenta de la Región Metropolitana, Karla Rubilar, quien defiende las reivindicaciones feministas y aborda la necesidad de ampliar la mirada sobre diferentes “temas valóricos”; la escritora y periodista Arelis Uribe se refiere a las profundas transformaciones que han introducido en la sociedad las feministas movilizadas en los últimos meses; Valentina Saavedra y Javiera Toro, ambas dirigentas de Izquierda Autónoma, abordan la necesidad de una educación no sexista que a la vez saque al mercado del sistema educacional; la periodista Bárbara Barrera investiga sobre la muy escasa representación de las mujeres en los espacios directivos de las orquestas chilenas e internacionales; la chilena Alondra Silva, que realiza un magíster en Islandia, da cuenta a través de su experiencia de las transformaciones que son necesarias para que un país se convierta en feminista; y la fotógrafa y psicóloga Kena Lorenzini pone en entredicho la declaración de “feministas” de ciertos partidos y movimientos políticos.

Machismo en las orquestas: las mujeres pelean por la batuta

Pese a que a lo largo de la historia el desarrollo profesional de las músicas chilenas ha estado marcado por la falta de oportunidades, referentes y visibilidad, talentosas músicas comienzan a organizarse para romper las barreras históricas del machismo y posicionarse en la dirección de las orquestas, así como en diferentes espacios laborales y académicos de este ámbito que hasta hace poco eran habitados exclusivamente por hombres.

Por Bárbara Barrera Morales / Fotografías: Felipe Poga

“Hoy día siento que necesitamos un sonido más robusto. Cámbiense de voz, como ejercicio. Lo único que tenemos que lograr es no equivocarnos”. Alejandra Urrutia eleva ambas manos y los instrumentos comienzan a sonar: violines, violas, contrabajos y cellos, todos siguiendo las instrucciones de su nueva directora. Alejandra los para en seco. “No está afinado eso. Vamos a hacerlo varias veces hasta que sintamos que estamos tocando como orquesta, escuchando todos los sonidos”, les ordena a sus jóvenes músicos y músicas que ya se encuentran a la espera de la nueva señal de entrada.

Alejandra Urrutia Borlando (42) es la primera y única directora de orquesta profesional en el país, desde que en 2015 el ex ministro de Cultura del gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet, Ernesto Ottone, la nombrara directora titular de la Orquesta de Cámara de Chile (OCCH), agrupación musical nacida en la década de 1950. En junio de este año, Alejandra asumió la dirección de la Orquesta de Cámara del Municipal de Santiago, consagrándose como la primera mujer en el cargo desde su fundación en 1993.

La irrupción el pasado 18 de junio de una Orquesta de Mujeres en la Casa Central de la Universidad de Chile, que acompañó la entrega del petitorio unificado de las estudiantes feministas de la institución al Rector Ennio Vivaldi, buscaba visibilizar precisamente esto: en un ámbito más en que el género no implica ninguna diferencia, las mujeres no son consideradas a pesar de que su incursión en la música es casi tan antigua como el nacimiento de la República. Esta tuvo lugar a inicios del siglo XIX con los primeros “colejios de señoritas” establecidos en la década de 1820 y un impulso significativo bajo la figura de la compositora e intérprete madrileña Isidora Zegers, perteneciente a las cúpulas aristocráticas del Chile decimonónico. Sin embargo, su desarrollo a lo largo de la historia ha sido complejo: los roles de género, la falta de oportunidades en puestos de poder y la invisibilidad de su trabajo por la historia, los medios y la academia son las principales barreras a la hora de ser música profesional en Chile.

Invisibilizadas por la historia

La importancia de Isidora Zegers en la historia nacional de la música es indiscutible: participó en la fundación del primer Conservatorio Nacional de Música, del cual surgió la Academia Superior de Música en 1852, y contribuyó al establecimiento de la ópera en Chile gracias a la difusión que realizó del arte lírico italiano, del cual era admiradora. Sin embargo, no fue la única mujer destacada en el ámbito musical durante el periodo.

Pese a que durante la primera mitad del siglo XIX la composición estuvo dominada principalmente por hombres, el académico y musicólogo Luis Merino destaca en Los inicios de la circulación pública de la creación musical escrita por mujeres en Chile que si bien la figura de Zegers ha sido imponente, no ha sido la única, pues entre 1856 y 1869 hubo 39 obras musicales publicadas por mujeres, que el autor atribuye a la educación sistemática de aquellas pertenecientes a las cúpulas aristocráticas, el desarrollo de la edición impresa y la distribución pública de la música en Chile.

El licenciado en Filosofía de la Universidad de Chile y magíster en Estudios de Género, Leonardo Arce, sostiene en Compositoras en Chile: una historia recortada que parte de la invisibilidad de las compositoras durante el siglo XIX tiene relación con el abordaje realizado por historiadores, quienes presentan a las músicas y compositoras como “alumnas de”, “mujeres de” e “hijas de”, “invisibilizando la historia propia y relegándola meramente a su genealogía biológica, eludiendo de esta forma dar cuenta de autonomía creativa o productiva más allá de los lineamientos que el parentesco permite atisbar”, señala Arce.

Un estudio realizado en enero de este año por Bachtrack, sitio web dedicado a la música clásica, arrojó que de los cien compositores más tocados del mundo sólo tres son mujeres. Al respecto, la compositora y jefa de Extensión del Instituto de Música de la Universidad Católica de Valparaíso, Valeria Valle (39), asegura que dentro de la composición “siempre tildan que la mujer compone como cositas simples, más sentimental, que la mujer no es para componer, es para investigar y hacer clases”.

Valle explica que en la docencia las mujeres compositoras están sometidas a una serie de cuestionamientos que se traducen en, por ejemplo, la obligatoriedad de dar exámenes de conocimientos que sus colegas hombres no tienen que rendir. “A mis colegas no los evalúan o los clasifican para hacer la clase. A mí me ha tocado llorar, porque te da rabia, porque a mí me evalúan y ¿por qué al resto no? ¿Por qué a mí me ponen tantas condicionantes y al resto no?”, se pregunta.

La ausencia de profesoras en la enseñanza universitaria es otro de los principales problemas: en la actualidad no existe ninguna mujer que imparta cátedras de composición o de análisis orquestal de música contemporánea. “Yo hice una postulación a la Universidad Católica de Chile el año pasado aludiendo que era necesaria una presencia femenina en un ámbito en el que hay que hacer una equidad de género y no me fue bien. Yo creo que pasa porque me he ganado el eslogan de ser la ‘feminazi’ de la composición, que yo voy a derrotar a los hombres y no entienden que el tema es equilibrar la formación, que tenga una mirada tanto masculina como femenina”, explica Valeria.

Músicas contra el machismo

Los cánticos de mujeres estudiantes que marchan por la Alameda se escuchan de a poco en las oficinas de la Casa Central de la Universidad de Chile. Trabajadores y trabajadoras corren la voz por las oficinas: “¡vienen llegando las chiquillas!”, e inmediatamente se vacían. En los pasillos suenan tacones, todos en dirección al patio Andrés Bello que se viste poco a poco de morado con lienzos, banderines y pañoletas sujetadas al cuello de las estudiantes.

Es 18 de junio de 2018, apogeo del movimiento feminista en las universidades y en el patio de la Casa Central hay alrededor de 40 sillas dispuestas en forma coral con una tarima al centro. Cuerdas, vientos y percusiones se acomodan en sus respectivos puestos para iniciar el repertorio liderado por el Himno de la Universidad de Chile. La obra de Julio Barrenechea y René Amengual comienza a sonar a manos de mujeres cuando la directora de la orquesta, Ninoska Medel, da la primera señal con la batuta. Diez segundos de instrumental y el coro de mujeres irrumpe: “Egresada, maestra, estudiante / vibre entera la Universidad” cantan las estudiantes que finalmente han logrado un petitorio conjunto que desean entregar a las autoridades.

La formación de una Orquesta de Mujeres nació por iniciativa de Ninoska Medel Suazo (26), licenciada en Artes mención Teoría de la Música de la U. de Chile, en una asamblea de mujeres en el marco de la movilización feminista de los últimos meses, donde se habló de generar cambios transversales fuera y dentro de la Casa de Estudios. Además de ser la impulsora de este proyecto, Ninoska es la directora de la Orquesta Regional de Aysén creada por la Fundación de Orquestas Juveniles e Infantiles (Foji), organización del Estado que promueve el movimiento orquestal juvenil en el país.

Tocando en la Orquesta de la Municipalidad de Pudahuel, Ninoska se interesó en la dirección de orquesta. Ensayando violín se percató de que nunca la había dirigido una mujer; si bien había tres directoras, éstas se dedicaban exclusivamente a impartir clases a niños y niñas aprendices. Ese episodio fue crucial para que decidiera comenzar a formarse por su cuenta en dirección de orquesta: “Me dijeron que era difícil y que las mujeres no tenían casi cabida en la dirección. Por eso elegí la carrera”, cuenta.

Para ella, el machismo es una de las principales barreras de las mujeres en la música. “Es extraño, es incómodo para un gran porcentaje de músicos, machistas, que venga una mujer a decir cómo se hace la música, que más encima escribió otro hombre en la mayoría de los casos”, asegura. En más de alguna ocasión le dijeron que tocaba como niña cuando, por ejemplo, no lo hacía tan fuerte. “Estás dirigiendo como mujer”, le criticaron años más tarde cuando iniciaba su carrera como directora durante un ensayo en el que lo hizo mal. “Una vez, como elogio, después de que dirigí, supongo que bien, me dijeron que ya nadie iba a poder decir que dirigía como mujer”, recuerda.

Ninoska y Valeria concuerdan en que todos los referentes que se estudian en las universidades, tanto en composición como en dirección, son hombres. Ninoska, por ejemplo, cursó dos años de literatura musical y en ninguna de las sesiones el profesor mencionó a una compositora. “Me dijo ‘pucha, lo siento, es que no hay. O sea, deben haber, pero es que no son las que marcaron la historia’. Y fue triste, porque en realidad no se esfuerzan mucho en buscar y en visibilizar”, afirma.

Nuevas referentes

El mismo estudio de Bachtrack reveló que de los cien directores más ocupados del mundo sólo cinco son mujeres, un leve aumento considerando que la misma investigación en 2013 arrojó que sólo una mujer integraba este Top 100. Sin embargo, actualmente existen talentosas directoras de orquesta alrededor del mundo que han hecho historia en diferentes agrupaciones profesionales por ser las primeras mujeres a cargo.

Entre ellas destacan la mexicana Alondra de la Parra, actualmente directora de la Orquesta Sinfónica de Queensland; la estadounidense Marin Alsop, titular de la Orquesta Sinfónica de Baltimore; la brasilera Ligia Amadio de la Orquesta Filarmónica de Montevideo; y la chilena Alejandra Urrutia, directora de la Orquesta de Cámara del Teatro Municipal.

Con un oído excepcional cultivado desde pequeña por su padre, a quien habitualmente acompañaba a sus ensayos de contrabajista, Alejandra supo a los 12 años que quería ser violinista. Producto de su talento, a los 16 se ganó una beca para estudiar violín en el Columbus College –actual Columbus State University– y ahí obtuvo su primer título. Cinco años más tarde, con tan sólo 24 años, egresó de la Universidad de Michigan con un master y un doctorado en violín en la mano.

La directora asegura no haber vivido episodios explícitos de discriminación, sin embargo, en pequeñas sutilezas ha sentido diferencias. “Yo era firme y decidida como directora y había cosas que no se hacían”, relata. También recuerda un encuentro de directoras mujeres en Sao Paulo en el que la trataron de “mijita” y no lo podía creer. “Yo no soy ‘mijita’, soy la directora de la orquesta”, pensó en ese momento.

En abril del año pasado Alejandra viajó a Amsterdam a un concierto de Ivan Fischer, director de la Budapest Festival Orchestra y de la Konzerthaus Berlín. En la presentación, la chilena conversó con Fischer y comenzaron una relación de cordialidad que más tarde se convirtió en una oportunidad laboral para Alejandra. En noviembre la directora viajó nuevamente a Europa, esta vez a trabajar como asistente del destacado músico. Este año repetirá la experiencia en ambas orquestas. “Si yo fuera un hombre, eso estaría en todos los titulares”, señala.

Mientras Alejandra consagra su carrera a nivel internacional, Ninoska busca consolidar la Orquesta de Mujeres para visibilizar y potenciar el talento femenino en la música y Valeria trabaja desde su Casa de Estudios realizando un catálogo de obras de compositoras chilenas para el estudio e investigación de estudiantes, como el existente en el Archivo Central Andrés Bello de la U. de Chile, que reúne partituras entre 1847 y 1930. Paralelamente, nuevas estudiantes, compositoras, intérpretes y directoras se desarrollan en diferentes espacios e instancias de aprendizaje para músicas con el objetivo de romper estereotipos, erradicar el machismo y luchar por la igualdad de oportunidades en sus profesiones.

Legalización del aborto en Argentina: de hijas a madres de la historia

Las conmemoraciones del centenario de la Reforma Universitaria de Córdoba coincidieron con la expectación y celebraciones ante el fallo del Congreso de la Nación Argentina que comenzaría el camino hacia la legalización del aborto en ese país. La periodista Ximena Póo, testigo de esa vigilia callejera, relata los intensos momentos y el cruce de discursos en ese momento histórico. “La conexión entre los procesos es evidente, porque las reformas estructurales obligan a cruzar conocimiento, formación social, transformaciones, clases y proyectos de futuro”, reflexiona.

Por Ximena Póo | Foto de portada: Paula Kindsvater

A cien años de la Reforma Universitaria de Córdoba, del Grito de Córdoba en las aulas, los campus, el país y América Latina, la Revolución de las Hijas se dejó ver en las aulas, los campus, las calles, la vida. De verde se tiñeron los cristales antes que la conservadora imagen de la historia se rompiera en mil pedazos esos días de junio, cuando en el Congreso de los Diputados de la Nación, en Buenos Aires, se aprobara la legalización del aborto en Argentina. No hay equipajes perdidos cuando se trata de transformaciones sociales. No hay tiempo que perder, se decía en las calles cordobesas, a una hora de viaje en avión desde Santiago de Chile. Aquí, al lado, pero tan lejos. Argumentos y afectos se cuelgan de abrazos entre mujeres que no se conocen. Las calles arden entre pañuelos verdes y fogatas a la espera de la votación allá en la capital. Las voces de las provincias, aquellas que se organizaron por meses y años en movimientos políticos, partidos, juntas de vecinas/os, viajaron a la capital. No hay ojos cansados en las calles cordobesas cuando se trata de luchar por dignidad, libertad, clase. Aquí se juega el fin de la clandestinidad, porque la clandestinidad mata.

Lo que está en juego es voltear la estructura patriarcal con discursos que dan paso a los hechos, con actos, como el simple gesto de “ser dueña de tu propio cuerpo y los destinos de tu vida”, como dice Rosario, de 19 años, mientras mira la fogata que está junto a ella y dice que “esto es para que no sigan muriendo, sobre todo las compañeras pobres; porque este derecho debe ser resguardado por el Estado y nadie tiene que impedirlo, piense lo que se piense”. A su lado, Matilde, que cruza los 20, ofrece café, abrigo y pañuelo: “¿Sabes? Es emocionante saber que mi mamá no pudo, que mi abuela no pudo, que yo sí podré si me veo oprimida; el aborto es la última opción. Nadie quiere abortar por abortar, pero si estás en una situación así de dura es bueno saber que la sociedad está contigo y no te condena; el Estado debe educar, proveer métodos anticonceptivos, pero si todo falla, no puede tirar tu vida; el Estado somos nosotras también”.

Madrugada, 14 de junio. Mientras los hombres acompañan, ellas buscan señal para los celulares, hacen turnos para apuntar los argumentos llegados desde el Congreso; cuentan y juntan fuerza para enviar, como un ethos renovado que fuera posible enviar por chat hasta Buenos Aires, donde están amigas, parientes, compañeras. De los carteles a las redes digitales que conectan al mundo todas las frases. Cordobesas y de pueblos cercanos hacen trueque de azúcar, yerba mate, y escuchan, traslapando a 2018 el tremendo capital colectivo de pertenencia que las une en movimiento: “Ese Estado ausente es un Estado femicida. Aborto legal ya”, “El aborto clandestino es femicidio de Estado”, “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para prevenir, aborto legal para no morir”, “Aborto libre y seguro”, cuelgan de carteles improvisados y de las bocas de quienes solidarizan incluso desde la vereda de quien “no me haría un aborto; daría en adopción”, como dice Florencia –de unos treinta años- mientras se apura por llegar a la cabecera de la marcha y sostener los grandes lienzos verdes que se abren paso. La convicción de Florencia no le impide pensar más allá de ella misma y eso me recuerda un texto que le menciono, aparecido por estos días en las redes. Se trata del testimonio de la ginecóloga Cecilia Ousset, quien se rebeló ante el dolor: “Por dieciocho años en la práctica ginecológica, por mujer, por católica, por trabajar permanentemente mi interior para lograr la coherencia y abandonar en la mayor medida posible la hipocresía, digo: QUIERO ABORTO LEGAL, SEGURO Y GRATUITO para todas las mujeres que se encuentren en una situación desesperante e íntima. Me repugna un país donde después de un aborto las ricas se confiesen y las pobres se mueran, donde las ricas sigan estudiando y las pobres queden con una bolsa de colostomía, donde las ricas hayan tapado la vergüenza de su embarazo en una clínica y las pobres queden expuestas en un prontuario policial. La discusión no es aborto sí o aborto no. Eso lo dejemos para las discusiones de los creyentes y para tomar nuestras decisiones personales. La discusión en el Congreso de la Nación es si esta sociedad desea que entre las mujeres que indefectiblemente se van a practicar un aborto se pueden lograr las mismas seguridades clínicas para hacerlo. Para que las pobres no sean mujeres de segunda o tercera categoría. Para que las pobres también sigan vivas para arrepentirse, confesarse, tener un hijo con una pareja continente o en una mejor situación económica o emocional. Para que la sociedad sea menos hipócrita y haya en la realidad de la muerte, un poco más de amor”. Los fragmentos dan cuenta de una América Latina colonizada por el catolicismo y el neoliberalismo, a sangre y fuego, y refugian sororidad y emancipación, restituyendo la lucha por la urgencia de alcanzar Estados garantes, no sexistas. Estado laicos, por fin, y no sólo en papel. Le leo a Florencia mientras caminamos al ritmo del grito “¡Nosotras parimos, nosotras decidimos!”. Argentina hoy dejó el celeste de lado; hoy Argentina es verde y la consigna es “que se extienda por toda América Latina”. Hoy Argentina espera.

A minutos de la votación. Despunta el frío de la mañana en Córdoba y los pañuelos verdes se acomodan sobre la nariz, se regalan o se venden a cuarenta pesos. Todas queremos uno para no olvidar este día y los que vendrán, para no tener que pintar más pancartas con letras de horror: “Sobrevivir a un aborto es privilegio de clase”. Algunas hablan de Islandia, de que en la marcha hay pocas mujeres de las villas, que no importa, que ellas saben que sus voces son las de todas aquellas que echan mano a lo que tienen para decir lo que ahora se dice y antes se negaba. Cuerpo y discurso se ven en las calles y en la tele, en los diarios y en los idearios de movimientos y partidos. Hay canas y rostros teñidos de glitter verde. Cuerpos portadores de cifras escritas en negro sobre amarillo: “En Argentina se producen 450.000 abortos por año”. Como dice otro cartel, “Ni muertas ni presas ¡Vivas y libres nos queremos!”. En el espejo de la calle todas caben y nadie puede hacerles daño.

“Yo creo que mi madre, que tiene 63 años, alguna vez en su vida, mucho antes de que yo naciera, se hizo un aborto y lo pasó mal. Recién, hace unos días, me di cuenta de eso, cuando leíamos el diario y me queda mirando como queriendo contarme algo; ella no sale a manifestarse, lo hacía en dictadura, pero poco, por el miedo. Ese día me pidió mi pañuelo y me preguntó si podía ir conmigo y mi grupo. Ella se llama como yo, Juana, y creo que está orgullosa de lo que hemos hecho. Llevamos meses luchando, años otras, décadas las más. Salí a la calle con mi madre y lloramos, y se abrazó con muchas más. Ella vive sola, nunca tuvo muchas parejas y sé que antes de mí lo pasó mal, pero no habla de eso. Ese día algo entre nosotras creció. Quedamos de encontrarnos aquí, afuera de Patio Olmos; ella no se perderá la votación porque ganaremos”. Juana, de 21 años, estudia Arquitectura en la Universidad Nacional de Córdoba y ha sido parte de las estudiantes que han apoyado, como voluntaria, la organización de la III Conferencia Regional de Educación Superior para América Latina y el Caribe (CRES), a la que se inscribieron unos doce mil académicos/as y funcionarios/as de las universidades de la región, incluidos rectores como el de la Universidad de Chile, Ennio Vivaldi. Esa mañana muchos de los asistentes al CRES no querían perderse la calle y este nuevo “grito”. La conexión entre los procesos es evidente, porque las reformas estructurales obligan a cruzar conocimiento, formación social, transformaciones, clases y proyectos de futuro. Obligan a hacerse cargo.

Sobre las 10:00 horas, Avenida Vélez Sarsfield, Córdoba. En las pantallas compartidas se alcanzan a ver y escuchar a los/as congresistas hasta llegar a Silvia Lospennato (PRO), impulsora del proyecto por el aborto legal, seguro y gratuito. Lo que sucedía en el Congreso a esa hora ya estaba en las calles de todo el país, que la escuchaba atentamente. No se movía ni el viento. Lospennato cerró más de veinte horas de argumentos, aplaudida por partidarios y opositores: “Tenemos la posibilidad de modificar una ley de cien años, reflejar los avances de los derechos de las mujeres que se han producido. Ninguno de nosotros es el mismo que era antes de empezar este debate. Todos atravesamos un proceso de profundo aprendizaje, de eso no hay vuelta atrás, porque pudimos nombrar el dolor que significa el aborto en nuestro país, un dolor que se confunde con la culpa, la criminalización y la desigualdad. Cientos de mujeres se animaron a contar la soledad que vivieron de manera clandestina, hoy la sociedad argentina no es la misma. Se buscó en el debate hacernos creer que estamos discutiendo aborto sí, o aborto no. Lo único que venimos a hablar es de aborto legal o clandestino. Dijeron que quieren salvar las dos vidas. Es una falacia. Lo que quieren es forzar a una mujer a ser madre”. Calle y Congreso parecieran saber que ahora, justo ahora, se construye la historia. “En la memoria –continuó- de Carmen Argibay, de Dora Coledesky y Lohana Berkins, de Veronica Barzano. A las sororas, esta multipartidaria de mujeres que llegó para quedarse en la política argentina, unidas en las diferencias pero siempre a favor de las mujeres. A las mujeres en sus casas, a nuestras madres y nuestras hijas. Que el aborto sea legal, seguro y gratuito. Que sea ley”. Votan en Buenos Aires. Y “la media sanción de la ley” es aprobada. Será ley. Al minuto, lágrimas, gente que se suma, la cabecera se vuelve verde, los pañuelos se alzan en triángulo y sigue caminando. Argentina decide abrazar la Revolución de las Hijas. Y no sólo Argentina: el verde de las hijas comienza a teñir el continente

Las batallas de Victoria Castro

El pasado 16 de abril la profesora María Victoria Castro Rojas recibió en Washington, Estados Unidos, el Premio a la Excelencia en Arqueología de Latinoamérica y el Caribe, otorgado por la Sociedad Americana de Arqueología. Alcanzó así el galardón más importante que un profesional de la disciplina que haya trabajado en la Región podría recibir. Con una historia de más de cuarenta años en la U. de Chile, y habiendo formado a la gran mayoría de quienes hoy son sus colegas, “Vicky” Castro se sienta y recuerda. Entonces se asoma el Pedagógico en sus mejores años, la resistencia a una larga dictadura que no la arrancó de ese lugar, los hijos, la filosofía, el norte grande y la arqueología, que llegó a su vida por casualidad durante un viaje en barco.

Por Francisca Siebert | Fotografías: Alejandra Fuenzalida

“Señorita Castro, le tengo una matrícula para Filosofía”, le anunció en abril de 1964 el secretario de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Chile a una, entonces, adolescente Victoria Castro. Era la enésima vez que Castro se iba a parar a esa puerta a pedir un cupo para la carrera. De batallas y resistencias sabe “Vicky” Castro, arqueóloga, académica de la Facultad de Ciencias Sociales, Profesora Titular y Emérita de la U. de Chile, Premio Amanda Labarca 2014 y hoy, la tercera latinoamericana y la primera mujer en ser reconocida por la Sociedad Americana de Arqueología por su aporte a la disciplina en Latinoamérica y el Caribe.

Castro no sólo peleó por entrar a la Chile, sino también por quedarse luego de que la dictadura militar golpeara con especial fuerza el Pedagógico, donde empezó su carrera académica con dos pequeños hijos. Lo mismo hizo cuando a temprana edad quedó huérfana y debió pasar buena parte de su vida escolar interna y luego, cuando el exilio la separó de su única hermana, quien nunca más regresó al país.

El pasado viernes 13 de abril, en Washington, Estados Unidos, ante un auditorio repleto y en presencia de colegas de todas partes del mundo, Victoria Castro recibió de manos de la presidenta de la Society for American Archeology, Susan M. Chandle, el premio que en la prensa llaman “el Óscar de la arqueología”. “Lo recibí y todavía siento harto pudor, porque encuentro que hay tanta gente laboriosa en nuestro país”, dice Castro.

Lo agradece y achina los ojos al sonreír. Le cuesta comentarlo. Repite que este premio pertenece sobre todo a las mujeres arqueólogas. “¡Mis colegas son fuera de serie!”, asegura la académica, formadora de gran parte de los arqueólogos y arqueólogas chilenos,  destacada investigadora de las culturas precolombinas de los Andes americanos, pionera en la etnoarqueología, la etnobotánica y la etnozoología en nuestro país.

Empezaste en Filosofía y al poco andar comenzaste a tomar tus primeros cursos de Arqueología en el mismo Pedagógico. ¿Cómo fue ese tránsito?

-Sigo enamorada de la filosofía hasta hoy. Estuve en una escuela de extraordinaria, además. Pero en primero o en segundo año empecé a sentirme tremendamente pedante. Éramos unos pesados los de Filosofía, encontrábamos que todo el mundo era leso, que todo el mundo no pensaba. Y yo dije, “no soy así y no puedo seguir pegada a la estratósfera con esto de estudiar catorce páginas de Hegel en un año. Me gusta, pero necesito algo más pegado a la tierra”.

Y de Arqueología, que no era ni carrera en esa época, ¿cómo te enteraste?

-Hice un viaje de estudios con mis compañeros de Filosofía en barco al sur, en tercera clase, como estudiantes de la Chile. Y salíamos a cubierta a tomar aire, a bolsear cigarros. Un día me topé con una señora que estaba ahí fumando, era una arqueó- loga muy famosa, la Annette Laming-Emperaire. Entonces, conversamos y le conté que tenía estas dudas, ella me dijo que era arqueóloga y yo llegando aquí me matriculé en esos cursos. Fue una coincidencia. Ahí dije yo, “esto me gusta”.

Y pronto te agarró el golpe, entre hijos y carreras…

– Cuando fue el golpe de Estado yo era ayudante y ya tenía mis dos guaguas. La Facultad de Filosofía y Letras era gigantesca, con todas las pedagogías; era un mundo donde había muchos cursos comunes, una transversalidad impresionante. Así pilló a la Universidad el ‘73, siendo muy transversal y tremendamente populosa. Y yo, que era ayudante, tuve que convertirme en profesora. No me echaron, pero quedé años como profesora de la más baja categoría, porque por más que tuviera y tuviera curriculum, no me subían. Era una cuestión política, pero como yo no era de partido, era como “abúrrete y ándate”. Yo no me aburrí, ni me fui.

Luego vino el fin del Pedagógico para la Chile ¿Cómo fue ese proceso?

-El ‘81 pusieron unas listas cuando fuimos a cobrar el sueldo, que decían: “profesores tales nombres en el Pedagógico”, “profesores tales nombres, en La Reina”. Así nos dividieron, yo me fui a La Reina. Después nos cambiaron a La Placa. En un momento tuvimos la ilusión algunos profesores de llevar a Humberto Giannini de candidato a decano, pero ahí se unieron otros académicos para vencerlo, y lo vencieron. Fue entonces cuando se creó la Facultad de Ciencias Sociales y nos quedamos un grupo de profesores acá y otros se fueron a la Facultad de Filosofía y Humanidades. Después vino una época densa que fue la de Federici, pero seguimos ahí. Con mucho esfuerzo porque uno seguía aplastada de profesora asistente, lo mismo en que me había transformado el ‘73, teniendo ene méritos, pero igual. Eso duró hasta que llegó el cambio de gobierno.

Siempre el norte

-Mis primeras experiencias en terreno fueron con el profesor Mario Orellana en el Río Salado, o sea, en el pueblo de Chiu Chiu y de repente a pasear a Toconce, a ver estas ruinas extrañísimas que había, que eran unas torrecitas de piedra- recuerda Victoria Castro de sus primeros viajes a la región de Antofagasta. En enero del ’73, junto a Carlos Urrejola y Carlos Thomas, ayudantes al igual que ella, decidieron irse a estudiar a Toconce en forma independiente. Luego vino el golpe. Carlos Urrejola fue detenido, llevado a Tejas Verdes y debió partir al exilio. Entonces la arqueóloga se quedó con el proyecto que financiaba el Fondo de Investigación de la Universidad de Chile y que en adelante siguió financiando sus investigaciones en la zona hasta el surgimiento de Fondecyt.

Y te quedaste ahí en el norte…

-Siempre.

¿Por qué crees que destacaste tanto en la disciplina?

-La arqueología es una unidad, pero como todas, tiene una diversidad de corrientes teóricas, formas de hacer las cosas, etc. Tal vez por el hecho de haber estudiado filosofía, de seguir mucho en muchos aspectos el pensamiento de la importancia de los seres humanos a través de las enseñanzas de Giannini, por ejemplo, tuve una visión interdisciplinaria temprana. O he sido una dispersa.

¿De qué manera fuiste planteando esta mirada interdisciplinaria, o dispersa?

-Mi primer trabajo expresamente interdisciplinario fue uno sobre etnobotánica en el norte grande el año ‘81, que lo hice con un arqueólogo y dos botánicos. Ahí nos empezamos quedar con mi equipo en la casa de comuneros, de don Pancho Saire en Toconce, y nunca más dejamos de convivir con ellos. Llegábamos con nuestras costumbres distintas y para ellos era muy divertido y muy rico, porque compartíamos la comida; ellos ponían la carne de llama, nosotros el arroz. Y en esa convivencia cotidiana nos fuimos dando cuenta que ellos iban orientando nuestras preguntas de arqueología muy bien. De algún modo nos daban una guía para tener una interpretación en la arqueología y no solamente una cosa cuantitativa, basada en las cerámicas y en los líticos, sino una visión mucho más antropológica de las cosas. Entonces paulatinamente se fue construyendo eso que hoy día se llama etnoarqueología.

Y siguiendo esta línea interdisciplinaria, lideraste también los primeros trabajos en etnobotánica y etnozoología en Chile.

-Claro. Hice mi magíster en Etnohistoria, esa brecha entre lo que es el pasado prehispánico y el presente etnográfico, o sea, los viajeros, cronistas, la conquista española. Y fui combinando la etnografía con la etnohistoria y la arqueología. La base siempre será arqueológica, pero en la construcción interpretativa uso todo. Al mismo tiempo trabajé con la botánica, que es muy buena, y tanto a los botánicos como a mí nos cambió la percepción de las plantas en un sentido o en otro. Empiezas a considerar el valor de aquello que no es humano. Después, de esa misma manera, conversando con la gente sobre las aves que les llaman mucho la atención, los animalitos, leyendo, empecé a hacer mi etnozoología, que es cómo describen y organizan en el paisaje los pueblos originarios, que no es igual que nosotros.

La Chile y los estudiantes

Victoria Castro acaba de salir de una reunión en la Facultad de Ciencias Sociales junto a una veintena de arqueólogos. Todos fueron sus alumnos. “Yo soy una más”, afirma. Se sienta con ellos, los escucha, levanta la mano cuando quiere decir algo. Los ha defendido siempre, sin importar de dónde vengan. Cuenta incluso que cuando dio clases en la Universidad SEK algunos colegas la criticaban. “’Pa´qué le presatai ropa a la SEK’, me decían. Pero los alumnos son alumnos de arqueología igual. Ellos no son los que dirigen la universidad, tienen todo el derecho de tenerme, no tengo problema”, lanza sin culpas.

Y fueron tus mismos alumnos los que te llevaron al Colegio de Arqueólogos. Una instancia nueva, que sale un poco del orden y que fue algo resistida por los propios arqueólogos ¿Por qué te sumaste a ellos?

-Me incorporé al Colegio casi por una reacción hacia ciertos colegas que decían que, “no, no hay que meterse ahí, todavía no están titulados y aceptan gente no titulada”. Me pareció todo un pretexto, de estar como “enseñorados”. Me pareció que entrar ayudaba a darle fuerza. El Colegio se moja las patitas, lo encuentro más democrático, más interesado en educar para afuera, en asociarse con otras instancias de interés para los arqueólogos como puede ser todo el tema de la memoria. Lo encuentro súper notable. Creo que nos hacía falta y que hoy es imprescindible.

Eres Profesora Emérita de la U. de Chile, recibiste el Premio al Mérito Valentín Letelier, el Premio Amanda Labarca. ¿A qué crees que se debe tanto reconocimiento de tu universidad?

-No sé si será por mi vocación docente, por la resistencia; he sido una persona resiliente en la Universidad en el sentido de estar contra viento y marea. También porque defendí la Universidad, yo estuve con el propio Ennio Vivaldi pegando pegatinas que decían “Federici No”, arriesgando el pellejo en la calle en la época de la dictadura. Creo que tengo un reconocimiento muy grande de mis pares, que fueron también mis alumnos.

Hiciste tu vida en la Universidad y ya van más de 40 años aquí.

-Me gusta lo que hago, mucho. Ahora que estoy tan fregada de salud, lo pienso. No me siento débil mentalmente, pero el cuerpo está reclamando mucho. Los días que no tengo clases en la tarde me gusta llegar a mi casa y descansar o jugar con los perros. Mis ojos para llegar a leer un libro en la noche están súper cansados. Entonces leo mucho más lento, me quiero acostar temprano. Estoy cansada, pero hay una resistencia en mí misma. Es una cosa bien contradictoria. Puede que llegue un momento, que tal vez no está muy lejano, en que decida irme, pero no sé. Todavía no pasa.

Eva Muzzopappa: “El secreto de Estado es una muestra de poder”

El aparato estatal, las fuerzas armadas y lo que las instituciones ocultan y atesoran en sus legajos son el material de investigación de la antropóloga argentina, que se ha aproximado a la realidad chilena en casos como los archivos de Colonia Dignidad y la desclasificación del departamento jurídico de la U. de Chile, un hito que “permite trabajar más profundamente con la información que la misma universidad produce para pensarse a sí misma”, asegura.

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Claudia Flores, coordinadora de los cursos de español en la U. de Chile: «En las clases el intercambio cultural fluye»

Los cursos, al ser abiertos, reflejan la diversidad que la U. de Chile tiene respecto al origen de sus estudiantes. El económico, social, religioso, esa variedad, también está presente dentro de los cursos de español porque puede asistir cualquier persona, sin importar su lengua materna, qué escolaridad tiene, si ha asistido a la universidad o no, ni los motivos que lo hacen estar en Chile, ni la edad.

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Dificultades de inclusión laboral de becarios: El difícil camino de los doctores en Chile

Para el 2020 se estima que se graduarán más de mil estudiantes de doctorado al año en Chile. Muchos de ellos han estudiado en el extranjero y otros en Chile gracias al apoyo del programa Becas Chile. Sin embargo, hay una cláusula clara en el contrato: deben retribuir al país lo invertido en ellos trabajando en instituciones chilenas durante varios años para aportar en investigación e innovación. El problema es dónde.

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Ioan Grillo: “En México hay un conflicto armado, pero no es una guerra civil tradicional”

El periodista británico lleva una década investigando e informando sobre el tráfico de drogas y el crimen organizado. Es autor de dos best sellers, El Narco: en el corazón de la insurgencia criminal mexicana y Caudillos del Crimen. De la Guerra Fría a las narcoguerras, investigaciones rigurosas en las que Grillo construye un relato con cifras, personajes y escenas –como el descubrimiento de una narcofosa, una tumba del narcotráfico en el estado de Guerrero, México- de la guerra criminal que asola actualmente a los países de Centro y Latinoamérica.

Por Ana Rodríguez | Fotografías: Gentileza de Ioan Grillo

Ioan Grillo (1973) llegó a vivir a México a fines del 2000. Su intención era estar un par de años, pero ya suma 17. Cuando arribó, un día antes que Vicente Fox tomara el poder, Grillo tenía una idea un poco romántica sobre las disputas entre izquierda y derecha y las guerras civiles de Centroamérica en los ochenta. Pero en esa época la realidad era que la guerrilla de izquierda estaba muy disminuida y el rumbo en general iba hacia la democracia.

El choque con el tema del narcotráfico vino después, cuando Grillo empezó a ver el problema de las drogas muy cerca suyo; la cocaína y “piedras” moviéndose en las calles cercanas. En el periódico The News, que publica en inglés en México, comenzó a especializarse en crimen y narcotráfico. Años después escribió para The Houston Chronicles, de Texas, y para la agencia AP, además de medios como Time Magazine, entre otros. A casi diez años de la llegada de Grillo a México, el problema de las drogas estaba adquiriendo otras dimensiones.

-De repente no era una historia o una nota policiaca, sino una cuestión de seguridad nacional. No sólo de seguridad pública. También un problema de derechos humanos, con miles de refugiados, con fosas con más de doscientos cadáveres. Y ahí perdió esta cuestión romántica para volverse una cuestión terrorífica, de mucho horror y dolor de la gente- dice.

En tu primer libro El Narco hablaste de México, pero en el segundo, Caudillos del Crimen, cruzaste la frontera y abarcaste el resto de la región, con países como Jamaica y Brasil. ¿Cómo operan los cárteles en el resto de los países?

-El narcotráfico y el crimen organizado son dos cosas conectadas pero que son distintas. En México, cuando hablan de “el narco” hablan en general del crimen organizado. Mucho de lo que hacen no tiene que ver con las drogas. Están robando petróleo, extorsionando, secuestrando. Si hablamos del narcotráfico y el crimen organizado en América Latina encuentras diferencias en cada país, pero también cosas en común importantes. Cuando comparo en el libro un cártel en México, que son los Caballeros Templarios, una pandilla en Centroamérica, una en Jamaica, y el Comando Vermelho en Brasil, encuentras cosas en común: todos tienen un uso de violencia muy fuerte, basado en un reclutamiento masivo de jóvenes de zonas pobres que son pagados y entrenados y siguen órdenes para matar. También todos tienen un control del territorio y tienen – en México les dicen “halcones”- personas que vigilan quién entra y quién sale. Es un control territorial relativo, en que el Estado sigue entrando en estas zonas, pero con problemas. Otra cosa interesante es la forma en que los grupos tienen un sistema de justicia alterna. Si alguien en el territorio por ejemplo viola a una mujer y no tiene permiso, muchas veces ellos tienen sus juicios y castigos alternos. Lo ves en Jamaica, México, Centroamérica, Brasil. También hay diferencias muy grandes. En México los cárteles ganan miles de millones de dólares traficando la droga hasta Estados Unidos. Los MS13 en Centroamérica tienen recursos bajos, principalmente de extorsión, de negocios chicos. En Brasil tienen sus recursos principalmente de la venta de cocaína y marihuana a nivel local.

Chile es un país que tradicionalmente parecía estar fuera de este panorama. Siempre se cree que estamos un poco marginados de los problemas latinoamericanos y de a poco nos damos cuenta de que sí hay corrupción y sí también tenemos narcotráfico. Hace poco tiempo salió en la televisión chilena un reportaje que hablaba de cómo un gobierno comunal estaba corrupto por el narcotráfico. Era algo sabido. ¿Cuáles crees tú que son las primeras señales de que el narco está entrando en un sistema?

-Cuando estaba reporteando América Latina, buscaba pará- metros un poco más claros para entender este fenómeno; cuándo llega esa narcoguerra a México, cuando se pasa un cierto nivel de homicidios; cuando llegas a Honduras y tienes más de 50 homicidios por 100 mil habitantes; o por los tipos de violencia, cuando empiezan a usar, por ejemplo, lanzacohetes, cuando empiezan a tener 50 personas peleando en un momento, masacres con 25 víctimas. Es muy difícil y no hay académicos tampoco que hayan puesto parámetros muy claros para entenderlo. Es el problema con estos conflictos, que no son como las guerras tradicionales. Pero yo creo que podemos ver etapas y niveles. En América Latina y el Caribe encuentras unos diez países que tienen una situación crítica con crimen organizado o narcotráfico. Y luego encuentras otros países que no tienen un nivel crítico pero sí tienen rasgos de eso. Por ejemplo Ecuador o Perú. Que sí encuentro narcotraficantes, sicarios pagados, pandillas grandes, policías corruptas, pero no tiene el nivel crítico como lo tienen partes de México u otros lugares. En México los sicarios llegan a un nivel que puede ser 500 sicarios enfrentando a 2000 policías federales. Que pueden tener un lanzacohetes, que pueden tumbar un helicóptero militar. Si llegan al nivel en que pueden tener más de 250 víctimas en una fosa, sabes que es una tendencia muy peligrosa. Y si empieza a haber en un país sicarios armados, equipados, creciendo, tienes que atender, dar atención. Es mucho más difícil en México, o en lugares donde ya la situación es crítica, resolverlo, que cuando ya está la situación creciendo. No conozco la situación de Chile profundamente, pero cuando el tema está creciendo es cuando sí hay chance todavía de responder a este fenómeno y evitar que llegue al nivel de otros países.

Decías que el control territorial en muchas ciudades de Latinoamérica todavía está en manos del Estado, que todavía podía entrar a ciertos territorios. ¿Qué pasa cuando los gobiernos locales, -hablando del caso chileno- podrían estar corruptos?

-El control territorial del narco es relativo, o el control del Estado es relativo. El narcotráfico es muy diferente a cómo opera una guerrilla como el Estado Islámico o con el Che Guevara en América Latina, que empieza a tomar territorio en el campo y van ampliando mientras ellos controlan y no dejan entrar al Estado. Es más como una guerrilla urbana que se esconde en las casas y a veces ataca y a veces se esconde. Quiere tener el monopolio del narcotráfico, de las extorsiones, los secuestros. Luego ofrecen un sistema alterno de justicia, que normalmente es monopolio del Estado. También tienen las policías locales corruptas y controladas por ellos. Pasa muchas veces, sobre todo en México, que las policías locales empiezan a ser sicarios trabajando para ellos. Luego los alcaldes. Otra cosa que a ellos no les importa es, por ejemplo, brindar educación en las escuelas. No tienen una visión ideológica, como el Estado Islámico; ellos dejan que las escuelas trabajen y a veces cobran a los maestros. Dejan que el Estado venga a quitar la basura, dejan que cobren la luz. Al ejército o las fuerzas federales de México los dejan entrar y se esconden. Y cuando se van, vuelven a la calle. Entonces es un control relativo. Es una amenaza muy fuerte al Estado, que no controla cuándo los grupos operan.

La tesis de tu primer libro, el narco, fue que en México hay una insurgencia criminal.

-Usé la cuestión de la insurgencia para decir que esto es mucho más que crimen, que lo que estás viendo en México es más un conflicto armado, al nivel que parece muchas veces una insurgencia, y la forma en que los grupos operan se puede comparar con insurgentes. Aunque también hay muchas diferencias. Su táctica es muy parecida a una insurgencia o guerrilla tradicional, atacando, emboscando, pero su estrategia es diferente: no buscan tener poder en la presidencia y controlar el país, sino defender sus intereses criminales. Y otra diferencia fuerte es que no tienen ideología marxista, nacionalista, religiosa. A veces tienen pseudoideologías, como los Caballeros Templarios, el Comando Vermelho en Brasil, que mezcla cuestiones como que están peleando por los pobres. Tienen códigos, símbolos, una cultura. Yo creo que en México es un poco sensible una comparación con insurgentes porque aquí son los héroes nacionales, los que pelearon contra España. En México en los últimos diez años la violencia está muy alta y tristemente no ha habido una estrategia buena del gobierno para vencer eso. Mi primer libro El Narco apareció el 2011, que fue en aquel tiempo el año más violento. Hoy podría decirse que el 2017 fue incluso más violento que todo el 2011. El gobierno federal no quiere hablar de conflicto armado en México porque es muy sensible para su imagen internacional, para el tema de la inversión, del turismo y también cuestiones legales. Yo pienso que sí hay un conflicto armado en México, lo que pasa es que no es como una guerra civil tradicional.

¿Crees que este conflicto armado permanente puede desembocar en una crisis humanitaria?

-Pues sí, ya ha sido en partes de México una crisis humanitaria. No sabemos bien el número de muertos por parte del narcotráfico. En diez años se habla de más de cien mil homicidios, más de 30 mil desaparecidos. Miles de personas que han huido de sus casas, cambiado de residencia o ido a Estados Unidos. Podemos hablar de un desastre humanitario en estas zonas. Hubo mucho miedo el 2011, cuando publiqué el primer libro, vimos una escalada de violencia muy fuerte que iba a llegar a una crisis más profunda todavía, que podría ser desestabilizadora del país. Y no llegó a eso. Fue una zona en particular, lo vemos en Michoacán, en algunas partes, pero no se convirtió en una cuestión general. Pero sí ha sido un conflicto endémico, que crece año a año, que no tiene un fin claro ni objetivos claros, en que sigue habiendo más sicarios, combatientes, más Estado reprimiendo, más negocios y se sigue peleando.

Estructura y narcocultura

En Caudillos del crimen explicas que buscas las causas estructurales, políticas, económicas, que llevan al narco a prosperar. ¿Con qué te has encontrado, cómo te vas explicando el fenómeno del narco en Latinoamérica?

– América Latina es la zona en el mundo donde más droga se produce de forma ilegal. Tiene casi el monopolio de cocaína, también un gran porcentaje de heroína, metanfetamina, marihuana. Y tiene el mercado más grande que es Estados Unidos, más Canadá y Brasil, que es el segundo país en consumo de cocaína después de EEUU. La ONU piensa que son más de 30 mil millones de dólares que cada año genera el narco en México. Si lo ves en diez años, son 300 mil millones de dólares; en treinta años son casi un trillón. Hay muchos países con desigualdad y pobreza, pero es también muy fuerte en América Latina y lo ves en la historia de zonas pobres, como en Brasil las favelas, muy emblemáticas de eso. Muchos de estos lugares hoy en día ya no son como antes, un paso para buscar algo mejor. Hay mucha gente que nace ahí, sus papás y sus abuelos nacen ahí, y el futuro que ven para ellos es ahí mismo, donde además hay grupos muy fuertes. Por último están los sistemas de justicia, que en la mayoría de los países son disfuncionales. No está funcionando en México, Brasil, El Salvador, ni Honduras.

También son países que se han neoliberalizado desde los ‘80 a la fecha. Se le da quizás más valor al dinero fácil o se mitifican figuras de narcotraficantes, como grandes rockstars, tal como hablas en tu libro, versus figuras más tradicionales latinoamericanas, de los revolucionarios que lucharon por justicia.

-Sí, yo creo que eso es un factor. En mis libros intento darle peso a la cultura como un factor que explica, pues lo veo muy interesante. Llama la atención el tema de las telenovelas, cuántas son de narcos. El patrón del mal, La reina del sur, El señor de los cielos. En México, a las horas más populares, cada canal tiene algo del narcotráfico. En el tiempo de Calderón intentaron hacer una novela sobre policías, meter el género de las policías, pagando y todo, que se llamaba El Equipo, que no tuvo éxito. Para mí es interesante la figura del Che Guevara y del Chapo Guzmán. Los dos son “Ch-Gu”. El Chapo se ha convertido en una figura reconocida a nivel mundial. En Estados Unidos la cantidad de gente que conoce quién es Guzmán es impresionante. En México, si le preguntas a un niño de ocho años quién es Chapo Guzmán, va a saber. Si preguntas quién es Che Guevara, no lo van a saber. Digo esto como figuras tan diferentes en todos aspectos: Chapo Guzmán, que viene de la pobreza y llega a la riqueza, es visto como un antihéroe.

¿Cómo definirías la narcocultura?

-Narcocultura es la cultura que usa el ambiente del narcotráfico. Pero también se convierte en una subcultura vendible, que otras personas que no están en esto les gusta y quieren imitarla. En México esto sucede sobre todo en Sinaloa, que tiene una narcocultura más clara, porque el narcotráfico lleva cien años ahí. Está definido por la música de los narcocorridos, todo un género en que muchas veces los narcotraficantes pagan a los músicos para hacer canciones sobre ellos. Y esta cultura también se ve en la ropa que usan, que combina cosas de vaquero más tradicional con lo moderno. Las mujeres, a quienes muchas veces quieren pagarles sus cirugías plásticas; ropa que las muestra impresionantes, así ellos se sienten más “chingones”. Hay mujeres que también son jefas y sicarias; hay otras que ven positivo ser la novia del traficante o la esposa. Es un camino de riqueza y poder. También las casas son ostentosas. Toda la narcocultura es ser ostentoso, rebelde al mismo tiempo. Una cosa que me llama la atención: estaba viendo la colección de armas de un narcotraficante, que tienen armas con diamantes y varias cosas. Y tenía un arma que tenía una imagen de Pancho Villa, otro que tenía la imagen de Versace. Entonces al mismo tiempo les gusta identificarse como un rebelde, contra el sistema, y con un ícono de la moda y la riqueza. Es una cosa rara que se expresa muchas veces en la narcocultura.

Este problema, que ya es estructural, ¿se puede combatir? ¿Sirven las políticas públicas a estas alturas, cuando ya está el poder corrupto? ¿Es un camino la legalización de las drogas?

-Lo dijiste en la pregunta, es uno de los retos más fuertes. Uno quiere que el sistema político resuelva eso, pero cómo puede resolverlo, si el sistema está corrupto. Si hablamos de soluciones, yo lo veo en tres áreas. Una es la reforma de la política de la droga. Hace diez años muchas personas dijeron que era imposible hablar de legalizar la marihuana. Y ya está legalizada en varios estados de Estados Unidos y otros países como Uruguay. No necesariamente legalizarlo todo. Hay que legalizar una parte e intentar reducir el mercado negro, para que el narcotráfico en su conjunto sea menos rentable de lo que es ahora. Segundo, qué políticas públicas realmente pueden ayudar al problema de la pobreza y los marginalizados. Y tercero es cómo hacer un sistema de justicia que funcione. Es difícil cuando el mismo Estado es corrupto, pero tiene que tener una presión ciudadana de buscar sistemas de justicia que funcionen. En México la sociedad civil es fuerte en algunos lugares. Tenemos que criticar pero además proponer.